Está en cartel una obra clave de Arthur Miller, La muerte de un viajante, que, apenas concluida la Segunda Guerra Mundial, arrojó un manto de sospecha inapelable sobre el Sueño Americano. Lo que continúa trascendiendo desde el escenario, a más de 75 años de su estreno en Broadway, es que, cuando impera un sistema generador de alienación y sueños diurnos de heroísmo, llegada la conclusión trágica abundan quienes, para burlar el desencanto, prefieren convertirse en creyentes hasta el fanatismo.
En Buenos Aires está en cartel La muerte de un viajante, de Arthur Miller —1915-2005—, con un elenco encabezado por Alejandro Awada e Ingrid Pelicori y la muy solvente puesta y dirección de Daniel Marcove. Como es sabido, a mediados del siglo pasado, la dramaturgia de Arthur Miller —junto con la de Tennessee Williams y al amparo de la obra de Eugene O’Neill— desbordó el melodrama tradicional hasta incursionar en un profundo realismo psicológico, transformador y sin concesiones.
Sobre el escenario apareció entonces el despliegue de la intimidad hecha trizas de los personajes y una crítica del Sueño Americano —American Dream— como mecanismo de explotación y de promesas incumplidas.
El sistema se manifestaría, luego de poner a prueba a los personajes mediante una serie creciente de peripecias degradantes, como lo que verdaderamente es: un dispositivo de generación y severa destrucción de los fracasados, aunque, paradójicamente, el propio sistema les deparara el fracaso como único destino. Después se desentiende de ellos y los abandona a su suerte.
Dos piezas son paradigmáticas de aquel estilo y de aquel momento, con estrenos en Broadway separados por poco más de un año: Un tranvía llamado Deseo, de Williams, estrenada en diciembre de 1947, y La muerte de un viajante, de Miller, en febrero de 1949.
Esta última, que ahora está en cartel dirigida por Marcove, con producción ejecutiva de Rubén Sibilia y asistencia de dirección de Marta Barnils, ilustra claramente los ejes principales del realismo psicológico.
Los personajes ofrecen resistencia a los preconceptos comunes referidos a la bondad y la maldad. Están llenos de traumas, complejos y contradicciones. Estas figuras ambiguas apelan al habla coloquial, se expresan con un lenguaje casi callejero y utilizan un simbolismo fácil de interpretar para que el público, lejos de experimentar un “distanciamiento”, se identifique con las penurias y la sucesión de disyuntivas éticas que ocupan el escenario.
La influencia de este estilo en la dramaturgia rioplatense fue intensa. Entre los autores que exploraron la variante psicológica del realismo se destacaron, por ejemplo, Carlos Gorostiza, con El puente, de 1949; Agustín Cuzzani, con El centroforward murió al amanecer, de 1955, y Osvaldo Dragún, con Historias para ser contadas, de 1956.
Arthur Miller y la política
Arthur Miller fue longevo: nació el 17 de octubre de 1915 y falleció el 10 de febrero de 2005. La popularidad le llegó en plena juventud y se consolidó —con un rápido acceso a la celebridad— durante la década en la que escribió Todos eran mis hijos, de 1947; La muerte de un viajante, de 1949; Las brujas de Salem, de 1953, y Panorama desde el puente, de 1956.
Durante esos años se intensificó la persecución contra presuntos comunistas encabezada por el senador Joseph McCarthy. En 1956, el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes citó a Miller a declarar.
El dramaturgo habló de sí mismo, pero se negó a dar los nombres de otros asistentes a “reuniones de izquierda”. En 1957 fue declarado culpable de desacato y condenado a treinta días de prisión —que no tuvieron cumplimiento efectivo— y a pagar una multa de 500 dólares. Un año después, una corte federal de apelaciones revocó la condena.
El asunto central de su mirada crítica en La muerte de un viajante fue el capitalismo puro y duro. Pero Miller no era comunista, aunque para la derecha no pudiera ser otra cosa si advertía sobre la deshumanización de una sociedad regida por el dinero y el triunfo individual.
Una sociedad donde imperara el abuso de poder en cualquiera de sus formas, la justicia social brillara por su ausencia y se limitaran los derechos civiles y la libertad de expresión.
Para la derecha, todo escritor deliberadamente comprometido, preocupado por los dilemas éticos del militarismo —tema dominante en Todos eran mis hijos—, crítico de la participación norteamericana en las guerras de Corea, Vietnam o Irak, no puede ser un liberal progresista o un socialista democrático.
Debe necesariamente, con independencia de sus mascaradas ideológicas, animar la causa diabólica del comunismo.
Estas cosas no han cambiado. Como señala Aleardo Laría Rajneri en un artículo reciente, “Neomacartismo: a la caza de nuevas brujas”, en varias de las últimas internas del Partido Demócrata ganaron candidatos que se referencian en la corriente denominada Socialistas Democráticos de América —DSA, por sus siglas en inglés—, lo que provoca una gran preocupación en el establishment norteamericano.
Agrega que, haciéndose eco de esa inquietud, Trump recuperó el lenguaje de la Guerra Fría para afirmar, ante un grupo de periodistas en el Despacho Oval, que sus oponentes “utilizan el término socialistas democráticos porque suena muy bien, pero, en realidad, se trata de comunismo”.
Además, el POTUS 47 habría sentenciado:
“Supone una gran amenaza para nuestra nación, porque no es socialismo, sino comunismo en toda regla. Creo que es la mayor amenaza que existe para nuestra nación, quizá desde nuestra fundación, incluyendo la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y el 11 de septiembre, incluido el ataque a Pearl Harbor. Nunca ha habido nada tan peligroso”.
Laría Rajneri también se demora en el discurso por el 250º aniversario de los Estados Unidos en el monte Rushmore —donde Trump aspira a ver tallada su cara—, porque entonces el POTUS 47 nuevamente arremetió contra el fantasma del comunismo.
“El comunismo es lo opuesto a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Es la muerte, la tiranía y la búsqueda del mal. En vísperas del 250º aniversario de la libertad estadounidense, resolvemos y juramos, para que todos escuchen, que los ciudadanos de los Estados Unidos expulsarán al comunismo de nuestras orillas. ¡Estados Unidos nunca será un país comunista!”, afirmó.
El nuevo fantasma del comunismo
Hay que tener presente que la extrema derecha trumpista se pone incómoda y nerviosa con Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York por el Partido Demócrata y vinculado a los Socialistas Democráticos de América, a quien Trump definió en su momento como “pequeño comunista”, “lunático comunista” o, sencillamente, “comunista”.
El interés que ha despertado Mamdani —primer alcalde neoyorquino musulmán y asiático-estadounidense—, no solo entre las mayorías que lo elevaron al cargo, sino también entre activistas y profesionales progresistas, estudiantes, intelectuales y artistas, remite a una experiencia similar: la que animó Eugene McCarthy durante las primarias demócratas de 1968.
Por entonces también existía un creciente malestar por el intervencionismo estadounidense, mientras la mayoría de la dirigencia demócrata, liderada por el presidente Lyndon B. Johnson, respaldaba la guerra de Vietnam.
Se habían registrado avances en políticas de asistencia social y en materia de derechos civiles. Pero Eugene McCarthy, representante del ala liberal del Partido Demócrata, decidió participar en las primarias debido a la continuidad de la guerra y logró un buen desempeño.
El resultado fue tan significativo que Johnson, políticamente debilitado, anunció poco después que no buscaría la reelección.
A McCarthy —no al inquisidor, sino al bueno, una rara avis en la política norteamericana, que había estudiado literatura y cultivaba poemas en sus ratos libres— lo apoyaron muchísimos intelectuales, artistas y escritores.
Entre ellos estaba Arthur Miller. Veían en McCarthy la solvencia ética necesaria para impulsar una alternativa a la continuidad de la guerra y defender las libertades democráticas.
Miller aceptó ser delegado por el Estado de Connecticut en representación del senador durante la Convención Nacional del Partido Demócrata de 1968, realizada en Chicago.
A McCarthy no le alcanzó para conseguir la nominación. Miller decidió alejarse de la política profesional porque advirtió demasiada violencia, tanto dentro del cónclave partidario como en las calles, donde miles de manifestantes pacifistas eran salvajemente reprimidos por la policía.
Las definiciones de Trump del 4 de julio, durante la celebración del 250º aniversario de la independencia de los Estados Unidos, fueron las habituales. Habló en el National Mall y afirmó que “el Sueño Americano está de vuelta”.
De paso, aseguró que su país constituye un “logro supremo de la historia humana”. También repitió que los Estados Unidos son inigualables para los países que intentan emularlos, sencillamente porque “nadie puede ser como nosotros”.
En consonancia con sus anteriores ataques al comunismo en el monte Rushmore, elogió a los “Padres Fundadores” y a las sucesivas generaciones de estadounidenses que construyeron el “Imperio de la Libertad”.
En la Argentina también hubo festejo. Los hermanos Milei, acompañados por Santiago Caputo y gran parte del gabinete, visitaron la residencia del embajador de los Estados Unidos para participar de un evento denominado “Freedom 250”.
Hubo entonación de himnos nacionales, como La bandera de estrellas —The Star-Spangled Banner—; proyección de saludos de Trump y un espectáculo para veteranos de la banda de rock Jefferson Starship.
Milei estuvo exultante y, creyéndose partícipe de una suerte de cruzada redentora, aseguró, una vez más en coincidencia con Trump, que desde Alaska hasta Tierra del Fuego es visible actualmente la gradual expansión de la libertad.
La espiritualización del capitalismo
De tan reiterativo, el discurso de Milei se ha convertido en un modelo de obsecuencia consigo mismo, impedido de toda originalidad posible.
Alaba al capitalismo puro y duro cada vez que toma la palabra y, con revoleo de ojos y gesticulación doctoral, pone por las nubes el sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción, la libertad de contratación y la mínima intervención estatal.
Imaginarlo así lo hace feliz. Pero, cuando habló en el Tributo al Rebe de Lubavitch —el rabino Menajem Mendel Schneerson— en el Palacio Libertad, también aclaró que su nuevo libro, La moral como política de Estado, tendrá un epílogo titulado “Capitalismo, la divina maquinaria del paraíso”.
En esa parte del futuro libro, agregó Milei, no habrá que buscar “un tinte político”, porque es “más que nada un testimonio sobre la fe y que, si uno actúa acorde a la ley del Creador, habrá prosperidad”.
Tras reivindicar la importancia de observar los Diez Mandamientos, afirmó:
“La conclusión a la que he llegado es simple en su formulación y profunda en sus consecuencias: si uno abraza los valores judeocristianos, su vida espiritual vibra en la misma sintonía que su vida material y, como consecuencia de esa consonancia, prospera. Cuando uno rechaza esos valores, la vida material entra en conflicto con la vida espiritual y el resultado es la miseria”.
O sea que, de acuerdo con Milei y los anarcocapitalistas, los fracasados como Willy Loman —el personaje central de La muerte de un viajante— habrían eludido su destino trágico si hubieran practicado los valores judeocristianos.
Pero en esta espiritualización del sistema socioeconómico mencionada por Milei no habrá que buscar, según sus propias palabras, “tinte político” alguno, sino “más que nada un testimonio sobre la fe”.
Arthur Miller utilizó la figura de Willy Loman para colocar sobre la mesa de Morgagni aquello que Trump dice que está de vuelta: el Sueño Americano.
¿Quién es Willy Loman?
Es un hombre derrotado y oprimido de sesenta años, que trabajó como viajante durante toda su vida, pero ya no está en condiciones psicofísicas de continuar conduciendo su automóvil. Por eso pretende conservar el empleo realizando tareas de oficina.
Ahora, cuando acaba de terminar de pagar la hipoteca de la casa donde vive con su mujer —los dos hijos ya se han ido—, constata que el hogar está rodeado de edificios, que no entra luz y que no tiene un metro cuadrado donde sembrar siquiera zanahorias.
“Cada vez pienso más en aquellos tiempos, Linda. En esta época del año florecían las lilas y las glicinas, y luego las peonías y los narcisos. ¡Qué fragancia había en esta habitación!”, recuerda.
Willy Loman y la religión del éxito
Willy Loman sigue casado con Linda, a quien ama, traiciona y martiriza. Está desilusionado con sus hijos, siempre pobre y cada vez más empobrecido, pero continúa siendo un creyente incondicional en el Sueño Americano.
No se permite dudar, como sí lo hace Happy, el hijo que ha seguido relativamente sus pasos:
“No sé por qué diablos trabajo. A veces estoy a solas en mi piso y pienso en el alquiler que estoy pagando. Y es absurdo. Claro que siempre quise todo eso: mi propio piso, un coche y mujeres a manos llenas. Y, aun así, me siento puñeteramente solo”.
El otro hijo, Biff, que se fue para trabajar en una granja, es para Willy Loman un réprobo virtualmente insalvable.
A todos los personajes de La muerte de un viajante el Sueño Americano les ha mentido. Y todos, en mayor o menor medida, decidieron creerle.
Los hijos de Willy, como él en su momento, desean encontrar, entre tantas mujeres fáciles, a la Matriarca del Sueño Americano: la que se hace cargo del hogar mientras el padre sale al ruedo en busca de la mayor cantidad de dinero posible.
Deciden, así, salvar al puritanismo —pieza fundamental del Sueño Americano—, al tiempo que asumen que necesitan una “actitud” carismática capaz de forzar en sus vidas la convergencia entre el reconocimiento social y el éxito económico.
Humillado y obligado a mentir, Willy Loman será rechazado en la empresa con el argumento de que solamente sirve para vender y que deberá irse si no vende.
Es el final. O lo sería, si no encontrara un subterfugio funesto para que su familia pudiera abandonar la miseria y él mantuviera su fe en el Sueño Americano.
Una de las claves posibles para comprender este Sueño radica, finalmente, en su funcionamiento como una suerte de religión secular y en su capacidad para que cada uno de sus creyentes se sienta un elegido.
Arthur Miller muestra sobre el escenario a un Willy Loman que da lástima, explotado por el sistema capitalista y, en última instancia, despedido como material de descarte.
Pero también aparece un Willy Loman jactancioso, machista, embustero y capaz de cualquier sacrificio con tal de preservar la presunción de haber sido elegido por el sistema capitalista para un destino de grandeza.
Cree que esa elección forma parte de su patrimonio y que puede transferirla a quien desee.
Miller demuestra, en definitiva, que no hay sistema mentiroso sin un exuberante exceso de creyentes que garanticen su continuidad.