¿Cómo llegó una banda psicodélica y subterránea, liderada por el Indio Solari, a convertirse en un fenómeno de masas? En diálogo con Y ahora qué?, lo explica Sergio Pujol, escritor, historiador, docente y ensayista, investigador del CONICET y una de las voces de prestigio y autoridad para analizar la música popular argentina, sin eludir contextos culturales y sociales.
Si todo preso es político, como cantaba el Indio, todo artista también lo es. El funeral del señor Carlos Alberto Solari, nacido en Paraná pero emblema de La Plata, se convirtió en una gigantesca manifestación de dolor y devoción por un músico legendario que entró al histórico panteón de los mayores ídolos de los sectores populares.
Sergio Pujol es historiador, escritor, ensayista, docente e investigador del CONICET. Nacido en La Plata, enseña Historia del Siglo XX en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata y ha dedicado buena parte de su obra a pensar la cultura argentina a través de sus músicas populares: el tango, el jazz, el folclore, el rock y la canción urbana.
Entre sus libros figuran Rock y dictadura. Crónica de una generación (1976-1983), Discépolo. Una biografía argentina, Historia del baile, Como la cigarra. Biografía de María Elena Walsh, En nombre del folclore. Biografía de Atahualpa Yupanqui, Oscar Alemán. La guitarra embrujada, Las ideas del rock y Cien años de música argentina, entre otros trabajos que lo convirtieron en una referencia ineludible para leer la música popular como historia social, sensibilidad de época y producción cultural.
Pujol cuenta las rebeldías de origen de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, lo germinal universitario que años después pasa a representar a los desangelados, a los sin empleo, a los marginados del sistema, a la contracultura roquera al margen de la industria discográfica, a la coherencia de no transar, a la resistencia a la represión en dictadura e incluso en democracia, y al anticipo visionario de las distopías del mundo de hoy.
—¿Qué factores confluyeron para generar un prodigio de tamaña dimensión?
—Pujol: Quizás sea la pregunta más compleja de responder. Era un fenómeno pequeño, minoritario, restringido al ámbito de una ciudad universitaria como La Plata. Desde luego que no todos los que iban a escuchar a los Redondos estudiaban carreras universitarias. Pero hay un ethos, un carácter en la ciudad marcado por la institución universitaria y, sobre todo, por la Facultad de Artes, antes llamada Facultad de Bellas Artes.
—¿Qué pasó en el origen?
—Pujol: Ahí hay una figura clave que es Rocambole —ndr: artista plástico Ricardo Cohen—. Ese grupo es el único que pasó realmente por las aulas de Bellas Artes. De alguna manera esparció ciertos saberes vinculados con cuestiones estéticas que los demás, tal vez, no manejaban tan fluidamente o de manera tan habitual. Así que ahí hay un germen. La Cofradía de la Flor Solar, por supuesto. El ideario de vida comunitaria. La influencia del hippismo, de la contracultura que modeló la primera época de los Redondos.
—Una época de expresiones transgresoras al mango.
—Pujol: Puso en el centro de la escena a la música, al rock. Lo que hoy un poco pomposamente llamamos la cultura rock. Esa es la matriz. Después, ¿qué otros factores? Esa banda, en las primeras actuaciones, tenía más gente arriba del escenario que, prácticamente, entre el público. Éramos muy pocos. Tuve la suerte de ser testigo de esa época. Fui a teatros como el Lozano, Coliseo Podestá, Atenas, Costamagna.
—¿La circulación de aquella música era muy under, casi clandestina?
—Pujol: Por supuesto, mediante los casetes, que nos pasábamos casi como un puñal por debajo de la mesa. Estamos hablando de los años de 1978 a 1980. Yo tenía 20 años y, si bien nunca fui un súper fan de los Redondos, como otros amigos míos, observé con sorpresa y admiración eso que estaba brotando en La Plata.
—¿Lo contestatario como constitutivo del rock?
—Pujol: Creo que hay un elemento que no podemos soslayar y tiene que ver con esa idea de que lo estético es ético. El valor de la autenticidad, que forma parte del ideario del rock. Una música que se diferencia de otros géneros de música popular de la primera mitad del siglo XX, que nacieron en las orillas, en los márgenes, y que solo alcanzaron difusión masiva o popular cuando llegaron a la industria cultural, a los medios de comunicación. Y allí fueron legitimados. En cambio, el rock nace, en realidad, en el corazón mismo de la industria.
—¿Con qué objetivo promueven el rock?
—Pujol: Como un producto para venderle a los jóvenes. Un producto absolutamente fabricado. Entonces hay una especie de pecado original en el rock. Pasó con Los Gatos, pasó con Almendra, pasó con Moris. Y en un momento determinado estos artistas que nombré, y muchos otros, buscan la emancipación, buscan autonomía artística.
—¿Se produce un quiebre impulsado por los músicos?
—Pujol: Hay ahí una puja entre la industria cultural y estos artistas que quieren hacer otra cosa. Artistas que se quieren desprender de los condicionantes que hacían que la música dirigida a los jóvenes estuviera más o menos, o en cada caso, digitada por los directores artísticos. Digitada por arregladores impuestos a los músicos. Algunos tipos eran muy talentosos, como el caso de Horacio Malvicino, Jorge López Ruiz, Rodolfo Alchourrón, etcétera.
—¿Qué camino opuesto toman los Redondos?
—Pujol: Van por un camino diferente. Van en paralelo con esa vía de consagración de los rockeros. Por lo tanto, no tienen que librar esas batallas con la industria cultural. Es una expresión absolutamente alternativa que va a mantener fidelidad con los valores de la contracultura. Y eso en un momento determinado de la historia argentina.
—¿Cuál es ese momento histórico?
—Pujol: Tenemos que irnos al texto y contexto, como diría David Viñas. Es fundamental lo que eran los jóvenes de la década de 1980 y principios de los 90. Carenciados, víctimas de una tasa creciente de desempleo. Con dificultades para integrarse al mercado laboral. Sin ninguna posibilidad de llegar a las universidades. Y, en la mayoría de los casos, sin concluir la educación secundaria. Escuchan en las canciones y, sobre todo, en la figura del Indio ese capital simbólico que tienen ético de no haber transado, y digo esto en bastardilla. Es un término caro al ideario rockero. Logran llegar a un público enorme en términos cuantitativos, bastante homogéneo en términos sociológicos, y por fuera de los mecanismos habituales de la consagración artística.
—¿Moviéndose por afuera del sistema?
—Pujol: Tanto es así que se podía llegar directamente al público en la época en la que parecía imposible existir en el mundo de la música popular sin tener tu videoclip, sin tener tu representante artístico, sin tener contratos para hacer grandes giras por los países de la región, sin tener que dar entrevistas permanentemente a los medios. Se podía, sin embargo, saltar por encima de esos mecanismos de mediación y llegar a la subjetividad de estos jóvenes que se inician a la vida adulta escuchando las canciones de los Redondos. Canciones que van a formar parte de su educación sentimental y, quizás, de su educación literal y musical. Me parece que ahí está un poco la clave.
—¿La clave fue la coherencia?
—Pujol: Haberse mantenido fieles a esas primeras consignas y estrategias que, hay que aclarar, se fueron constituyendo bajo la dictadura militar. Es imposible pensar la conformación de los Redondos sin el contexto represivo de la dictadura. Me gustaría citar una definición muy inteligente que hizo una vez Oscar Terán —ndr: filósofo—, hablando de los años de 1960 y 1970. Dijo que en esa época los jóvenes, o el mundo juvenil, tenían dos almas: un alma Che Guevara y un alma John Lennon. Que no eran antagónicas, pero que eran diferentes.
—¿En qué alma encuadrás a los Redondos?
—Pujol: Los Redondos, lógicamente, se identificaron o se abrazaron con el alma John Lennon. Pero aun así esa alma Lennon, que estaba en contacto con el alma Guevara, les iba a significar a ellos momentos de riesgo personal. Rocambole estuvo detenido y secuestrado en lo que era la Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires, aquí en la calle 54 de La Plata, donde hoy funciona la Comisión por la Memoria. Fue sometido a vejámenes y a torturas. El Indio se refugió un tiempo en Valeria del Mar.
—¿Solo en La Plata sufrieron la persecución?
—Pujol: Las veces que actuaron fuera de La Plata, como por ejemplo en Salta, fueron también perseguidos. Y esa persecución, esos mecanismos de vigilancia y de control sobre los Redondos prosiguieron en los primeros años de la democracia. Por eso es interesante lo que le escuché decir una vez a Pablo Alabarces: los Redonditos fueron resistencia ante la dictadura, pero también fueron resistencia ante la democracia. No porque se opusieran a la democracia, lógicamente, sino porque fueron muy sensibles a ciertos aparatos represivos. Aparatos que continuaron funcionando ya en un marco político institucional muy diferente, que es el que comenzó en 1983.
—¿Cómo alcanzan después cumbres musicales de calidad?
—Pujol: La obra de los Redondos está hecha con un grado de perfeccionismo que dista de lo que era al principio. Me refiero a la obra grabada. Dista de la que al principio era una música bastante caótica, con un nivel musical, en cuanto a las composiciones y sobre todo a la ejecución, que dejaba bastante que desear. Sin embargo, nos gustaba porque tenía una energía, tenía una potencia. Generaba en ámbitos muy, muy pequeños, muy cerrados, una sensación de libertad. Eran los años de 1978 a 1980. Eso lo valoramos quienes éramos adolescentes jóvenes. Lo valorábamos un montón.
—¿Qué representaban para toda esa gente?
—Pujol: Eran una especie de isla, realmente. Un refugio, como diría Charly García. Un lugar de aguante. Pero en términos musicales había una serie de desajustes. Skay Beilinson tocó siempre muy bien la guitarra y la banda siempre tuvo una base rítmica bastante sólida. Pero se notaba, en comparación con lo que en ese momento estaban haciendo Charly García y ni que hablar del Flaco Spinetta, que había una diferencia muy grande. Ahora, cuando empiezan a grabar en 1985, ahí se produce una primera crisis.
—¿Una crisis de qué tipo?
—Pujol: Es casi una historia más parroquial o provinciana. Hay un desprendimiento. Se van Pepe Fenton y Ricky Rodrigo —ndr: músicos de la banda—, que habían colaborado. También Sergio Martínez se distancia del Indio. Entran en una etapa, y esto con un enorme encomillado, de profesionalización. Es una palabra que, en principio, parecía estar reñida con la vida de los Redondos. Pero, en rigor, ellos graban sus discos. Producen sus propios discos. Consiguen estudios. Consiguen técnicos de sonido que saben mezclar muy bien. Y con Gulp, en 1985, inician un ciclo de 10 discos que son perfectos en relación a lo que ellos buscaban hacer.
—¿En qué aspectos aparece la perfección?
—Pujol: Son perfectos porque no hay desnivel de calidad. Y eso más allá de cierta perplejidad en algunos fundamentalistas de los Redondos, y no me refiero a los del aire acondicionado. Me refiero a aquella perplejidad que generó el disco Momo Sampler, con un acercamiento a la música electrónica. Cuesta elegir un disco por encima de los demás. Uno puede decir que Oktubre fue caro a nuestros sentimientos en 1986. Esa tapa, esos temas, esa referencia doble al 17 de octubre argentino y el octubre de la Revolución Bolchevique. Banderas rojas, banderas negras, etcétera. Pero la verdad es que es una obra homogénea, es perfecta.
—¿No hay nada que objetarles?
—Pujol: No hay fisuras. Son 10 discos en 15 años. Es una obra, un corpus, como puede ser el de cualquier otro gran artista de la música popular argentina de cualquier género. Ahí hay un desafío, una interpelación a ese nuevo público masivo. ¿En qué consiste? Consiste en plantear lo siguiente: vamos a hacer nuestras canciones, vamos a componer inspirados en poetas malditos y en otras influencias. Influencias que son poco confusas a veces, y vamos a seguir con esta música basada en riff con escalas que parecen provenir de la música eslava. El Indio va a ir perfeccionándose como cantante. Su voz va a tener un granulado muy especial, un timbre muy especial.
—¿Hay un cambio en la banda?
—Pujol: No van a mutar. No hay un clivaje para conquistar público. Y aquí quiero irme a un ejemplo de un músico completamente muy diferente a los Redondos. Es Sandro, quien empieza siendo rocanrolero y en un momento dice: bueno, me voy a convertir en un cantante romántico, en un baladista romántico. Como dice muy bien Mariano del Mazo en su libro sobre Sandro: él, entre Woodstock y el Festival de San Remo, elige San Remo. Y ahí es cuando empieza la masividad de Sandro. Podríamos nombrar muchos otros ejemplos.
—Pero los Redondos no cambian su esencia.
—Pujol: Me remito un poco a lo que dije que significaban entre finales de la década de 1980 y, sobre todo, en la tan desangelada de 1990. Mantenerse en una línea de coherencia y devenir, involuntariamente, en un referente de otras cosas. De un modo de hacer, de una ética, de un no transar, en un momento de vacancia, de orfandad de liderazgos populares en el mundo de la política. Todo el período del menemismo plantea una sociedad cínica, de pizza con champán, de apertura irrestricta de importaciones, de viajes al exterior, de vivir afuera, de los famosos textos de Rodolfo Fogwill. Si bien refiere a la época de Martínez de Hoz, la replica de alguna manera. Ese mundo del Consenso de Washington, de las relaciones carnales. Contra todo eso: las canciones de los Redondos.
—Una vez, Solari declaró que los ricoteros entendían las letras de las canciones, a pesar de los análisis sobre el tono surrealista. ¿Qué reflexión te merece?
—Pujol: El tema de las letras ya ha circulado muchísimo en estos últimos días. Siempre ha estado presente. Todos los libros que se han escrito sobre los Redondos enfatizan el tema de las letras. Yo, la verdad, soy un poco más cauto en la música popular. Hay un dicho del folclore que me parece que está muy bien y que aplica en este caso. Dice que las canciones se conocen y se aprenden por la música y se recuerdan por las letras. Es decir, la punta de lanza en las canciones de los Redondos es, sin duda, la música. En eso quiero enfatizar su calidad musical.
—¿Cómo se encuadra la calidad musical de los Redonditos?
—Pujol: En términos armónicos, puede resultar una música bastante simple. Quizás, en algunos casos, casi elemental. Pero que tiene otros valores, que tiene otros activos que son muy importantes. Tienen que ver con la fantástica precisión rítmica que tiene la banda. El swing que tiene la banda. La voz del Indio, que es perfectamente entonada para esas melodías. Con un cierto desgarro también. Todo eso me parece que hay que ponerlo en valor. Creo que es la clave para entender cómo entran estas canciones en el gusto de los oyentes. Entran a través de la música.
—¿Cómo analizar la poética de la banda?
—Pujol: Lógicamente, el género es la canción y desde luego que las letras son importantes. El Indio es un poeta interesante. Esas canciones luego se van a cantar y recordar por las letras. Efectivamente, tenía razón Solari cuando decía que la gente entiende lo que canta. La gente siempre entiende lo que canta. En todos los géneros. Los que no entendemos —ndr: sonríe Pujol al decirlo— somos los que queremos analizar qué pasa en la cabeza de los oyentes. Es una pregunta que no tiene respuesta de ningún tipo. Uno puede hacer especulaciones. Pero no hay encuestas de consumo que permitan saber qué resonancia generaban letras o frases, o versos, como “banderas en tu corazón”, “todo un palo”, “vamos a brillar mi amor”, “maldición, va a ser un día hermoso” o “preso en mi ciudad”.
—La gente se apropia de los sentidos.
—Pujol: E incluso de algunas más elaboradas o sofisticadas. Se desprenden como esquirlas de esas canciones. Es lo que la gente corea. Es lo que la gente recuerda y es lo que le da voz a la gente. No porque la gente no tenga su vocabulario. El público de los Redondos amplió su vocabulario, lo enriqueció con la letra de los Redondos. Del mismo modo que los porteños de los años de 1920 enriquecieron su vocabulario con el lunfardo, con las letras de Enrique Cadícamo, de Celedonio Flores, de Discépolo.
—¿Hay una analogía de fenómenos culturales?
—Pujol: Ahí se puede trazar una analogía perfecta. Ahí están las letras y ahí están las canciones. Y sobre todo están los libros intentando entender o analizar esas letras que entran desde el punto de vista emocional. Adheridas a la música. Letra y música son inalienables. Siempre sucede eso en la música popular y quizás más en el caso de los Redondos.
—¿Sectores populares le incorporaron la movilización y se rompe con los procesos contemporáneos de aislamiento social?
—Pujol: Contrastan con algo que empezó con la pandemia, sobre todo. Y con el auge de las redes, y no vamos a negar que hay una tendencia al aislamiento. Pero sobre el tema del público de los Redondos, sobre el espacio público como algo que rompe una modalidad, la verdad que no estoy de acuerdo. Porque los Redondos siempre lo plantearon, desde los años de 1980 cuando saltaron a la popularidad. Siempre plantearon el tema de la movilización. Ahora bien: ¿cómo se posicionaron ellos frente al fenómeno? Los desbordó completamente. Estoy casi seguro de que en sus comienzos jamás soñaron con llegar a ese nivel de recepción masiva. Ellos fueron los primeros sorprendidos. Y este intento de interpretación que estamos haciendo ahora seguramente lo hicieron ellos durante toda la década de 1990.
—Y el desborde creció con el tiempo.
—Pujol: Un poco irónicamente. Diría que el Indio pasó de “preso en mi ciudad” a “preso de la masividad”. Lo manejó muy bien de todas maneras. En un momento determinado se dieron cuenta de que no podían hacerse cargo ellos solos de la seguridad. Que no había lugar en la ciudad, esa tan entrañablemente ligada a ellos. La música de los Redondos es absolutamente urbana. Las imágenes poéticas son de la alienación urbana. No son de la arcadia hippie, o del campo o de la ruta, etcétera. Sin embargo, tuvieron que salir a las rutas. A buscar espacios amplios. No sin conflicto, como lo que pasó en Olavarría.
—Al convocar a multitudes nada fáciles de organizar.
—Pujol: Al principio tuvieron que escapar de la ciudad. Para poder conformar a un público de una escala insólita, de dimensiones inéditas en la historia de la música popular argentina. Así que las movilizaciones, el avance de los sectores populares en el espacio público, para decirlo en términos que parecen de la Revolución Francesa, en realidad estuvo siempre presente, o por lo menos desde finales de los años de 1980 en adelante.
—¿No detectaste en el funeral de Solari una avidez de la gente por levantar ídolos que la representen, en un momento en que la orfandad es notoria en lo político?
—Pujol: Un fenómeno como el de los Redondos es inseparable de la política. No podemos analizarlo creando un cordón sanitario, como decían los reaccionarios en otra época, alrededor de los Redondos. Es un fenómeno que está impregnado de politicidad, que no está encuadrada en términos partidarios. Va por fuera de los aparatos políticos, claramente, si bien en los últimos tiempos, y algunos lo han señalado en forma crítica, el Indio mostró un acercamiento explícito al peronismo y al kirchnerismo. Es verdad que sabíamos que tenía su corazoncito peronista.
—Fue siempre reservado en sus inclinaciones, sin ocultarlas, pero sin participar de actos o acciones partidarias.
—Pujol: Nadie puede decir que, más allá de ciertos rasgos de la misa ricotera, fuera un artista orgánico del peronismo. En absoluto. Pero me parece que hay que tener en cuenta lo que estamos viviendo en estos últimos dos años. Y quizás un poco antes. También estamos viviendo la distopía de las canciones del Indio.
—¿Cuáles distopías, por ejemplo?
—Pujol: Hay una entrevista que le hace Enrique Symns en la revista Cerdos y Peces, allá lejos y hace tiempo, donde el Indio dice que los hombres que van a manejar el mundo en el siglo XXI van a ser todos psicópatas. Yo no soy psiquiatra. No me gustan los diagnósticos al estilo Nelson Castro: a distancia y de manera apresurada, y con ese lenguaje médico contaminado. Pero evidentemente hay un nivel de locura que roza el absurdo. Por momentos me parece que es una situación límite. El Indio sintió la necesidad de expresarse con más claridad. Alejarse un poco de la metáfora y hablar en un lenguaje más directo.