La expansión de los mercados de predicción, el uso de información privilegiada y el negocio de la guerra abren una nueva zona de sospecha alrededor del poder político en Estados Unidos. Con Donald Trump, las criptomonedas, las apuestas geopolíticas y las empresas de tecnología militar forman parte de un entramado completo.
Nathan Mayer Rothschild era un hombre rico, riquísimo, pero en un solo día, en 1815, pasó a ser el más rico del mundo. Y todo porque sabía lo que el resto de sus congéneres ignoraba. El banquero manejaba un sistema de información más complejo y rápido que el del propio gobierno británico. Mediante palomas mensajeras y caballos veloces, supo que Napoleón había perdido en Waterloo 24 horas antes que nadie.
Con esa información hizo su trampa. Al día siguiente de la batalla, en la Bolsa de Londres, comenzó a vender bonos del Imperio británico. Todos pensaron que los franceses habían ganado y empezaron a deshacerse de los bonos a diestra y siniestra. Cuando el mercado se había derrumbado, Rothschild mandó a comprar todo a precio de gallina muerta. Al día siguiente, el mercado se recuperó y apuntó al alza por la victoria. Todo era sonrisas en Gran Bretaña, pero la más grande era la de mister Nathan.
Más de doscientos años después, aquello de que “información es poder” vuelve a tener vigencia, pero ahora como crimen.
“Papi, dime lo que va a pasar”
En la inmensa mayoría de los estados de Estados Unidos están prohibidos los juegos de azar. Pero, claro, la Bolsa de Valores funciona de acuerdo con “predicciones”; es decir, con apuestas a futuro sobre lo que podría ganar o no una determinada compañía. Quienes buscan marcar la diferencia dicen que allí no hay suerte, sino intuición más información.
Los que ponen su dinero en la Bolsa de Valores se dividen entre quienes hacen apuestas seguras —compañías que ofrecen baja rentabilidad, pero donde la inversión no corre demasiado riesgo— y quienes apuestan a compañías en las que tienen muchas posibilidades de perder, aunque, si ganan, se forran.
Y es verdad: la clave está en la información más que en el instinto, como vimos en el caso Rothschild.
Lo mismo ocurre con el naciente mercado de las predicciones. Allí se puede apostar sobre resultados electorales, conflictos internacionales, temas económicos, resultados deportivos y crisis políticas.
El problema es que, cuando se tiene información privilegiada, se apuesta sobre seguro.
¿Es creíble que un individuo acierte el 93% de sus apuestas? La noticia la dio CNN y agregó que el “suertudo” se llevó un millón de dólares. En Las Vegas, el dueño del casino le habría mandado a romper las dos piernas, con la seguridad de que hacía trampa. Pero, en este caso, el pronosticador solo tuvo que contar ganancias. Y sus aciertos, todos, tienen que ver con las guerras de Donald Trump.
El problema es que uno de los dueños de la empresa Polymarket y principal asesor de Kalshi, la otra empresa gigante del negocio, es nada menos que Donald Trump junior. Y, claro, la sospecha de que usa información confidencial de papá es generalizada.
La Justicia estadounidense tiene en sus manos el caso del célebre sargento Gannon Ken Van Dyke, quien invirtió 33.000 dólares en predecir que Nicolás Maduro sería depuesto antes del 31 de enero, que el Ejército de Estados Unidos invadiría territorio venezolano y que Donald Trump invocaría poderes de guerra contra Caracas. Ganó 410.000 dólares.
El problema es que Van Dyke formaba parte del equipo de planificación de la invasión estadounidense que secuestró al presidente venezolano. Pero era un aficionado: actuó con su nombre propio y lo pillaron. Ahora, lo más probable es que sea condenado a varias decenas de años de cárcel.
Otro ejemplo, entre muchos, es el de quien responde al seudónimo de Magamyman, cuyas primeras letras remiten a Make America Great Again. Esa cuenta predijo que el gobernante iraní caería. Setenta y un minutos después de concretada la apuesta, el ayatolá Ali Khamenei era asesinado por la aviación norteamericana. Junto a él murieron su nieta de 14 meses, su nuera y su yerno. Quien está detrás de la cuenta ganó más de medio millón de dólares y solo “arriesgó” 17.000.
A ver: si es blanca y sale de la vaca… Lo curioso es que no se sabe quién está detrás del nombre Magamyman y, como el pago fue realizado en criptomonedas, sería muy difícil llegar al enriquecido lector del futuro.
Irónicamente, Irán también utiliza criptomonedas para evadir controles del embargo norteamericano. Pero, en algunos casos, el gobierno estadounidense ha llegado a incautarle esos recursos. Hasta el momento, esas expropiaciones suman 344 millones de dólares.
Trump, el criptomillonario
En poco más de un año de su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha duplicado su fortuna, que ahora supera los 6.000 millones de dólares. Parte de ese dinero lo obtuvo bajo la opacidad del mundo cripto. El periódico El Imparcial, de México, reprodujo declaraciones del senador demócrata por Vermont Bernie Sanders, quien afirmó en redes sociales que “la familia Trump ha ganado 4.000 millones de dólares gracias a la presidencia”.
Y no es el único. En noviembre de 2025, el congresista Jamie Raskin publicó un informe en el que sostuvo que las políticas cripto de Trump fueron usadas para beneficiar al mandatario y a su familia. La mayoría republicana archivó la investigación.
Pocos días antes de asumir la Presidencia, pero ya electo, Trump lanzó su propia criptomoneda con su apellido. También hizo lo mismo con una moneda asociada a su esposa, llamada Melania. Hay informes contundentes de que utilizó su cargo para invitar a magnates a la mansión presidencial y convencerlos de que pusieran allí su dinero. Se calcula que la criptomoneda de mister President mueve 13.000 millones de dólares.
El exdirector de Comunicaciones de la Casa Blanca Anthony Scaramucci lo resumió así: “Ahora cualquiera en el mundo puede, esencialmente, depositar dinero en la cuenta bancaria del presidente de Estados Unidos con un par de clics”. Scaramucci no es de izquierda ni trabaja para los chinos. Pertenece al mismo árbol ideológico que el hombre del pelo naranja. Pero fue más allá cuando sostuvo que la criptomoneda Trump era “corrupción al nivel de Idi Amin”.
Javier Milei quiso también enriquecerse con las criptomonedas, pero fue más ordinario y torpe. A partir del caso Libra comenzó su caída.
Hace pocos días, el mandatario norteamericano inauguró en Mar-a-Lago una gigantesca estatua bañada en oro de sí mismo, con el puño levantado. El monumento costó 300.000 dólares y fue financiado por los propietarios de la criptomoneda Patriot. Vaya regalo. Y cuando la limosna es grande…
A eso hay que sumarle la campaña del hombre de pelo naranja para que su foto aparezca en los billetes de 100 dólares en lugar de la del célebre Benjamin Franklin. La legislación norteamericana prohíbe usar imágenes de personas vivas. Pero el presidente cree que se lo merece por el buen papel económico que, según él, está haciendo. Ya es un caso para psiquiatras. Por lo pronto, la firma de Trump está en los nuevos billetes de la divisa estadounidense. Narciso, un piojo tuerto.
Muy lejos del ejemplo de los padres fundadores. Sobre todo de Thomas Jefferson, que murió endeudado, y de John Adams, que falleció el mismo día que el autor de la Declaración de Independencia y se despidió del mundo en la pobreza.
No. Trump está en otra galaxia: tiene para varias generaciones. Pero, claro, el que más tiene suele querer más y más. Y, habiéndose perdido los valores de servicio, la guerra se ha convertido en un gran negocio. Algunos analistas piensan que detrás de las erráticas declaraciones de Trump —que un día anuncia destruir civilizaciones y pocas horas después proclama conversaciones para la paz— hay, en realidad, maniobras para hacer que el mercado de las predicciones suba o baje sus apuestas.
O sea: no está loco. Se hace el loco mientras celebra una gigantesca estatua bañada en oro en el patio de su residencia. A veces, a la falta de ética se suma la falta de estética.
Información clasificada y mercados de predicción
Los órganos reguladores de Estados Unidos, después de los escándalos que hacen presumir manejo de información clasificada, están tomando medidas para, por lo menos, saber de dónde proviene el dinero de las apuestas y si el apostador es o no miembro, por ejemplo, de las Fuerzas Armadas o de círculos cercanos al poder.
Ya en su momento, el expresidente norteamericano Joe Biden, cuando estaba en funciones, ordenó dos investigaciones federales contra Polymarket. ¿Y adivine usted quién clausuró esas investigaciones? Bingo —para usar un término afín a las apuestas—: fue el hombre naranja del copete.
A esta altura, la cruel ironía es que la empresa de Trump junior se llame 1789 Capital, el año en que se aprobó la Constitución que, según varios analistas, viola.
La guerra como negocio
La conclusión es tenebrosa: durante años, Washington permitió que sus secretos cotizaran en redes de “predicción” más oscuras que noche cerrada. Es decir, parte de la información clasificada pasaba a ser una apuesta en la Bolsa. Y la ultraderecha se aprovechó de eso.
Pero el tema va más allá de los vaticinios. De hecho, el enfrentamiento contra Irán ha mostrado algo que ya se sabía, pero que no por eso deja de ocurrir: la guerra es un inmenso negocio.
Ya el 17 de enero de 1961, en su discurso de despedida de la Casa Blanca, Dwight David Eisenhower advertía: “En los consejos de gobierno, debemos cuidarnos de la adquisición de influencia injustificada por parte del complejo militar-industrial”.
Y Eisenhower era general de cinco estrellas. Conocía las guerras y era hombre de armas, pero se dio cuenta de que los mercaderes de la muerte estaban lucrando con la vida de muchos soldados.
En 1800, John Adams gobernaba Estados Unidos y su país estuvo a punto de entrar en guerra contra Francia. La posible contienda era popular entre los habitantes de la Unión y el sufragio se acercaba. Sin embargo, el entonces presidente fue tajante: “Prefiero perder las elecciones a mandar a morir a los muchachos”.
Adams perdió los comicios, pero ganó un prestigio que el megalómano de Trump está lejos de poseer. Peor aún: con el pedido de aumentar casi en un 100% el presupuesto militar —de un poco más de 800.000 millones de dólares a 1,5 billones de dólares—, lo que de hecho agravaría la inflación y la crisis económica que ya vive Estados Unidos.
Gran parte de ese presupuesto iría al mundo de la inteligencia artificial y de la tecnología, como demuestra la entrevista que Martín Granovsky le hizo a Jonathan Taplin. Allí, el entrevistado sostiene que ahora ya no se compran tanques, sino datos. Por eso Palantir Technologies fue fundada con capitales de la CIA y ahora es el soporte digital más importante para la guerra y la inteligencia de Estados Unidos.
Y todo parece indicar que seguirá recibiendo una chorrera de dólares, porque además sus dueños también construyen drones para las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Por supuesto, todo su sistema de datos e información construirá el relato de la necesidad de más confrontaciones bélicas para vender más armas.
La clave de noviembre
Si los demócratas ganan al menos una de las dos cámaras, seguramente habrá una investigación en el Congreso y se preguntará claramente a los sospechosos, bajo juramento, sobre el uso de información confidencial para ganar millones.
Y no es que los seguidores del partido de Bill Clinton y Barack Obama no hayan apoyado también sus guerras. Claro que lo hicieron. Pero no hay pruebas de que hayan participado en la tómbola de las “predicciones”, donde, como en cualquier casino, la casa siempre gana.
Hoy por hoy, la Casa Blanca es un inmenso garito de juego, donde el crupier es también dueño de las fichas y hasta de los tragos.