La crisis boliviana no puede explicarse solo por los cortes de ruta. Detrás de los bloqueos aparece una disputa más profunda: el desplazamiento del eje exportador, la pérdida de centralidad de Santa Cruz y el regreso de la minería como horizonte económico del país. El viejo relato de una Bolivia andina, indígena y estatista frente a una Santa Cruz moderna, privada y agroindustrial empieza a mostrar sus límites.
Durante tres décadas, la narrativa conservadora en Bolivia habló de dos países. Por un lado, el occidente andino, ligado al pasado, al mundo indígena, al estatismo y a una tradición fuertemente progresista. Frente a él, el llamado “modelo cruceño”: privado, conectado con el capital internacional y basado, sobre todo, en la agroindustria.
Durante esas mismas tres décadas, Santa Cruz lideró las exportaciones bolivianas básicamente con dos productos: el gas y la soya. La algarabía de los grupos de poder de oriente llegó a hablar de la región como la locomotora de Bolivia.
Eso cambió.
En el primer trimestre de 2026, La Paz —sede de gobierno— exportó más de mil millones de dólares. Le siguió Potosí, con 510 millones. En tercer lugar quedó Beni, apenas por encima de Santa Cruz, que alcanzó alrededor de 137 millones de dólares.
Es decir: la locomotora, gracias a la minería, regresó a los departamentos más cercanos al océano Pacífico.
El hecho de que el centro de la economía exportadora se traslade es el telón de fondo de las movilizaciones que actualmente se producen en el país, basadas sobre todo en Los Andes.
Capital internacional
Después de la guerra del Chaco, los depósitos más importantes de combustibles fósiles se ubicaron en Santa Cruz, al punto de que el principal equipo de fútbol de la región se llama Oriente Petrolero. Eso cambió cuando Tarija pasó a liderar la producción de hidrocarburos con los gigantes reservorios de San Alberto y Margarita.
Hoy, toda la producción de gas y de líquidos petroleros de Santa Cruz se queda para el consumo interno. Lo poco que exporta Bolivia, alrededor de mil millones de dólares, sale sobre todo de Tarija.
Y el futuro tampoco toca al departamento cruceño. Los mayores reservorios se encuentran en Bermejo, al sur de Bolivia, y en Mayaya, al norte de La Paz, que constituye uno de los mayores reservorios del continente.
El 70% de la producción de soya está en manos de extranjeros, sobre todo brasileños y paraguayos, y en menor medida argentinos. De ese total, un 16% está en manos de menonitas.
Entre esos capitales internacionales, la concentración es tan grande que el 70% está en manos del 2% de los productores. Ese dato contrasta con las 11 mil familias migrantes de Los Andes, que apenas tienen el 9% de la tierra y que son la base votante del MAS. Hoy por hoy, esas familias están en las carreteras bloqueando.
Eso sí: Santa Cruz produce cerca del 70% de los alimentos que consume Bolivia. De ellos, el 65% se destina a los mercados de Los Andes. Todo esto muestra hasta qué punto la economía de la exlocomotora de Bolivia depende de la integración nacional, y también lo imposible de cualquier idea separatista.
Cuando los verdes escasean
La crisis por la falta de dólares en Bolivia se debe básicamente a la disminución de las exportaciones de gas, pero también a que gran parte de las divisas generadas por la exportación de soya nunca volvió al país.
De ese modo, los grandes industriales producían soya con diésel subvencionado por los bolivianos, pagaban a sus trabajadores en pesos bolivianos y, sin embargo, no retornaban los verdes billetes.
En Bolivia no existe la obligación de depositar en el Banco Central el producto de las exportaciones, ni siquiera en parte, como ocurre, por ejemplo, en la Argentina. Pero ya se habla de eso. Ya se habla.
Un futuro minero
Los estudios más serios hablan de un futuro boliviano inmediato centrado en la minería, ubicada sobre todo en occidente. Aunque Santa Cruz también es rica en tierras raras, localizadas en el Precámbrico, precisamente en la zona pegada a las plantaciones soyeras.
De hecho, aunque aún faltan muchos estudios, ya se sabe que existen ricos yacimientos de bastnasita, monacita y xenotimo. Los tres forman parte de la base de las tierras raras en el mundo. También se cree que existen otros 14 elementos que ya están probados del lado brasileño y que no tendrían por qué no estar del lado boliviano, porque la geología no sabe de fronteras.
En el llamado Escudo Brasileño se encuentra el 98% de las tierras raras explotadas de América Latina. Pues bien: un 15% de ese escudo está en Bolivia, que no explota nada. Piense usted por qué Donald Trump recibe al actual presidente Rodrigo Paz con especial deferencia. Aunque lo haga, sobre todo, de manera declarativa, porque hoy por hoy, en medio de la crisis de alimentos producida por los bloqueos, el país del norte no ha mandado ni un kilo de comida.
Mientras tanto, en occidente se encuentra la segunda reserva más importante de indio, el mineral que permite las pantallas táctiles. Por ahora no deja ni un centavo en las arcas del Estado, debido a que se exporta amalgamado con el zinc. Eso terminará con la construcción de la planta separadora que está en camino, con capitales chinos.
Súmele a eso las reservas de litio del país.
No cabe duda de que Bolivia apostará por la minería. La gran discusión está centrada en si la explotación de esas reservas será privada, si se hará a través de cooperativas o si quedará en manos del Estado.
Y eso también se está discutiendo en las movilizaciones.
Hay conciencia en el gobierno actual de que su viabilidad solo será posible con un giro a la izquierda que deje contentos a los votantes de Paz Pereira. Eso, lógicamente, enfurece a los sectores conservadores que realizan campañas con la consigna “haga patria, mate un indio”.
Pero, como lo demuestra la historia inmediata, los indios son más y también saben golpear o, cuando menos, poner piedras en el camino.
Y algo que es fundamental: acaban de demostrar, una vez más, que la historia no se escribe sin ellos.