El enfoque monetarista de la gestión actual es ineficaz, pues se empeña en una tarea imposible: el control de la base monetaria. La visión del oficialismo sobre el comercio internacional es ideológica. El desarrollo histórico de las potencias mundiales se basó en el proteccionismo estatal y no en el libre mercado absoluto. La falta de una alternativa política sólida permite la continuidad de estas políticas que profundizan la recesión y la desigualdad social porque el crecimiento requiere una intervención estratégica del Estado para proteger la acumulación interna y el bienestar de las mayorías.
El gobierno libertario se ha confesado practicón. Ha instituido que el valor de verdad de cualquier teoría es cosa de apostadores financieros.
De Platón a la fecha, la teoría resulta un ingenio lógico imprescindible e irremplazable para manejar de fondo los asuntos del colectivo humano. En su lugar, el oficialismo libertario pontifica que el conocimiento imprescindible que se necesita para la conducción de la política económica proviene de la percepción de los naipes de la realidad, de parte de un habilidoso de las finanzas.
Siglos de discusión filosófica tratando de descular un criterio para la verdad y la realidad, que está lejos de haberse apaciguado, y lo que cree que promete a un fullero la baraja, al amparo del consabido “a Dios rogando y con el mazo dando”, es la posta.
Se le adjudica a Voltaire haber sugerido que se puede matar a un rebaño de ovejas con fórmulas mágicas, si después uno agrega un poco de arsénico. Es comprensible que la enormidad de la mueca a Immanuel Kant y su “no hay nada más práctico que una buena teoría” ni siquiera haga gracia. Por abstracto que sea -y lo es- no da, en este clima político y social. No es para menos. Muchos otros aspectos de la vida cotidiana argentina, muy concretos y nada abstrusos, andan empapados de bronca.
La alegría no es libertaria
Las grandes mayorías que se comen el estropicio de la vida material, van intuyendo -a su ritmo- que recuperar la alegría de vivir no es asunto que concierne a los libertarios. Al contrario, los repele.
Por fuera de los aprontes epistemológicos, los argumentos muy débiles del oficialismo -no tiene otros- con los que respaldan las políticas de desempleo que llevan adelante (la inefectiva política anti inflacionaria) son el pan de cada día que alimenta el extravío argentino.
Esto se observa en temas como el declamado “control de la base monetaria” que en la óptica cárdena -fiel a la doctrina monetarista- abre las puertas al cese de la inflación (que nunca llega), o los enfoques que hacen de la dinámica de la acumulación a escala mundial.
Lo que es más serio es que el grueso de los opositores ven como todo esto se va a pique, y en vez de recusar al monetarismo o la religión de las finanzas públicas “sanas” o el estigma librecambista, se muestran como partidarios de estas políticas pero con más corazón, menos extremismo y más sensatez.
Se ufanan de estar ungidos por el criterio de que la prudencia sugiere paciencia y ser compasivos. Pero el verdadero resultado de semejante alineamiento es que el hombre y la mujer siguen solos y esperando.
Además, esta falta de cabales alternativas le proporciona al oficialismo tanto un extra de espacio político como el apocado ritmo al que mengua el lugar de prominencia en la opinión pública que supo detentar.
De haber una propuesta opositora diferente, los libertarios no dispondrían de esa atenuación en la debacle y hace rato las fuerzas de la historia habrían barrido sus perspectivas de continuidad en el manejo del Estado.
Control monetario
La definición universal de base monetaria, o dinero de alto poder, es el total de dinero legal en circulación (billetes y monedas) que no está depositado en los bancos, más las reservas de los bancos comerciales depositadas en el Banco Central.
Los monetaristas dicen que controlando la base monetaria, usualmente referida por el público como la masa de dinero que se nutre de la “emisión” o uso de la “maquinita”, se acaba la inflación, puesto que los precios la siguen como la sombra al cuerpo.
Los monetaristas suponen que el dinero tiene precio y entonces que hay una oferta y una demanda de dinero. Pero como el dinero no tiene precio (tiene paridad) hace siglos que se lo quieren encontrar y no hay caso. Se contentan con razonar “como si tuviera precio”. Pero no lo tiene.
Lo cierto es que el dinero sigue al aumento de precios y no a la inversa, como afirman lo monetaristas. Entre otros especímenes de esa fauna: los fanáticos del actual oficialismo.
Eso ya deja en claro que el cuento de que congelaron la base monetaria es eso: nada más que un mito. Entre el 11 de diciembre de 2023 y el 30 de abril de 2026 la base monetaria aumentó 331%, y los precios al consumidor -en el mismo lapso- aumentaron 214%. Y los monetaristas intentaron “corregir” estas inconsecuencias de la realidad inventado unas tautologías.
El invento de la base ampliada
El gobierno fue original y para hacer constante lo que no lo puede ser, “inventó” “la base ampliada” a la que a la base monetaria le suma los depósitos del gobierno nacional en el BCRA y los pasivos remunerados en pesos del BCRA.
Como los pasivos se los pasó a la Tesorería, esa especial definición funciona como mito para hacer constante lo que -insistimos- no puede ser constante. Y no puede ser porque entre otras cosas desparecería la ganancia. Nada más y nada menos. Un empresario pone dinero, compra sus insumos y envía su producto al mercado y se embolsa una cantidad mayor de dinero respecto a la que puso originalmente. A esa diferencia todo el mundo la conoce y afama como ganancia legítima.
¿Cómo habría ganancia si el polo de entrada es igual al polo de salida? Es decir: si la base monetaria permanecería constante. Y encima los monetaristas, suelen ser los reyes de “invocar” la ganancia como el incentivo clave de la subjetividad aplicada a la creación de riqueza.
No se puede agregar al mito del “control de la base monetaria”, la independencia del banco central (manejado por un socio en la actividad privada del ministro de Economía) y el apego a la normativa por sobre la discrecionalidad fiscal.
Universidades públicas y jubilados, por citar dos casos, desmienten esa querencia a las reglas de juego impersonales. Son bien subjetivas.
¿Pero la inflación bajó? Sí, no desapareció, pero bajó. Pero fue por lo que explica la llamada heterodoxia. Los libertarios estropearon la distribución del ingreso, lo que lleva a la recesión acicateada por la apertura, y no les bajó más el alza de los precios porque no frenó la indexación, como se hizo durante la convertibilidad.
La derrota por el déficit fiscal
Lo que tienen perdida de antemano es la batalla por reducir el déficit fiscal. En este Waterloo, la recesión demuele los ingresos fiscales y produce déficit fiscal de forma “endógena”, como se dice en la jerga de los economistas.
El “efecto Olivera-Tanzi”, hace el resto. (N. de la R.: ese efecto se define como un fenómeno económico donde la alta inflación reduce la recaudación tributaria real del Estado).
Los monetaristas en general -y los libertarios en particular ahora y siempre- seguirán firmemente creyendo que un déficit fiscal persistente, financiado cada vez más mediante la emisión monetaria, provoca devaluaciones cada vez más frecuentes. Si se deja a un lado la austeridad, como consecuencia de la desmonetización de la economía que ocurre en esos casos, la inflación se desboca porque la sociedad civil elude el impuesto inflacionario.
Es que en la realidad opera lo que se ha dado en llamar “finanzas funcionales”, un enfoque económico desarrollado por Abba Lerner en la década de 1940 cuya tesis central sostiene que la política económica del Estado debe ser evaluada exclusivamente por sus resultados en la economía real -específicamente el logro del pleno empleo con baja inflación- y no por su adhesión a dogmas tradicionales de “finanzas sanas” o equilibrio presupuestario.
Un obstáculo psicológico contra la prosperidad
Los pilares fundamentales de este enfoque incluyen la premisa de que el dinero es una “criatura del Estado”, lo que permite al gobierno manejar la demanda agregada mediante instrumentos fiscales y monetarios sin las restricciones contables que afectan a los hogares.
Bajo esta óptica, los impuestos no financian el gasto, sino que regulan la liquidez, mientras que la deuda pública es una herramienta para gestionar las tasas de interés. Lerner argumenta que el temor al déficit y a la deuda nacional es un obstáculo psicológico y doctrinal que impide alcanzar la prosperidad organizada.
En una carta que Lord John Maynard Keynes le dirigió a James Meade (Premio Nobel en 1977 por su contribución fundacional al estudio de la teoría del comercio internacional y los movimientos internacionales del capital), le decía que “Los argumentos (de Lerner) son impecables, pero Dios ayude a quien trate de explicarlos al hombre común en esta etapa de la evolución de nuestras ideas”.
¿Al hombre o mujer de a pie, nada más? Tal como viene la mano en la Argentina, Dios va a tener que ayudar mucho para que lo entiendan los dirigentes que se dicen opositores.
De Narnia al desarrollo desigual
Así como los libertarios están desnorteados en materia fiscal -y así le va a la sociedad civil- la visión que tienen de cómo funciona la acumulación a escala mundial hace gala de un extravagante voluntarismo.
En el discurso que pronunció el presidente Javier Milei en el Cierre de la Expo EFI 2026 en el Centro de Convenciones de la Ciudad de Buenos Aires, este 29 de abril, entre otras cosas señaló que “desde el año 1800 hasta hoy la población en el mundo se multiplicó por 10 y el PBI per cápita por 15. Es decir, el producto subió 150 veces, creció más que proporcionalmente que la población, y por ende por eso sube el producto per cápita”. En su óptica eso se debe al capital humano y al clima de libertad que disfruta una sociedad.
“Aquellos países que son más libres, son 12 veces más ricos que los reprimidos. De hecho, tienen 25 veces menos de pobres en el formato estándar, 50 en el formato extremo, es decir el decil más bajo de la distribución del país libre está mejor que el 90% de la población del país reprimido. Con lo cual, abrazar las ideas de la libertad es como que paga”, consignó el Presidente.
Ese mundo idílico no existe o solo existe, al igual que los resultados fiscales supuestamente virtuosos, en las cabezas de los libertarios. Ocurre que el mundo no puede entenderse como una mera sumatoria de economías nacionales aisladas que compiten en un vacío. Por el contrario, el planeta funciona como una unidad jerarquizada.
La desigualdad global no es una falla del sistema ni un accidente del destino, sino la característica constitutiva de su arquitectura. La jerarquía que observamos en las calles de una gran ciudad se proyecta, a gran escala, en la distribución del poder planetario. Las Recoletas y la 31, en un mismo lodo. La diferencia es que el barro en la primera sirve para la lozanía del cutis y en la segunda para enfermarse.
La cadena perpetua del subdesarrollo
La divergencia real se consolida a partir de la revolución industrial. Tras 1820, el crecimiento pasó de ser “extensivo” (solo para sostener a más población) a ser “intensivo” (año tras año, más bienes y servicios por habitante).
La población se multiplicó por 23 en el último milenio. El PIB total creció más de 300 veces. El ingreso por habitante después de 1820 creció a un ritmo 24 veces mayor que en el periodo 1000-1820. Actualmente el 16% de la población mundial genera el 54% del ingreso mundial. El ingreso por habitante creció 14 veces, pero concentrado en los países de la OCDE.
Si el sistema es una unidad orgánica, ¿por qué estas zonas se han vuelto tan rígidas y qué papel juega la tecnología en este distanciamiento? ¿Es posible el ascenso a la cumbre dentro de un sistema diseñado para la polarización, o es la semiperiferia un estado de dependencia perpetua?
Para esta cadena perpetua del subdesarrollo talla el efecto de las fuerzas centrípetas. Contrario a la teoría clásica que preveía fuerzas centrífugas (difusión del progreso), el sistema opera con fuerzas centrípetas que succionan la riqueza y el excedente hacia los polos.
Las explicaciones maltusianas (falta de tecnología) o institucionales son insuficientes si no se comprende que el capital no busca bajos costos, sino altos niveles de venta y absorción de excedente. El sistema funciona como una totalidad orgánica donde el bloqueo de la Periferia es la condición de oxígeno para el Centro.
Es verdad que, hasta cierto punto, el Centro podría sobrevivir sin la Periferia, pero ya que estamos… El subdesarrollo no es un estado previo al desarrollo, sino una función necesaria del súper-desarrollo de los centros.
Un faro libertario
Los países industrializados “exportan el empobrecimiento”.
Estas duras realidades se encubren con los mitos que articulan el sentido común actual, muy enhebrado en los mensajes presidenciales cárdenos.
El historiador Paul Bairoch examinó los mitos versus las realidades de la Globalización ocurrida entre 1870 y 1913 en la que floreció la Argentina, faro del sentir libertario.
Uno de los mitos que identifica Bairoch es el del libre comercio: se dice que el Norte se enriqueció abriendo mercados. La realidad es que los Estados Unidos se industrializaron al amparo de aranceles del 45-60 por ciento (1866-1883). El Reino Unido fue la excepción, no la regla. Era un país rentista. El único en la historia, que logró ese estatus por un tiempo. El éxito de los países de industrialización tardía (Alemania, Japón, Suecia) fue obra del Estado proteccionista, no del mercado.
Otro mito que retrata Bairoch es el de integración financiera que significa que el capital fluye para desarrollar a los pobres. La realidad fue muy distinta. Esos fondos financieros fueron mayoritariamente especulativos.
En la Argentina de 1890, la crisis de los Barings Brothers ilustra este patrón: entradas masivas de capital especulativo en inmuebles seguidas de crisis de deuda, medidas de austeridad, caída de salarios reales y la venta de activos estatales a precio de remate.
Bairoch analiza el mito de la convergencia por materias primas que reza que especializarse en lo que uno es “bueno” (materias primas) lleva a la riqueza.
La realidad de los datos históricos marca que se crea la “jaula de la especialización”. Argentina y Uruguay, aunque ricos en 1913, sufrieron un declive relativo imparable. La riqueza real solo la alcanzaron unos pocos que rompieron la estructura y se movieron hacia la industria y la tecnología, para lo cual tuvieron que previamente alzar el poder de compra de los salarios.
El poder del oficialismo
El subdesarrollo no es un “atraso” temporal, sino una posición fija en un sistema de succión de excedentes. La geografía económica mundial es una geografía de salarios desiguales y acceso restringido a la base epistémica de la tecnología.
La Argentina tiene la base material -de la que, en general, la Periferia carece- para dar el gran salto. Falta la consciencia política y el instrumento político que convoque y lleve adelante a todas las fuerzas de las mayorías nacionales hacia el crecimiento económico que consolide la democracia.
La historia económica enseña que el desarrollo exitoso nunca fue el resultado espontáneo de la globalización, sino de la capacidad del Estado para intervenir, proteger y canalizar las fuerzas internacionales en favor de la acumulación interna.
La tarea es formidable en vista de que el oficialismo -y la corriente ideológica donde se inscribe- es un curioso caso de disfrute de fortalezas políticas con fundamentos debiluchos que aparecen con toda su inopia e ineficacia, cuando se despeja el humo y se asienta el polvo.