Los bloqueos, las marchas, las amenazas cruzadas y la imposibilidad del Gobierno de encontrar una salida política configuran una crisis que puede tornarse más violenta si no aparecen señales claras de negociación.
Cuando menos, existen dos Bolivias. Por un lado, la indígena, con amplia tradición comunitaria y que, aunque practica las leyes del mercado, conserva muchas características ancestrales. Frente a ella están los llamados blancoides, descendientes de occidentales que miran a Miami como la Meca, con decir que hubo gobiernos bolivianos cuyos ministros hablaban entre ellos en inglés frente a la prensa, en la ingenuidad de creer que algunos de los hombres de la grabadora no los iban a entender.
Ciento ochenta años los segundos ocuparon la parte superior de la pirámide social y económica. Con Evo Morales presidente y Álvaro García Linera de vice, eso se acabó. Los indios ingresaron al Estado y hoy, en los caminos y avenidas, están demostrando que no están dispuestos a irse, a que la historia y las determinaciones se tomen sin ellos.
¿Cuánto puede durar el bloqueo? Debido a la organización comunal de los aymaras puede durar muchas semanas, pues las comunidades rotan para ejercer las medidas de presión y poner las piedras en el camino.
La Paz sigue bloqueada por los cuatro costados y escasea el combustible, más aún cuando Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, YPFB, ha anunciado que la planta de Senkata, en El Alto, puede enviar a cuentagotas la gasolina que necesitan los vehículos de la sede de gobierno. Generalmente, los envíos se hacen de madrugada, cuando los bloqueadores duermen.
Así, de a poco se van apagando las actividades en la ciudad. Colegios y universidades pasan clases virtuales, y lo propio ocurre con la mayor parte de las reparticiones gubernamentales, incluyendo los juzgados.
Parte de la pelea se centra en las redes sociales, que, como el papel en el pasado, aguantan todo. Los discursos se resumen en: Rodrigo Paz fue elegido por votación ciudadana y se debe respetarlo; además, acabará con el estatismo masista y pondrá en su lugar a los indios. Y, del otro lado, que renuncie por habernos traicionado y por corrupto; además, los indios queremos que se nos tome en cuenta y se nos incluya en el manejo del Estado.
Los mensajes de la derecha parecen dar la razón a los bloqueadores. De hecho, no se ha superado el racismo. Textos en las plataformas sobre cómo poner raticida en comida que se invitaría a los manifestantes muestran que el odio está lejos de desaparecer.
Y, claro está, también la violencia ejercida por quienes protestan, que no dejan funcionar tienda alguna ni venta siquiera en la calle en los lugares donde están.
Es el choque de dos trenes que podría tornarse violento.
Así lo demuestra que el jueves 21 de mayo, el Comité Pro Santa Cruz, la organización civil cruceña que agrupa a la derecha, determinó dar un plazo hasta el lunes para que se levanten las piedras de los caminos de su departamento; caso contrario, ellos organizarían grupos de choque para enfrentarse a los movilizados.
La respuesta llegó desde la nación Cacachaca, una de las 36 naciones que viven en Bolivia, donde unas cuatro centenas de originarios marcharon con fusiles y AK-47, señalando que, si los cruceños querían guerra, guerra tendrían. De momento, son más puestas en escena y amenazas que hechos, pero si no hay soluciones, los enfrentamientos pueden darse.
En resumen: no hay grandes señales del Gobierno, y la pradera está cada vez más seca mientras más de uno tiene ya en las manos cajas con fósforos.
El músculo descansa
El martes 19 de mayo, los movilizados descansaron después de las marchas del domingo. Incluso hay sectores que caminaron por tres o cuatro días para llegar hasta la sede de gobierno. Pero miércoles, jueves y viernes continuaron las marchas hacia el centro del poder político, la Plaza de Armas, conocida como la plaza Murillo, kilómetro cero de este país.
Mientras, El Alto es una ciudad con la actividad a medias. La gente camina largas horas buscando llegar a sus puestos de trabajo o de venta. Y hay molestia. Sin embargo, no siempre esta es hacia los manifestantes, sino también hacia el Gobierno.
En el otro vértice, en la zona sur de Nuestra Señora de La Paz, en los barrios chetos, grupos de ultraderecha llamaron a concentrarse con palos y armas contundentes en la iglesia de San Miguel para evitar que pasen por “sus” calles las marchas que vienen desde Palca, Mecapaca y Achocalla, es decir, de las laderas que están frente o al lado de El Alto. La convocatoria no prosperó y la policía mantuvo separados a los dos grupos, aunque la verdad es que la marcha desde los sectores periféricos de la ciudad era masiva.
Así, en la Bolivia de hoy se produce una paradoja. Los sectores que no votaron por Rodrigo Paz, los más favorecidos por la diosa fortuna, defienden a capa y espada al Gobierno. Y los más pobres e indígenas que votaron por él como mal menor para que no ganara Tuto Quiroga, el recalcitrante neoliberal, hoy están en las calles porque se sienten traicionados.
Corredor humanitario y boxeo con la sombra
Al momento del cierre de esta nota, en la tarde del viernes 22 de mayo, el Gobierno trata de lograr un corredor humanitario de pocas horas para que pasen alimentos. El gran problema es que la negociación con los movilizados es difícil porque el movimiento es una hidra de cien cabezas.
Ahí está su fuerza, pues el poder llega a acuerdos con unos e inmediatamente se suman otros, pero también su debilidad. De hecho, hay una sola consigna que los une a todos: la renuncia de Paz Pereira.
El movimiento de protesta en Bolivia no tiene que ver con un partido o con un solo liderazgo. Es el hartazgo de la crisis económica, más la gasolina basura, más el intento de imponer el neoliberalismo.
El Gobierno, equivocadamente, busca individuos para perseguir. Primero se acusó al muy alicaído Evo Morales de ser el causante y, para la prensa internacional, se habló de que la causa de la movilización eran las acusaciones por trata y tráfico de menores contra el expresidente. Y ahora se persigue a los dirigentes de la Central Obrera Boliviana, a los que la Policía Boliviana dice que no puede dar con su paradero.
El resultado es que la figura del primer indígena mandatario de Bolivia está renaciendo, más aún cuando ya no tiene rivales para hacerse del MAS.
De hecho, es común escuchar entre los más necesitados: “Con Evo vivíamos mejor”.
Las denuncias del Gobierno sirven para afianzar a sus seguidores, pero no convencen a los que están en las calles.
Hacia la derecha
El jueves 21 de mayo el presidente Rodrigo Paz presentó al nuevo ministro de Trabajo, el abogado Williams Bascopé, como un hombre de diálogo. Inmediatamente, algunos periodistas recordaron que la flamante autoridad, en enero de 2024, presentó un proyecto de ley antibloqueo cuyas penas de cárcel iban de 10 a 20 años. La propuesta fue rechazada y hoy se ha comprobado que, con más de 51 bloqueos en el país, sería impracticable.
Esa contradicción entre la necesidad de diálogo y las amenazas, como la de penalizar legalmente, es una constante en la situación actual boliviana. El martes, el presidente Paz Pereira dijo que incluiría a todos los movimientos sociales en el nuevo gabinete, pero señaló que no negociaría con vándalos. Esta segunda parte no cayó muy bien entre los miles de movilizados.
Día a día crece el número de cortes de ruta y esporádicamente, en algunos lugares, se dan desbloqueos aislados por parte de la policía. Pero funciona, y muy bien, el plan Pulga: llegan los uniformados y los manifestantes solo dan pequeñas peleas; luego retroceden, pero bloquean kilómetros más allá. Cuando llegan los uniformados al nuevo bloqueo, las comunidades han vuelto a poner piedras en el lugar donde horas antes fueron retiradas por las fuerzas del orden.
La situación es tensa. Por ejemplo, el jueves, en Yapacaní, municipio que se encuentra en el límite entre Santa Cruz y Cochabamba y que es estratégico porque la carretera que une oriente con occidente pasa por ahí y porque, además, es una zona donde los migrantes andinos son mayoría, fallecieron tres miembros de una familia cuando la motocicleta en la que viajaban fue impactada violentamente por una camioneta de la policía antidroga que era manejada a gran velocidad. La respuesta de los pobladores fue incendiar el retén policial y tres vehículos.
En el Gobierno han perdido el sueño. Simplemente, no encuentran la vía para solucionar el problema cediendo un poco, pero sin que esto los lleve a romper con el FMI y con los empresarios privados que quieren el modelo de Milei y Trump, sin darse cuenta del país en que viven.
De hecho, la ultraderecha tiene una sola respuesta: mano dura. Pero lo ocurrido el sábado, cuando el intento de levantar el bloqueo culminó en fracaso y en que una mayor cantidad de personas se sumaran a la movilización, lleva a pensar que dictar estado de sitio y no poder implementarlo sería el final de este acto.
Se habla entonces de llevar al gabinete y al Presidente a gobernar desde Santa Cruz, y esto es posible, pero ellos no son el Estado. Pueden determinar lo que sea desde tierras orientales, pero ¿quién les haría caso en ministerios cerrados?
Por otra parte, la gran mayoría de las exportaciones bolivianas pasan por la zona occidental rumbo a puertos chilenos o peruanos y, además, el 64 por ciento del mercado de los productos cruceños se vende en el occidente hoy bloqueado.
Como en la película de Miloš Forman protagonizada por Jack Nicholson, los del Gobierno están atrapados sin salida. ¿Lo está también el país?