¿Y ahora qué?

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

El Estado tomado por asalto

La catarata de información que habla sobre las encarnizadas disputas internas que se libran en las filas de La Libertad Avanza, involucrando a figuras clave del círculo más próximo que acompaña al presidente Milei, además de reflejar los conflictos políticos propios de las controversias por los espacios de poder, bien podría ser, al mismo tiempo, la manifestación sintomática de un problema mucho más profundo. Se trataría, en realidad, de la proyección hacia el interior del Estado, a través de las tensiones que enfrentan entre sí a los propios funcionarios, de las pujas de intereses y de la competencia que involucra a distintas fracciones de grupos económicos concentrados, tanto nacionales como extranjeros.

Existen innumerables indicios para plantearse el siguiente interrogante: ¿estamos asistiendo, como tendencia de fondo, a la acelerada claudicación del papel del Estado argentino en su condición de representante del interés general del pueblo y de la Nación? Y, si esto es así, ¿en qué medida se encuentra avanzada la conversión de las instituciones del Estado en instrumentos de intereses particulares que se imponen, ya forzando las decisiones de las políticas públicas a la medida de sus propios beneficios o, incluso, llegando al extremo de quebrantar de facto el orden jurídico existente?

El Estado y la neutralidad imposible

No es el sentido de este artículo repasar las distintas etapas del proceso que explica el nacimiento y la evolución histórica del Estado argentino. Sí señalar que, en cada fase de ese proceso, ya con el Estado constituido como un organismo que se “eleva” por encima de la sociedad, ubicándose como una institución en apariencia imparcial respecto de los conflictos que se desarrollan como producto de la propia dinámica social, para imponer desde ese lugar de “ecuanimidad” las normas que regulan la convivencia, en ningún caso podría afirmarse que el Estado pueda alcanzar en su vida real la condición ideal de la neutralidad que se esgrime como principio fundante.

Es decir, aun desempeñando un papel activo en la determinación del rumbo de la sociedad y actuando como vértice jurídico de la Nación, siempre reprodujo, en un sentido o en otro, las relaciones de fuerzas socialmente existentes, ya sea para imponer una orientación que acentuara la polarización social o, por el contrario, para impulsar, con un sentido integrador, políticas que promovieran el desarrollo nacional y la justicia social, en contraposición a los modelos excluyentes, empobrecedores o abiertamente clasistas, en el sentido más reaccionario del término.

Del Estado neoliberal al experimento libertario

Podríamos calificar, a riesgo de simplificar, distintas condiciones encarnadas en la historia del Estado argentino; por ejemplo, el Estado liberal-conservador, el Estado social-desarrollista o el Estado neoliberal. En este último caso, considerando las experiencias de Martínez de Hoz durante la dictadura o la de Domingo Cavallo durante la presidencia de Menem, si bien sus políticas hicieron uso del instrumento del Estado para imponer un rumbo contrario al interés nacional, con todas las consecuencias conocidas, no llegaron al extremo de lo que hoy encarnan las políticas libertarias.

Nos referimos al Estado como instrumento de la destrucción del carácter sustantivo de la razón de su existencia: la representación, aun con sus sesgos, de la heterogeneidad de sectores sociales y regiones que en conjunto forman la estructura identitaria de la Argentina como Nación y determinan, junto a los recursos materiales, el potencial de su desarrollo.

Y, en concordancia con ese vaciamiento, la toma del Estado por asalto por parte de lobbies económico-empresariales, en cuyo devenir las pujas se trasladan hacia el interior de las instituciones a través de quienes ejercen la función pública. Y donde, por la propia naturaleza del modelo económico imperante, la representación estatal —en este caso ejercida por los cuadros técnicos y políticos libertarios— se degrada a la condición de actuar, cada vez más, como un engranaje articulado a esas disputas de fracciones.

La pérdida de distancia del interés general

A medida que ese proceso avanza, el Estado va perdiendo la “distancia” necesaria que requiere la representación efectiva del interés general y su accionar queda subsumido a la suerte de las controversias, tanto estructurales como ocasionales, de fuerzas económicas que actúan como protagonistas de una dinámica competitiva caótica, cruenta y desenfrenada, como la que caracteriza a la etapa actual del capitalismo.

No se trata ya del Estado como fuerza activa, conduciendo las tensiones económicas y sociales que surgen de una dinámica expansiva de las fuerzas productivas, es decir, del desarrollo nacional, sino de una dinámica de signo inverso, en la cual las propias fuerzas que nacen del interés particular y fragmentario de los grupos o intereses económicos concentrados son las que “penetran” las instituciones del Estado para desnaturalizar su razón de ser, desde el punto de vista del interés nacional, y utilizarlas como instrumento de sus propios fines específicos, la mayoría de las veces opuestos al interés general.

No puede decirse que este proceso, que conlleva en lo esencial la progresiva disolución de la función del Estado, unificadora y sintetizadora de la voluntad nacional por defender el derecho del pueblo argentino a encontrar su propio camino hacia el desarrollo y el progreso social, se haya iniciado con las políticas libertarias. Sí cabe señalar que Milei encabeza un experimento que, por sus alcances y agresividad en su implementación, carece de antecedentes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *