La franja etaria masculina de 16 a 29 años constituyó una de las principales bases de apoyo de La Libertad Avanza (LLA). Es destacable el uso intensivo de las plataformas que habilitaron su conexión directa con los electores jóvenes entre quienes Milei cosechó carisma, y aura.
En sus amanerados reportajes audiovisuales con periodistas íntimos la cámara, apuntando hacia abajo con una angulación entre los 10º y los 30º, toma al Presidente Milei ligeramente por encima de los ojos. Ese plano apenas picado (a diferencia del picado tradicional, en torno de los 45º) permite mostrar al espectador sutilezas estéticas y matices de la narrativa presidencial cercada por las sombras.
El plano apenas picado acentúa los silencios, los alarga, los hace parecer vertiginosos hiatos de extravío. Y dada la intensidad de esos tramos silentes amerita que se aventure una hipótesis respecto de qué sucede desde que arrancan hasta que Milei, en apariencia acorralado por las circunstancias, toma impulso, balbucea una voltereta en el aire, pega un golpe de timón y se desliza por un nuevo segmento desflecado de sus historias imaginarias.
Abundan las interpretaciones del comportamiento performático del Presidente libertario que ha tocado en gracia a los argentinos desde hace un par de años. Se lo considera un velo encubridor de sus políticas agraviantes de la Nación y del bienestar general, aunque no faltan quienes prefieren ver también allí, dada su indiscutible investidura, motivos sobrados para poner en duda su estabilidad emocional.
Se trata de perspectivas críticas que dan cuenta de rechazos convergentes, pero en gran medida también asimétricos. Hay quienes recomiendan articular un acuerdo circunstancial (pero decisivo) de rechazantes, y hay quienes se animan al rechazo aunque sepan que al poner en tela de juicio la estabilidad emocional de Milei quizá tampoco erosionen los niveles de apoyo que todavía lo sostienen.
Entre el disfraz y la Rosada
Es sabido que Milei acredita, en tándem con la diputada terraplanista y libertaria Lilia Lemoine, una praxis prolongada en disciplinas como el cosplay (o la cultura del cosplaying, del disfrazarse para jugar). Abundan los testimonios gráficos donde se los ve participando de alguna convención de cómics, disfrazados de personajes de su propia cosecha. Eran correrías características de los viejos y dorados tiempos, allá por 2019, cuando el Toto Caputo merecía aún una fuerte descalificación y un desprecio visceral de quien ahora, ubicado en el sillón de Rivadavia, lo tiene de ministro de Economía y lo estampa como el mejor de la historia argentina.
En alguna sesión de cosplay con superabundancia de disfrazados de personajes de cómics, animé, manga, videojuegos, películas y literatura ad hoc fueron presentados en sociedad el Capitán y la Capitana Ancap (es decir Milei y Lemoine, apellidados con la abreviación de Anarco-capitalistas). Los Ancap quizá provenían de Liberland, un microestado libertario ficticio sito entre Croacia y Serbia. Y eran portadores de un mensaje: la misión de esa miniatura, Liberland, aunque pareciera ferozmente desproporcionada no sería otra que “luchar contra los keynesianos” y liberar a la sociedad de los impuestos y la intervención estatal.
Pocos años resultaron suficientes, menos de un lustro, para que Milei se alzara con la Presidencia de la Nación Argentina, algo por sí merecedor del máximo esfuerzo analítico. Pero el llevar adelante ese “trabajo”, según dijo en diversas ocasiones, no fue óbice para que continuara disfrazándose de estrella de rock (y estar a tono en sus actuaciones), de operario de YPF y de militar con uniforme de camuflaje, cuando no de estadista consumado.
Tampoco fue óbice para que siguiera luciendo un curioso estilo político más o menos asimilable a su extravagante vestuario: camperas de cuero oscuras, chaquetas deportivas, trajes abarrilados e indiscretos respecto de ropajes interiores que ya dieron motivo a numerosas deducciones de mal gusto, todo lejos del protocolo presidencial clásico, y en el marco de peinados con patillas que buscan ser desopilantes. Y tampoco impidió que Milei continuara invirtiendo gran parte de su tiempo conectado a Internet y sus redes, motivo por el cual es deducible que a comienzos de 2024 haya tomado contacto con el concepto y la frase “farming aura” (algo así como cultivar aura), que por su rápida popularización comenzaban a echar vuelo en X (Twitter) y TikTok.
El puntaje decisivo
En el entorno digital actual (una de las creaciones sociales mejor promocionadas por sus animadores) el término aura ya se usaba en comunidades deportivas y de animé para calificar el carisma, entendiéndolo como la presencia o compostura de alguien. Muy lejos ha quedado la comprensión de los antiguos griegos del carisma (cháris) asimilándolo a la gracia, la belleza y el favor concedido por los dioses. O como la inspiración y presencia de quien infundía respeto y fascinación en la asamblea, de modo que su palabra tuviera un peso único sobre la comunidad.
Muy lejos ha quedado también pensar al carisma, de igual modo que poco después lo harían en la Atenas democrática, como el arte de la persuasión practicado por un líder para conectar emocionalmente (pathos) con el pueblo y transmitir justicia o sabiduría. Y también muy lejos ha quedado la manera de abordar el tema durante el cristianismo primitivo, como quedó registrado en la primera epístola de san Pablo a los Corintios, donde lo definió como un don gratuito de la gracia divina. Esta visión trascendería (aunque sin acortar las distancias con el carisma del entorno digital actual) hasta mediados del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando Max Weber describiera, por ejemplo, a la “autoridad carismática” animada por quienes inspiran devoción religiosa, y son admirados por su heroísmo o por su carácter ejemplar.
En el entorno digital, sin embargo, todo esto parece más simple y mensurable, y si no lo es parece que no importa. Casi en la prehistoria de la actualidad, desde alrededor del año 2023 de la Era Cristiana, ya se utilizaba el término aura para calificar al carisma, la presencia o la compostura de alguien. O sea que el auradevino unidad de medida, algo más o menos contable, y de ahí surgieron elementos que ya pueden ser antiguallas con vocación museística, como los memes que provocan el ganar o perder “puntos de aura” según el sujeto luzca seguro o se comporte de manera ridícula.
A fines de enero de 2024 irrumpió, de acuerdo con los analistas y estudiosos de memes y videos virales, un comportamiento performativo que no tardaría en ganar espacio vertiginosamente: el farmear aura (aura farming). El vocablo “farmear” deriva del inglés (farming) y en los videojuegos se refiere a repetir y repetir acciones para acumular recursos, puntos o experiencia. El aura, como ya se dijo, es la unidad de medida del carisma, el estilo, o el nivel percibido en una persona.
Milei y sus gestos silenciosos
Hay quienes aseguran que el 28 de enero de 2024 apareció en TikTok uno de los primeros videos virales. Llegó así la pasión por describir personas o personajes mostrándose en acción solamente para verse extraordinarios, misteriosos o con estilo, y acumular presencia o reputación social. En eso consiste “farmear aura”, en la adopción de poses, gestos, movimientos o respuestas que obedecen a cálculos precisos para acumular “puntos de carisma” o reputación frente a los demás. Y la praxis desde 2026 ha trascendido las redes sociales y se ha vuelto una manifestación de la cultura juvenil urbana, con “batallas de aura” improvisadas en la calle, donde jóvenes compiten cara a cara (literalmente, como si fuera una payada de gestos, pasos de baile y movimientos) buscando mantener la máxima compostura y estilo ante el aplauso del resto.
Con lo apuntado aquí, sintético hasta la temeridad y probablemente errado hasta el abuso, quizá sea posible agregar a las críticas del comportamiento performático de Milei un tercer camino de abordaje, más allá de considerarlo un velo encubridor o la prueba de cierto desequilibrio emocional. Lo ejemplificaría el tipo de silencio que intercala en los reportajes audiovisuales con periodistas íntimos, que en principio parecería tributar al par de versos de Neruda: “Déjame que te hable también con tu silencio / claro como una lámpara, sencillo como un anillo”. Pero es imposible porque Neruda fue demasiado comunista para Milei, en primer término, y porque los hiatos del Presidente son silentes pero contaminados por gestos repetitivos (ofrecer un perfil varias veces, mirar hacia un costado y después hacia lo alto, apretando los labios para volver al perfil del principio, etcétera). Son raros silencios expresivos y podría deducirse, aun corriendo el riesgo de recibir una condena de -5.000 de Aura, que está haciendo una suerte de farming aura para que gran parte de la ciudadanía lo vea de nuevo como no hace tanto, inofensivo y por encima del común, y vuelva a quererlo como entonces.
Para concluir con esto, y parafraseando a Mallarmé cuando sentenció que todo en el mundo existe para desembocar en un libro, es irresistible la tentación de evocar la definición del aura de la obra de arte que cedió Walter Benjamin. O sea que posiblemente su ensayo de 1936, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, existe para que se continúe pensando al aura desde las antípodas de la comunidad digital actual, no ya como unidad de medida del carisma sino como “la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar”. Esa cualidad única e irrepetible de una obra de arte, vinculada con su existencia en un lugar y un momento determinados, su autenticidad y su historia, es agraviada por la reproducción técnica (mediante la fotografía, el cine o la imprenta) que no sólo debilita su aura sino que habilita su difusión masiva.
Incluso cuando una obra está físicamente cerca conserva cierta distancia simbólica imposible de eliminar completamente, porque no está para ser consumida sino para ser considerada algo sagrado y demandante de contemplación.
Y mientas para Benjamin el aura es aquello que la tecnología destruye al masificar la imagen, en la era de las redes sociales habría un intento de reconstruirla artificialmente, como una mercancía del comportamiento (performance), buscando simular una lejanía o serenidad imposibles en medio del torbellino de pantallas. Pero la pérdida del aura no es vista por Benjamin solamente como “pérdida”, sino también como el factor desencadenante de una gran transformación histórica. Hay un pasaje, un cambio notable del valor de culto al valor de exhibición masiva, y de ahí que el arte, una vez liberado del ritual y del aura tradicional, pueda ser sostén y fundamento de la praxis política.