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Cuba: cambios con futuro incierto

Las reformas anunciadas en Cuba y los avances de la extrema derecha en América Latina vienen a compensar oportunamente los fracasos geopolíticos de Trump en el frente de Oriente Medio, donde tras las negociaciones en Suiza conducentes a finalizar el enfrentamiento militar, Teherán anunció que retomará la administración del estrecho de Ormuz. Estas novedades, con independencia de la grandilocuencia política de algunos de sus animadores, alivian tensiones y alejan la posibilidad de una crisis energética global con consecuencias imprevisibles.

Las reformas anunciadas por el gobierno cubano fueron presentadas como un triunfo de la línea dura trumpista, necesitada de éxitos que publicitariamente compensen los magros resultados de la guerra que los Estados Unidos, en sociedad con Israel, desplegaron contra Irán. Sin embargo, conjurado el riesgo de una crisis energética global, las medidas anunciadas en Cuba ya son objeto de encendidas polémicas.

El 18 de junio hubo en Cuba una sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional para recibir del Gobierno un anuncio de 176 nuevas reformas económicas y sociales. Las medidas, que coronaron los anuncios preliminares del presidente Miguel Díaz-Canel a principios de mes, fueron presentadas por el primer ministro Manuel Marrero.

Lo más destacable del plan reformista es la apertura a la inversión extranjera —franquicias de alimentos, creación de redes gastronómicas e inversión internacional—, el otorgamiento de permisos para que las empresas cubanas privadas puedan aumentar el número de empleados hasta 100, la habilitación de la banca privada, supervisada por el Banco Central, el incremento del salario mínimo legal, la eliminación de precios máximos y la descentralización del aparato del Estado.

El hecho fue mesuradamente bien recibido por el sistema de medios alineado con Trump y su cruzada por devolver al capitalismo altamente concentrado una razón de ser superior, especialmente cuando los sinsabores por la guerra contra Irán demostraron que los Estados Unidos —aliados con Israel— carecen de una conducción infalible. Y si la resistencia iraní pudo resultar razonablemente inesperada, no haber tenido en cuenta las consecuencias globales por el cierre del estrecho de Ormuz trajo a la superficie un nivel de improvisación tan sorprendente como peligroso. Urgía un acuerdo con Irán y se logró, aun dejando de lado a Israel. También urgía ver cómo hacerse eco de las expresiones de Trump, que insistía en autopromoverse como ganador de la contienda y gran pacificador de la región.

Pero la batalla cultural es pródiga en regalos consuelo para quienes, como Trump y sus socios, han decidido continuar inventándola y alienarse en el invento hasta el final. En esta ocasión, obsequiaron a los cruzados trumpistas los colombianos, que luego de un escrutinio final reñido de la segunda vuelta de las elecciones otorgaron el triunfo al abogado, empresario y político de extrema derecha Abelardo Gabriel de la Espriella y Otero.

Para imponerse en la contienda electoral, De la Espriella propuso un programa tan falto de originalidad que ya es un lugar común. En efecto, planteó que su gobierno achicaría severamente el Estado, establecería la desregulación económica a ultranza y rebajaría los impuestos corporativos. En materia de seguridad, procuraría recuperar el control territorial, construiría megacárceles al estilo del salvadoreño Nayib Bukele y fortalecería y modernizaría a las Fuerzas Armadas, entre otras iniciativas por el estilo, para encarar una ofensiva directa contra el narcotráfico.

Aún estaban calientes las urnas, al atardecer del 21 de junio, cuando Trump y Milei ya saludaban al candidato de extrema derecha, dándolo como ganador, y sin solución de continuidad grandes empresas transnacionales y “los mercados” hacían lo propio. Desde el punto de vista geopolítico, esas elecciones adquirían especial importancia porque ratificaban una vez más el avance de la extrema derecha en la región sin abandonar el sistema democrático, ciertamente, pero mediante agrupamientos y liderazgos emergentes por fuera de las fuerzas políticas tradicionales.

Un largo lagarto verde

Desde el 1° de enero de 1959, cuando liderados por Fidel Castro el Movimiento 26 de Julio y sus aliados derrocaron al dictador Fulgencio Batista, la Revolución Cubana impactó significativamente durante la Guerra Fría. Fue la coronación de una lucha armada que había comenzado con una derrota, el fallido asalto al Cuartel Moncada en 1953, luego seguida por el repliegue a México, el regreso en 1956 a bordo del yate Granma y la guerra de guerrillas desde la Sierra Maestra hasta el triunfo, tres años después.

Una vez en el poder, la revolución implementó reformas agrarias, nacionalizó empresas extranjeras y desplegó políticas que garantizaran a la población el acceso universal a servicios básicos como la salud y la educación. El sistema de partido único generó un enorme apoyo popular, al tiempo que se daba en paralelo el exilio de grandes contingentes de cubanos, que actualmente suman, con sus descendientes, alrededor de 640.000 solamente en Miami.

También fue una revolución que desde sus inicios generó apoyos, malentendidos, disputas y desilusiones. Baste como ejemplo la visita de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir a comienzos de 1960. La pareja recorrió la isla con Fidel Castro, a quien Sartre consideró un “líder auténtico” y carismático, no condicionado por preconceptos ideológicos sino por una praxis constante y enriquecida por la propia acción revolucionaria. Durante su visita escribió 16 artículos para el diario francés France Soir, que luego serían reunidos en un libro titulado Huracán sobre el azúcar. En ellos retrató un proceso que sobrepasaba el cambio político para ingresar en una experiencia humana radical, enfrentada al imperialismo yanqui y al subdesarrollo consiguiente.

Los artículos de Sartre, potenciados por su prestigio, contribuyeron a que también otros intelectuales progresistas adoptaran una visión idealizada de la Revolución Cubana, considerando que podría trazar un camino intermedio entre el capitalismo occidental liderado por los Estados Unidos y el estalinismo soviético. Pero, habida cuenta de las tensiones con Estados Unidos, que impuso un embargo comercial, Cuba estrechó lazos económicos y militares crecientes con la URSS, lo que motivó que Sartre y otros intelectuales comenzaran a considerar que el régimen se estaba “sovietizando”. Hasta que en 1971 fue detenido el poeta Heberto Padilla, acusado de “actividades contrarrevolucionarias”, quien luego de padecer interrogatorios durante varias semanas debió leer una autocrítica pública en el Sindicato de Escritores y Artistas de Cuba. El “Caso Padilla” concluyó entonces con una confesión del causante y la denuncia de otros amigos y compañeros.

Para Sartre y varios intelectuales de izquierda, desde Octavio Paz hasta Susan Sontag y Simone de Beauvoir, eso fue intolerable. Le hicieron llegar a Fidel Castro una carta donde expresaban que sentían “vergüenza y cólera” por el episodio y por la deriva represiva que asumía la revolución. Sin embargo, el castrismo en el poder había marcado un antes y un después en la geopolítica de América Latina, y continuaba siendo para sus defensores un modelo de soberanía y justicia social. Para sus críticos, que tampoco revisaban su convencimiento, seguía representando una dictadura prolongada y el aislamiento económico de la isla.

El largo adiós

Fidel Castro se mantuvo en el poder hasta 2006, cuando transfirió el mando a su hermano Raúl y consolidó un legado que sigue siendo objeto de intenso debate histórico y político. En mayo de 1959 visitó la Argentina por primera vez para participar de la Comisión de los 21 de la OEA. El entonces presidente Arturo Frondizi lo recibió, poniendo en juego la continuidad de su mandato por la reacción adversa de las Fuerzas Armadas. Por su parte, Fidel Castro, alojado en el Hotel Alvear, fue rodeado por multitudes entusiastas y animó un momento —no sería la única vez en Buenos Aires— de enorme impacto popular y en los medios.

Volvió después de 36 años, durante la presidencia de Carlos Menem, en octubre de 1995, para participar en la V Cumbre Iberoamericana realizada en San Carlos de Bariloche.

La tercera visita fue poco más tarde, en mayo de 2003, en ocasión de la asunción presidencial de Néstor Kirchner. Esta tercera visita quizás sea la más recordada no solo por su participación en la asunción de Kirchner en el Congreso de la Nación, el 25 de mayo, sino también porque al día siguiente pronunció un discurso en las escalinatas de la Facultad de Derecho de la UBA, donde ante unas 50.000 personas enfervorizadas aseguró que “un mundo mejor es posible”. Habló durante casi tres horas y los manifestantes siguieron sus palabras bajo una fría llovizna, con el secreto convencimiento de participar de un acto político significativo y de una liturgia renovada.

Tres años después, en julio de 2006, Castro participó de la XXX Cumbre de Presidentes del Mercosur, en la provincia de Córdoba. Sería esta su cuarta y última visita al país, y se destacó por un gesto desbordante de simbolismo revolucionario: con el venezolano Hugo Chávez estuvieron en la casa donde Ernesto Che Guevara vivió gran parte de su infancia y adolescencia, en la localidad de Alta Gracia.

Apenas vuelto a Cuba, la televisión nacional anunció que Castro, luego de ejercer durante casi medio siglo el gobierno directo de la isla, delegaba provisoriamente la mayoría de sus cargos en su hermano Raúl. Eso quedó formalizado a partir de febrero de 2008 y perfeccionado en abril de 2011, cuando además Raúl asumió el cargo de primer secretario del Partido Comunista de Cuba. Por su parte, Fidel, relativamente al margen del día a día de la política, continuó desplegando algunas actividades protocolares hasta su fallecimiento, el 25 de noviembre de 2016, a los 90 años. Cinco años después, Raúl abandonó el liderazgo político formal del país, dando paso a una nueva generación liderada por Miguel Díaz-Canel.

Las reformas polémicas

El gobierno cubano anunció un paquete de reformas económicas para frenar la crisis interna agravada por el bloqueo petrolero y la presión económica internacional. El presidente Miguel Díaz-Canel aseguró que la supervivencia del modelo exige implementar cambios urgentes y profundos. Solo para mencionar algunos de ellos, corresponde señalar que en la isla habrá bancos privados, entidades financieras no estatales, cuentas en divisas y casas de cambio al margen del control estatal. También las empresas públicas podrán convertirse en sociedades por acciones, y las inviables podrán liquidarse. Paralelamente, quedarán autorizadas las grandes empresas privadas sin límites de tamaño y, en el caso de los inversores extranjeros, sin que sea obligatorio constituir empresas mixtas con el Estado. Y, entre muchísimas otras modificaciones a las normas vigentes, habrá de flexibilizarse el mercado laboral.

Los cubanos, incluso los no residentes en la isla, podrán comprar inmuebles estatales, y en el ámbito energético se abrirá la participación de capital privado en la compraventa de combustible, al tiempo que serán implementados incentivos fiscales para inversiones en energías renovables. Ya existe un proyecto de ley para reducir el tamaño del gobierno central, pero redirigiendo los recursos liberados por la disminución del gasto presupuestario hacia el financiamiento de programas sociales.

Lo anunciado hasta aquí, así como también la insistencia de las autoridades en el sentido de que los cambios apuntan a preservar el sistema social vigente, ha motivado que numerosos observadores aseguren que en su momento aperturas graduales de mercado por el estilo fueron implementadas en China o Vietnam, por ejemplo, derivando en cambios estructurales irreversibles. También hay quienes dudan de que las medidas reformistas, sin embargo, sean efectivamente implementadas por una burocracia persistente, salvo que paralelamente haya grandes cambios políticos e institucionales.

Incertidumbre y futuro

A comienzos del próximo noviembre habrá elecciones en los Estados Unidos, y en ellas Donald Trump juega su continuidad por un segundo período consecutivo. Según las encuestas, al octogenario POTUS 47 no le van bien las cosas y, a contrario sensu, noticias como los anuncios del régimen cubano —derivados de la intensificación del bloqueo comercial y energético por él decidida— resultan positivas para sus aspiraciones. También lo benefician la intensa difusión de agravios a los derechos humanos y la represión en Cuba, la situación de los presos políticos, las malas condiciones carcelarias y las denuncias al respecto del Parlamento Europeo.

O sea que para Trump y parte de su equipo cualquier “éxito” ofrece una lectura electoral auspiciosa, y así lo publicitan hasta el paroxismo. Pero también hay funcionarios de altísimo nivel que prefieren ser cautelosos basándose en ciertas cuestiones estructurales poco transparentes y de muy difícil remoción, según su punto de vista. Valga como ejemplo uno de los sectores de la economía cubana, el turismo, que habilita la comprensión del conjunto.

La hotelería en Cuba es propiedad del Estado, pero está gerenciada por grandes cadenas internacionales que en los últimos meses, debido a las presiones norteamericanas y a la crisis energética, vienen saliendo del negocio. En rigor, la mayoría de los hoteles son supervisados por el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), un conglomerado empresarial y financiero controlado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). GAESA domina el 70% de la economía cubana, incluyendo sectores como la banca, las telecomunicaciones y el comercio minorista.

Para quienes ven con escepticismo las medidas anunciadas por el régimen, GAESA constituye un poder económico desproporcionado que gestiona los principales flujos de divisas del país. Sus balances financieros no se integran al presupuesto nacional ni son auditados por la Contraloría General del Estado, y alcanza el rango de “economía paralela”. De ahí que, lejos de presentar los anuncios de grandes reformas en la isla como un triunfo inapelable, prefieran transitar la opción de profundizar el bloqueo, porque piensan que GAESA, una “economía paralela” con armas, constituye un riesgo geopolítico evitable.

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