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¿Un 2008 argentino?

La morosidad de las familias argentinas se multiplicó en apenas dos años y medio. Casi 21 millones de personas tienen deudas, alrededor de 6 millones presentan algún grado de irregularidad y el pago de obligaciones financieras absorbe una porción creciente de los salarios. La pregunta empieza a imponerse: ¿puede la crisis de los morosos argentinos encontrar algún paralelo con el proceso que desembocó en la crisis mundial de 2008?

Axel Kicillof introdujo explícitamente esa comparación. El gobernador recordó el derrumbe de las hipotecas subprime en Estados Unidos para señalar que decisiones individuales de millones de familias endeudadas pueden terminar produciendo un problema general. Hay semejanzas importantes entre ambos procesos, como el deterioro de los ingresos, la dependencia creciente del crédito y las dificultades para pagar. Pero también existe una diferencia fundamental. En Estados Unidos la crisis terminó haciendo estallar el sistema financiero. En la Argentina, al menos por ahora, el problema está concentrado en los hogares y expresa antes que nada una crisis de ingresos. Nada más y nada menos.

La morosidad bancaria de las familias pasó del 2,5 al 12,8 por ciento en dos años y medio. Entre quienes tomaron créditos de billeteras virtuales, aumentó del 5,7 al 24,5 por ciento. Y en las financieras no bancarias saltó del 17,5 al 43 por ciento. Los datos llevaron a Kicillof a recuperar la experiencia de 2008 y discutir la afirmación del gobierno de Javier Milei de que las deudas constituyen simplemente un problema entre privados.

“Porque los ingresos de las familias estaban planchados, subieron los intereses, subió el costo del financiamiento y, de pronto, las cuotas se volvieron impagables”, dijo Kicillof al describir el origen de la crisis de las hipotecas subprime. El gobernador agregó que una enorme cantidad de decisiones descentralizadas y voluntarias terminó provocando primero una crisis hipotecaria, después una financiera estadounidense y finalmente una crisis económica mundial.

Ahí aparece el interrogante para la Argentina. No estamos ante una repetición de 2008. Las estructuras financieras son distintas y también lo son las deudas. Pero existe un mecanismo inicial que presenta semejanzas: ingresos que no alcanzan, mantenimiento del consumo mediante crédito y creciente incapacidad para pagar las obligaciones asumidas.

De los salarios a la deuda

La crisis de 2008 tuvo antecedentes largos. Durante décadas, una parte considerable de los trabajadores estadounidenses sufrió un deterioro relativo de sus ingresos mientras aumentaba el peso de las finanzas en la economía. El crédito pasó a funcionar cada vez más como sustituto de los ingresos que no alcanzaban.

Las tarjetas de crédito se multiplicaron. También los préstamos hipotecarios. Millones de hogares pudieron sostener niveles de consumo que sus salarios ya no permitían financiar por sí solos. El endeudamiento cubría la brecha.

Ese mecanismo funcionó mientras el crédito siguió fluyendo y los activos, especialmente las viviendas, conservaron o aumentaron su valor. El problema apareció cuando una cantidad creciente de deudores dejó de poder pagar.

Steve Keen explica la crisis de 2008 a partir de los cambios en la deuda privada y utiliza para ello la teoría de la fragilidad financiera de Hyman Minsky. En períodos prolongados de estabilidad, bancos, empresas y particulares aumentan progresivamente los riesgos que están dispuestos a asumir. La aparente seguridad de hoy crea así las condiciones para la inestabilidad de mañana.

Minsky distinguía tres etapas. En la primera, el deudor puede pagar capital e intereses. En la segunda apenas alcanza a afrontar los intereses. En la tercera, que denominaba Ponzi, depende de que el precio del activo siga aumentando para poder refinanciar permanentemente su deuda.

Hasta que llega el llamado “momento Minsky”. Los acreedores descubren que parte de las deudas no podrá recuperarse. Se restringe el crédito. Los deudores venden activos desesperadamente. Los precios caen y las garantías que respaldaban los créditos valen cada vez menos. El proceso se retroalimenta.

Eso ocurrió en Estados Unidos con las hipotecas subprime y el mercado inmobiliario. En 2007 comenzaron las primeras señales graves. En 2008 el problema ya había alcanzado a las grandes instituciones financieras y terminó provocando una crisis mundial.

El endeudamiento como sustituto del salario

Más allá de las diferencias entre las interpretaciones económicas sobre 2008, hay un elemento particularmente útil para mirar hoy a la Argentina. Cuando los ingresos dejan de alcanzar, los hogares intentan mantener su nivel de vida recurriendo a la deuda.

Anwar Shaikh relacionó el proceso previo a 2008 con el retroceso salarial. Los trabajadores intentaron compensar mediante el endeudamiento una capacidad adquisitiva debilitada. Durante un tiempo el peso de los servicios de esa deuda permaneció dentro de límites manejables. Después dejó de estarlo.

Ese es el punto donde la experiencia estadounidense empieza a dialogar con la Argentina actual.

Casi seis millones de morosos

El informe “Ajustados, sobreendeudados y morosos”, de Alejandro San Giorgio, estima que existen casi 21 millones de deudores y cerca de 6 millones de personas en situación de mora. Alrededor del 28 por ciento de quienes tienen deudas presenta alguna irregularidad.

Entre noviembre de 2024 y mayo de 2026 se incorporaron 2,44 millones de personas al universo de deudores. Pero quizá el dato más significativo sea otro. En abril de 2024 el pago mensual de deudas de los hogares representaba el 9,1 por ciento de la masa salarial formal. En abril de 2026 había subido al 24,1 por ciento.

Es una transformación enorme en sólo dos años.

A eso se agregan tasas de interés extremadamente altas, particularmente en los segmentos más precarios del crédito. Cuanto menores son los ingresos y mayores las dificultades para acceder al sistema bancario tradicional, más caro suele ser el financiamiento.

La deuda que inicialmente permite mantener el consumo comienza entonces a reducirlo. Una familia toma crédito porque el salario no alcanza. Después debe utilizar una proporción creciente del mismo salario para pagar las cuotas. Finalmente necesita endeudarse nuevamente para afrontar gastos corrientes.

El crédito deja de resolver el problema y empieza a agravarlo.

Parecidos y diferencias

La primera similitud con el proceso que precedió a 2008 es evidente: los sectores más vulnerables son los primeros en encontrar dificultades para pagar.

La segunda es la utilización creciente del crédito para compensar ingresos insuficientes.

La tercera es la importancia de las tasas. Cuando una familia depende estructuralmente del financiamiento, una tasa elevada puede transformar rápidamente una deuda manejable en una deuda impagable.

Pero las diferencias son, por ahora, tan importantes como las semejanzas.

En Estados Unidos el centro de la crisis estuvo en las hipotecas. Detrás del préstamo había una vivienda cuyo precio supuestamente continuaría aumentando. Los créditos fueron además empaquetados, vendidos y distribuidos por todo el sistema financiero. Cuando las hipotecas empezaron a caer en mora, se desplomó también el valor de enormes cantidades de activos financieros.

En la Argentina actual buena parte del problema está relacionada con tarjetas, préstamos personales, créditos de fintech y deudas destinadas directamente al consumo. No existe una burbuja hipotecaria semejante ni, hasta ahora, un deterioro patrimonial de los bancos comparable al estadounidense de 2008.

Por eso sería apresurado anunciar un “2008 argentino”.

Pero también sería equivocado ignorar la señal.

De una crisis social a una financiera

La diferencia puede resumirse de esta manera. La crisis de 2008 fue esencialmente un shock financiero que después se convirtió en una gigantesca crisis económica y social. En la Argentina actual el recorrido parece comenzar en el extremo opuesto: una crisis de ingresos empuja a las familias hacia el endeudamiento y después hacia la mora.

La incógnita es si ese proceso queda limitado a las familias o comienza a transmitirse al resto de la economía.

Una mora creciente puede llevar a los bancos y entidades financieras a endurecer las condiciones para otorgar nuevos préstamos. Menos crédito implica menos consumo. Menos consumo significa menos ventas y actividad. Y una economía que se estanca vuelve todavía más difícil que los deudores recuperen capacidad de pago.

Aparece así otro círculo.

El escenario verdaderamente peligroso comenzaría si a esa dinámica se agregara un deterioro significativo de los balances bancarios o una pérdida de confianza de los depositantes. Nada indica que eso esté ocurriendo actualmente. Por eso la comparación con 2008 debe utilizarse como una advertencia y no como una descripción.

La Argentina no está viviendo hoy la crisis financiera mundial de 2008. Pero la comparación planteada por Kicillof pone el foco en algo que aquella experiencia dejó demostrado: millones de problemas de deuda aparentemente individuales pueden, cuando se acumulan, transformarse en un problema de toda la economía.

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