El Gobierno ensaya un relato mistificador: que los aumentos de precios y la caída de la actividad económica no obedecen a limitaciones o a efectos directos de su política económica. Mientras tanto, financia la recesión con el superávit comercial y el carry trade.
Luis Caputo insiste en que las perspectivas de crecimiento económico son favorables para Argentina. Así lo hizo en la apertura de la ExpoEFI (Economía + Finanzas + Inversiones) de 2026, en la que celebró que el salto en el precio internacional del petróleo no provocará un desmoronamiento de la economía argentina.
“En donde más se ha manifestado la robustez del programa económico es en que en los últimos 7 u 8 meses hemos tenido que pasar por un shock interno brutal que en cualquier otro momento del país hubiera volteado a la Argentina; sufrimos un proceso de dolarización del 50% del M2. Fue el shock interno más fuerte de la historia en términos de dolarización y lo superamos”, fueron sus palabras. Para Caputo, eso indicaría que, pasada la tormenta, el crecimiento se reanudará. Igual que la desaceleración de los precios.
Es un buen resumen de un relato mistificador que ensaya el Gobierno: que los aumentos de precios, y la caída de la actividad económica no obedecen a limitaciones o a efectos directos de la política económica que puso en práctica. Se explicarían por anomalías o acciones perversas de la dirigencia política opositora.
Algo así insinuó el Presidente, Javier Milei, cuando, en relación con la suba mensual del 3,4 por ciento que tuvo el índice de precios al consumidor en marzo, se quejó en la cena anual de la fundación Libertad de que “lo peor ya pasó a pesar del ataque violento de la política contra el programa económico, al que no se lo pudieron llevar puesto”.
La realidad es otra: el pilar de la estabilidad de precios se sostiene sobre la merma de la actividad. Cómo el Gobierno no las acumuló reservas anteriormente, se ve obligado a optar por un crecimiento de la actividad, o por amasar poder de fuego para hacerle frente a una eventual salida de capitales. Y así todo, resulta un fracaso, porque los precios son muy frágiles ante variaciones del tipo de cambio, o bien, ante modificaciones en los precios internacionales.
Son cosas que siempre ocurren, pero cuando la política económica contempla formas de intervención ante los problemas, pueden morigerarse. En cambio, cuando solamente se trata de frenar el nivel de precios, basta con que se altere una variable sobre la que no se puede mantener un control total para que se agraven todas las presiones recesivas que tiene esta forma de hacer política.
Entonces, en el escenario actual, el nivel de precios no puede controlarse, pero al menos no se desboca. Y mientras el tipo de cambio no se encuentre con un alza persistente. La caída de la actividad retroalimenta la dinámica, porque conduce a una disminución de las importaciones que redunda en una mayor disponibilidad de dólares provenientes del comercio exterior.
En el primer trimestre de 2026, el superávit comercial (saldo favorable de exportaciones contra importaciones) fue de 5.508 millones de dólares, contra 1.061 de 2025. Eso se explica tanto por un incremento de las exportaciones, que pasaron 18.697 millones en 2025 a 21.853 en 2026, como por una caída de las importaciones, de 17.636 a 16.345, respectivamente.
En consecuencia, en el mercado cambiario hubo un incremento del excedente en el sector privado no financiero. Lo notable, es que el aporte de oleaginosas y cereales, que en el primer trimestre de 2025 había sido de 6.021 millones, se redujo a 5.696 este año. Pero el resto del sector productor de bienes aportó 4.111 millones de dólares, cuando el año pasado tuvo una salida neta de 2.375. En ese superávit tuvieron un impacto significativo las ramas de minería y energía.
Lo único que no puede elegir es pagar deuda externa, parte de la cual generó con su propia política económica. En febrero hubo pagos de los BOPREAL que condujeron a un descenso de las reservas. También tuvo caídas en marzo por los pagos a organismos internacionales.
Otro método para contener el dólar, y a su vez obtener divisas por medio de mecanismos financieros, es el conocido carry trade. Durante abril, la Secretaría de Finanzas del Ministerio de Economía obtuvo 1.348 millones de dólares en una licitación de bonos que vencen en 2027 y 2028, con tasas anuales del 5,16 por ciento y el 8,77, respectivamente.
También adjudicó ofertas por un conjunto de instrumentos nominados en pesos por un total de 8,11 billones al 28 de abril. Entre estos, las principales son las letras del tesoro, que explican 4,9 billones del total, y rinden tasas fijas de interés más bajas que los valores a los cuáles corre la inflación actual. Lo que es un riesgo, porque ante un escenario de fragilidad del tipo de cambio, la masa monetaria comprometida es importante, y no existirían incentivos para arbitrar a favor del peso.
Es decir que el Gobierno toma deuda y utiliza el superávit del comercio exterior para financiar un estado de la economía que conduce a ahondar una recesión. En vez de utilizar esos recursos para potenciar el crecimiento, que es lo que podría hacer con una política económica acorde.
Eso que dicen de que el record de exportaciones y las inversiones en minería y energía evidencian un vigor de la economía es falso. Al contrario: es lo que permite que perviva la declinación de la actividad sin alterar el orden político que la sostiene. Si las tensiones sobre el tipo de cambio vuelven a exacerbarse, es difícil que el oficialismo salga indemne. Bien lejos se está de poder hacerle frente con holgura a los shocks.