En el envío de nuevos proyectos de ley al Congreso argentino se destaca especialmente el Súper RIGI, concebido como una extensión de beneficios para grandes inversiones estratégicas. Pero el desarrollo nacional requiere un mercado interno sólido y una fuerza laboral bien remunerada, dos elementos que el Gobierno debilita al priorizar la reducción de costos laborales y que ahora pretende compensar con incentivos fiscales y cambiarios.
Al promediar la semana, el Poder Ejecutivo envió al Congreso cuatro proyectos de ley. El repentinamente lacónico Manuel Adorni, en su carácter de jefe de Gabinete —y, por lo tanto, a cargo de la administración general del país y como nexo político entre el Gobierno y el Congreso— había anticipado la movida.
Los cuatro proyectos son: el Súper RIGI, la ley de lobby, la modificación a la baja del etiquetado frontal de alimentos y la ley de prevención de la ludopatía y regulación de los juegos de azar en línea. Cada proyecto tiene su propio acervo y su impacto en la vida cotidiana, pero el efecto del RIGI en el ámbito del interés nacional no es menor.
Cada uno, como es lógico, viene rodeado de las contradicciones propias de un gobierno que, al transitar por el Camino de Santiago, se ve sacudido por el huracán Karina. Pero, fundamentalmente, se trata de un gobierno que no sabe ya cómo disimular que no tiene —y nunca tuvo— mayor idea de cómo impulsar el crecimiento.
Un par de eslóganes efectistas funcionan como fuegos artificiales. Van mal, en rigor: no sirven como estrategia seria de gobierno. Duran lo que duran. La opinión pública y la publicada están digiriendo que, en el apocado guardarropa del emperador, el vacío refleja la oquedad de las cabezas cárdenas. Un pedazo grande de la clase dirigente sigue en bolas y a los susurros.
La causa y el régimen
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, RIGI, plasmado en el marco de la Ley 27.742, otorgó ventajas impositivas y cambiarias a las inversiones externas que signifiquen 200 millones de dólares o más. Con pompa y circunstancia, el oficialismo cárdeno tituló a la ley marco “Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos”, sancionada el 27 de junio de 2024.
El proyecto de Súper RIGI ahora enviado al Congreso amplía los beneficios fiscales y cambiarios para inversiones que el Gobierno considere estratégicas, a partir de montos superiores a los 1.000 millones de dólares.
Las críticas que se hacen a la normativa, en sus dos versiones, apuntan a que, sin esos incentivos, muchas de esas inversiones vendrían igual, por la obvia razón de que, en general, se trata de yacimientos y vetas.
Greenfield, brownfield y el problema de la inversión
Los datos y las razones teóricas respaldan muy sólidamente el escepticismo. Las inversiones multinacionales son, desde hace décadas, una especie en extinción. Encima, en la perinola, a China le cayó el “toma todo”.
Esto se puede constatar leyendo los sucesivos informes de la UNCTAD, un organismo de la ONU que sigue estos avatares. Se hace referencia a la inversión de tipo greenfield, voz inglesa que alude a la realización de un proyecto desde cero. A eso se llama inversión en las cuentas nacionales.
Es importante no perder esto de vista, porque la definición de inversión extranjera directa —IED, o FDI según la sigla en inglés— que se usa en el plan de cuentas que el FMI establece para que los países confeccionen sus balanzas de pagos de manera uniforme, a efectos comparativos, incluye también la compra de activos existentes —pase de manos— o la reinversión de utilidades.
Al pase de manos se lo llama, con otra voz inglesa, brownfield, para distinguirlo del greenfield. Óxido versus brotes verdes. Por ejemplo, en los años 90, en la Argentina prácticamente no hubo inversión externa en sentido greenfield. Casi todo fue pase de manos, brownfield. Lo que dinamiza el crecimiento es lo primero. Lo segundo es neutral.
Las multinacionales y el mercado interno
La UNCTAD estima que en el planeta hay aproximadamente 85.000 empresas multinacionales, con alrededor de 900.000 filiales. Para que esos directorios decidan invertir en la Argentina en proyectos que se sumen a los mineros, petrolíferos y gasíferos, hay que ir en dirección contraria a la del Gobierno, atendiendo a la propia lógica de decisión de las inversiones multinacionales.
No se trata de estar en contra de los incentivos fiscales y cambiarios, sino de advertir sobre los desincentivos que implica infligirles duras derrotas a los trabajadores argentinos.
No hay un enjambre de multinacionales agolpadas en el estuario del Río de la Plata, agazapadas, esperando el primer descuido para tomar al país por asalto. No, no es así. A las multinacionales hay que ir a buscarlas. Eso tiene de correcto el RIGI. Lo que lo vuelve impertinente para el interés nacional es que se lo impulse y se comulgue con él como sustituto del mercado interno. La salud de una democracia integrada necesita, para su estabilidad y su perspectiva de largo plazo, un mercado interno sólido y en crecimiento.
Por fuera de las inversiones multinacionales que deben localizarse en los yacimientos de la materia prima de que se trate, el gobierno actual nunca va a conseguir las inversiones externas que resulten interesantes para acelerar un desarrollo capaz de integrar a la sociedad argentina.
Las multinacionales se localizan en función de las ventas, no de los costos. En consecuencia, desde el punto de vista del país, la condición necesaria es que haya un mercado interno sólido y con perspectivas de crecimiento. El librecambio es contrario a la inversión externa greenfield. También le es contrario hacer lo que les conviene a las petroleras o a las automotrices y no al país. Una cosa no es necesariamente contraria a la otra.
Cuando las multinacionales se fijan en los costos es porque las ventas están en otro lado. Eso es el enclave exportador.
Desde el punto de vista de la corporación multinacional, lo primero en el orden de sus preferencias es exportar desde su casa matriz, tanto hacia los países desarrollados —donde se registra, por lejos, la mayor cantidad de este tipo de inversión— como hacia los países en desarrollo.
Si no puede hacerlo porque existe una inteligente política de administración del comercio, entonces busca vender su tecnología y recibir regalías, siempre y cuando encuentre fondos locales capaces de comprar una licencia. ¿Por qué ocurre así? Porque una empresa, generalmente, prefiere vender la tecnología antes que invertir su capital. Invertir es un medio, mientras que vender, para la empresa, es un fin en sí mismo. Por lo tanto, es lógico que, si puede vender sin invertir, evite invertir con el riesgo de no vender. Y porque en algunos casos no se puede vender —o no tanto, o no como se desea— sin invertir, la empresa se ve obligada a abrir filiales.
Una coyuntura global delicada
Generalizando con cuidado, se puede decir que, en la producción y, sobre todo, en el refinamiento y el desarrollo de innovaciones tecnológicas, tanto desde el punto de vista técnico como comercial, el lugar de las grandes corporaciones —sean o no multinacionales— es estadísticamente preponderante. Y ese mundo atraviesa una coyuntura delicada.
Goldman Sachs acaba de elevar su objetivo de fin de año para el S&P 500 de 7.600 a 8.000 puntos, citando un auge de beneficios impulsado por la inteligencia artificial entre los especialistas en semiconductores.
Mientras los inversionistas de acciones muestran un optimismo a prueba de balas del estrecho de Ormuz, impulsado por las ganancias corporativas y la inteligencia artificial, los operadores de bonos estatales y de grandes corporaciones actúan con cautela ante el riesgo de inflación y el alza en los precios del petróleo.
Esta divergencia subraya cómo la renta variable —las acciones— ignora las interrupciones bélicas, mientras que la renta fija —los bonos— refleja una profunda preocupación por la deuda soberana y la estabilidad económica global. Los analistas advierten que esta disparidad pone a prueba la solidez financiera, especialmente ante la posibilidad de una estanflación prolongada.
En última instancia, el lugar común es señalar que el entusiasmo de Wall Street podría verse amenazado si las tasas de interés continúan elevadas y el conflicto internacional se intensifica.
Para redondear un escenario global complicado, el Instituto de Finanzas Internacionales —IIF, por su sigla en inglés—, un lobby académico de los grandes bancos, informó la semana pasada que durante 2025 la deuda mundial aumentó en casi 29 billones de dólares y alcanzó la cifra récord de 348 billones. Las inversiones de los gobiernos en defensa fueron el principal motor del aumento, y el IIF proyecta que seguirán incrementándose en los próximos años.
De acuerdo con los datos del IIF, la suma de los pasivos públicos y privados de todos los países asciende al 308 por ciento del PIB mundial. El grueso, grueso, corresponde a los países desarrollados. La periferia apenas moja.
Tecnología, educación y fuga de cerebros
La política contra la educación pública y el desfinanciamiento de la investigación científica aportan, desde su ángulo, una montaña de arena para dejar en claro que el RIGI es una idealización reaccionaria.
La concentración de la producción de un sector de actividad en manos de un pequeño número de empresas no disminuye la competencia en general, incluso si reduce la competencia por precios, porque la cartelización completa no es posible. Así, se acentúan otras formas de competencia, particularmente la innovación tecnológica. Las actividades petroleras y la computación son buenos ejemplos de este panorama.
De manera que lo único leal a la Nación —sus trabajadores— debe resolver la contradicción identificada, acordando una relación con las corporaciones multinacionales que los beneficie en vez de perjudicarlos, como ocurre con la orientación que viene ahora respaldada por la derecha dura argentina, que busca erigir una factoría de bajos salarios.
Al fin y al cabo, la tecnología solo tiene dos modos de existencia: información y know-how. El know-how es indisociable del factor trabajo, donde está incorporado. La tecnología como tal, en las relaciones de producción capitalistas, se incorpora al precio de compra de la fuerza de trabajo y, a partir de eso, al costo de producción.
La existencia de baja calificación en los países atrasados orienta la preferencia del inversor hacia inversiones socialmente desfavorables; es decir, hacia sectores intensivos en mano de obra y, entre ellos, hacia sectores con mano de obra no calificada. Como dice Arghiri Emmanuel en El intercambio desigual: “Los obreros mal pagados mantienen a las máquinas y los ingenieros fuera de los países subdesarrollados, mientras que las máquinas y los ingenieros toman el lugar de los obreros altamente remunerados en los países avanzados”.
La transferencia de tecnología no se produce simplemente cuando se asienta un emprendimiento. La transferencia tecnológica es una transferencia de conocimiento y prácticas; en consecuencia, depende de la educación de los argentinos. Por definición, la noción de transferencia implica que la técnica importada supera el nivel tecnológico anterior de la Argentina.
Justamente, es el nivel general de la educación nacional el que permite asimilar esa incorporación. La transferencia es lo que posibilita aprovechar al máximo el aumento de la productividad laboral, incrementando de esa manera el ingreso nacional y, en consecuencia, solventando las necesidades de los argentinos. Eso es lo que, a su vez, genera salidas laborales y carreras locales para los técnicos nacionales.
La tecnología está transferida cuando la tecnología originalmente importada pasa a formar parte de la vida cotidiana de las diversas profesiones y oficios que la utilizan.
Esa vida cotidiana necesita un horizonte despejado, porque el nivel de vida de los argentinos depende de los cambios en el componente salarial del ingreso nacional. El nivel económico del país no se mide por la relación valor agregado/número de empleados, sino por la relación entre el componente primario de ese valor agregado —la masa de salarios— y el número de trabajadores empleados.
Esta relación depende de tres factores: el nivel de empleo, la tasa salarial y la composición orgánica del trabajo, es decir, la proporción de trabajo calificado y altamente calificado en relación con la cantidad total de trabajadores. Determinado el nivel de empleo, el desempeño económico del país se expresa en el nivel general de los salarios y en la estructura de calificaciones de nuestra mano de obra.
Como los salarios por categoría profesional tienden a nivelarse, la mejora económica para los trabajadores proviene de ir escalando en la gradación de las categorías profesionales existentes. Por eso, que la educación se difunda en todas partes y que la infraestructura científico-tecnológica haga su trabajo —lo cual redunda en la profesionalización creciente de los trabajadores— convierte a esos elementos de política pública en los únicos factores de diferenciación y promoción cultural.
Es tan clave dar incentivos fiscales y cambiarios como los del RIGI a las multinacionales como fortalecer, en vez de debilitar, los ingresos de los trabajadores argentinos.
Si se hace lo segundo, lo primero es casi innecesario para los potenciales beneficiarios, porque un mercado creciente las incita a invertir, no a irse. No hay una conspiración de las corporaciones multinacionales puesta en marcha con el deletéreo objetivo de bloquear el desarrollo argentino.
Lo que sí hay son unos obtusos liberales argentinos violáceos, cuyo respaldo de la sociedad civil, aunque menguante, sigue siendo no desdeñable. No la ven ni la sienten, y únicamente los mueven sus extravagantes mitos sobre el funcionamiento del capitalismo.
Si la Argentina no revierte la depreciación del factor trabajo, la muy buena calificación de este, en términos comparativos internacionales, solo acelerará la fuga de cerebros. Y el proceso se vuelve endémico. La exigüidad del mercado mantiene al capital extranjero fuera del país por los bajos salarios y alienta al capital local a invertir también fuera del país o a ser dilapidado en consumo suntuario. Pero, a medida que el capital disponible se vuelve más escaso, mayor es la presión a la baja sobre los salarios. El resultado es una nueva contracción del mercado y una nueva reducción de las oportunidades de inversión.