Mientras la discusión pública se consume en la corrupción, el escándalo y el chisporroteo mediático, quedan fuera de agenda los procesos más profundos: extranjerización económica, saqueo estructural, endeudamiento, fuga de capitales, pérdida de soberanía y desmantelamiento del Estado necesario.
La derecha ha ganado siete elecciones presidenciales en Suramérica. Sus presidentes imitan a Donald Trump con sus discursos virulentos y acciones autoritarias, aunque ninguna de todas ellas permita resolver la inseguridad y el estancamiento económico. Existen diferencias entre estas figuras.
Javier Milei es el más aventurero y peligroso de todos ellos. Ofrece el país como campo de experimentación y zona liberada para la IA. Practica un sincretismo religioso mezclando catolicismo, judaísmo y aventurerismo evangélico.
Su libertarismo económico, favorable a la ideología del tecnofeudalismo de las plataformas tecnológicas, desde las cuales se organizan el lavado de cerebro y la guerra cognitiva, lo manifiesta en la destrucción —no en la reforma— de todo el patrimonio público nacional, tangible —empresas— e intangible —la ciencia y tecnología y la estructura cultural y educativa argentina—. Si esto sigue así, en el futuro los balotajes se dirimirán entre el algoritmo A contra el algoritmo B, ambos manejados por las grandes plataformas internacionales.
La seguridad es un tema permanente en gran parte del territorio suramericano —bandas narcotraficantes, violencia de todo tipo—, unido a la falta de desarrollo y de creación de empleo genuino. La región concentra cerca de un tercio de los homicidios mundiales, a pesar de tener solo alrededor del 8 % de la población mundial. Por eso muchos presidentes adoptan una respuesta agresiva y cuasi militarizada, relativamente bien vista por la población. Las brutales cárceles de Nayib Bukele son temas de estudio y de imitación, pero las anteriores no son mejores. En las cárceles ecuatorianas, el año pasado murió un recluso cada siete horas en promedio, algunos por peleas y disturbios, pero la mayoría por enfermedades y hambre.
Miedo, inseguridad y guerra cognitiva
Toda Suramérica tiene una historia de oscilaciones políticas sincrónicas; tradicionalmente eran alternancias entre centroizquierdas progres y centroderechas liberales. Sin embargo, en esta nueva ola, los votantes están premiando a los candidatos más extremos, que explicitan más dureza contra la delincuencia y contra el accionar del Estado, aunque algunas sean solo consignas contradictorias y demagógicas. Gran parte de esta nueva derecha se retroalimenta entre sí y copia el estilo de comunicación de Mr. Trump: ataques retóricos y legales contra opositores políticos y la prensa, además de transmitir odio hacia las causas percibidas como “progresistas”, como el cambio climático —“una mentira socialista”— y contra cualquier tipo de consenso.
La excusa de esta derecha hiperideologizada es crear una estructura rival para combatir al Foro de São Paulo, una reunión de líderes ideológicos de izquierda, en notoria caída de influencia popular.
Muchos interpretan que el fracaso de los planteos progresistas, defendiendo exageradamente el papel del Estado y su política “paternalista” para mejorar las condiciones de vida de los pueblos, fue uno de los motivos que provocaron el auge de esta nueva derecha, que se mueve como pez en el agua operando sobre las redes sociales, con notable éxito táctico.
No hay duda de que las redes sociales son fundamentales para el éxito de la “batalla cultural”. Alrededor del 40 % de los suramericanos afirma que las redes sociales son su principal fuente de noticias, el doble que en Europa. En eso, la izquierda sigue aún un paso atrás.
Sobre todos estos países se vuelcan, a través de las redes, las operaciones de guerra cognitiva que van modelando el cerebro de la población, en particular el miedo colectivo motivado por las grandes incertidumbres del futuro; el paulatino acostumbramiento a peores calidades de vida, a mayores niveles de pobreza, argumentando simplemente “es lo que hay”.
Eso da pie a un nuevo modo de gobernanza política que entiende que el miedo da votos, que la rabia organiza multitudes y que la inseguridad puede convertir lentamente a la Constitución en un simple estorbo.
Cuando el ciudadano ve cotidianamente extorsiones, homicidios, corrupciones, desapariciones y una justicia que no investiga, empieza a escuchar con otros oídos al candidato que promete “orden” sin explicar límites. Ahí nace un riesgo: que la gente, cansada de tanta impunidad, termine pidiendo cárcel, Fuerzas Armadas y castigo antes que pruebas, jueces y debido proceso. Si no se construye un Estado que proteja de verdad, tarde o temprano alguien va a ofrecer “protección” a cambio de libertades. Ese día se habrá entregado la democracia a quienes supieron administrar nuestro miedo.
El flanco económico
Sin embargo, nada es definitivo. El flanco débil seguirá siendo la economía y su impacto socioeconómico, ya que el crecimiento es desigual y el empleo es un problema universal mayúsculo.
Queda por ver si todo el accionar de guerra cognitiva sobre las redes le será suficiente a la nueva derecha para asegurar futuras reelecciones. La región está muy polarizada y algunas victorias han sido extremadamente ajustadas. Casi todos los países están fraccionados por mitades y es probable que esto no cambie pronto. La política libertaria de “arreglate como puedas”, con total falta de atención al sistema educativo y de salud y a las pymes, en medio de renovadas expresiones de corrupción de esta nueva casta, clara continuadora de las anteriores, no traerá ninguna tranquilidad social.
La corrupción como distracción
La exposición pública de la corrupción dirigencial no pareciera ser un problema para el gobierno ni para la oposición. Es casi una política de Estado.
La publicación de la corruptela de un sector es compensada exponiendo alguna del sector opuesto. Así, ambos extremos de la polarización se enganchan en un combate conmovedor en los medios y en las redes, y terminan entreteniendo a sus respectivos seguidores.
El problema no es que se trata de una maniobra de distracción política. Es que se va metiendo en la cabeza de todos los ciudadanos que el crimen mayor de la política es la corrupción, porque naturalizar la corrupción endémica convierte a la política en el mal mayor de la República, logrando así que la gente se aparte de una sana participación en los debates políticos y termine distrayéndose solo en el chisporroteo mediático entre mansiones, yates, vedettes y pendrives. De ese modo se benefician los muy poderosos aparatos de comunicación de las élites que manejan las agendas políticas en los medios y las redes. Todo el pueblo colabora, sin ser consciente de ello, en abstraerse de los reales destinos materiales y emocionales de sus propias vidas, que en gran medida dependen de las medidas que se tomen en los estamentos políticos del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.
Mientras todo ese circo se desarrolla en la superficie, ocurren “otras cosas” que no figuran en la agenda mediática: fuga de capitales, evasión y elusión impositiva, contrabando, negocios financieros vinculados al endeudamiento externo, carry trade, altas tasas bancarias, proliferación de cuevas que ofrecen financiamiento usurario para gente humilde, peajes para contratistas, etc. Todo conocido, pero enmascarado para el gran público, que es el que vota, mayoritariamente de modo emocional.
El saqueo estructural
En resumen, todo el sistema político se pone de acuerdo en cómo debe efectuarse el control social, vía las redes, anulando el gran debate político de las cosas importantes para el país y para los ciudadanos. Introducen el miedo y naturalizan la corrupción, solo para saturar la emotiva discusión sobre quién es más corrupto. Así logran adormecer a la población y eso contribuye a evitar el debate sobre lo realmente importante: el permanente saqueo estructural que ocurre desde hace ya bastante tiempo, la extranjerización de la economía, la destrucción de patrimonio material —industria— o intangible —educación, tecnología—, la reducción de la clase media, el desmantelamiento del Estado necesario, la pérdida de soberanía por la múltiple subordinación ideológica, el rumbo de insignificancia global.
Colocan a la inseguridad y a la corrupción en el debate cómodo, políticamente correcto, el que no molesta al poder financiero o económico, el que autoriza a autopercibirse “ético” porque se critica el desborde corrupto del otro, simulando demencia con los propios. Y todos se contentan con no tener que hablar ni enfrentar los verdaderos problemas de nuestra Patria y sus soluciones, porque eso implicaría hacer pública una explicación integral de los respectivos proyectos políticos, si es que los tienen.
Nadie reacciona.
No hay respuesta.
Por eso, solo se trata de organizar a los muchos que desean volver a pensar la Argentina desde la soberanía, desde el planeamiento estratégico, desde la justicia social.
Ricardo Auer es consultor de riesgo geopolítico y miembro del Grupo Juncal.