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Daza, el vendedor de ilusiones

El neoliberalismo sublima sus mensajes propagandísticos y busca los mejores voceros para crear climas artificiales de presuntas bonanzas debidas al ajuste perpetuo. Entre miles de piezas de divulgación que inundan nuestros teléfonos y notebooks, sobresalió días pasados y fue muy reenviada una exposición del economista chileno, nacido en la Argentina, José Luis Daza.

Daza es un tipo de Wall Street que se desempeña actualmente como secretario de Política Económica, nada menos, puesto desde donde se lo considera un vocero relevante del equipo económico.

Se trata de un vendedor de primera línea. Toda su exposición en una reunión empresarial en Córdoba estuvo centrada en anunciar tiempos mejores con referencia a indicadores bien elegidos, todos de naturaleza financiera, monetaria o bursátil. Suena como que hay un mundo, al que no pertenecemos, que lo está pasando de maravilla y tiene perspectivas de que le vaya aún mejor si sigue aplicando sus odiosas políticas.

Un estilo entrador, que se refería elogiosamente por el nombre de pila o el apodo a los diversos funcionarios del área económica como si fuesen un club de amigos al que debería interesarnos entrar, muy adecuado para caer bien en espíritus deseosos de que los consuelen y les garanticen que todo va bien a pesar de la evidencia del achique que genera el ajuste perpetuo, vieja política siempre renovada con nuevos trajes de luces, como es del caso.

Un capitalismo muy especial

El centro de la exposición de este señor se centraba en la necesidad de “abrazar el capitalismo”, porque de allí emana, en su experta opinión, la prosperidad y la felicidad de los pueblos. Aclaremos que se trata de un capitalismo muy a la medida de esta nueva clase predadora que se está adueñando del mundo en asociación con los sistemas bélicos y de espionaje. Un sistema chiquito, como pensado por reducidores de cabezas, donde lo que importa es la “apertura” —para que te vendan ellos lo que necesites, no para exportar más— y la consabida estabilidad monetaria hermanada con el equilibrio fiscal.

El equilibrio fiscal, no como una panacea en sí misma, y también la estabilidad monetaria, son deseables en general, pero no son condiciones irrenunciables como dice el libro rojo del neoliberalismo empobrecedor que anda predando hoy en el mundo.

Puede ocurrir que una economía emergente que toma créditos para desplegar, por ejemplo, su infraestructura básica no tenga un equilibrio perfecto, pero no por ello el país se está empobreciendo, como en cambio sí ocurre necesariamente cuando se toma nueva deuda para pagar intereses de deuda vieja, o sea, la locura en la que estamos ahora.

Esto de abrazar el capitalismo, que es solo adherir a un credo muy rentable para pocos, se trata de una falsedad presentada con la alegría de la promesa de un paraíso de pacotilla.

Por muy entusiasmado que el vocero parezca y pretenda convencernos de que los padecimientos actuales son una minucia frente al venturoso porvenir que nos viene anunciando, todo este discurso es un engaño de principio a fin. Algo que funciona dentro de la ideología sacrificial que hemos analizado en otras oportunidades.

Con esta política, lo que viene es siempre peor, porque la lógica del ajuste implica seguir apretando el torniquete sobre el cuello de quien ya está siendo asfixiado. Léase esta figura pensando en el aumento periódico y sistemático de los servicios, impuestos y tasas de diverso tipo que padece la población. A cada ajuste le sigue otro apretón.

Daza es un vendedor de ilusiones con pretensiones de seductor universal, pero su mensaje no está diseñado para el conjunto de la población sino dirigido, como dijimos, a los que quieren creer, sea por conveniencia, por confusión o por miedo.

No exento de cinismo dice, sin que se le caigan las vergüenzas que tal vez ha perdido en su brillante carrera como operador financiero en Nueva York, que “nada es más importante que bajar la pobreza”, para justificar subsidios dirigidos a los sectores sociales más vulnerables, con los que el modelo neoliberal en curso se piensa a sí mismo como “progresista”.

La asistencia a los sectores desprotegidos enterrados en la pobreza en este esquema es apenas una herramienta que calma los espíritus y, sobre todo, ayuda a una contención social que no pretende ninguna promoción o mejora sustancial de quienes se encuentran en esa condición.

Y los subsidios son, por lo general, muy insuficientes, pero integran las acciones gubernamentales auspiciadas por el Banco Mundial para complementar sus políticas de crédito clásicas.

La pobre argumentación de Daza no es una excepción entre los comunicadores del presunto paraíso neoliberal, pero en su caso tiene la gracia de su tonada chilena, compatible con las muy consoladoras y optimistas proyecciones que describe hacia el futuro, tan falsas como pretende que sean el poder que está detrás y que tal gente representa. Una engañifa sistemática.

Pero tanto juego de palabras se vuelve inadmisible cuando recupera como modelo de su sabia propuesta de “abrazo al capitalismo” nada menos que a Vietnam, país que luchó durante muchísimas décadas por su independencia con enorme tenacidad y altísimo costo humano, sucesivamente frente a chinos, franceses y norteamericanos.

Un manoseo obsceno, puesto que ese heroico pueblo desenvuelve su economía como puede, aprovechando los nichos que deja el sistema mundial sobre la base de bajos salarios aplicados para manufacturas de escasa tecnología incorporada y producción de materias primas.

Utilizar indicadores seleccionados sobre la prosperidad vietnamita para vender de modo falaz el ajuste neoliberal es, por lo menos, hipócrita, si no algo peor.

Probablemente Daza ignora que vivimos abrazados al capitalismo y por el capitalismo desde nuestra formación histórica como nación, aun antes de la declaración de la Independencia.

Si su propuesta pretende ser seria, y no es una mera propaganda, entonces está completamente desinformado, lo cual es inadmisible para el alto puesto que detenta.

Orígenes capitalistas de la economía argentina

Durante la Colonia, en el siglo XV, existía la vaquería como descripción de zonas con abundante ganado vacuno, que dio luego lugar, con el mismo nombre, a una forma de explotación de esos recursos donde intervenían, entre otros, indios guaraníes, en un curioso modo cazador-depredador de las enormes manadas de ganado cimarrón que se había reproducido extraordinariamente en la extensa pampa rioplatense.

A comienzos del siglo XVI ya teníamos con esa actividad empresas, si se quiere, protocapitalistas, que en poco tiempo fueron reguladas por la autoridad estatal ante el riesgo de exterminio del recurso vacuno, llegándose a prohibir la autorización para determinada época a tal o cual expedición. Más tarde se determinó que debían preservarse las vacas para asegurar la reproducción de los rodeos, debiéndose matar solo toros.

Sinteticémoslo una vez más: esa actividad económica productiva requería de un emprendedor que solicitaba a la autoridad estatal, el Cabildo, la autorización pertinente, como titular del derecho de vaquería; quien adelantaba entonces los costos previos —carretas, provisiones, animales de carga, herramientas como la caña desjarretadora, boleadoras, lazos y aperos, sin olvidar la cantidad suficiente de sal para preservar los cueros— y quien, además, contrataba a los hombres de a caballo expertos en esa actividad, que consistía técnicamente en una cacería organizada para la obtención y tratamiento de productos transables, la mayoría de los cuales tenía como destino los mercados externos.

La vaquería de entonces, claro precedente de la estancia posterior, tenía pues un empresario que la organizaba y financiaba, mano de obra libre que se conchababa para esa tarea por el tiempo que durara y, por último y no menos importante, producción para el mercado tanto externo como local —sobre todo cueros con fuerte demanda europea—, incluyendo subproductos como el sebo y la grasa, lengua y cuernos.

Obviamente era un sistema primitivo en lo que a tecnología se refiere —los animales heridos en sus patas traseras caían y se desangraban mientras les llegaba su turno para la cuereada—, pero en sus condiciones prácticas era un capitalismo real y concreto por lo que hemos visto en la descripción sucinta de aquel proceso.

Capitalismo que quizás no nos abrazaba entonces como lo hace en nuestra experiencia, pero estableciéndose en el tiempo como una matriz basada en la libertad de comercio y, se entiende, el despliegue de la producción cada vez más diversificada, junto con el acceso a la propiedad privada subordinada al interés general y perfeccionada con los derechos al trabajo, tal como se fue construyendo a lo largo de la historia y sobre ella se desenvolvió la economía de base exportadora que tenemos en la actualidad, proyectada de modo incompleto al conjunto del territorio nacional.

Sin olvidar tampoco que la mayor parte de los intentos de lograr autonomía económica, fuesen llevados a cabo por los gobiernos o por emprendimientos privados, son con frecuencia anulados y/o desalentados, o terminan transferidos a manos externas.

Además de la ideología desnacionalizadora, que siempre recubre intereses cuando la exponen voceros locales, tenemos también una injerencia permanente que, no por razones casuales, implanta criterios y prejuicios que sería largo enumerar en forma completa, porque es un territorio de innovación constante —sobre la base de prejuicios antipopulares fuertemente instalados— y que genera numerosas piezas de escasa duración, para ser reemplazadas con ligereza por otras similares en cuanto a la estupidización se refiere. Fenómenos nada casuales.

A modo de ejemplo sobre prejuicios sólidamente instalados en la conciencia colectiva, mencionaremos la idea de que al argentino no le gusta trabajar, que la industria argentina no es competitiva por razones genéticas o que debemos dedicarnos a lo que estamos destinados por la naturaleza o el destino, o sea, la actividad agrícola, eventualmente ampliable a la minería y la producción de energía; esta última no imaginada como palanca industrializadora.

Señalemos precisamente que la energía, básicamente gas, porque no se plantea exportar electricidad, se promueve sobre la base de que su exportación servirá para garantizar el repago de la deuda y por eso mismo, en el esquema neoliberal, hay que aplastar cualquier aumento de la producción y demanda interna que requiera de esos insumos. Y ello supone, por supuesto, no incursionar en la veleidad de tener un mercado nacional potente y diversificado.

En este caso, invertir en energía —pozos, gasoductos, puertos de exportación— sin una política industrializadora local se inserta en un modelo de país articulado con la economía mundial que desatiende, en primer término, la expansión productiva interna, que es la única creadora de trabajo genuino.

Qué mundo se está diseñando

La posibilidad cierta de que haya un entendimiento profundo entre Estados Unidos y China nos plantea, más crudamente que nunca, la necesidad de tener un rumbo propio lo más pronto y nítido posible.

Desde luego, esto está muy alejado del alineamiento proestadounidense e israelí de la administración actual, pero es preciso incorporarlo al debate público, incluso por la necesidad de poner coherencia en la elaboración de un verdadero proyecto nacional integrador.

Se requiere, pues, de una línea de construcción y fortalecimiento de las estructuras nacionales —económicas, sociales, culturales— que nos ponga a cubierto de manejos subordinados en bloques, sin dejar de negociar con todos los países del mundo, tendencia que van a defender también los BRICS en razón de sus propios intereses.

En ese sentido, por complejo que parezca, y sin duda lo es, pueden estar apareciendo condiciones inéditas para desenvolver políticas de interés propio, integradoras, que eran más difíciles de llevar adelante, por ejemplo, en épocas de la Guerra Fría, entre 1945 y 1991.

La posición china al respecto, que para su divulgación en el país cuenta con un sitio llamado Clave China, dirigido por la periodista Lidia Fagale, quien también se desempeña como vocera de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el programa de expansión comercial del gran país asiático hacia Oriente Medio, Europa y África, destacó en su análisis del encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump que “las corporaciones transnacionales operan como un inesperado amortiguador de la violencia estatal. El capital norteamericano prefiere la rendición pragmática en los mercados antes que el suicidio económico de una guerra abierta, forzando a la política formal a sentarse a negociar en los términos de Pekín”.

El párrafo precedente admite una cuidadosa meditación, que recomendamos, e incluso para quien quiera revisar el contexto en que se ha dicho, que no tiene desperdicio y abarca otros temas de gran interés para la política internacional, es posible verlo en el sitio: https://clavechinanoticias.com/beijing-y-la-trampa-de-tucidides/

Forma parte de un análisis que no le ahorra un severo enfoque a las conductas del presidente norteamericano, pero al mismo tiempo valora decisivamente un entendimiento de convivencia entre las dos principales potencias del mundo, aun permitiéndose señalar la puja que existe entre la política reindustrializadora de Trump dentro del territorio estadounidense, en contradicción con la casta de superempresarios tecnofeudales que lo acompañaron en su viaje a China.

No se trata de cacarear

Los muy diversos temas y las complejísimas negociaciones que llevan a cabo las grandes potencias, desde el ángulo del interés nacional argentino, deberían servir para la elaboración de políticas que establezcan condiciones adecuadas a dicha situación —la puja, que incluye entre otros temas las tierras raras y los semiconductores— y que, al mismo tiempo, es de interés para el conjunto del género humano, pero bajo la responsabilidad de regular cómo se aplicarán e impactarán en cada país, siendo nosotros los responsables de la Argentina.

Como se advierte, no se trata del simple cacareo de “abrazar el capitalismo”, sino de entender el punto en que grandes sistemas negocian entre sí para evitar, en última instancia, la destrucción mutua y, al mismo tiempo, en cada instancia crítica se toman el pulso de poder económico, tecnológico y militar en que se encuentran empeñados como competidores.

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