Con un pequeño cohete, Teherán le tiró abajo el discurso a Washington. Ormuz está abierto si los ayatolas quieren. Y van a cobrar peaje.
Hay veces que las cosas se arreglan con baja tecnología, un “lo viejo funciona” aplicado a las cuestiones internacionales. El jueves 25 de junio, Irán le tiró abajo buena parte del tejido de sanata a Donald Trump con un cohetito disparado desde un dron cualunque, que le hizo un agujero al puente de mando de un portacontainers. El buque estaba en el Estrecho de Ormuz, navegando pegadito a la costa sur, en aguas soberanas de Omán. No era el único, pero lo eligieron como blanco para mandar un mensaje: diga lo que diga Washington, no se navega por el Estrecho sin permiso de Teherán.
Como la guerra fue un fracaso, Trump exagera la paz y dio por abiertas las aguas angostas de la costa iraní. Podía señalar que setenta barcos pasaron por ahí sin problema el miércoles, incluyendo 29 buques tanques. Hasta se podía distraer del hecho de que era apenas más de la mitad de los 130 que pasaban por ahí antes del primer día de marzo, cuando él empezó su mal planeada guerra con sus socios israelíes. La verdadera sanata era ignorar que todos esos barcos le habían avisado a la Armada iraní que iban a usar la ruta.
Ahí fue que los Guardias Islámicos pasaron un aviso de que había que hacer el trámite y no navegar en aguas omaníes, como recomendaban los norteamericanos. “Esa ruta es inaceptable y muy peligrosa. Le advertimos a todos los buques que tienen que abstenerse estrictamente de moverse fuera de las rutas autorizadas”, que nada casualmente son aguas internacionales o iraníes. Horas después, el cohetito le pegó al Ever Lovely, de registro taiwanés. Fue perfectamente calculado para que el buque no se hunda ni se incendie, apenas reciba el mensaje.
El petróleo subió un dos por ciento en los mercados internacionales.
El vicepresidente JD Vance, verdugueando a los iraníes, había dicho que era imposible que cobraran peaje por pasar por el Estrecho. “¿Cómo van a hacer?” prepeó. Bueno, así, haciéndole a las navieras una propuesta que no pueden rechazar.
Omán, discretamente, está hablando con Irán para ver cómo se negocia el tema, cómo se cobra el peaje. Es notable: Teherán terminó tres meses de paliza militar monetizando el Estrecho y con un plan de paz que sólo contempla la cuestión nuclear, no los misiles, ni Hezbolá, ni Hamás.
En Estados Unidos cada vez crece más la convicción de que la hubris del presidente de ir a una guerra que consideraba fácil fue fogoneada por el premier israelí Benjamín Netanyahu. Las filtraciones de los desafectos ya llegan al detalle de contar sobre la reunión previa en la Casa Blanca en la que el israelí puso en pantalla al jefe de la Mossad para que explique cómo iba a ser la rebelión del pueblo iraní apenas mataran al Gran Ayatola. La inteligencia norteamericana entera le dijo a Trump que eso era un sueño, pero el Hombre Naranja los ignoró. Netanyahu le estaba diciendo lo que quería escuchar.
Ahora, el israelí es abiertamente criticado por el norteamericano, que se dio cuenta que le está saboteando la tenue negociación con los iraníes bombardeando Líbano. Trump está tan enojado, que hasta dijo una verdad, que al único gobierno al que le cae bien Netanyahu es al suyo, que los demás lo detestan. Exacto, aunque haya que aceptar que se olvidó de nuestro Javier Milei por intrascendente. Es un aviso de que Trump se dio cuenta de que a su amigo israelí le conviene una guerra eterna, pero a él no. Y en esto manda el más grandote.
La necesidad urgente de Trump es llegar a las legislativas de noviembre con la nafta en baja y la inflación calmadita, dos cosas que están lejos de suceder. Es un mal año para el presidente, que no hace más que macanas. Este miércoles arruinó una de las pocas cosas que podrían haber mostrado los republicanos en sus campañas, y lo hizo por capricho. Resulta que después de dos años de negociaciones, ambos partidos en el Congreso habían acordado una nueva ley inmobiliaria que podía realmente destrabar el mercado de la primera vivienda y de los alquileres, temas muy graves en el país. Los demócratas compraron, sabiendo que era un tema de campaña para los otros, porque realmente podían beneficiar a mucha gente. La ley pasó en Diputados y se iba a votar en el Senado este miércoles. Hasta habían preparado un acto en la hermosa rotonda, perfecta foto de campaña.
Y ahí tronó el Naranja, que le prohibió a los suyos votar el tema si antes no aprobaban su nueva ley electoral, un monumento a la paranoia y una palanca legal para hacer fraude y acusar a los otros de hacer fraude. Los republicanos llevaban semanas explicándole al presidente que ni en sueños hay votos para pasar semejante bodrio, que se olvide, pero no hubo caso. Es el segundo sapo legislativo en cosa de un mes: Trump se quedó sin la ley de espionaje, la FISA, por otro capricho por el estilo.
El problema es que el Naranja primero construyó un trípode imbatible llenando la Corte Suprema de reaccionarios, la Casa Blanca de chupamedias y el Congreso de gente aterrada de que los desbanque, pero enseguida empezó a usar esa herramienta para berretines. Todo el mundo sabe que no hay fraude electoral en Estados Unidos y que Trump perdió limpio en 2020. Todos menos él, que insiste.
Lo que hicieron los republicanos el miércoles fue irse de vacaciones hasta mediados de julio. Dejaron todo colgado, incluyendo la ley de vivienda, FISA y el resto de la agenda. Trump dijo, públicamente, que lo de la vivienda era una tontera: andá ganar una elección así.
Izquierda
Mientras, a los demócratas los corrieron por izquierda, de la mano del intendente de Nueva York Zohran Mamdani. Este martes fueron las PASO en el estado y la ciudad, y el intendente desbancó a dos históricos del partido con dos Demócratas Socialistas que él apoyó. Los DS son la gente de Bernie Sanders, probablemente el más lúcido crítico de los EEUU en muchos años, que se mueven como el ala izquierda de los demócratas, en constante tensión con los centristas y con los que opinan que la manera de ganarle a Trump es moderando el discurso. Mamdani salió a apoyar a candidatos bocones, latinos, negros, duros. Y ganó.
Ya se veía venir, porque el propio Mamdani es joven, musulmán y bocón, y una vez electo se reunió con Carl Heastie, el histórico boss del partido y presidente de la Legislatura estatal. El flamante intendente llevó una delegación de su palo y Heastie les cobró que constantemente se presentaran en las internas para desbancar gente del mismo partido. Ahí le explicaron que lo hacían no sólo para mover a los demócratas hacia la izquierda sino para tener más poder en el partido.
Cada vez tienen más votos y la pelea está trascendiendo a la más progre ciudad de Nueva York. Ya hay casos de progres ganando en distritos conservadores y Trump ya empezó a decirles comunistas, siempre una buena señal.
Afrikaners
El lector recordará que hace cosa de un año llegó a Estados Unidos un contingente de sudafricanos blancos “rescatados” por Donald Trump de las garras de la violencia negra. Fue una sanata bien orquestada, con fotos de nenes rubios comiendo caramelos en los aeropuertos y un palo al gobierno de Sudáfrica, que había denunciado al aliado Benjamín Netanyahu por crímenes de guerra. El Presidente Naranja detesta los inmigrantes, pero los boer son la excepción, y ahora está preparando la recepción para una segunda tanda.
La diferencia es que los van a esperar con una bolsa de regalos, como si fuera un cumple de primaria. La bolsita va a contener una tablet Android, una banderita norteamericana, una copia de la constitución y otra de la declaración de Independencia, y un comienzo de biblioteca con algunos libros aprobados por la derecha MAGA. Uno de los tomos es el informe encargado por Trump en persona describiendo el “desastre” de las políticas de derechos humanos y civiles en el país. Otro es fantástico: un cuento para chicos, norteamericanos, con la historia de un pequeño sudafricano negro que tiene que defender a un amigo blanco cuando lo quiere matar una patota negra. El libro es editado por PragerU, una editorial especializada en materiales docentes de derecha.
El regalito es un violento contraste con el tratamiento a otros grupos de inmigrantes desesperados, que este jueves tuvieron un par de fallos en contra en la muy derechista Corte Suprema. A partir de ahora es legal deportar a los refugiados que recibieron visas de emergencia por los desastres en sus países, como es el caso de los haitianos. Y también es legal ignorar a los que vengan a pedir refugio político y no puedan pasar la frontera. Según los supremos, si hablaron con el empleado de Migraciones del puesto fronterizo, ya perdieron la posibilidad de pedir refugio.
Puerta giratoria
Gran Bretaña se volvió a quedar sin gobierno: Keir Starmer, laborista, acaba de renunciar y probar que la inestabilidad política en su país no es monopolio de conservadores incompetentes. Es de libro, porque el Reino Unido solía ser un ejemplo de estabilidad hasta hace exactos diez años, cuando votó irse de la Unión Europea. El país es ahora claramente más pobre, comercia menos, perdió importancia en los asuntos mundiales y ya va por el séptimo primer ministro.
De todo lo que le prometieron al inglés de a pie -y fue al inglés, que el Brexit perdió mal en Escocia, Gales e Irlanda del Norte- lo único que se cumplió fue que bajó la inmigración extracomunitaria. Starmer estaba reparando el daño, eliminando algunas de las trabas comerciales que les pusieron por despecho los europeos, construyendo una defensa común y sacando suavecito el tema de volver a la UE, pero su propio partido lo sacó.
Es muy difícil no sentir aquello de la schadenfreude, la alegría por la desgracia ajena.