La periodista Robin Wright, una de las mayores expertas en cuestiones iraníes, sostiene en The New Yorker que la Operación Epic Fury, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, terminó convertida en un desastre estratégico para Donald Trump: una guerra costosa, mal preparada y políticamente contraproducente que no resolvió los problemas de fondo.
Robin Wright, columnista y colaboradora de The New Yorker desde 1988, publicó en la sección The Lede una nota titulada “The Epic Disaster of Operation Epic Fury”. El texto analiza el resultado político y diplomático de la guerra impulsada por Donald Trump contra Irán, en coordinación con Israel, y plantea una paradoja central: después de una campaña militar carísima, Washington podría terminar negociando concesiones que ya estaban disponibles antes del inicio de las hostilidades.
Wright recuerda que en 2015 Trump atacó el acuerdo nuclear firmado por Irán y las grandes potencias durante la presidencia de Barack Obama. Lo calificó como uno de los pactos más incompetentes de la historia y, ya como presidente, se retiró unilateralmente de ese entendimiento en 2018. Ahora, según la autora, Trump enfrenta su propia negociación para cerrar una guerra “mal concebida, mal preparada y mal sincronizada” con la República Islámica.
La periodista subraya el costo del giro militar: al menos 28.000 millones de dólares, trece vidas estadounidenses, miles de iraníes muertos, el cierre paralizante del estrecho de Ormuz, interrupciones en el suministro energético global, una crisis económica con impacto sobre cientos de millones de personas y un daño reputacional posiblemente irreversible para Estados Unidos. El resultado, advierte, podría no ser mucho mejor que el acuerdo original que Trump había repudiado.
La escena diplomática aparece así como una ironía mayor: Estados Unidos e Irán negocian un memorando de entendimiento para extender el alto el fuego, reabrir Ormuz, levantar bloqueos recíprocos y establecer límites futuros al programa nuclear iraní. Pero el esquema todavía carece de precisiones técnicas y tiene una dificultad básica: quién se mueve primero, con qué reciprocidad y bajo qué garantías.
Ormuz, energía y poder de negociación
Uno de los puntos más fuertes de la nota es la centralidad del estrecho de Ormuz. Wright informa que casi dos mil barcos, con miles de millones de dólares en activos y unos veinte mil marineros a bordo, quedaron atrapados durante meses en el Golfo Pérsico. La reapertura del estrecho permitiría que vuelva a transitar alrededor de una quinta parte del petróleo y el gas del mundo.
El cierre de Ormuz transformó el conflicto en una crisis global. No se trató solo de una guerra entre Washington, Tel Aviv y Teherán: la interrupción de una ruta energética clave impactó sobre suministros, precios y estabilidad económica internacional. En esa dimensión, Irán demostró que aún conserva una capacidad de presión enorme aun después de haber sufrido ataques devastadores.
Wright señala que Teherán no solo mostró audacia al cerrar el paso, sino que además ganó una palanca inédita: ahora sabe que puede volver a usar Ormuz como instrumento de negociación frente a Estados Unidos. Incluso plantea que Irán habría sugerido cobrar a los barcos por atravesar esa vía marítima, bajo la idea de prestar “servicios” ambientales y de seguridad en esas aguas.
La importancia de Ormuz también muestra los límites del poder militar estadounidense. Una campaña aérea puede destruir infraestructura, matar dirigentes y golpear capacidades militares, pero no necesariamente elimina la capacidad de un país de condicionar rutas estratégicas. Esa es una de las claves del desastre que describe Wright: Trump buscó resolver por la fuerza un problema que terminó devolviéndolo a una mesa de negociación más difícil.
El memorando y sus vacíos
La nota de The New Yorker señala que el acuerdo en discusión sería apenas un primer paso para poner fin al conflicto. Incluiría la extensión del alto el fuego por treinta a sesenta días, el levantamiento de bloqueos sobre Ormuz, compromisos iraníes sobre su programa nuclear, alivio parcial de sanciones y desbloqueo de activos iraníes. Pero el texto, según Wright, tendría pocos detalles sobre las cuestiones más complejas.
Ali Vaez, director del proyecto Irán del International Crisis Group, le dijo a Wright que la gran ironía es haber atravesado un conflicto extremadamente costoso para terminar en “una página” sin detalles técnicos. También cuestionó que algunos puntos sean superficiales o carezcan de mecanismos verificables y exigibles.
La comparación con otros acuerdos impulsados por Trump agrava la crítica. Wright recuerda el pacto para Gaza, que quedó detenido en una primera fase, y las negociaciones con Corea del Norte, que produjeron gestos espectaculares pero pocos resultados duraderos. En ambos casos, Trump proclamó avances diplomáticos de gran magnitud, pero no sostuvo el trabajo técnico y político necesario para consolidarlos.
La autora observa un patrón: Trump anuncia triunfos, los presenta como méritos dignos de un Nobel de la Paz, y luego pierde interés, delega o patea hacia adelante los detalles difíciles. En el caso iraní, ese estilo choca con una negociación de enorme complejidad, en la que el programa nuclear es solo una parte del problema.
Barbara Leaf, exembajadora estadounidense y exfuncionaria del Departamento de Estado para Medio Oriente, señaló que los puntos de conversación del eventual memorando no abordan muchas de las justificaciones originales de Trump para ir a la guerra. No aparecen, por ejemplo, referencias claras al arsenal iraní de drones y misiles balísticos ni al apoyo de Teherán a sus aliados regionales.
Irán sobrevivió y se endureció
Otro eje central de Wright es que la guerra no debilitó políticamente al régimen iraní en el sentido buscado por Trump. Por el contrario, puede haberlo vuelto más cohesionado. La periodista recuerda que Trump había sugerido antes de la guerra que un cambio de régimen en Irán sería “lo mejor que podría pasar”. Pero la realidad posterior es muy distinta.
El primer día de la guerra, ataques israelíes mataron al ayatolá Ali Khamenei, que había liderado el país durante casi cuarenta años, y dejaron gravemente herido a su hijo Mojtaba, convertido luego en nuevo líder supremo. Trump presentó ese cuadro como una forma de cambio de régimen. Sin embargo, según Leaf, el gobierno actual en Teherán es todavía más duro que el anterior, con un peso sobredimensionado de la Guardia Revolucionaria.
La Guardia Revolucionaria no solo conserva influencia política, sino que controla el programa nuclear y participa en las negociaciones. El principal enviado iraní es Mohammad Bagher Ghalibaf, excomandante de la Guardia Revolucionaria y actual presidente del Parlamento. Para Leaf, Trump subestimó la resiliencia del régimen: la guerra lo hizo más cohesivo.
Wright recoge además el análisis de Danny Citrinowicz, exespecialista de inteligencia militar israelí sobre Irán, quien advierte que una consecuencia grave de la campaña podría ser la erosión de la disuasión. Desde la perspectiva de Teherán, Irán soportó una gran campaña militar estadounidense-israelí y sobrevivió. Eso puede reducir el miedo que antes funcionaba como freno frente a una eventual decisión de avanzar hacia una capacidad nuclear militar.
En ese punto, la guerra puede haber producido el resultado inverso al buscado. En lugar de convencer a Irán de que debe retroceder para evitar una catástrofe, pudo haberle demostrado que el régimen puede resistir una ofensiva feroz y conservar capacidades decisivas. La presión militar, en vez de restaurar la disuasión, podría haberla debilitado.
Una crisis también dentro de Washington
La nota muestra que el supuesto acuerdo con Irán abrió una fractura política en Estados Unidos. Trump anunció en Truth Social que un entendimiento era inminente, pero la recepción en Washington fue ruidosa y hostil. Republicanos y demócratas reaccionaron con críticas, aunque desde lugares distintos.
Mark Dubowitz, director de la Foundation for Defense of Democracies y uno de los principales halcones sobre Irán, sostuvo que Estados Unidos e Israel ganaron la guerra, pero que si los términos filtrados son reales, el régimen iraní estaría ganando el alto el fuego. El senador republicano Roger Wicker advirtió que el acuerdo sería un desastre y que todo lo conseguido por la Operación Epic Fury quedaría en la nada.
Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado de Trump, también criticó a su antiguo jefe. Reclamó abrir el estrecho de Ormuz, negar a Irán el acceso a sus activos congelados y seguir debilitando su capacidad militar. La respuesta de la Casa Blanca fue agresiva: Steven Cheung, director de comunicaciones, insultó a Pompeo y defendió la gestión oficial.
Mientras tanto, el alto el fuego seguía siendo frágil. El martes temprano, Estados Unidos volvió a atacar el sur de Irán, cerca de Ormuz, contra embarcaciones que desplegaban minas y sitios de lanzamiento de misiles, según el Pentágono. La Guardia Revolucionaria prometió una respuesta recíproca y afirmó haber disparado contra un caza estadounidense y derribado un dron.
La diplomacia, entonces, no aparece como cierre de la guerra, sino como una capa superpuesta a una confrontación que sigue viva. Esa es otra dimensión del diagnóstico de Wright: Trump quiere presentar un acuerdo como inminente, pero el terreno militar y político sigue lleno de riesgos, represalias, objetivos incompletos y actores que no dan por terminado el conflicto.
El costo humano y la traición a los iraníes
El cierre de la nota vuelve sobre una dimensión muchas veces desplazada: el pueblo iraní. Suzanne Maloney, especialista en Irán y vicepresidenta de la Brookings Institution, le dijo a Wright que el factor más trágico y menos atendido de la guerra es la traición a los 93 millones de iraníes a quienes Trump prometió “rescatar”. En lugar de liberación, enfrentan más represión y privación económica.
Esa observación condensa el punto político más fuerte de la columna. La guerra fue presentada como una operación para debilitar a un régimen hostil, proteger a aliados, frenar amenazas nucleares y abrir una nueva etapa. Pero, según la lectura de Wright, terminó dejando un saldo opuesto: un régimen más duro, una región más inestable, una economía global golpeada y una población iraní más castigada.
La “furia épica” del nombre militar se convirtió así en una catástrofe diplomática. Trump se embarcó en una guerra que prometía resultados rápidos y terminó negociando bajo presión, con Ormuz como rehén, Irán todavía armado, sus aliados regionales en juego y Estados Unidos dividido internamente.
El artículo de Robin Wright para The New Yorker no solo cuestiona una operación militar. Cuestiona una forma de hacer política exterior: abandonar acuerdos complejos, despreciar la diplomacia técnica, apostar al golpe de fuerza, prometer victorias inmediatas y luego intentar transformar un empate costoso en triunfo narrativo.
La conclusión es severa: Trump quiso demostrar que podía obtener más que Obama por la vía de la presión y la guerra. Pero, después de miles de muertos, crisis energética y un Ormuz convertido en arma geopolítica, podría terminar aceptando menos precisión, menos control y más riesgo. Esa es, para Wright, la verdadera dimensión del desastre.