De los hombres-código indígenas a la 14.ª Enmienda, La Corte Suprema sostuvo la ciudadanía por nacimiento y frenó el intento de Donald Trump de recortar ese derecho por decreto.
Días de terror para el ultraderechista.
“Águilas que traen huevos, inicien pelea contra las tortugas de sombrero de hierro”, repito: “Águilas que traen huevos, inicien pelea contra las tortugas de sombrero de hierro”, gritaba el operador de radio. Al otro lado de la línea decodificaban el mensaje y se ordenaba que los aviones bombardearan a los tanques alemanes. Claro, el enemigo también hubiera entendido, con un poco de esfuerzo, la orden, excepto que la clave se transmitía en navajo y eso no había germano que entendiera.
Centenares de indígenas norteamericanos sirvieron como hombres-código, hablando en sus idiomas. La ironía es que solo 20 años antes habían sido reconocidos como ciudadanos del país por el que ahora arriesgaban su vida.
Y en la Primera Guerra Mundial, cuando los soldados norteamericanos de la nación Choctaw crearon a los hombres-código, los llamados Pieles Rojas no eran ciudadanos. Y, por tanto, no podían votar.
Más aún, en 1887 se prohibió en las escuelas de Estados Unidos que los indígenas hablaran en su idioma, so pena de golpes y otros castigos físicos permitidos en esos tiempos. Las lenguas nativas se refugiaron en los hogares. Por suerte, también para Estados Unidos, porque en las dos contiendas mundiales sirvieron como indecifrables códigos de guerra.
Pero el Estado no solo trató de extirpar el habla sino también la memoria, y prohibió a los hombres-código hablar sobre cómo habían ayudado a ganar la guerra. No solo les quitaron la tierra sino también su derecho a ser reconocidos como héroes.
En resumen, podían luchar y morir por una bandera que no los acogía.
Sin derechos
Los indígenas, legítimos propietarios de la tierra donde se fundaron los Estados Unidos, no eran ciudadanos. Para ellos, como para los afroamericanos, no existía aquello que proclamaba la Declaración de la Independencia: “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”.
Como describiría George Orwell muchos años después, “hay unos más iguales que otros”. Afros e indígenas no eran ciudadanos, ni eran iguales, y mucho menos gozaban de derechos. Irónico que el redactor del documento, Thomas Jefferson, se acostara con su esclava Sally, y tuviera seis hijos con ella, de los cuales solo liberó a dos. Los otros fueron heredados por su hija blanca.
La guerra que lo cambió todo
Antes de la batalla de Gettysburg, Abraham Lincoln pronunció su más célebre discurso, en el que recordó: “hace ochenta y siete años, nuestros padres crearon en este continente una nueva nación, concebida en libertad y consagrada a la premisa de que todos los hombres son creados iguales”.
Casi 90 años después, 750 mil hombres morirían en la guerra que terminaría con la esclavitud. Pero, pese a haber perdido la guerra, en los 11 estados del sur los afro no eran ciudadanos y eran sometidos a una semiesclavitud.
Se basaban en que, en 1857, la Corte Suprema había fallado en el caso Dred Scott vs. Sandford: “un negro no puede ser ciudadano”. Después de la guerra, los estados confederados sacaban “Códigos Negros” para mantener a los libertos como semiesclavos sin derechos.
Por eso, en 1868, se aprobó la 14ª Enmienda, cuyo espíritu acaba de ser recordado por la Corte Suprema de Justicia gringa, que sancionó: “Todas las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos, y sujetas a su jurisdicción, son ciudadanos de Estados Unidos y del Estado donde residan”.
La enmienda fue aprobada por amplia mayoría en ambas cámaras y por la mayoría de los estados de la Unión. Se eliminaba, de esta manera, el fallo Dred Scott vs. Sandford; se daba plena ciudadanía a los afroamericanos y se le ponía un candado a la pretensión de cualquier presidente de anular la ciudadanía por nacimiento a través de un decreto.
Sin embargo, en los hechos, los afroamericanos recién tuvieron pleno derecho al voto a partir de 1965. Las mujeres lo hicieron en los años 20 del siglo pasado, y los indígenas, después de 1924.
El derecho que da derechos
A Donald Trump, fiel a su estilo, le importó un bledo la Constitución y sus enmiendas, y en marzo de 2025 aprobó una orden ejecutiva para evitar que los hijos de inmigrantes ilegales tuvieran la ciudadanía automáticamente por el hecho de nacer en el país.
Pocos días antes del 4 de julio, la Corte Suprema determinó, por 6 votos contra 3, que esa determinación era anticonstitucional. La ultraderecha en el poder dice que basta con que se apruebe una ley en el Congreso, lo cual no es verdad. Es, más bien, un intento de aminorar la derrota; en los hechos, para cambiar la determinación necesita dos tercios de ambas cámaras y, además, dos tercios de los estados. Hoy por hoy, imposible.
La herencia de nuestros padres
La resolución por mayoría que le puso un “estate quieto” al hombre del pelo naranja fue redactada por el juez más respetado de la Suprema, John Roberts, quien señaló que, 250 años después de la Declaración de Independencia, la justicia norteamericana sigue la promesa de los padres fundadores, reiterando la otorgación de la ciudadanía a toda persona nacida en el territorio de la Unión.
“Es un derecho que da derechos”, resumió el magistrado, quien, en el texto que justifica el voto de la mayoría, señala: “La ciudadanía era el derecho a tener derechos: participar libremente en nuestra comunidad política. Los redactores extendieron esa promesa a ‘toda persona nacida libre en esta tierra’. Hoy mantenemos esa promesa”. Esa mayoría pisa las huellas de sus mayores, fundadores de la democracia más antigua de la era moderna.
Así, en pocos días, Donald Trump recibió cuatro sopapos de la ley: deberá pagar 5 millones de dólares por abuso sexual y difamación a la escritora E. Jean Carroll; la ciudadanía por nacimiento tiene plena vigencia; y el presidente norteamericano puede ser juzgado, como cualquier ciudadano, en caso de cometer crímenes estando en el poder.
Y hay una cuarta, muy importante: una jueza en Massachusetts frenó permanentemente la pretensión presidencial de que los votos por correo debían llegar el día del recuento general. Si llevan matasellos de la fecha de la elección o anterior, son válidos. Un golpe muy fuerte para los republicanos. El propio Trump señaló: “El voto por correo es terrible para los republicanos. Entre el 60 y el 70 por ciento de este tipo de votos es demócrata”.
Para la ultraderecha norteamericana, noviembre está cada vez más cerca y, como diría Ned Stark, “el invierno está en camino”.
Y es que, como escribió Thomas Jefferson hace 250 años, los seres humanos tenemos derecho a la Felicidad (con mayúsculas, como lo puso él).