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Taiana: “La Argentina no tiene que alinearse con nadie”

El diputado nacional y ex canciller Jorge Taiana analiza el repliegue global de los Estados Unidos, su renovada presión sobre América Latina y la transición hacia un mundo multipolar que será más conflictivo, pero que también puede ofrecer oportunidades para la Argentina. En diálogo con Roberto Barga, conductor de Territorio en disputa, Taiana plantea la necesidad de actualizar la tercera posición mediante un no alineamiento activo. También advierte sobre la política de desmalvinización del gobierno de Javier Milei.

—América Latina vuelve a ser un territorio en disputa. Las elecciones son cada vez más parejas y la alternativa conservadora se ha desplazado hacia posiciones de extrema derecha, muchas veces asociadas con políticas entreguistas. Al mismo tiempo, el Mundial volvió a colocar la cuestión Malvinas en el centro de la escena y dejó mal parado al gobierno de Javier Milei. ¿Cómo ordenarías este escenario?

—En primer lugar, es efectivamente una región en disputa. Es importante mantener esa definición porque, además, existe un cambio estratégico. La potencia hegemónica que dominó el mundo de manera unipolar después de la caída del Muro de Berlín, los Estados Unidos, ha iniciado un proceso de repliegue. Ese mundo unipolar está dejando de serlo y comienza a transformarse paulatinamente en un mundo multipolar. Las discusiones con Europa, la guerra en Medio Oriente y el conflicto con Irán forman parte de ese proceso, al igual que la reestructuración del acuerdo de libre comercio con México y Canadá. Ahora bien, ese repliegue, que desde el punto de vista global es visible, tiene una característica particular. Los Estados Unidos se repliegan sobre lo que llaman las Américas, el hemisferio occidental, es decir, básicamente América Latina y Canadá. Es como un elefante que termina sentándose encima de la región. Una cosa es que se repliegue en el plano mundial y otra es que pretenda fortalecer y aumentar su control sobre América Latina.

—El fracaso de la ofensiva militar de los Estados Unidos e Israel contra Irán parece haber acentuado la necesidad norteamericana de afirmar sus posiciones en lo que históricamente denominó su patio trasero.

—Los Estados Unidos hicieron algo que prácticamente no tenía antecedentes, un ataque contra el territorio continental de América del Sur. Fue el ataque del 3 de enero en Caracas, el secuestro de Nicolás Maduro y el posterior establecimiento de normas casi propias de un protectorado en Venezuela. Algo así no había sucedido nunca. Los Estados Unidos habían intervenido en México, habían tenido una guerra con los ingleses por Canadá y habían actuado en Centroamérica y Panamá, pero no habían atacado territorialmente a Sudamérica, con la excepción del ataque de la fragata Lexington contra las Malvinas en 1831, que fue un antecedente de la posterior ocupación británica. La operación en Venezuela les resultó muy sencilla. Trump, que tiene ideas que van y vienen, como tomar Groenlandia y otras cuestiones semejantes, pensó que todo iba a resultar igual de fácil. Pero Irán no es Venezuela. No solo por su cultura, sino porque tiene otra dimensión. Irán es desde hace miles de años una potencia regional en Asia. Los Estados Unidos se sienten más fuertes en América Latina, quieren controlar su patio trasero y están adoptando una serie de medidas.

–¿Qué medidas?

Impusieron aranceles y después tuvieron que retroceder. También organizaron una reunión sobre la lucha contra el narcoterrorismo con las fuerzas de seguridad, asignándoles a las Fuerzas Armadas un papel subsidiario y vinculado con la seguridad interior. La idea es que funcionen como guardias nacionales más que como ejércitos. Ese es un objetivo histórico de los Estados Unidos. Según esa concepción, los países latinoamericanos no necesitarían Fuerzas Armadas porque el verdadero garante de su seguridad sería Washington. Deberían limitarse al control de las fronteras y al combate contra las formas organizadas del delito. Es un asunto muy delicado, ante el cual la Argentina se ha opuesto históricamente. Además de esa reunión, organizaron otra más formal con los Estados y crearon lo que llamaron el Escudo de las Américas, con la participación del Departamento de Estado y de Marco Rubio. Es una especie de acuerdo entre 16 países cuya institucionalidad todavía no está clara. Lo que hacen los Estados Unidos desde hace tiempo, y con más fuerza durante este repliegue, es abandonar o desalentar el funcionamiento de los organismos multilaterales. Los reemplazan por alianzas entre amigos dispuestos a participar en objetivos determinados, las llamadas coaliciones de voluntarios. No es algo que haya comenzado con Trump. Obama ya había utilizado ese sistema en el terreno nuclear. Marco Rubio reunió recientemente a representantes de unos 60 países y planteó una especie de alianza entre los que dicen querer luchar contra el renacimiento de las formas terroristas.

—En ese discurso se mencionaron incluso organizaciones argentinas de la década de 1970 y nombres relacionados con Montoneros.

—Nos fijamos especialmente en eso porque nos toca directamente, pero el discurso también habló de los Weathermen, una organización que existió en los Estados Unidos, y del Ejército Simbionés de Liberación, que secuestró a Patty Hearst, la hija del dueño del imperio periodístico que inspiró El ciudadano Kane. Son organizaciones que ya no existen y que tuvieron una presencia muy limitada. Curiosamente, no mencionaron a las Panteras Negras. La intención es vincular cualquier forma de radicalización con el terrorismo. Al mismo tiempo, en Ecuador se proscriben partidos opositores. Cuando sus integrantes intentan presentarse mediante otra fuerza política, también se prohíbe esa organización. Mediante el lawfare, la injerencia y la persecución de los partidos, se va empujando a las fuerzas opositoras hacia los márgenes de la legalidad.

—Esa injerencia empieza a adquirir cierta institucionalidad. El Departamento de Estado dispuso un presupuesto oficial de cinco millones de dólares para favorecer en los procesos electorales a quienes considera amigos de los Estados Unidos, con campañas en las redes y operaciones sobre los algoritmos. Ya no se trata de un trascendido.

—Ya no es un trascendido. Incluso la intervención del Tesoro, encabezado por Scott Bessent, puede considerarse una operación financiera inoportuna o introducida en medio de un proceso electoral, pero seguía siendo una operación financiera. Esto es directamente un fondo destinado a intervenir. También cuentan con la National Endowment for Democracy, que es financiada por el Congreso. Los Estados Unidos se involucrarán todavía más y monetizarán esa intervención. Sin embargo, buena parte de lo que hizo Rubio no está exclusivamente relacionado con América Latina ni con Europa. Está relacionado con los propios Estados Unidos. Rubio observa una creciente polarización interna y por eso habla tanto de Antifa. Antifa significa antifascista y, al menos hasta ahora, no ha sido una organización estructurada, sino más bien un emblema o una identidad compartida por diferentes grupos.

—Tenía una presencia visible, por ejemplo, durante las protestas que acompañaban a las cumbres del G7.

—Sí, pero ahora intentan otorgarle el carácter de una organización. La han vinculado con la rebelión estudiantil en apoyo al pueblo palestino y contra las masacres en Gaza. También la relacionaron con la derrota electoral de los republicanos en Nueva York, donde ganó un dirigente musulmán con posiciones políticas muy definidas. Se están previniendo frente a ese proceso. El asesinato de Charlie Kirk, uno de los dirigentes carismáticos del movimiento MAGA, los golpeó muy fuertemente. Consideran que existe un proceso serio de radicalización en los Estados Unidos, que es un país extremadamente polarizado. Eso que vemos en las elecciones latinoamericanas también se observa allí. La diferencia es que los Estados Unidos son el país con mayor cantidad de armas en manos de civiles. Existe el riesgo de que milicias de uno y otro sector comiencen a desarrollar acciones con mayores niveles de violencia, sobre todo si el Gobierno pretende hacer alguna maniobra electoral o modificar el sistema de votación.

—Trump volvió a afirmar que le robaron las elecciones de 2020 y acusó a los chinos, sin presentar ningún fundamento técnico. Eso abre la posibilidad de que intente impugnar el resultado de las elecciones de noviembre.

—Ya han intentado modificar los circuitos electorales. En algunos casos, la Justicia los frenó y en otros no. Están trabajando en esa dirección. Todo dependerá de lo que ocurra en noviembre, pero Trump no ha abandonado definitivamente la posibilidad de buscar un tercer mandato mediante alguna interpretación constitucional. Dependerá de la fuerza política que conserve y de lo que diga la Corte. Razonablemente, en noviembre debería irle mal. Tendría que haber mucha manipulación o una participación electoral muy baja para que eso no sucediera, especialmente porque están modificando el sistema de votación.

—Las encuestas muestran una elección muy pareja por el control del Senado, mientras los republicanos podrían perder la Cámara de Representantes. Al mismo tiempo, se reactivó el conflicto con Irán.

—Se reactivaron los ataques iraníes. Murieron tres estadounidenses y hubo alrededor de cien heridos en distintas bases. La idea de Washington era que el conflicto había terminado, pero los iraníes continúan con una táctica asimétrica y ahora atacan de manera más específica las instalaciones militares, especialmente los centros de comando y los radares. Eso afecta directamente el esfuerzo de guerra. Se puede enviar un avión desde Wisconsin, incluso un bombardero B-2 con una bomba de enorme potencia, pero sin radares en la zona es muy difícil actuar. Los iraníes no solo insisten sobre el estrecho de Ormuz, sino que están llevando el conflicto al mar Rojo mediante los hutíes. Eso es mucho más grave.

—¿La cotización del petróleo cómo influye?

—Impacta de manera directa sobre la vida cotidiana. También comenzaron las negociaciones impulsadas por los Estados Unidos para modificar el acuerdo de libre comercio con México y Canadá. Washington está exigiendo mucho. Pretende, por ejemplo, que regresen las empresas automotrices. El problema es que algunas de esas medidas solo conseguirían aumentar el precio de los productos en los Estados Unidos.

—La disputa central por la hegemonía parece enfrentar a los Estados Unidos con China. Washington intentó controlar los recursos energéticos de Irán, cuyo principal destino era China, y también intervino en Venezuela cuando el sistema del petrodólar comenzó a debilitarse. La Argentina posee enormes recursos naturales, pero tiene un importante déficit de industrialización y continúa exportando materias primas sin valor agregado. ¿Esta contradicción internacional no podría ser aprovechada para impulsar un proceso industrializador, como hicieron otros países en diferentes momentos históricos?

—Coincido con la necesidad de aprovechar las contradicciones, pero no considero que estemos ante un mundo bipolar ni que el único conflicto decisivo sea el de los Estados Unidos contra China. Es una confrontación muy importante, pero la tendencia es hacia un mundo más multipolar. Un mundo multipolar no será necesariamente más tranquilo. Por el contrario, será un mundo más conflictivo. Ya existen varias potencias. La India superó a China en población. Rusia está involucrada en una guerra que se ha prolongado indefinidamente y posee más armas nucleares activas que cualquier otro país, incluso más que los Estados Unidos. Indonesia y Turquía son potencias emergentes. También están Pakistán, Brasil y la Unión Europea, que tiene muchos problemas, pero sigue siendo un bloque enorme. Si se consideran los agrupamientos regionales, la Unión Europea tiene un producto bruto superior al de los Estados Unidos y China. Este mundo multipolar se parecerá menos al de la Guerra Fría que al de finales del siglo XIX. Aquel período tuvo la Conferencia de Berlín y el reparto de las colonias y terminó desembocando en la Primera Guerra Mundial. Al finalizar esa guerra desaparecieron cuatro imperios, el otomano, el austrohúngaro, el ruso y el alemán. La inestabilidad y las tensiones de un mundo multipolar son grandes porque las relaciones de fuerza son más complejas. Tampoco puede reducirse todo a los BRICS, aunque constituyen una experiencia de cooperación muy interesante.

—Como ex canciller, ¿nunca hubieras abandonado la incorporación argentina a los BRICS?

—Fue un error estratégico.

—¿Fue una exigencia del imperio o simplemente un alineamiento ideológico?

—No pienso que los Estados Unidos lo hayan exigido. Brasil también está dentro de los BRICS. Fue seguidismo ideológico y una convicción. Hay dirigentes y países que consideran que les irá bien si hacen todo lo que los Estados Unidos les piden. Esa concepción tiene un problema. Viví varios años en los Estados Unidos, conozco bastante el país y he tratado con sus funcionarios en ámbitos diplomáticos, económicos y en diferentes instituciones. En su política y también en su vida cotidiana, los estadounidenses piensan que cada uno hace las cosas porque le convienen. Si alguien practica el seguidismo es porque considera que obtendrá algún beneficio. Si yo te pido que me regales un vaso y que te quedes sin agua y vos me lo entregás, interpretaré que lo hiciste porque te convenía. No consideraré que te debo algo. Los Estados Unidos nunca se sienten deudores. Siempre se consideran acreedores, incluso cuando otros países hacen lo que ellos les sugieren, a veces de una manera bastante brusca. Tampoco se consideran responsables del proceso político que existe en Venezuela, como pretenden plantear algunos opositores al gobierno de la presidenta Delcy Rodríguez. Según su lógica, ellos no tuvieron nada que ver. Simplemente pusieron orden, sacaron a Maduro y se quedaron con el petróleo. Para un país mediano como la Argentina es mucho mejor conservar el mayor grado de autonomía posible. El mundo no permite una autonomía completa porque continúa existiendo un nivel importante de globalización. Aunque avance cierta desglobalización o una regionalización de la producción, la globalización financiera y la de las comunicaciones siguen existiendo. La Argentina, sobre todo por los recursos que posee, debe alcanzar el máximo nivel posible de autonomía. Eso requiere actualizar la vieja bandera de la tercera posición. No se trata de la tercera posición de la Guerra Fría, sino de un no alineamiento activo. La Argentina no tiene que alinearse con nadie. Tiene que defender sus intereses y mantener relaciones con todo el mundo. Esa estrategia será todavía más necesaria porque el mundo multipolar tendrá más conflictos. Además, la economía mundial lleva bastante tiempo sin crecer con fuerza. Las décadas doradas no volvieron a repetirse. La crisis financiera de 2008 y la caída de Lehman Brothers introdujeron al mundo en una etapa de estancamiento y bajo crecimiento. La financiarización también tiene límites, mientras los gigantes tecnológicos adquirieron una dimensión extraordinaria.

—Algunas de esas compañías ya parecen más poderosas que muchos Estados.

—En parte es así, aunque existen antecedentes históricos. La India fue conquistada por la Compañía Británica de las Indias Orientales, no directamente por el Reino Unido. La Corona británica institucionalizó su presencia después de la rebelión de los cipayos de 1857, pero buena parte de la conquista había sido realizada por una empresa privada. También hubo límites al poder de las grandes corporaciones. La Standard Oil de Rockefeller fue desmembrada mediante la legislación antimonopólica estadounidense y dividida en varias compañías. Estamos atravesando un proceso de cambio y hay algunos factores que pueden favorecer a la Argentina. El cambio climático existe, aunque algunos lo nieguen. Afectará a todo el mundo, pero la Argentina podría resultar menos perjudicada que otras regiones. La cuestión demográfica también es relevante. Italia podría perder unos cinco millones de habitantes durante los próximos 10 o 15 años. Algo semejante ocurre en otros países europeos y también en China.

—En Europa, la inmigración apenas consigue sostener la tasa de natalidad.

—Sí, pero eso también genera conflictos de otro tipo. Nosotros no tenemos ese problema. Vivimos en una región con enormes recursos naturales, tradicionalmente pacífica y alejada de las principales líneas de fuego. Por eso el ataque contra Venezuela constituye un antecedente tan negativo. Es muy importante preservar a América del Sur como una zona de paz. Al mismo tiempo, nuestra región se valorizará durante las próximas décadas. Se valorizarán el Atlántico Sur, las islas, la Antártida y el paso interoceánico. Dicho de una manera bastante brutal, la Argentina podría beneficiarse de los problemas que enfrentará buena parte del resto del mundo. Al menos tenemos la posibilidad de evitar que nos vaya tan mal.

—Quisiera cerrar con un tema muy vinculado con tu trayectoria, la cuestión Malvinas. El Mundial, el partido contra Inglaterra y la bandera de los jugadores volvieron a colocar la disputa en el centro de la escena. La imagen dio la vuelta al mundo y tuvo una difusión extraordinaria en las redes sociales. ¿Malvinas es uno de los temas más profundos y transversales de la sociedad argentina?

—Sí. Lo que ocurrió fue un logro de la hinchada, del público y de los jugadores. Los jugadores levantaron la bandera después de que la hinchada alentara multitudinariamente y cantara que las Malvinas son argentinas. Ese sentimiento está muy presente en la sociedad y es transversal. El Gobierno hizo un gran esfuerzo durante estos dos años y medio para desmalvinizar. Incluso tardó once días en presentar un reclamo por el barco y lo hizo después de que terminara el partido. Prácticamente no existe una protesta oficial por la explotación petrolera que está comenzando en las islas. Ya ni siquiera se trata de exploración. Están involucradas Rockhopper, una empresa británica, y una compañía israelí. Permitimos que Netanyahu diga que somos su mejor aliado mientras no hacemos nada ante el intento de apropiarse de nuestro petróleo. Es petróleo argentino y deberían adoptarse medidas más firmes. Cuando comenzó la exploración, en 2009, y yo era canciller, desarrollamos una campaña muy intensa ante todas las compañías que parecían interesadas. Nos comunicamos con las empresas petroleras del mundo para explicarles cuál era la situación legal, qué había establecido las Naciones Unidas, qué decía la legislación argentina y a qué consecuencias se exponían si intervenían en esa actividad. También hicimos una campaña con los países vecinos. Este Gobierno omitió todo eso porque sostiene la misma lógica que aplica con los británicos. Piensa que, si nos portamos bien, finalmente nos devolverán las islas. Eso no funciona así. Existe un caso reciente que lo demuestra. La Corte Internacional de Justicia emitió una opinión consultiva sobre el archipiélago de Chagos, que pertenece a Mauricio, pero permanece ocupado por el Reino Unido. Allí se encuentra Diego García, una gran base estadounidense fundamental para los ataques y el control de Medio Oriente. La Corte sostuvo que el archipiélago pertenece a Mauricio. Los británicos anunciaron que cumplirían y devolverían las islas, aunque pretendían mantener alquilada la base de Diego García a los Estados Unidos durante 99 años. Los Estados Unidos se opusieron porque no tienen en Mauricio la misma confianza que tienen en el Reino Unido. Como consecuencia, los británicos retrocedieron. Quienes piensan que los estadounidenses les quitarán las Malvinas a los británicos para entregárselas a la Argentina porque los argentinos se portan bien no entienden cómo funciona el poder internacional. Es el mismo error que cometió Galtieri. Fue a las islas convencido de que los Estados Unidos no reaccionarían, pero ocurrió exactamente lo contrario.

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