El ensayo de Narges Bajoghli y Vali Nasr en Foreign Affairs plantea una tesis fuerte: la guerra no quebró a la República Islámica, sino que la obligó a transformarse. Lo que emerge no sería un Irán más moderado, pero sí un Estado más nacionalista, tecnocrático y pragmático. La nueva estrategia iraní, según los autores, no puede entenderse con las viejas categorías de “duros” y “moderados”. Después de las guerras con Israel y Estados Unidos, Teherán busca convertir la supervivencia en ventaja estratégica, redefinir su contrato interno y disputar el nuevo equilibrio de poder en Medio Oriente.
En Iran’s New Grand Strategy: How a Remade Islamic Republic Will Reshape the Middle East, publicado por Foreign Affairs el 3 de junio de 2026, Narges Bajoghli y Vali Nasr sostienen que la guerra no produjo el derrumbe esperado por Washington y Jerusalén. Al contrario: funcionó como una prueba brutal de adaptación.
El punto de partida es conocido. Al comienzo de la ofensiva estadounidense-israelí, la República Islámica parecía golpeada. Bombardeos sobre infraestructura, bloqueo naval, daño económico y presión interna alimentaban la expectativa de que el régimen podía tambalear. Donald Trump llegó a decir que había “decimated their whole evil empire” y luego proclamó “total and complete victory”.
Pero la lectura de Bajoghli y Nasr va en dirección opuesta. Tres meses después, Irán no solo seguía en pie. Conservaba capacidades militares e industriales, no enfrentaba una sublevación masiva y había logrado forzar a sus enemigos a reconocer que el objetivo de una derrota definitiva era inalcanzable.
La frase que ordena el argumento es clara: la guerra “has transformed” a Irán. No lo hizo más democrático ni más benigno. Lo hizo distinto. Más disciplinado, más centralizado y más atento a las exigencias de la seguridad nacional.
El fin del empate cómodo
Antes de la guerra, dicen los autores, los dirigentes iraníes creían que podían sostener indefinidamente un equilibrio de “no-war, no-peace” con Estados Unidos e Israel. Esa hipótesis quedó destruida. El ataque demostró que la ambigüedad permanente ya no garantizaba protección.
Esa experiencia habría abierto una nueva etapa. El liderazgo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, reconfigurado después de los golpes sufridos, asumió que el alto el fuego podía romperse en cualquier momento y que una nueva guerra, incluso con participación directa de Estados Unidos, era una posibilidad concreta. La defensa dejó de ser una postura y pasó a ser un principio organizador del Estado.
La consecuencia es una mutación en la gran estrategia. Irán no abandona la ideología revolucionaria, pero la subordina más claramente a la supervivencia nacional. En ese punto aparece una vieja pregunta de Henry Kissinger: si Irán quiere “representar una causa o una nación”. La tesis del artículo es que la guerra aceleró la respuesta: Teherán empieza a actuar más como Estado nacional que como movimiento revolucionario.
Una república islámica más nacionalista
Bajoghli y Nasr no presentan esta transformación como una apertura liberal. Al contrario, advierten que la nueva República Islámica seguirá siendo “highly authoritarian”. La diferencia es otra: las categorías tradicionales con las que Occidente leyó la política iraní —reformistas contra conservadores, pragmáticos contra ideólogos— ya no servirían para explicar el nuevo mapa de poder.
Lo que aparece es una élite más joven, marcada por la guerra, formada en la seguridad, la gestión estatal y la administración de crisis. No se define tanto por la vieja mística revolucionaria como por una lógica de Estado. En términos comparativos, el artículo la acerca a experiencias nacionalistas del siglo XX: regímenes autoritarios, militares o tecnocráticos, donde la ideología no desaparece, pero queda subordinada al poder estatal.
La fórmula es incómoda porque obliga a evitar dos errores simétricos. El primero es imaginar que Irán se volvió moderado. El segundo es creer que sigue siendo exactamente el mismo régimen de antes. Lo que emerge, según los autores, es un Estado más pragmático en sus métodos, pero no necesariamente menos duro en sus fines.
Nuevo contrato interno
La guerra también habría modificado la relación entre Estado y sociedad. La población iraní arrastra malestar económico, hartazgo por la represión, conflictos culturales y una crisis persistente de legitimidad. Nada de eso desaparece. Sin embargo, la agresión externa reordena las prioridades.
Las amenazas de Washington y Jerusalén, sumadas al daño material de los bombardeos, generaron un cierre de filas nacional que el régimen intenta convertir en capital político. No se trata de adhesión plena ni de reconciliación. Se trata de un nuevo terreno: la seguridad nacional como argumento para recomponer autoridad.
Por eso Bajoghli y Nasr hablan de un “new social contract”. El régimen no promete libertad política, sino protección, continuidad estatal y capacidad de resistencia. En un país golpeado por sanciones, guerra y bloqueo, esa promesa puede tener eficacia, aun cuando conviva con descontento social profundo.
Este es uno de los puntos más importantes del ensayo. La estabilidad iraní no depende solo de la represión. También se apoya en la capacidad de transformar el sufrimiento de la guerra en narrativa nacional: Irán resistió, sobrevivió y obligó a sus enemigos a negociar.
Ormuz como poder geopolítico
La nueva estrategia iraní no se limita al plano interno. La guerra confirmó el valor del estrecho de Ormuz como arma geopolítica. Irán demostró que puede alterar el comercio energético global, impactar en los precios internacionales y forzar a las potencias a medir cada paso.
Esa capacidad no equivale a supremacía. Pero sí le da a Teherán una herramienta de disuasión más amplia que sus misiles o sus aliados regionales. En un mundo sensible al petróleo, al gas y a las cadenas logísticas, la amenaza de Ormuz multiplica el peso iraní.
El resultado es una paradoja: Israel mostró una gran superioridad militar, pero Irán mostró una capacidad de perturbación regional y global que no puede ser ignorada. Esa combinación vuelve más difícil una victoria limpia de cualquiera de las partes.
Israel, Estados Unidos y el nuevo equilibrio
La lectura de Bajoghli y Nasr también golpea la estrategia israelí. Si el objetivo era destruir la capacidad iraní o precipitar una crisis de régimen, el resultado sería limitado. Israel puede dañar infraestructura, eliminar cuadros y retrasar programas. Pero no necesariamente puede rediseñar la política iraní.
Estados Unidos enfrenta una dificultad parecida. La presión militar y económica no produjo capitulación. Tampoco logró instalar una alternativa interna clara. En lugar de quebrar a la República Islámica, la empujó a reorganizar su mando, acelerar aprendizajes y reforzar una narrativa nacionalista.
Esto no significa que Irán haya ganado en todos los planos. El país sufrió daños, pérdidas y agotamiento económico. Pero el artículo insiste en que la cuestión decisiva no es la magnitud del daño, sino la capacidad de convertir la supervivencia en estrategia.
Un Irán más peligroso, no más amable
El texto evita cualquier idealización. Los autores no dicen que el nuevo Irán sea más democrático ni más pacífico. Una de las ideas centrales es que los “nationalist security states” pueden ser brutales hacia adentro y desestabilizadores hacia afuera.
Ese es el núcleo del problema. Un Irán menos ideológico no necesariamente es un Irán menos conflictivo. Puede ser incluso más eficaz: más frío en el cálculo, más disciplinado en la administración del poder y más hábil para combinar diplomacia, disuasión, economía de guerra y control interno.
La nueva gran estrategia no sería abandonar la confrontación, sino administrarla mejor. Menos épica revolucionaria y más razón de Estado. Menos retórica mesiánica y más búsqueda de ventajas concretas. Menos dependencia de viejas facciones y más protagonismo de una generación formada por guerra, sanciones y supervivencia.
La región que viene
La conclusión del ensayo es que Medio Oriente no volverá al equilibrio anterior. Irán sobrevivió a una ofensiva que pretendía reducirlo drásticamente y ahora busca consolidar sus ganancias. Israel conserva poder militar, pero enfrenta aislamiento, desgaste y límites políticos. Las monarquías del Golfo intentan evitar una guerra abierta que ponga en peligro su estabilidad económica. Estados Unidos oscila entre presión, negociación y temor a quedar atrapado en otro conflicto regional.
En ese cuadro, Irán aspira a algo más que resistir. Quiere ser reconocido como actor indispensable. No solo como amenaza, sino como pieza inevitable de cualquier arquitectura de seguridad regional.
La advertencia de Bajoghli y Nasr es que mirar a Irán con categorías viejas puede llevar a errores nuevos. La República Islámica que emerge de la guerra no es una reliquia inmóvil ni una potencia benigna. Es un régimen autoritario que aprendió bajo fuego y que ahora intenta convertir esa experiencia en doctrina de Estado.
Fuente: Narges Bajoghli y Vali Nasr, “Iran’s New Grand Strategy: How a Remade Islamic Republic Will Reshape the Middle East”, Foreign Affairs, 3 de junio de 2026.