Como en los Estados Unidos de Trump y Bad Bunny, en la Argentina también está en juego si hay una sola identidad, y si esa identidad la define monopólicamente el Gobierno. Se trata del derecho individual y colectivo a ser y del derecho a existir. Así lo reveló la batalla en marcha para la destrucción laboral. Una teoría sobre la autoestima.
Bad Bunny, en la final del Super Bowl de fútbol americano, desafió a Donald Trump en el corazón de su proyecto: la construcción de una nueva identidad. ¿Quién es norteamericano? ¿Quién es estadounidense? ¿Sólo quien Trump diga? ¿Nada más que los blancos, anglosajones y protestantes, y eso siempre que tengan la venia del presidente, porque si él los considera “comunistas” igual quedarán afuera? La pelota del latino más famoso de los Estados Unidos decía: “Together, we are America”. Cuidado, que no estaba hablando de todo el continente. Cuando allí se dice “America” hay que leer “Estados Unidos”. Lo que quiso decir Benito Antonio Martínez Ocasio, 31 años, portorriqueño, flamante ganador del Grammy al mejor álbum de 2025, es que los Estados Unidos no tienen una identidad única, y menos aún que esa identidad puede ser digitada caprichosamente desde la Casa Blanca. Incluye a todos, y por supuesto abarca a los latinos. A la vez, no excluye a nadie. Ni siquiera a los Wasp. Como Bad Bunny usó el together, el juntos, y no dividió ni polarizó, lo hizo Trump, fenómeno que explica en detalle en esta misma edición Jaime Iturri Salmón. La elite de ultraderecha que gobierna hoy en los Estados Unidos no puede permitir un imaginario social que dispute el quién es quién señalado con guión de hierro desde el corazón de Washington. Y si emerge un líder, así sea un líder de opinión y no un político, debe destruirlo. Cuestión de identidad. Del derecho a ser. Y del derecho a existir.
Una forma monopólica
Los argentinos observaron el tremendo impacto mundial de Bad Bunny con admiración, sorpresa o ambas asimetrías a la vez. Pero en general no dieron otro paso más: ¿no estará aquí Su Excelencia refundiendo y refundando un nuevo país y construyendo también una identidad excluyente? Y de nuevo: no se trata sólo de una imagen autopercibida sino del derecho a ser y del derecho a existir. A vivir.
El Gobierno parece estar instalando una forma monopólica de ser argentino. ¿O quizás de dejar de serlo, dirán las malas lenguas? Puede ser. No es descartable.
Si la Cámara de Diputados completa la media sanción de la destrucción laboral que ya aprobó el Senado, con falacias sobre la productividad que aquí desmonta Enrique Aschieri, Su Excelencia habrá ganado una batalla en varios planos a la vez.
Por un lado, como sostiene el constitucionalista Andrés Gil Domínguez, la nueva ley que cambia decenas de leyes consolida con nuevas normas una regresión de las condiciones de trabajo que ya se da en los hechos. No es simplemente una cuestión simbólica. Lo que se destruye rápido nunca se reconstruye con la misma velocidad. Ni del todo. La Ley de Convenios de Trabajo de 1974, mutilada por la dictadura en 1976, jamás pudo ser repuesta del todo a pesar del trabajo de artesano paciente de Héctor Recalde con el respaldo, desde el Ejecutivo, del ministro de Trabajo Carlos Tomada y de la Presidenta CFK.
Por otro lado, introyecta valores. Uno: si a mí me va bien es porque no soy vago. Dos: si echan a los vagos, allá ellos. Tres: ¿por qué si yo me la banco con la bici o la moto el empleador tiene que tener límites? Cuatro: soy libre y manejo mi tiempo.
Un individualismo de pobres, muy similar a quienes trataban de choriplaneros a las que y los que recibían un plan del Estado. Ricardo Auer, en su nota, subraya la importancia que tiene la destrucción de los lazos comunitarios.
En tercer lugar, instala una idea ficticia de anarquía laboral, al estilo del conmovedor ejemplo de la senadora Patricia Bullrich sobre qué lindo que va a ser pedir permiso, y obtenerlo, para ver cómo el nene se abraza a la bandera el 20 de junio en la escuela. La ficción actúa como si no hubiera ni producción en gran escala, que precisa disciplina y organización, ni pequeñas y medianas empresas en caída libre. Martín Aguirre escribe aquí que la industrialización es una decisión política, no un fenómeno de la naturaleza. Y un informe de la Asociación de Industriales Metalúrgicos, Adimra, hace una radiografía del precipicio actual.
Dos ayudas
Ese tríptico, que podría multiplicarse al infinito, tuvo una ayuda directa y otra indirecta.
La ayuda directa llegó de la mano de los gobernadores y los senadores que le dieron el voto a Su Excelencia. Sospechoso: si no hay obra pública para el toma y daca, ¿el negocio será personal? También cabe otra posibilidad, señalada por el propio Tomada en el programa QR, que puede ser alternativa o complementaria de la anterior: una coincidencia ideológica de algunos gobernadores y senadores con el proyecto libertario de completar lo que José Alfredo Martínez de Hoz no pudo terminar de liquidar entre 1976 y 1981, mientras fue ministro de Economía de Jorge Rafael Videla. Basta de sindicatos. Molestan.
La ayuda indirecta, no intencionada pero sí originada en una lectura parcial de la realidad, o quizás en la impotencia política, llegó desde el peronismo no colaboracionista. Machacó y machacó sobre las desgracias que se agudizarán por la Ley Milei de Destrucción Laboral pero no consiguió articular ni política ni socialmente a los sectores que ya están dañados y lo estarán más.
Clasismo simplote
El discurso opositor incluso se quedó a menudo en un clasismo ramplón. Es verdad que en el plano de las relaciones laborales hay tres actores, que son los trabajadores, los empresarios y el Estado. Es cierto que el texto sancionado, si consigue los votos en Diputados, básicamente quita derechos a los trabajadores, y antes que a nadie a los trabajadores registrados. Pero, ¿no se perjudican ya, y se perjudicarán más, también las pymes y aun algunas grandes empresas por una baja de ingresos en crecimiento y un empobrecimiento general que pulverizará la demanda? Si esto es cierto, ¿dónde estuvieron las apelaciones a los empresarios, para sumarlos a una causa que a la larga debería interesarles? ¿Y los informales? Nada hacia ellos. Un hiato. Y no es teoría, es historia pura. El movimiento popular en la Argentina se hizo más fuerte cuando combinaron sus reclamos y su despliegue el movimiento obrero organizado, los partidos de signo nacional, las organizaciones de desocupados y un sector de los empresarios. El 2001 sólo fue una situación prerrevolucionaria en la cabeza ilusionada de quienes leyeron mal las crónicas de John Reed sobre México y sobre Rusia y pensaron, entonces, que la Argentina era el México de 1910 o la Rusia de 1917. En cambio, sí fue una olla común donde unos pusieron la reivindicación del empleo, otros pidieron por la vuelta de la actividad económica y muchos también protestaron contra la Corte de la mayoría automática menemista. Así, crisis financiera de por medio, fraguó aquella salsa. No hubo revolución pero sí renovación y limpieza. Y en medio de ese proceso de articulación de sectores, vaya a saber si antes, después o durante, otro elemento que se constituyó fue la autoestima colectiva. Toda esa mezcla es la que interpretó y en la que se fue apoyando Néstor Kirchner. No por casualidad cuando murió, el 27 de octubre de 2010, su amigo Lula destacó con los ojos llorosos como elemento muy importante que Néstor había devuelto la autoestima a los argentinos.
Sensaciones contrapuestas
La autoestima débil añadida a la esperanza en las políticas de Su Excelencia, o a la resignación, que también juega su partido, y también la debilidad organizativa y retórica de la oposición, explican en conjunto la contradicción que revela por ejemplo el último QMonitor de la consultora QSocial.
Al describir el clima político, económico y empresarial, los investigadores detectaron varios factores. Por caso:
*En enero aprobaba la gestión de Milei el 49 por ciento de los consultados, contra un 38 por ciento de septiembre, justo después de las elecciones bonaerenses y antes de la intervención amenazante de Trump de “voten bien o morirán”.
*Entre quienes aprobaron a Milei, dice el informe que “el cambio aparece como valor en sí mismo”. Eso “legitima el ajuste y las reformas porque se perciben como necesarias para salir de una crisis profunda”. En esa misma línea, los que aprobaron a Su Excelencia lo caracterizaban como “valiente”, “decidido”, “honesto” y distinto de la “casta política”.
*En el terreno económico, aprobó el resultado antiinflacinario un 47 por ciento, contra un 34 que desaprobó y un 19 que no quiso o supo opinar.
*La desaprobación del rubro “empleo” trepó al 53 por ciento y marcó el punto máximo de reproche a Milei.
*Milei gobierna para la mayoría de la población sólo para el 38 por ciento, contra el 50 por ciento que dice que no el 12 que no responde.
*En cuanto a si el Gobierno tiene o no la capacidad para resolver los problemas del país, la cifra da empate: 47 por ciento contra 47 por ciento.
*El apoyo ciudadano, un índice combinado que elaboró la consultora, le da igual a Milei ahora que en agosto. En la debacle de septiembre, antes de la aparición de Trump, recibió el índice más bajo.
Queda claro que lo dominante es la contradicción, pero también que en ese escenario de sentimientos encontrados Milei navega más cómodo que sus opositores. ¿Será porque no destruyó del todo pero está minando la autoestima? La pregunta que cada vez más dirigentes de la oposición se formulan en privado, pero no responden ni confidencialmente ni en público, es por qué buena parte de argentinas y argentinos se arriesga a meter su cabeza en la boca del león.
Una cuestión de identidad
Los especialistas que investigaron el concepto de autoestima suelen citar a Glynis Marie Breakwell, una psicóloga social británica nacida en 1945 que desarrolló lo que ella misma llamó Teoría del Proceso de Identidad. Para Breakwell, los cuatro puntos que sostienen la construcción y la defensa de la identidad son la autoestima (la valoración positiva de uno mismo), la diferenciación respecto de otros, la continuidad temporal y biográfica de cada uno y la necesidad de sentir control y capacidad. Cuando alguno de esos cuatro elementos es amenazado, una de las formas de defensa de las personas es cognitiva, o sea que reinterpreta la realidad, y otra es colectiva, porque revaloriza simbólicamente al grupo de pertenencia.
“La esfera social suministra tanto recursos como límites al desarrollo de la identidad”, escribió Breakwell hace 40 años. Es decir que la identidad ni es un fenómeno enteramente interno ni solamente estructural, sino una relación.
Ahí es donde está trabajando Trump, pero también Bad Bunny. Y Milei, pero también… ¿Pero también quién?