Mientras factura con la presidencia, Donald Trump prepara trampas para noviembre, para ganar o por lo menos para decir que le hicieron trampa.
El lunes 29 de junio, la Corte Suprema de Justicia le dio un lindo golpe a Donald Trump cuando dijo que sí, que es legal votar por correo hasta el mismo día de la elección que sea. Esto le suena rarísimo al argentino de a pie, que va y vota en persona el domingo que le toque, pero es costumbre en Estados Unidos. Antes de la fecha del comicio, el paisano recibe un sobre especial con la boleta adentro. Basta una birome para marcar lo que se vota, sellar el sobre y tirarlo en cualquier buzón, artefacto que por allá todavía existe. El sobre contiene un voto válido si el matasellos muestra una fecha hasta el mismo día de votación, y tiene cinco días para ser contado. Hay 18 estados que permiten votar así y en las elecciones de 2024, las que Trump ganó por apenas el 1,5 por ciento, el correo manejó como mínimo 725.000 votos enviados el mismo día de la elección.
Esto, claro, demora el conteo final y a veces decide el resultado. El detalle es que es una manera de votar popular entre demócratas y no tanto entre republicanos, con lo que la derecha la odia y la denuncia como una forma de fraude. El fallo del lunes era sobre la ley electoral de Mississippi, denunciada por los republicanos como fraudulenta e ilegítima. Los supremos no lo vieron así y es probable que ya estén estudiando un fallo sobre otro truco ya judicializado, el de ordenar al Correo nacional que no acepte los sobres. Un juez federal ya dijo que no.
Era un tiro a distancia, porque la Constitución norteamericana les deja el tema electoral a los Estados de la Unión, no al Ejecutivo nacional. Esto es algo que Trump quiere cambiar desesperadamente con una ley, la SAVE, que nacionaliza el sistema. Está obcecado con el tema, hasta el extremo de pelearse con sus propios legisladores, que le avisan una y otra vez que no hay votos para aprobarla.
Claro que Trump no se limitó a este caso legal, ni mucho menos. Desde que asumió insiste en que los estados le manden al gobierno federal los padrones electorales, para que los filtren en Washington. La idea es encontrar cómo sacarle el voto a todos esos apellidos latinos, que tienden a votar demócrata. Hasta ahora, ni los estados más MAGA cumplieron la orden y varios están litigando para mantener su soberanía. La idea de que el Correo nacional no enviara los votos era otro apriete a los estados que no enviaran los padrones. Otra estrategia es cortar por lo más fino y acusar penalmente a las autoridades electorales locales o provinciales que, según el gobierno nacional, no protejan adecuadamente sus sistemas informáticos. Según la fantasía MAGA, las computadoras se usan para hacer fraude.
Es una fuerte ironía, porque las acusaciones de influencia digital que existen y tienen alguna entidad probatoria son de agentes extranjeros, más que nada rusos, llevando agua para el molino trumpista. De hecho, entre las primeras cosas que hizo Trump en este segundo gobierno fue liquidar la unidad especializada del FBI y vaciar la Agencia de Seguridad Cibernética. La Agencia coordinaba los esfuerzos de seguridad digital de las autoridades electorales en los estados.
En la purga general de “opositores” también hubo un capítulo electoral. El mismo día en que asumió en enero de 2025, Trump firmó un decreto diciendo que el gobierno de Joe Biden había llevado adelante una campaña contra la oposición y ordenó que le llevaran pruebas. Nunca se las llevaron, o las mantuvieron en secreto, pero lo que ocurrió fue que despidieron a cuando agente federal hubiera trabajado en una investigación que tocara remotamente al nuevo presidente. A los que no podían echar les revocaban el acceso a información confidencial, lo que te reduce a ser un cadete. Y los tribunales federales siguen tratando la acusación de fraude contra las autoridades electorales del Condado de Fulton, en Georgia, con la exigencia de que entreguen los padrones que usaron en 2020.
Fulton casi ni existe, pero es un eje de la fantasía MAGA de que Trump ganó, pero le robaron la elección.
De paso, un fallito casi cómico: Trump había pedido a la Corte que cancele el pago de cinco millones de dólares que le debe a la escritora E. Jean Carroll, que le ganó una demanda por violarla en el probador de una tienda. La Corte simplemente rechazó pronunciarse, sin explicaciones, y ahora el presidente tiene que pagar. Lo peor, es que el Naranja puede tener que pagar mucho más, porque Carroll le hizo otro juicio por calumnias. Cuando perdió la primera causa, Trump la insultó una y otra vez, y en enero de 2024 un jurado le pasó la cuenta de 83,3 millones de dólares por calumnias. Es inminente que el caso llegue a los supremos.
Mucho más fuerte fue el fallo que declara ilegal el decreto trumpista que cancela el jus soli en Estados Unidos. A Trump se le había metido en la cabeza que los hijos de ilegales eran tan ilegales como sus padres y no podían ser ciudadanos. La constitución nacional no menciona el tema, pero la Enmienda 14 sí lo hace, y muy claramente: quien nazca en suelo norteamericano o en cualquier territorio bajo dominio norteamericano, es norteamericano. La Enmienda fue escrita para matar un truco de abogados de los sureños derrotados en la Guerra Civil, que decían que sus ex esclavos no podían ser ciudadanos porque descendían de inmigrantes sin papeles…
La Corte fue clarísima: el tema es dónde nacés, no los papeles que tengan tus padres.
Más poder
Pero la Corte Suprema, que le debe la mayoría conservadora al Presidente Naranja, le dio una alegría el mismo lunes. Fue con un caso administrativo que planteaba que el presidente puede nombrar y echar por la libre a los titulares de entes reguladores. La tradición en Estados Unidos es que gente como, por ejemplo, el titular de la Agencia de Protección Ambiental, es aprobado por el Senado a propuesta del presidente y no puede ser removido excepto por inconducta por el período de mandato. Pero con el habitual voto de seis a tres, que refleja el ventajón derechista en el tribunal, los supremos dijeron que no, que esos entes son parte del Ejecutivo y no hay conflicto de poderes.
Con una excepción: el Banco Central, que consideran “un caso especial”.
Esto vino al caso porque se trataba de dos juicios separados que la Corte resolvió juntos. Uno era el de Rebecca Kelly Slaughter, demócrata y miembro de la Comisión Federal de Comercio, que Trump odia por discutidora. Ahora puede echarla tranquilo. Pero el otro caso es de una miembro del Banco Central, Lisa Cook, a la que los republicanos acusan de hacer fraude con una hipoteca. Cook es ahora intocable, a menos que prueben que hizo fraude.
La concentración de poderes en el Ejecutivo sigue firme. Es probable que sea la verdadera herencia del Naranja.
Dineros
Una tradición norteamericana es que sus presidentes no se enriquecen durante sus mandatos. El caso paradigmático es el de Ulises S. Grant, cuyos ocho años allá en el siglo 19 son recordados como una era de corrupción y concentración de riqueza salvajes. Grant le permitió a muchos hacerse riquísimos, pero cuando volvió al llano sólo tenía deudas. Para parar la olla, literalmente, escribió sus memorias, hoy un clásico de la literatura militar y en ese entonces un bestseller que lo sacó de pobre.
No es el caso de Donald Trump, que tuvo en 2025 el mejor año de su vida. Resulta que el Naranja facturó 2.200 millones de dólares, mucho más que los 622 que declaró en 2024, antes de volver al trono. Más alarmante todavía, 1400 millones entraron el año pasado cuando un fondo de inversiones de los Emiratos Arabes Unidos compró el 49 por ciento de la firma de criptomonedas de la familia Trump. Debe ser la coima más elegante jamás inventada.
El presidente, por supuesto, dijo que todo es porque la economía y la Bolsa están muy bien, y que los Trump facturan como todos.
OTAN
En algo así debía estar pensando el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, cuando dijo esta semana que el rearmamento europeo significó ya órdenes de armamentos por 300 mil millones a Estados Unidos. Rutte hasta calculó que eso significaba 195.000 empleos en suelo norteamericano.
Fue un mensaje a Trump para que se dé cuenta de que la OTAN lo beneficia. Y una admisión notable de dependencia.
Crueldades
La siniestra agencia ICE está festejando el Mundial con una ola de arrestos nunca vista. Entre el domingo y el jueves de esta semana, detuvo diez mil indocumentados, un promedio de dos mil por día que ahora considera “normal”. Los agentes se concentraron en detener gente que iba a sus audiencias en las agencias de inmigración, a parar autos en barrios con comunidades extranjeras y a hacer redadas en la calle.
Y esta semana, la Corte Suprema blanqueó una persecución que los republicanos aman, la de la muy, pero muy pequeña población transexual del país. Es casi un entretenimiento para reaccionarios de los que se espantan con la idea de que un trans use su baño. El caso comenzó con leyes en los atrasados estados de Idaho y Virginia Oeste que prohibían que los atletas trans compitieran en categorías femeninas. Trump es uno de los ardientes fóbicos de esto, y saludó estas leyes como “un triunfo”.
Las leyes fueron bloqueadas por los jueces federales, que vieron que infringían la doctrina de igualdad ante la ley, que siempre detuvo eso de legislar para una minoría. Pero la Corte consideró legal la prohibición, aunque en un gesto casi culposo, el fallo mayoritario que escribió el supremo Brett Kavanaugh dice que “ningún atleta universitario, sea una mujer biológica o transgénero, se merece ser ignorada o atacada”.
Trump publicó en redes que esto fue “UNA GRAN VICTORIA”.