Argentina y teóloga, Emilce Cuda es secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina desde que la convocó el Papa Francisco. De relación directa con Jorge Bergoglio, terminó trabajando con un cardenal que Francisco designó en 2023 presidente de la Comisión: Robert Prevost. Una vez ungido Papa, León XIV la mantuvo en su tarea. En diálogo con Y ahora qué, Cuda traza una verdadera guía de lectura para acercarse a la encíclica Magnifica Humanitas. Sostiene que el texto habla de esclavitudes contemporáneas, concentración del poder, doctrina social de la Iglesia y disputa por el sentido de lo humano.
Doctora en Teología, Emilce Cuda es una de las voces latinoamericanas más relevantes en el Vaticano. Además de su puesto como secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, integra también espacios de reflexión de la Santa Sede vinculados con la doctrina social de la Iglesia, la vida, la justicia social, la sinodalidad y el diálogo entre fe, política y mundo contemporáneo. Su trayectoria está marcada por el estudio de la teología del pueblo, el pensamiento social católico y la centralidad de los pobres, del trabajo y de la dignidad humana en la misión de la Iglesia. Desde esa perspectiva habla de Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV.
—A mi modo de ver, es un texto más hacia el interior de la Iglesia que hacia afuera —dice Cuda en diálogo desde el Vaticano.
—¿En qué sentido sería hacia adentro? Hasta ahora el impacto visible se advirtió fuera de la Iglesia.
—La doctrina social de la Iglesia siempre fue un aporte de la Iglesia al mundo. Pero en este caso, y es mi interpretación, el documento también habla hacia adentro de la Iglesia. Lo hace porque estamos en un momento en que se ha manipulado el sentido de la doctrina social.
—¿Por eso la Magnifica Humanitas hace una genealogía?
—La encíclica hace un recorrido por todos los documentos de la doctrina social de la Iglesia. A uno puede parecerle aburrido, pero lo que está haciendo es poner la gramática del conflicto. Es como si el Papa dijera: “Esto se lee así”. Vuelve a repetir toda la doctrina social de la Iglesia y le pone una sintaxis. Está volviendo al sentido original: por ejemplo, define solidaridad, justicia social y subsidiariedad. Está fijando el texto.
—Dijiste que se manipuló el sentido de la doctrina social de la Iglesia. ¿Cómo?
—El papa Francisco decía: “No hagan ideología, cuidado con las ideologías”. La encíclica cita dos ideologías: el transhumanismo y el poshumanismo.
—El ser humano, o lo humano, ya no serían el centro.
—Claro, esas ideologías están de la mano de la concentración del poder epistemológico. Hay un momento muy claro del documento cuando dice que hoy los poderes concentrados en personas son superiores a los gobiernos. Eso es muy fuerte.
—Vuelvo a mi pregunta del “cómo” de la manipulación.
—Las ideologías como las que cita el documento empezaron tomando la cultura occidental, que tiene base católica, seas o no seas católico. Las luchas sociales, los derechos humanos y los sindicatos parten de esos principios. Se apoyaron en esos principios o se conformaron junto con ellos. En los últimos años ciertas ideologías o sectores se apropiaron de eso y le cambiaron el sentido. Hasta llegaron a extremos como decir que justicia social es comunismo. O le dijeron al Papa que no sabe lo que es la teología.
—¿Por eso decís que León XIV fija el texto?
—Sin discusión. Por otro lado, está haciendo memoria, algo que pedía a gritos Francisco. Está haciendo memoria de toda la doctrina social de la Iglesia. Recapitula para fijar el sentido de lo que quiere decir cada cosa: dignidad humana, destino universal de los bienes, solidaridad y subsidiariedad. Luego fundamenta. Y es muy importante cómo termina la encíclica: termina con el Magníficat.
—¿Por qué es relevante cerrar con el Magníficat?
—El Magníficat es uno de los textos más fuertes del Evangelio y está dicho por María. Es una de las veces en que habla la Virgen. Casi nunca se habla del Magníficat, pero es lo más fuerte del Evangelio en relación con la doctrina social de la Iglesia: “Derribaré del trono a los poderosos y enalteceré a los humildes; a los pobres los colmaré de bienes y a los ricos los despediré vacíos”. El documento dice que eso es el bien común. La gente habla del bien común, pero muchas veces no dice cuál es su contenido. El Papa sí lo define: el bien común es lo que dice el Magníficat.
—Disculpas si me voy de la teología, pero la encíclica define estructuras de poder. No habla solamente de jóvenes esclavizados por pantallas, por ejemplo. Habla de concentración, y aunque lo haga con otro nombre, dice que hay tecnomagnates con más poder que los Estados.
—No solo eso: habla del realismo político. Y además, primero dice algo que Tucho destacó en la presentación, aunque casi nadie lo citó: la doctrina social de la Iglesia no es sociología, es teología.
—Hablamos de Víctor Manuel Fernández, Tucho, que pasó de ser arzobispo de La Plata a funcionario importante de la Curia romana y uno de los presentadores de la encíclica el 25 de mayo. ¿Qué significa que la doctrina social de la Iglesia no es sociología?
—Es algo muy fuerte. Los muertos de la Iglesia en América Latina fueron acusados de hacer sociología como método marxista cuando, en realidad, hacían doctrina social de la Iglesia. Y Tucho no solo vuelve a decir que esto es teología y no sociología, sino que cita en el documento a quienes fueron asesinados: Enrique Angelelli y Oscar Romero.
—Dos obispos asesinados. Uno argentino y otro salvadoreño. La encíclica los nombra, claro. Y entre las mujeres que menciona figura una activista social católica de los Estados Unidos, Dorothy Day. Sí, es fuerte.
—También es importante lo que la encíclica dice sobre el realismo político y la verdad. Hay una discusión sobre la verdad en la Iglesia que atravesó los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI: la verdad es una sola, y solo algunos pueden definir esa verdad si están reconocidos. Acá, en cambio, está diciendo que la verdad revelada es el Dios-hombre, y que en ese hombre, en su magnífica humanidad, en la práctica de ese hombre, está el camino, la verdad y la vida. Eso debe ser la humanidad. Pero la verdad fáctica es relacional. Eso es muy fuerte dicho por un Papa.
—Me gustaría una explicación más detallada.
—Recordemos bien qué dice cada uno en la presentación de la encíclica, el 25 de mayo. Tucho dice que la doctrina social de la Iglesia no es sociología, es teología. La teóloga Anna Rowlands dice que el bien común es el Magníficat. Y otra teóloga, Léocadie Lushombo, congoleña, dice que la verdad es relacional. Ahí marcaron tres puntos. Sin embargo, muchos medios se quedaron hablando solo de lo que dijo el empresario de Anthropic. Todo el mundo quedó concentrado en la inteligencia artificial, pero hay una cosa muy fuerte al comienzo: dice “los llamo a tomar una decisión”. No dice “tienen que hacer esto”. El Papa dice “los llamo”. Estamos en un momento crítico y hay que tomar una posición decisiva: o construimos Babel o construimos Jerusalén.
—Así arranca el texto.
—Desde el punto de vista comunicacional y político es muy fuerte. La encíclica arranca derecho. Después llama a hacer un movimiento de reflexión y acción, y dice que no quiere cosas cosméticas, sino acciones concretas. El ejemplo que pone es el del profeta Nehemías, que tiene que reconstruir Jerusalén. Cuando usa ese ejemplo, llama a organizar el trabajo. No está hablando solo del trabajo del empleado de fábrica: está hablando de un trabajo político, el trabajo de reconstruir la ciudad. Por eso, para mí hay dos dimensiones. Por un lado, la parte política del llamado a la acción y la afirmación de que esto no es sociología sino teología pura. Por otro lado, hacer memoria y fijar el texto.
—Ya que sos teóloga, ¿podés explicar la diferencia entre teología y sociología?
—Para entenderlo, primero hay que definir la teología distinguiéndola de la ideología. La teología es un logos, un discurso sobre Dios. La ideología es un discurso sobre una idea. Uno podría decir: bueno, pero Dios también es una idea. Para la fe cristiana, no. Es la única religión donde Dios se encarna. Por eso el documento empieza hablando del Cristo encarnado y resucitado. Eso no es un tema menor. Está hablando del Cristo encarnado. Para la teología cristiana, Dios se hace hombre. Entonces el cuerpo vale y la realidad vale. Eso explica por qué Francisco decía que la realidad es superior a la idea. Por eso existe el principio de la misericordia: te tiene que doler en el cuerpo lo que le pasa al otro. Eso es el amor. Borges decía, para describir el amor: “una mujer me duele en todo el cuerpo”. En una parte, el documento dice que evangelizar no es hablar solamente de la vida eterna. Evangelizar concretamente es ocuparse de la vida concreta de la gente. Ahí la sociología actúa como un medio, como un método para medir y evaluar la realidad concreta: qué está pasando, cuánta gente murió, cuánta vive, en qué condiciones vive.
—Una herramienta.
—Sí, un método. Cuando el documento habla de un sano realismo político, no se refiere al realismo político que toma la realidad para construir una ideología, sino al que calcula las relaciones de fuerza, por ejemplo. Hay que tener mucha lectura para entender todo lo que está diciendo esa encíclica. Quien no entiende qué significan las relaciones de fuerza puede pasar de largo esa frase y no subrayarla.
—Vos definís la teología y después hablás de relaciones de fuerza, que surgen en buena parte de la sociología o de la sociología política. ¿Por qué?
—Porque la teología es un logos sobre Dios que se sirve de mediaciones como la sociología, la cultura, la economía y las ciencias en general. Su método es transdisciplinario; debe serlo. De lo contrario, no puede dialogar con el mundo contemporáneo. Eso ya está en el Concilio Vaticano II, aunque hace sesenta años que mantenemos esta discusión. En cada momento histórico, la teología utiliza una mediación tanto para ayudar a que los pueblos tengan una vida digna como para contar la verdad evangélica. La primera mediación que utilizó el cristianismo fue la filosofía griega. Usó esa mediación durante diecinueve siglos. Cuando apareció la sociología, utilizó la mediación de la sociología. En el Río de la Plata se utilizó la mediación de la cultura. Es lo que después llamaron teología de la cultura o teología del pueblo. La teología siempre utiliza la mediación que le ofrece el mundo contemporáneo para entender lo que está pasando. ¿Por qué? Porque es un discurso sobre lo concreto. Es un discurso sobre Dios y sobre la obra de Dios, que es toda la creación. Porque Dios se encarnó.
—Mencionaste una discusión que viene desde el Concilio Vaticano II, que terminó en diciembre de 1965. Efectivamente, sesenta años.
—¿Por qué tiene que decir eso ahora la Iglesia? ¿Por qué definir? Porque, como la sociología fue el método del marxismo, la forma de acusar a los teólogos que utilizaban la mediación de la sociología para entender la realidad era decir que hacían sociología y no teología. Es una cosa muy rebuscada que se usó en la Iglesia para condenar a la teología de la liberación. Entonces, cuando los teólogos de la liberación dicen “no estamos haciendo sociología sino teología”, lo que están diciendo es que no están haciendo marxismo, sino cristianismo. Es decir: “Nos estamos ocupando del cuerpo concreto porque eso es lo que hizo Jesucristo y lo que dice el Evangelio”.
—¿Y qué es la Iglesia para la Iglesia?
—Lo que está en cuestión es el sujeto. ¿Quién es el sujeto? Esa es la pregunta que atraviesa la cuestión sobre la verdad: quién juzga sobre lo verdadero y lo falso. Para algunos, la Iglesia son quienes están todos los días dentro de la parroquia o del templo. Para otros, la Iglesia son todos los bautizados. Por eso el documento define qué es la Iglesia. Al final, en la conclusión, cuando habla del amén, habla de la Eucaristía. Ahí define a la Iglesia como comunidad de creyentes que decide decir “sí, amén, soy parte de esta comunidad”. De ese modo se conforma el cuerpo de Cristo como cuerpo místico. A eso llamamos Iglesia. Decir amén es una decisión. León está llamando a decidir, a tomar posición entre dos opciones de ciudad contrapuestas. Está llamando a decir amén. Eso es la Eucaristía: el momento en que se decide que “en Él somos uno”, In Illo uno unum, que es el lema del escudo episcopal de Prevost. La Eucaristía es el momento de acción de gracias en el que todos formamos parte del cuerpo místico de Cristo, del Resucitado. Cuando comulgamos y decimos amén, estamos diciendo que somos parte de ese cuerpo, de esa comunidad de Cristo. Por eso el documento está en contra de las devociones individuales o de los individualismos comunitarios, algo que también decía Francisco. El documento dice que la Iglesia es praxis concreta: “tocar la carne sufriente de Cristo en el pueblo”, una frase de Francisco en la nueva Constitución de la Curia romana, Praedicate Evangelium. Ahí define qué es la Iglesia. Si la Iglesia son todos los bautizados, en ese universo hay personas que hacen física, teoría política, matemáticas, sociología, política. Si creen en Dios y dicen amén, también son Iglesia.
—Volvemos a las mediaciones.
—Claro, para arreglar el mundo hay que usar mediaciones. Algunos usarán la mediación financiera, otros la mediación política, pero lo hacen desde una convicción basada en esos principios: que haya dignidad humana universal, que haya acceso a los bienes, etcétera. Cuando digo que el documento habla hacia adentro de la Iglesia, quiero decir que dentro de la Iglesia también se está enseñando, con otra gramática, el sentido de los símbolos religiosos y de la doctrina social. Si nuestra propia gente sale a predicar otra cosa, está haciendo ideología. Y quienes vamos por la salvación de la Iglesia somos los que estamos haciendo teología.
—Aunque sean criticados por los conservadores.
—A quienes hablan de doctrina social de la Iglesia los critican porque dicen que no hacen teología. Y la verdad es que quienes tergiversan el sentido dicen que lo nuestro es ideología. Estamos en ese debate. Como la Iglesia católica tiene un Papa, que fija el sentido, también se da ahí una lucha por el sentido. Todos deben encolumnarse detrás del sentido que fija el pontífice. Y muchas veces están más encolumnados detrás de la doctrina social de la Iglesia los bautizados que no andan todo el día en el templo, pero que son Iglesia porque comulgan y dicen amén.
—Le das mucha importancia al “amén”.
—Hay un tema que todavía no se ve demasiado en América Latina, pero en Estados Unidos y en Europa es muy fuerte: sectores conservadores pretenden imponer que se vuelva a comulgar en la boca y de rodillas. Cuestionan a los sacerdotes por la altura a la que dan la Eucaristía, entre otras cosas. ¿Por qué? Porque hay influencers que le dicen a la gente qué debe hacer. Pretenden reducir el catolicismo al culto. Y lo que está diciendo el documento es que nosotros no somos un culto: somos una liturgia con una praxis que libera a las personas de las esclavitudes.
—El Papa habla de esclavitud histórica y actual. No solo explica que la esclavitud fue parte de la historia sino que en la encíclica pide perdón. Me llamó la atención. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué mensaje quiso transmitir?
—El Papa efectivamente describe lo que decís y también expone, bajo la categoría de esclavitud, prácticas que a primera vista no son identificadas como esclavitud.
—¿En qué sentido?
—Por ejemplo, cuando uno piensa en la esclavitud moderna, por lo menos en el siglo XX, piensa en el trabajo esclavo o en la trata, que hoy es una de las fuentes de dinero más grandes del mundo. Pero el Papa habla de otro tipo de esclavitud: por ejemplo, la de los jóvenes frente a las máquinas. Haberle puesto a eso el nombre de esclavitud es muy fuerte, porque implica reconocer una extracción, un extractivismo de datos que nos esclaviza a todos. Incluso cuando habla de datos geográficos o genéticos, está señalando formas de esclavitud que no vemos, porque son invisibles. Uno piensa en un esclavo bajo cadenas y con un látigo encima. Pero cuando él señala que los jóvenes, o todos nosotros, somos esclavos de estas máquinas, basta salir a la calle, levantar la mirada y ver cómo está la gente. Y entonces descubrimos algo que ni la ciencia ficción de los años treinta imaginó. Todo esto, dicho por un Papa, me parece muy fuerte. También hay otros modos de esclavitud encubierta, como los abusos.
—¿Sexuales o laborales?
—En paralelo con la presentación de este documento en Roma, su comisario apostólico está en Perú escuchando a las víctimas del Sodalicio, un movimiento eclesial católico de esos que se abrieron después del Concilio. Aparecían como laicos y supuestamente recibían un carisma, pero la estructura de la organización estaba montada sobre un sistema de abusos. Ahí hay un sistema de esclavitud del cual se hace cargo la misma Iglesia.
—El Papa conoce bien Perú. Fue obispo de Chiclayo.
—Sí, y desde el Vaticano, el mismo cardenal Prevost fue quien llevó adelante durante más de diez años la investigación de esos casos. Ese proceso se cerró. Eran abusos sexuales, laborales y de otros tipos. El hecho es interesante de abordar porque, cuando uno piensa en abuso, piensa automáticamente en abuso sexual. Pero el tema es cuando el abuso se convierte en método de cooptación.
—¿Cómo funcionaría?
—La técnica de abuso, que incluso aparece en el primer capítulo de la encíclica de Francisco Fratelli tutti, consiste primero en atemorizar a la persona, luego aislarla y, cuando ya depende solo del favor o del reconocimiento del que la domina, empezar a abusar. El abuso sexual, en ese contexto, no tiene que ver con un deseo sexual: tiene que ver con una técnica de sometimiento. A partir de ese momento, las personas pasan a ser esclavizadas por una institución. Son casos muy fuertes que está investigando la Santa Sede. Hay muchas palabras que aparecen en el documento.