¿Y ahora qué?

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La rendición incondicional de Donald Trump

Se acabó la guerra y Washington no logró ni uno de sus objetivos. Los ayatolas emergen fuertes, se quedan con el Estrecho de Ormuz y van a poder exportar petróleo sin sanciones. Todo a cambio de negociar el uranio.

El domingo 14 de junio fue un día de panem et circenses que cualquier romano clásico hubiera entendido al toque. Donald Trump festejó sus ochenta años viendo un campeonato de lucha libre en el jardín de la Casa Blanca, transformado por una noche en un Coliseo de neones. Se divirtió, fue homenajeado, exteriorizó su odio personal a Barack Obama y, como los Césares, anunció su triunfo sobre los bárbaros. Ese mismo día, por vía electrónica, se firmó un armisticio con los iraníes.

A medida que avanzaba la semana y se iban conociendo las cláusulas del tratado, iba quedando en claro que Trump se rindió: la estrategia de los ayatolas de literalmente subirle el precio a la guerra funcionó perfecto. Irán fue demolida desde el aire, tuvo tres mil muertos, perdió lo que tenía de flota y sus pocos aviones de combate, tuvo que inventarse un gobierno sobre la marcha y darle de comer a su gente por la completa parálisis de la economía. Pero sobrevivió y asfixió los mercados energéticos.

De los objetivos de la guerra, no se cumplió ninguno. Ninguno. No hubo alzamiento popular y los iraníes no se liberaron de la teocracia que los gobierna. Los misiles siguieron volando hacia los aliados norteamericanos en la región hasta el último día de combate. Irán no entregó su uranio enriquecido ni renunció a sostener a Hezbola. Nada.

La única novedad concreta es que el Estrecho de Ormuz, por donde pasa buena parte de la energía del mundo, va a reabrir. Falta un tiempito, que hay que limpiar las minas iraníes de los canales de navegación, pero los mercados reaccionaron de inmediato con una linda baja del precio del barril. Nadie dejó de notar que, antes de que atacara Trump, el Estrecho estaba abierto.

La guerra de Irán es el fin de esa fantasía norteamericana de lograr por la fuerza y sin bajas cualquier cosa que se les ocurra. Desde Vietnam, que también perdieron, el espectáculo de los aviones trayendo ataúdes cubiertos con banderas se hizo políticamente letal y quedó en claro que tanto veterano resentido te iba a votar en contra. La tecnología, se soñaba, iba a solucionar el problema de ser un imperio pero no poder poner legiones en el campo. Es una fantasía anal retentiva, de orden y limpieza, de imponer la voluntad propia desde diez mil metros de altura, apretando botones.

En Irak y Afganistán, la superioridad tecnológica de las fuerzas armadas más grandes y más caras jamás vistas se devoró toda oposición. Y después vino el pantano, porque los norteamericanos son flojos en política y porque los locales le negaron al invasor tanto un frente de combate como blancos para sus súper armas. Forzados a una guerra del siglo 19, los yankees descubrieron que sus drones y satélites sólo servían para sangrar al enemigo. Los afganos y los iraquíes, como los vietnamitas, pagaron el precio de sangre y terminaron viendo a los Estados Unidos yéndose por el aeropuerto.

Se suponía, Trump supuso, que la fuerza bruta de los bombardeos iba a quebrar al régimen iraní. Pero: “el hecho de que las fuerzas más poderosas del mundo, en conjunto con la mayor agencia de inteligencia del mundo, que es Israel, no pudiera cumplir ninguno de sus objetivos estratégicos contra una potencia regional de tercera, es un golpe”. El análisis es de Alí Vaez, director de la Sección Irán del prestigioso International Crisis Group.

Un golpe, pero no una sorpresa.

El tiempo dirá cómo queda ahora un Medio Oriente donde Qatar vio caer su burbuja de turismo de lujo y Arabia Saudita su proyecto de desarrollo alternativo, tecnológico y no petrolero. Qué será de Kuwait, otra vez bombardeado, y de Omán, que ahora va a tener que negociar con Teherán en su flamante papel de Orilla Sur del Estrecho. Rusia y China, cada uno por sus razones, ganaron y van a ganar, sólo con no ser tan impredecibles y veletas como Trump, lo que no cuesta mucho.

Mientras tanto, hasta Trump habla de la necesidad de reconstruir Irán, lo que significa en concreto darle dinero. Hay cientos de miles de millones de dólares bloqueados por sanciones que ahora se van a liberar, y una promesa de otros trescientos mil millones en inversiones norteamericanas, árabes y africanas. Lo mejor, el caramelo, es que los ayatolas van a poder volver a exportar petróleo a precios normales y por canales financieros normales, y no rebajado y a escondidas, como lo venían haciendo.

El memorando indica que se abren negociaciones por dos meses, básicamente para cambiar el programa nuclear iraní por dinero, exactamente lo que Obama firmó en 2015 y Trump canceló en 2018: dame el uranio y te levanto las sanciones. Para deleite iraní, el documento blanquea que Irán y Omán van a “administrar” el ahora famoso Estrecho. Trump aclaró que no se va a cobrar peaje; Teherán dijo que no, pero que se cobraría “una tasa de servicios”.

El punto de diferencia: para Irán, la paz incluye el Líbano, pero parece que nadie le avisó a Benjamín Netanyahu, que sigue bombardeando. Esta semana, el mismo Trump le recordó “al amigo Bibi” que a veces “se pasa” y que no se bombardea un edificio entero para matar a un terrorista o dos.

Cenizas

El gobierno ultraderechista de Israel ya se gastó todo el capital de simpatía, entendimiento o aunque sea paciencia que tenía en este mundo. Trump logró algo todavía más fuerte: convencer hasta a gobiernos conservadores de que sí existe el imperialismo yankee. El Presidente Naranja dejó en claro que no respeta límites, procedimientos o sutilezas. Que su voluntad es imperial y debe ser obedecida.

Irán se transformó para muchos en un símbolo de resistencia y soberanía, el David con la honda que terminó ganando. Es un desarrollo espectacular, esto de generar simpatía por un régimen que es simplemente repulsivo y disfuncional. Lo mismo parece haber pasado hacia adentro: el dolor y la bronca por la feroz represión a las protestas por la economía, que dejaron entre diez mil y treinta mil muertos en cosa de días, quedaron tapadas por la guerra. Los muchos gobiernos que repudiaron esa violencia se callaron cuando empezaron a llover las bombas norteamericanas.

Es un capital político invaluable, que el régimen iraní no hubiera podido ganar nunca. La fórmula de religión fundamentalista, represión hasta en el dormitorio, violencia pública y corrupción, ya mostró su fracaso por la pobreza en la que hundió un país que supo ser de clase media. ¿Con qué iban a ganar popularidad, estatura política? Pues resultó que con Trump.

Salud mental

Se acaba de conocer una carta firmada por doscientos profesionales de la salud mental que trabajan y enseñan en las universidades de Harvard, Columbia y George Washington. “Es nuestra opinión profesional, basada en evaluaciones anteriores y continuadas, que el estado mental de Donald Trump está todavía más deteriorado que en 2024, cuando mandamos nuestra anterior nota.” El documento fue entregado al Congreso y alerta “sobre el hecho de que el presidente de los Estados Unidos es un peligro creciente para nuestro pueblo”.

El diagnóstico se suma a la creciente evidencia de que el Presidente Naranja está mostrando síntomas de irritación pública y falta de límites hasta en situaciones sociales. Ya el año pasado un grupo llamado, pintorescamente, el Comité de Acción Política Anti-Psicópata había comprado una página del New York Times para denunciar que Trump es “manifiestamente incompetente para ejercer el cargo” por su “grave e intratable trastorno de personalidad”. Seguían las firmas de doscientos médicos.

Todo esto no es chicana ni se dice en el aire, porque la 25 Enmienda de la Constitución permite remover al presidente por razones médicas. Ni siquiera es muy complicado, basta que el vicepresidente y el gabinete lo declaren inhabilitado, por enfermedad física o mental, y se acabó el mandato.

El mensaje

Venezuela está dando señales de cooperación íntima con sus nuevos dueños. La última fue el asesinato de Ruthenford Guerrero Flores, el Niño Guerrero, líder de la banda Tren de Aragua, por lo que parece haber sido un comando mixto militar venezolano-norteamericano. No es una gran pérdida para le humanismo internacional, pero Washington aprovechó para mandar “un claro mensaje a América Latina”. El mensaje lo mandó Patrick Weaver, el subjefe de Gabinete del ministro de Defensa Pete Hegseth, por la red social X: “no habrá refugio para los narcoterroristas en nuestro hemisferio”.

Quedamos avisados que el hemisferio es de ellos.

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