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La política también cree

El nuevo sondeo del CEIL-Conicet muestra que la religión no decide sola el voto, pero sí ordena climas, expectativas y formas de leer la crisis. Católicos, evangélicos y personas sin religión no miran igual al gobierno, al futuro ni a las figuras políticas. La encuesta, realizada en mayo de 2026 sobre 2600 casos por Management & Fit y analizada por el Programa Sociedad, Cultura y Religión del CEIL-Conicet, detecta una sociedad todavía mayoritariamente católica, pero con una secularización fuerte entre los jóvenes y con evangélicos más permeables al oficialismo.

La Argentina sigue siendo un país de mayoría católica, aunque esa mayoría ya no tiene el peso uniforme de otras épocas. El informe registra que el 58,9 por ciento de la población se identifica como católica. Detrás aparecen los evangélicos, con el 11,7 por ciento, y las personas que no se identifican con ninguna religión, con el 21,4 por ciento. Otros credos y adscripciones minoritarias completan el mapa. El dato central no es sólo la foto, sino la tendencia: la religión conserva peso social, pero el país ya no puede leerse como una sociedad católica homogénea.

La información surge de un estudio que dirigieron, entre otros y otras, Fortunato Mallimaci, Mariel Fornoni y Verónica Giménez Béliveau.

La diferencia generacional es decisiva. Entre los mayores de 55 años, el catolicismo llega al 73 por ciento. En la franja de 35 a 54 años baja al 63,7. Pero entre los jóvenes de 16 a 34 años cae al 46,6 por ciento: deja de ser mayoría absoluta. En ese mismo grupo, el 29,4 por ciento no se identifica con ninguna religión. Es decir: casi uno de cada tres jóvenes se ubica fuera de las etiquetas religiosas tradicionales.

Los evangélicos tienen una distribución distinta. Son el 13,1 por ciento entre los jóvenes, el 12,1 entre los adultos de 35 a 54 años y el 8,5 entre los mayores de 55. No aparecen como un fenómeno exclusivamente juvenil, pero sí como una presencia más pareja en edades activas. La novedad más grande, sin embargo, está en los sin religión: pasan de 12,5 por ciento entre los mayores de 55 a 18,2 entre los adultos y 29,4 entre los jóvenes.

El voto visto desde la religión

El informe cruza identidad religiosa y voto en las presidenciales de 2023. En el total nacional, según el sondeo, Sergio Massa fue mencionado por el 30,2 por ciento, Javier Milei por el 25,5, Patricia Bullrich por el 21,9 y Juan Schiaretti por el 6,4. Pero el reparto cambia cuando se lo mira por adscripción religiosa.

Entre los católicos, Massa aparece con 30,7 por ciento, Bullrich con 26,7 y Milei con 24,4. Allí se observa una mayor afinidad relativa con el universo PRO: Bullrich obtiene entre católicos su mejor registro comparativo. Entre los evangélicos, en cambio, Milei pasa al primer lugar, con 30,9 por ciento, seguido por Massa con 24,8 y Bullrich con 18. En el segmento “sin religión + otra”, Massa llega al 31,3, Milei al 25,6 y Bullrich baja al 13,9.

La conclusión política es matizada. No hay un “voto religioso” único, pero sí hay perfiles diferenciados. Los evangélicos aparecen más cercanos al oficialismo libertario que el promedio. Los católicos muestran una zona de contacto más marcada con el PRO. Y las personas sin religión aparecen como el grupo más crítico frente a Milei y con mayor distancia respecto de las derechas tradicionales y nuevas.

El trabajo también ofrece un dato que rompe una presunción rápida: Dante Gebel, pese a provenir de la escena evangélica, no tiene una adhesión masiva automática entre los evangélicos. Según el análisis publicado por Joaquín Algranti y Sol Prieto, entre los propios evangélicos el 27 por ciento tiene imagen positiva de Gebel, el 21,9 lo califica como regular, el 16,9 tiene imagen negativa y el 34,2 no lo conoce.

Creyentes más optimistas

Uno de los hallazgos más fuertes no aparece en el voto sino en la expectativa. Ante la pregunta sobre cómo creen que estará el país dentro de un año, el total se divide de manera pesimista: 12,6 por ciento cree que estará “mucho mejor”, 22,7 “mejor”, 16,2 “igual”, 23,5 “peor” y 22,5 “mucho peor”. Sumados, los que esperan mejora son 35,3 por ciento; los que esperan deterioro, 46 por ciento.

Pero católicos y evangélicos son algo más optimistas que el resto. Entre los católicos, 12,1 por ciento espera que el país esté mucho mejor y 25,4 que esté mejor: 37,5 por ciento en total. Entre los evangélicos, 16,3 espera que esté mucho mejor y 22,2 que esté mejor: 38,5 por ciento. En cambio, entre quienes aparecen agrupados como “otra / sin religión”, la expectativa positiva baja al 29,6 por ciento.

El reverso también importa. Entre “otra / sin religión”, el 25,5 por ciento cree que el país estará peor y el 25,9 que estará mucho peor: 51,4 por ciento de mirada negativa. Entre católicos, esa suma es 44,1 por ciento; entre evangélicos, 42,3. En plena crisis económica, la creencia religiosa parece asociarse con una mayor disposición a esperar una mejora, aun cuando predominen el malestar y la incertidumbre.

Preocupación, tristeza y enojo

La situación del país genera, ante todo, preocupación. En el total, el 26 por ciento elige esa palabra como sentimiento principal. Después aparecen tristeza, con 22,6; esperanza, con 19,8; enojo, con 13,4; y expectativa, con 10,6. El dato muestra una sociedad más angustiada que movilizada: la preocupación y la tristeza pesan más que el enojo.

Entre católicos, la preocupación llega al 26,5 por ciento, la tristeza al 21,9, la esperanza al 20,4, el enojo al 12,9 y la expectativa al 11,2. Entre evangélicos, la esperanza sube al 21,9 y el enojo baja al 8,5, mientras preocupación y tristeza quedan en 23,6 y 22,4. En cambio, entre “sin religión + otra”, el enojo trepa al 16,4 y la tristeza al 24, mientras la esperanza baja al 17,9.

Esa diferencia ayuda a leer el clima político. Los creyentes, sobre todo evangélicos, no son necesariamente oficialistas en bloque, pero muestran más esperanza y menos enojo que los no religiosos. Los sin religión aparecen como el grupo más desencantado: más tristeza, más enojo y menos confianza en la mejora. El informe sugiere que la religión puede funcionar como una estructura simbólica para tramitar la incertidumbre, no sólo como una identidad doctrinaria.

Ingresos, clase y malestar

La dimensión social completa el cuadro. En el total, apenas el 12,2 por ciento dice que los ingresos familiares alcanzan bien y permiten ahorrar. El 32,1 afirma que alcanza justo, sin grandes dificultades. El 32,4 responde que no alcanza y que tiene algunas dificultades. Y el 22 por ciento dice que no alcanza y que atraviesa grandes dificultades. Es decir: más de la mitad declara algún grado de insuficiencia de ingresos.

Entre evangélicos, la situación aparece más deteriorada. Sólo el 9,3 por ciento dice que puede ahorrar; 31,8 afirma que llega justo; 33,9 que no le alcanza y tiene algunas dificultades; y 24,5 que no le alcanza y tiene grandes dificultades. Entre católicos, los números son 11,9, 32,9, 32,4 y 21,7. Entre “otra / sin religión”, 14,1 puede ahorrar, 30,6 llega justo, 31,8 tiene algunas dificultades y 21,5 grandes dificultades.

El dato es clave porque evita una lectura puramente cultural. La cercanía relativa de los evangélicos con Milei convive con mayores dificultades materiales. El voto y las expectativas no se explican sólo por ingresos, educación o empleo, pero tampoco sólo por religión. El informe propone mirar las intersecciones: clase, edad, territorio, nivel educativo, creencias y emociones sociales.

La política argentina, entonces, no se organiza únicamente entre oficialismo y oposición. También se ordena por modos distintos de soportar la crisis. En un país donde 58,9 por ciento se dice católico, 11,7 evangélico y 21,4 sin religión, las creencias no desaparecieron de la esfera pública. Cambiaron de lugar. Ya no actúan necesariamente como mandato institucional, pero sí como lenguaje, sensibilidad, esperanza o rechazo.

Por eso el “factor creencia” no debe leerse como una explicación única del voto, sino como una pista. Entre los jóvenes crece la distancia con las religiones tradicionales. Entre los evangélicos aparece una mayor afinidad relativa con Milei. Entre los católicos persiste una zona de contacto con el PRO. Entre los sin religión se concentran posiciones más críticas, más enojo y más pesimismo. El mapa religioso no reemplaza al mapa político, pero lo ilumina. Y en una Argentina atravesada por la crisis, la pregunta por lo que se cree también ayuda a entender lo que se vota.

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