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¿Y ahora qué?

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Consumo, endeudamiento y cinismo

Los cierres de empresas continúan y el oficialismo se jacta porque la prosperidad, a su criterio, pasa por otro lado. Los libertarios dicen que sólo un pueblo próspero y feliz hace dieta para adelgazar, pagar tarifazos exorbitantes y precios desbocados.

El dólar mayorista viene bajando con tenacidad y habilita un amplio espacio para que agonice la producción nacional. Ya es un lugar común que no admite discusiones académicas: en lo que va del gobierno de Milei y sus compinches, desde noviembre de 2023, han cerrado 30.633 empresas, lo que significa el 6% del total existente al comienzo de la aventura libertaria.

Para quienes profundizan el análisis de este nuevo embate desindustrializador en la Argentina, si bien hubo incluso algunas multinacionales y grandes firmas que dieron un paso al costado (en la fabricación de electrodomésticos, por ejemplo, autopartes, producción regional o nacional de alimentos y calzado deportivo), lo cierto es que el 98% de los cierres, hasta ahora, fueron microempresas y PyMEs.

Cualquier observador de la cuestión diría, por mera cortesía, que el dato es bastante desalentador. Pero los máximos responsables y voceros del Gobierno aseguran que es incierto y relativamente auspicioso, porque si bien algunas empresas bajan las cortinas, otras habrán de levantarlas, y se ganaría en términos de productividad. Es difícil comprender la idea, sobre todo si quienes devienen objetos del trámite, sean empresarios o trabajadores, resultan forzados por las circunstancias a padecer el trance mismo, el pasaje -de algún modo inexpresable por insignificante- desde una situación hasta la otra, o mejor, a quedar en el medio y sin salida como en el poema Eterno, de Giuseppe Ungaretti: “Entre la flor que tomo y la que doy / la inexpresable nada.”

Quedar afuera

El cierre de casi 31.000 empresas en lo que va de la gestión libertaria arrojó un nivel de desocupación que roza el 8% de la Población Económicamente Activa, lo que afecta a más de 1,7 millones de trabajadores en todo el país.

Las cifras oficiales al respecto proporcionadas por el INDEC para el primer trimestre del 2026 dan cuenta de un incremento de la precariedad. Pero son insuficientes, sin embargo, para mostrar el alcance y las consecuencias de las tensiones derivadas del fenómeno, que impactan a nivel individual, familiar y social.

En un documento reciente del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) elaborado por Claudio Lozano, Agustina Haimovich, Ana Rameri y Walter González, luego del análisis crítico de los números que aportó el INDEC se plantean varias conclusiones y “las principales estrategias de subsistencia desarrolladas por los hogares”. Aseguran los autores: “A modo de síntesis, se destaca que si bien el desempleo alcanza al 7,8%, este indicador por sí solo es insuficiente para reflejar la fragilidad laboral que afecta a gran parte de las y los trabajadores. De hecho, la subutilización de la fuerza laboral (desempleo más subempleo) asciende al 19% de la población económicamente activa (PEA). La presión sobre el mercado laboral supera a la desocupación abierta y abarca también a un conjunto de trabajadores que están buscando activamente otro empleo. Así, la presión efectiva sobre el mercado de trabajo llega al 23,7% de la PEA. Si se agrega a quienes, si bien no buscan activamente otra ocupación, desean trabajar más (ocupadas/os disponibles no demandantes) la disponibilidad de la fuerza de trabajo alcanza al 29,4% de la PEA.”

El desempleo estructural en el primer trimestre escaló a niveles estremecedores. El 30% de quienes no tienen trabajo superan el año de búsqueda infructuosa, las mujeres son sensiblemente más subutilizadas laboralmente que los varones, y un 19,5% de los jóvenes de 18 a 24 años de edad están (con perdón del iberismo) decididamente en paro. Y agrega el informe del IPyPP: “Las dificultades que presenta la economía argentina para generar suficientes ocupaciones de calidad, ya sea en términos de ingresos, estabilidad y/o acceso a un conjunto de derechos sociales, se han agravado en los últimos años, lo cual se expresa en los crecientes niveles de informalidad y autoempleo de subsistencia. Una cuarta parte de las/os trabajadores son cuentapropistas, de los cuales el 65% son informales. Por su parte, dentro del 71,8% de la población asalariada, el 37,9% son informales, indicador que asciende al 64% para la población juvenil. Para el total de ocupados/as, la informalidad asciende al 44,2%. Si bien este nivel es mayor en los establecimientos pequeños (66% en establecimientos hasta 5 personas), presenta un porcentaje relevante en establecimientos medianos (30,8%) y grandes (13%). Por otra parte, la informalidad asciende al 50,5% en el sector privado, mientras hay un 10,7% de ocupados/as informales en el sector público. El carácter precario de estos empleos presenta como uno de sus aspectos centrales los escasos ingresos que obtienen las/os trabajadores”.

De cada 100 trabajadores jóvenes, 78 están en una situación laboral vulnerable. El pluriempleo (que durante el primer trimestre alcanzó el 10,4%) no sólo ejerce presión adicional sobre el mercado laboral, sino también constituye una estrategia de supervivencia para millones, más para las mujeres que para los varones (13,7% y 7,9% respectivamente). El hecho expone a los trabajadores y trabajadoras a un desgaste prematuro de su fuerza de trabajo, dada la ultraexplotación mediante jornadas extenuantes.

Paliativos insuficientes

Las actividades más agraviadas por la crisis recesiva son la construcción y el trabajo en casas particulares, con las tasas de mayor informalidad, y más trabajadores y trabajadoras que demandan otros empleos. También se ha generalizado cierta informalidad parcial, una manera contractual que consiste en pagar parte del sueldo por fuera del recibo. Esto acentúa la precarización y también explica por qué buena parte de la clase trabajadora debe vender la fuerza de trabajo por debajo de su valor.

En la Argentina el 30% de la población es pobre; el 6,5%, indigente. El 20% de los trabajadores y trabajadoras es pobre; el 4%, indigente. De ahí la deducción de que un empleo no asegura el nivel de consumo requerido por las condiciones mínimas de reproducción, y que en los hogares donde hay más de un ocupado, igualmente la pobreza sea elevada.

El informe de Lozano y su equipo contiene otras inferencias de interés, como la referida al trabajo en tanto vía de obtención de ingresos. Si el 90% de la población -incluyendo a los pobres- reside en hogares con ingresos total o parcialmente provenientes del empleo, promover la denominada “cultura del trabajo” sería innecesario. Además, solamente el 29% de la población vive en hogares que reciben transferencias no contributivas, como la Asignación Universal por Hijo o la Prestación Alimentar, entre otras, sumas que en promedio sólo representan el 20% del ingreso total familiar, mientras que los ingresos laborales explican el 65% del ingreso total.

Llama la atención que las transferencias no contributivas hayan sobrevivido al desborde pasional de los amantes del ajuste perpetuo y la motosierra “justiciera”. Pero sin ellas, y en el marco de una situación social gravísima, la indigencia aumentaría al 11,9% y la pobreza al 34,9%. Con esos indicadores, y por más que se pueda recurrir en procura de alimentos, ropa y mercaderías a ciertas Iglesias o instancias gubernamentales (como si fueran farmacias) de turno, lo cierto es que no hay gobernanza que resista.

La vida en Argentina se ha vuelto muy difícil. Como estrategia para subsistir un alto porcentaje de hogares arrancó sacrificando en el altar del consumo sus ahorros, y una vez que se agotaron estos apeló al endeudamiento con familiares o amigos, como antesala del endeudamiento con bancos o financieras, con usureros zonales de variado pelaje y con narcos que al servicio de cobranzas incorporaron el de prestamistas.

La usina del cinismo

Para las microempresas y las PyMEs la competencia de productos importados resulta devastadora, así como también el incremento de los costos fijos y la caída del consumo interno (el 60% de la población agota su sueldo antes del 20 de cada mes, en el marco de una inflación que no cesa). Entonces lo previamente referido al mercado laboral se articula como la contracara exacta de un dato aplastante: de los 30.633 establecimientos que cerraron desde que Milei y su troupe asumieron el Gobierno, el 98% eran microempresas o PyMEs.

Queda claro, por lo tanto, que gran parte de los argentinos ahora se viste con ropa más vieja o de menor calidad, gasta menos en higiene y cosmética, toma pocas bebidas con o sin alcohol, no come tantos alimentos perecederos como antes, y debió reducir la ingesta de alimentos básicos, aunque sean de demanda inelástica. Es el costo de la libertad libertaria que debe asimilar una porción cada día mayor de la comunidad nacional, la parte que desde la perspectiva del Gobierno es crecientemente superflua.

La economía está planchada y con un desenvolvimiento recesivo alarmante, pero lo que sigue en alza es la superproducción de cinismo. Según el Toto Caputo (ministro de Economía y, de aquí en más, “el Toto”, para abreviar), en la medida en que “siga recuperándose el salario real y las jubilaciones, que es lo que típicamente pasa con la inflación a la baja”, el consumo tiende a recuperarse, al punto que en Argentina está en “niveles récord” o “por las nubes”. Tal vez por la frecuentación de Milei, el Toto se maneja con datos ignotos y de una creatividad contagiosa, como cuando asegura que viendo las planillas de cálculo referidas a la situación fiscal y los ingresos de la población es fácil llegar a la conclusión de que las familias absorbieron el fuerte aumento de las tarifas (luz, gas, agua y transporte) y la quita de subsidios, pero manteniendo simultáneamente su nivel de gasto en el mercado interno y de servicios.

Al igual que gran parte del elenco de la LLA (que parece una cantera inagotable al respecto, como lo ha demostrado recientemente el nuevo vocero presidencial), el Toto acompaña palabras por el estilo con la mueca sobradora, canchera, de quien se las sabe todas y piensa que los demás padecen una cortedad de miras sin orillas. Pero sus afirmaciones, que fueron repetidas por varios jerarcas del régimen y opinantes debidamente guionados, merecieron severas críticas de quienes analizaron el tema y dedujeron que gran parte de la población, para pagar parcialmente las tarifas esenciales, debió restringir la compra de alimentos, bienes de primera necesidad y consumo minorista tradicional.

Pero el Toto, a diferencia del resto de los argentinos que no la ven, entiende y sostiene que el consumo, lejos de caer, se ha homogeneizado; por decirlo de alguna manera, ha cambiado a la par de los hábitos de los consumidores y de la mano de la aparición del crédito y las plataformas digitales. Entonces, para el Toto son detalles menores que las ventas sigan deprimidas, que la mayoría de los demandantes potenciales no tengan dinero en el bolsillo y que para un amplio sector de la población la prosperidad sea ilusoria si debe endeudarse para comprar comida.

Pero él la ve correctamente, eso está claro: sumando indistintamente lo que cuesta alimentarse, una vivienda equipada, limpia y mantenida, un alquiler, la salud, la vestimenta, el transporte (salvo que todavía se pueda viajar en bicicleta o caminando a paso firme), la educación y algún etcétera generoso que no excluye de vez en cuando pagar una entrada al cine o comprar un libro, el total da cuenta de la capacidad de absorción de los argentinos de un ajuste, que solamente los mal pensados consideran una monstruosa transferencia de ingresos a los sectores altamente concentrados de la economía. 

Pero el Toto considera que la sangre no llegó al río, y mientras no lo haga, las penurias de la población no son tan penosas. Si conociera el bello poema del español Jorge Guillén, La sangre al río, quizá no cambiaría de opinión, pero sería más prudente. Escribió Guillén: “¿Corrió la sangre al río? / ¿Llegó la sangre al río? / Sí, corrió, sí, llegó. / La corriente era roja. / Mas la tierra quedó,/ la tierra donde habitan / los hombres que recuerdan / y aquellos que olvidaron./ Se lavaron las manos / en el agua que pasa, / y el agua volvió a ser / transparente y profunda./ Pero la mancha queda / bajo el sol que no olvida, / en la memoria viva / de quien sufrió el horror”.

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