La movilización espontánea de multitudes, apenas se conoció la noticia que daba cuenta del fallecimiento del fundador y líder de la banda de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Carlos “el Indio” Solari, derivó en un gesto político claramente opositor que las autoridades libertarias no pueden comprender ni asimilar. Pero también puso de manifiesto que todavía no hay en el campo nacional los instrumentos para su contención y direccionamiento.
Todo parecía transcurrir a paso cansino, con un Milei que preparaba las valijas para realizar su 18ª visita a los Estados Unidos desde que arrancara el mandato, con uno de sus ministros preferidos que profundizaba el ajuste acelerando el ciclo privatizador y con el otro, un verdadero coloso, que proseguía desmantelando el Estado nacional. Los escándalos por episodios de corrupción accedían cotidianamente a los medios —sin distinción de ideologías ni de credos— hasta embadurnar incluso al vértice del Gobierno libertario, pero parecían asimilables o merecedores de un jactancioso encogimiento de hombros por quienes suponen, por decirlo de alguna manera, que tienen la vaca atada y para siempre. Por su parte, la senadora Bullrich lograba destacarse de nuevo, apelando esta vez al procedimiento de provocar un cortocircuito con los hermanos Milei, debidamente rociado de amenazas incumplidas.
Y entonces murió el Indio Solari.
La noticia motivó que de inmediato se autoconvocaran decenas de miles de admiradores de esta figura central del rock nacional, que fuera fundador y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Hubo tristeza en gran parte de la población, pero esta y las muestras de creciente descontento no impidieron que irrumpiera lo que no pueden inteligir quienes solo piensan de modo lineal. En efecto, en paralelo a la pena y la bronca fue constatable cierta alegría por el reencuentro, o sea, por la ratificación de un vínculo preexistente. Y no se trata de volver a las páginas de un par de libros célebres sobre la psicología de las masas, pero lo cierto es que paradójicamente abundaron en esa impresionante multitud movilizada, heterogénea e intergeneracional, las voces que aludieron a cierta alegría infantil por constatar que el vínculo entre los ricoteros, la sociabilidad que los caracterizó en el marco del goce con el arte emanado del Indio y sus bandas, la identidad y el espíritu festivo sobreviven. Y lo hacen pese a la prédica oficial de un individualismo extremista y atentatorio contra toda solidaridad, a la medida de los ideólogos del Gobierno.
El poeta, el canto y su sentido
El Indio nació en Entre Ríos, pero se crió y formó en La Plata, donde pasó brevemente por la Escuela de Bellas Artes. Con el guitarrista Skay Bellinson fundó en 1976 la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, tribal y autogestionaria, que desde sus primeras presentaciones en locales reducidos hasta la realización de recitales multitudinarios se desenvolvió al margen de la masividad comercial tradicional y el circuito de las grandes discográficas, asumiendo una actitud antisistema y desafiante, por decirlo así, pero coronada por el éxito.
De nuevo: según los estudiosos del género, la banda liderada por el Indio no solo frecuentó con felicidad desde el rock nacional hasta los así denominados rock alternativo y rock barrial, sino que también consolidó una manera propia y distintiva de comunicarse con sus seguidores. Esa forma específica cristalizó en las “misas ricoteras”, entendidas como la conversión de cada show en una suerte de peregrinaje desde los cuatro puntos del país para celebrar un ritual que muchos observadores consideraron a medio camino entre lo religioso y lo pagano. En esos recitales, los poemas del Indio y la música, transustanciados en los cuerpos de los asistentes, cedían relativamente prioridad a la danza, al salto desenfrenado, al rozamiento y al entrechoque; al pogo, en suma.
La canción urbana cuenta en la Argentina con reconocidos autores —Discepolín, Homero Espósito— que, además de hacer crítica social, abordaron cuestiones filosóficas complejas que fueron debidamente asimiladas por la comunidad. Carlos “el Indio” Solari ocupó —y seguramente ocupará— un lugar destacado entre quienes desafiaron las imposiciones de lo convencional y procuraron trascender, como gran parte de los poetas de los años 70 del siglo pasado, mediante la música popular.
Dijo Solari, en un largo diálogo autobiográfico con Marcelo Figueras, que se consideraba un “hombre de la psicodelia”, o sea del movimiento artístico propio de la contracultura americana de los 70, que puede aportar una vía de escape a las limitaciones impuestas por el sistema dominante a la conciencia y la vida cotidiana. Respecto de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota aseguró: “Éramos un grupo de ilusos, en tanto nuestra pretensión era mantener fuerte el deseo de producir un cambio significativo. La alternativa que perseguíamos era la de infectar la cultura a través del arte. Puede que suene ingenuo desde hoy, pero yo creo que Séneca no estaba del todo descaminado cuando decía: «No es porque las cosas sean difíciles que no nos atrevemos a acometerlas. Al revés: es porque no nos atrevemos que se vuelven difíciles»”.
Las letras y la imaginación poética
Las letras de Solari —poniendo entre paréntesis su condición de poeta— fueron objetadas por “crípticas” y consecuentemente imposibles de ser comprendidas por públicos tan numerosos como los que respondían a cada convocatoria. El Indio en varias oportunidades concedió que contenían un relato complejo que se desenvolvía con imágenes encadenadas, pero que también poseían momentos clave animados por una brusca claridad deslumbrante, como en “Todo preso es político”, “Nuestro amo juega al esclavo” y tantas otras. Finalmente decidió refutar el presunto hermetismo de sus letras en una carta abierta fechada el 29 de diciembre de 2011, titulada: “Expresión dirigida a los colegas quejosos por no «entender» las letras de mis canciones”. En esa misiva, que llevaba un epígrafe de Bertolt Brecht —“Quien quiere ver solo lo que puede entender, no tendría que ir al teatro, tendría que ir al baño”—, fue aún más preciso:
Escribo canciones en la creencia de que:
—El efecto poético se produce por la capacidad de un texto de continuar generando lecturas diferentes sin ser consumido nunca por completo.
—La poesía no debe invitar solo a escuchar, debe invitar fundamentalmente a imaginar.
—La poesía es subjetiva, se vuelve objetiva cuando sus destinatarios, después, se dejan envolver por ella.
—La principal regla poética es conmover, todas las demás no se han inventado sino para conseguir eso.
—La poesía no puede ser definida con precisión porque no nos es dado conocer su esencia sino sentirla.
—La poesía crea realidades intelectuales que se presentan emocionalmente. No como un pensamiento reflexivo ni filosófico, sino como un pensamiento rítmico.
—Una buena canción —su lírica— debe parecer que no pudo ser escrita de otra manera. Debe tener poder de seducción y comportarse como un enigma del cual uno presenta, para su resolución, solo indicios.
Indio Solari
PD: En mi caso me interesan las partes del cerebro que se ponen a trabajar bajo condiciones de ambigüedad. Por eso he elegido escribir en libertad, con cambios deliberados e irreverentes de sintaxis. En definitiva, la poesía, como la ciencia, es nada más que una interpretación del mundo. Mientras acabo con esto escucho la voz de Tita Merello: “… Si el bulto no interesa, por qué pierden la cabeza ocupándose de mí”.
Una biblioteca de contracultura
A comienzos de febrero de 2015 se realizó la exposición “El tesoro de los inocentes: Indio en la Biblioteca”, organizada por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Hubo de todo, desde pinturas, dibujos y algunas publicaciones hasta manuscritos y objetos personales como los anteojos de Solari, la ropa que usó para los conciertos o la guitarra que utilizó para componer. También se exhibió su biblioteca, por la cual fue posible constatar el alcance de lo que el Indio escribió en la presentación del catálogo: “Con mis lecturas, a través del tiempo, me he comportado como un peregrino revoltoso. He curioseado todo lo que trajo hasta mí la cultura rock. Así como un músico me invitó a otro, mi guía fueron los escritores de esa nueva izquierda, quienes me acercaron a otros autores, que el sistema había desechado por «inadecuados» y hasta peligrosos”.
Tras mencionar a Gurdjieff, Conrad, Artaud, Schwob y Roussel, entre otros, a la generación beat, autobiografías de cineastas, haikus, correspondencias —Wagner y Liszt, los hermanos Van Gogh— y Durrell, Vonnegut, Vian y Capote, aseguró que “he olvidado casi todo, menos la emoción que me prestó cada uno de ellos y que me llevó —con alegría— a atreverme a hacer mi trabajo”. Entonces, el Indio agregó que el escritor de canciones debe “apropiarse de las emociones que encuentra en su camino, estrujarlas, agitarlas y mezclarlas con el fin de transmitirlas en un nuevo juego”. Y concluyó: “Transmitirlas en un lenguaje no reflexivo ni filosófico, sino en un lenguaje rítmico donde los silencios entre línea y línea son los que definen su valor en el tiempo y su resonancia”.
Poesía para recuperar el futuro
Que un fenómeno de masividad único en la historia del rock argentino haya sido admirador de Antonin Artaud y los poetas malditos, al tiempo que leía tanto a Marechal como a Tomás Eloy Martínez, tal vez provoque cierta extrañeza descalificatoria en quienes repudian hasta la más mínima originalidad, especialmente si es peligrosamente aceptada por las multitudes. También podría resultar extraño y repudiable que admirara a Robert Louis Stevenson al tiempo que visitaba textos de Foucault o Rosa Luxemburgo, o Norman Mailer y Céline, entre tantos. Pero de la Beat Generation y la contracultura americana se ha destacado que el Indio frecuentaba, entre otros autores, a William Burroughs, de quien habría asimilado técnicas de escritura vanguardistas como el cut-up —recortar y pegar textos—, como si de un collage verbal se tratara.
Según una primera percepción del fenómeno, entonces, de allí derivaría el carácter fragmentario de sus letras y el amontonamiento de sentidos encontrados, inconexos y contradictorios que derivarían —sobre todo si además se “pegan” giros verbales del habla popular— en un amargo sinsentido. Pero la manera de encadenar los “fragmentos”, el modo de resonar en los otros somáticamente, saliendo al encuentro de públicos más y más numerosos, demostraron la fragilidad y fisuras del opresivo y único sentido dominante. Allí se ubicaron los poemas de Solari, enfrentándolo para envolver a sus destinatarios y probar que el arte puede proponer un sentido nuevo y fresco, el que en un momento de peligro viene de rescate.