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Irán, Ormuz y la toma de rehenes como estrategia de Estado

Irán volvió a demostrar que, aun en inferioridad militar frente a Estados Unidos, puede convertir una debilidad en poder de negociación. La periodista experta en Irán Robin Wright, en The New Yorker, sostiene que la toma del estrecho de Ormuz fue una adaptación de una táctica histórica de la República Islámica: capturar algo valioso y usarlo para obtener concesiones. El artículo no presenta a Irán como vencedor militar. Lo presenta como un actor que sabe explotar la paciencia limitada de Washington, los calendarios electorales norteamericanos, el precio político de una guerra prolongada y la vulnerabilidad energética global. 

Robin Wright abre su análisis con una idea fuerte: durante casi medio siglo, bajo ocho presidencias norteamericanas, Irán utilizó una de las formas más baratas y eficaces de presión política y militar. La autora lo formula así: tomar a alguien o algo de valor y conservarlo como rehén.

Primero fueron personas. En 1979, cincuenta y dos diplomáticos estadounidenses fueron retenidos en la embajada de Estados Unidos en Teherán durante 444 días. La crisis terminó cuando la administración Carter descongeló activos iraníes y levantó un embargo económico. Después vinieron los secuestros de estadounidenses en el Líbano por milicias aliadas a Irán, entre ellas Hezbollah. Terry Anderson, jefe de la agencia AP en Beirut, pasó casi siete años encadenado a un radiador.

Wright recuerda también el secuestro del vuelo TWA 847 en 1985, cuando aliados iraníes en Hezbollah retuvieron a pasajeros y tripulantes durante diecisiete días. La exigencia fue la liberación de más de setecientos chiitas libaneses presos en Israel. La demanda se cumplió.

La lógica se mantuvo durante décadas. Irán tomó prisioneros estadounidenses en distintos momentos y los usó como moneda de negociación. La autora repasa los casos de Haleh Esfandiari, Jason Rezaian, Matt Trevithick y Siamak Namazi. El patrón, en su mirada, no cambia: la República Islámica captura aquello que otro necesita recuperar y transforma esa captura en palanca diplomática, económica o política.

Del rehén humano al rehén geopolítico

La novedad es que, según Wright, Irán ya no solo usa personas como instrumento de presión. Ahora habría escalado la lógica al plano geopolítico. La toma del estrecho de Ormuz equivale a capturar una arteria vital del comercio energético mundial.

La cita que resume el giro es breve y contundente: “Capturar el estrecho de Ormuz”. Para la autora, esa acción representa una adaptación de la vieja estrategia iraní. Ya no se trata de un diplomático, un periodista o un académico detenido. Se trata de una ruta marítima por la que circula una quinta parte de los suministros energéticos del mundo.

El razonamiento es simple y brutal. Irán no puede derrotar militarmente a Estados Unidos. Pero sí puede encarecerle la guerra, tensionar los mercados, elevar el precio del petróleo, afectar a aliados y adversarios, y obligar a Washington a negociar bajo presión.

Michael Singh, exfuncionario de la administración George W. Bush en temas nucleares, citado por Wright, lo sintetiza: Irán mostró que puede frenar la economía regional y también la economía mundial. Esa es la esencia del poder asimétrico: no ganar una guerra convencional, sino hacer que el costo de continuarla se vuelva políticamente insoportable.

Estados Unidos tiene fuerza; Irán tiene paciencia

Una de las claves del texto está en la diferencia de tiempos. Estados Unidos tiene mayor poder militar, financiero y diplomático. Pero Irán tiene paciencia estratégica. Puede resistir años. Washington, en cambio, vive sometido a ciclos electorales de dos y cuatro años, a los costos presupuestarios de la guerra y al desgaste de la opinión pública.

Brett McGurk, citado por The New Yorker, plantea la diferencia de enfoque: Washington mira las negociaciones con Irán desde el prisma del poder; Teherán las mira desde el prisma de la posesión. Estados Unidos busca obligar a Irán a ceder mediante sanciones y presión económica. Irán busca conseguir algo valioso y negarse a devolverlo hasta obtener una compensación.

En ese sentido, el bloqueo naval norteamericano contra buques que entran o salen de Irán funcionó como respuesta simétrica. Pero tiene un costo altísimo. Según Wright, el conflicto le cuesta a los contribuyentes estadounidenses unos 2.000 millones de dólares diarios. A la vez, Irán también paga un precio: la autora cita estimaciones de pérdidas superiores a 4.000 millones de dólares diarios por el bloqueo que constriñe sus exportaciones petroleras.

La pulseada, entonces, no es entre un actor fuerte y uno débil. Es entre dos formas distintas de aguantar el dolor. Estados Unidos tiene más capacidad de daño. Irán intenta demostrar que puede soportarlo más tiempo y hacer que otros también sufran.

La paz también puede ser una victoria iraní

El punto más incómodo del análisis de Wright es que una salida diplomática puede terminar consolidando ventajas iraníes. Donald Trump anunció varias veces que la guerra había terminado y habló de un memorando de entendimiento fuerte, aunque al mismo tiempo lo describió como algo todavía conceptual o no totalmente cerrado.

Según la versión atribuida antes de la firma del memorándum de entendimiento por Wright al canciller iraní Abbas Araghchi, el acuerdo incluiría respeto mutuo de soberanía. En términos concretos, eso significaría que Estados Unidos no promovería acciones para derribar o socavar a la República Islámica. La fórmula que sobrevuela el texto es “regime change”. Para Teherán, que Washington acepte dejar fuera la caída del régimen sería una victoria central.

Araghchi sostuvo que Israel debería retirarse del Líbano y terminar sus ataques contra Hezbollah. Si eso se confirmara y además se concretase en los hechos, Irán habría logrado enlazar dos escenarios de guerra y obligar a Estados Unidos a incluir en la negociación intereses de sus aliados regionales.

El punto más decisivo, sin embargo, es Ormuz. Según Wright, Irán buscaría que el estrecho permanezca bajo control iraní y que no vuelva a su situación anterior a la guerra. El tránsito comercial tendría paso seguro, pero Teherán podría imponer en el futuro una tarifa de servicio a los buques. Eso modificaría una ruta estratégica global y le daría a Irán una renta y una palanca permanentes.

El límite de la jugada

La autora no presenta la estrategia iraní como una operación sin riesgos. Al contrario: advierte que el uso de Ormuz como rehén puede volverse contra Teherán. John Limbert, uno de los diplomáticos estadounidenses tomados como rehenes en 1979, advierte en el artículo que Irán puede estar sobreactuando y provocándose un daño enorme, como ocurrió durante la crisis de los rehenes.

La frase que cita Wright es una advertencia política: “Cuidado con creer en tu propia retórica”. El peligro para Irán es empezar a creer que todo gesto de desafío se convierte automáticamente en victoria. La historia muestra que la República Islámica sobrevivió a décadas de sanciones, crisis económicas, protestas y aislamiento. Pero también muestra que cada acto de presión deja costos internos y externos.

Ellie Geranmayeh, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, aporta otra lectura. Para ella, Irán sintió que no tenía otra opción que aumentar las consecuencias globales de la guerra de una manera asimétrica. En su interpretación, el régimen busca contarle a su propia base que resistió los bombardeos de Estados Unidos e Israel, y que además extendió su soberanía sobre un punto del que depende el mundo entero.

Ese relato es importante. La guerra no solo se gana o se pierde en el campo militar. También se disputa en el terreno de la narración interna. Irán necesita decir que no fue derrotado. Trump también necesita decir que ganó. Israel necesita explicar que no cedió. Y cada actor intenta ordenar los hechos para que encajen en su propia épica.

La credibilidad norteamericana en duda

El cierre del texto de Wright es corrosivo para Washington. La autora recoge una observación de Gregg Carlstrom, corresponsal de The Economist en Medio Oriente: la credibilidad estadounidense se ha deteriorado tanto que, cuando el presidente anuncia un acuerdo diplomático, la reacción casi universal es esperar la confirmación de Tasnim, el medio semioficial de la Guardia Revolucionaria iraní.

La imagen es demoledora. Estados Unidos conserva una capacidad militar incomparable. Pero, en esta crisis, su palabra aparece menos decisiva que la verificación del adversario. La guerra, la diplomacia y la propaganda se mezclan en un escenario donde cada anuncio puede ser desmentido, reencuadrado o usado como ventaja por la otra parte.

La tesis de Robin Wright en The New Yorker no es que Irán sea invulnerable. Tampoco que Estados Unidos haya perdido todo control. Su argumento es más preciso: Irán descubrió que puede compensar inferioridad militar con posesión estratégica. Antes retenía personas. Ahora puede retener rutas, flujos, mercados y estabilidad.

En esa lógica, la paz no necesariamente desactiva el chantaje. Puede institucionalizarlo. Y la guerra tampoco lo resuelve. Puede aumentar el valor de lo que Irán decide capturar.

La pregunta final no es solo qué hará Teherán con Ormuz. Es qué hará Washington con una realidad más incómoda: la potencia más fuerte del mundo puede ganar batallas, destruir instalaciones y bloquear puertos, pero aun así quedar atrapada por un adversario más débil que aprendió a convertir el tiempo, la geografía y el riesgo global en rehenes.

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