El tucumano Daniel Kostzer es el economista jefe de la Confederación Sindical Internacional. Desde Bélgica, dialogó el Primero de Mayo con Y ahora qué con una visión tan argentina como mundial: la CSI es una organización global que agrupa a 350 sindicatos en 137 países y representa a unos 210 millones de trabajadores, incluyendo a la CGT y las dos CTA de Argentina. La tecnología, la reforma de Milei y la guerra contra los sindicatos completan el cuadro.
Dice Daniel Kostzer que la informalidad no crece sólo en la Argentina. El 60 por ciento de los trabajadores mundiales es informal.
—¿Siguen siendo relevantes los sindicatos?
—El movimiento sindical continúa siendo el movimiento social más fuerte y numeroso para frenar algunos de estos cambios regresivos. Por eso erosionar su base de sustentación forma parte de la campaña contra la democracia.
—¿Cómo están resistiendo los sindicatos a nivel global?
—Nosotros tenemos un indicador de derechos laborales. En 2025, el 87 por ciento de los países tuvieron violación a los derechos laborales. Lo inédito es que el incremento del porcentaje se dio en países desarrollados con tradición sindical y de Estado de bienestar. Hay una guerra al movimiento sindical que pasa por distintos frentes. Frente económico: se reducen los salarios, los pagos y se achican los presupuestos de los sindicatos. Ataque político con las leyes de flexibilización y eliminación de solidaridad entre afiliados y no afiliados. La descentralización reduce poder de negociación colectiva. La guerra legal declara cada vez más ilegales las huelgas. Hoy está en la Corte de La Haya si el derecho a la huelga está en el derecho al trabajo. Está la represión, que pega. Y la batalla cultural: que el sindicato no sirve, que no representa a la gente…
–¿Cuándo comenzó esta ofensiva contra el movimiento sindical?
–Esto comenzó con la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, en los ‘80. Los medios controlados por los plutócratas fachos tecnológicos lo agudizan. Formar un sindicato general en Amazon es tarea ardua. Se hace por locales, en el mejor de los casos. En el mundo siguen matando dirigentes sindicales, o se los sigue metiendo presos. No nos olvidemos de eso.
—¿Qué magnitud tiene la informalidad en el mundo?
—La informalidad global afecta al 60 por ciento de la fuerza de trabajo en el mundo. Informalidad hubo siempre. En los 60, los trabajadores por cuenta propia, las changas y los autoempleados eran tanto o más numerosos que ahora. En aquella época había una serie de vasos comunicantes entre estas actividades y las más formales y registradas. Se fueron rompiendo las vinculaciones en los años 90. Aumentó la polarización social y también una heterogeneización en los distintos sectores. Lo que se define por el opuesto no sirve. Hay que discriminar bien.
—¿Cómo hacer esa discriminación?
–Tenemos un tercio de la informalidad que son los no registrados o no declarados. Rasgo central: comparten su puesto de trabajo con el sector formal. Tienen reivindicaciones similares en cuanto a condiciones de trabajo. Les derrama lo que consigue el sector formal. En comercio o construcción, las mejoras en la jornada laboral o en el tiempo de trabajo también les benefician a ellos. Ahí, si bien hay una desconexión, en términos operativos esa desconexión no es tan importante. Se resuelve con las mismas herramientas que tiene la organización tradicional: convenio colectivo o negociación paritaria.
—¿Y el segundo tercio?
—Otro tercio son los trabajadores en casas particulares. Las herramientas son convenio especial –lo cual es difícil– o el salario del sector. Más allá de que no se pueda regular horarios por la invisibilización del sector, se puede conseguir un avance por legislación y organización.
–¿Cuál es el problema más serio?
–El problema más serio está en el otro 30 o 40 por ciento. Los trabajadores de cuenta propia, que no tienen una inserción. Aumentados por la aparición de las plataformas, que ofrecen herramientas de invisibilización de la relación laboral, que de otro modo era muy complicada por riesgo de inspección del trabajo. Si tenías uno que vendía en la calle, caían los inspectores. Hoy la plataforma ofrece herramientas de elusión o mala clasificación de la relación laboral.
–¿Hay alguna herramienta legal que sirva para ellos?
–La única herramienta en legislación es la del salario mínimo. El 9 de julio de 2003 aumenta el salario mínimo, después de 12 años. Eso tenía varios efectos. Es la única referencia generalizada del precio del trabajo para toda la sociedad. Incluso es más referencia para los informales, sin convenio paritario. Aplastás la pirámide salarial desde la base y eso dispara la negociación porque los de más arriba piden más salario mínimo.
—¿Siguen sirviendo los indicadores tradicionales del mercado de trabajo?
—En todo el mundo los indicadores de trabajo tradicional –tasa de empleo y tasa de desempleo– hoy dejan de ser un indicador relevante sobre la salud del mercado de trabajo. La precarización comienza a generar una serie de categorías que antes no existían. No era pobre. Tenía obra social. Vacaciones pagas y aguinaldo. Asignaciones y bono para comprar útiles. Ser empleado era una condición de ciudadanía. Hoy se puede estar empleado y subocupado. Es decir, ocupado pero no llegás a la canasta mínima. En situación laboral pero sin estabilidad. Un cuadro que disimula precariedades.
—¿Qué papel juegan las plataformas digitales en todo esto?
—Facilitan relaciones laborales que históricamente hubieran sido relación laboral habitual; hoy facilitan relaciones confusas y mal declaradas. Hoy se está discutiendo en la OIT un convenio sobre plataformas. Se están discutiendo las condiciones de trabajo pero también los otros riesgos, como la vigilancia en el trabajo y la definición algorítmica de sanciones y remuneraciones. Dejaron de ser intermediadas por lo humano y no son más ámbitos de aplicación y apelación. No te asignan un pasajero porque tuviste calificaciones malas o neutras. Eso será cada vez más dramático conforme aumente la capacidad de definición de la IA. Se está dando en todo el mundo.
—¿Cómo impacta la reforma laboral de Milei en este escenario?
—Por lo pronto, te pueden despedir más fácil. En su naturaleza principal, la indemnización es la penalización al empleador por incumplir el contrato sin causa justificada. Ahora, en cambio, se termina hasta la explicación de por qué se acaba la relación laboral. El autoseguro para el desempleo y la despenalización del accionar favorecen una mayor precariedad. La reforma de Milei es una lista de supermercado de lo que cada uno de los empleadores amigos quiere para disciplinar su fuerza de trabajo. Un supermercado está interesado en un banco de horas para cubrir mejor el fin de semana. Otras empresas están interesadas en despedir con menos dinero. Otras, en decidir arbitrariamente las vacaciones. E incluso no son intereses comunes a todos los empresarios, porque cada fábrica puede tener organizaciones distintas. La tecnología contribuye a eso.
—¿Hay ejemplos de mejor protección en otros países?
—Siempre es mejor la vida laboral donde hay negociación colectiva más consistente. En Bélgica, por ejemplo, hay indexación trimestral automática de los salarios. La empresa tiene que abrir los libros a los trabajadores. Hoy se pelea para que no haya sanciones algorítmicas, y algunos hasta piden la apertura del código fuente. No es solo la tecnología el problema, pero si ya hay una situación más dura contra los trabajadores la tecnología ayuda al disciplinamiento.
—¿Esta situación es reversible?
—Si no creyese que es recuperable, no estaría acá. Todo, claro, requiere lucha y organización, porque la situación es muy compleja. Hay que pensar también en los que no estudian ni trabajan, una franja que cada vez se extiende más en edad. Hay que recuperar conciencia de clase obrera. Es una pelea cultural muy fuerte, porque muchas veces la gente cree y siente que controla su tiempo y en realidad se autoengaña. En el pasado podíamos ir al café a la tarde para ver a los amigos. Hoy los chicos más jóvenes hacen su vida social en los interregnos que les deja su trabajo continuo. Chatean con los amigos mientras buscan la pizza del delivery. La tecnología permitió difuminar el tiempo de trabajo y el tiempo libre. Pero no es un tiempo verdaderamente libre de ocio. Cuando uno les habla de la reducción de la jornada laboral, eso no tiene el mismo peso que para el típico trabajador alienado de La Fiaca de Norman Brisky. Hoy la sensación es que tenés un control sobre el tiempo. Es un control ficticio, porque los chicos de las motos viven conectados a las apps, a ver cuánto tiempo pasa hasta que tenés otro viaje.
—¿Qué desafío tienen los sindicatos frente a los trabajadores más jóvenes?
—Ahí tenemos todavía un problema. Hay que encontrar una narrativa que permita que los chicos se comprometan, así como se comprometieron en la lucha por los derechos individuales como LGBT y el medio ambiente. Es una lucha por la democracia, pero también por fortalecer los sindicatos.