¿Y ahora qué?

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Paradojas de la oferta electoral

La corrupción ocupa el centro de la escena y reduce el horizonte de los debates esenciales. Pero las encuestas muestran que, aunque la mayoría cree que los funcionarios son corruptos, las principales preocupaciones sociales siguen siendo el trabajo, la pobreza, la representación política y las condiciones reales de mejora social.

La corrupción en política ocupa el centro de la escena en estos días, reduciendo con esa parcialidad el horizonte de aspectos esenciales para inspirar una convivencia fecunda entre los argentinos.

Lejos de culminar con la renuncia de Manuel Adorni, el último escándalo se prolonga con la designación del nuevo titular de la Jefatura de Gabinete de Ministros, Diego Santilli.

El reconocido periodista Carlos Pagni elogió en su Odisea Argentina a este reemplazante, el “Colorado”, por sus evidentes habilidades ubicuas para estar siempre en el candelero, cambiando de montura —léase sello partidario y distrito electoral— todas las veces que sea necesario para permanecer y avanzar en puestos gubernamentales.

Pocos hombres públicos han sido, como él, senador nacional por la Ciudad de Buenos Aires y, más recientemente, diputado nacional por la Provincia, catapultándose desde allí en noviembre de 2025 al Ministerio del Interior. En CABA, anteriormente, se había desempeñado como legislador, vicejefe de Gobierno, ministro de Justicia y Seguridad y ministro de Ambiente y Espacio Público.

Una vida como funcionario, lo que no le ha impedido acumular un importante patrimonio personal, que ha sido exhibido largamente desde antes de que asumiera su último cargo.

Comparado con este experto, Adorni parece apenas un aprendiz. Pero el escándalo comparativo no se ha encendido como podría suponerse, al menos hasta ahora.

Es, sin embargo, una cuestión evocada por periodistas tenaces, siempre considerados malignos, que apenas forma parte del comentario del día, pero que no genera grandes acciones sociales de repudio aunque las denuncias se multiplican.

Tal pasividad relativa merece un análisis específico. En colaboración con esa necesidad, veamos previamente algunos datos cuantitativos.

El 66 % de la población entrevistada por QMonitor considera que todos los funcionarios del gobierno son corruptos, mientras otro 26 % responde que “solo algunos” lo son. Apenas un 3 % piensa que ninguno peca de esa censurable falta de conducta ética. Esta información surge de la encuesta mensual sobre el clima político, económico y empresarial realizada por la empresa de análisis QSocial en todo el territorio argentino, sobre más de 1.800 casos durante el mes de mayo pasado.

Pero —y esto se reproduce de modo similar en los relevamientos de otras encuestadoras—, cuando se pregunta cuál es el problema más importante para resolver en el país, la corrupción solo es elegida en tercer lugar por el 11 % de los entrevistados. Más que duplican esa percepción la falta de trabajo y la pobreza, con un 26 y 25 %, respectivamente.

Si no es la corrupción, ¿qué es?

El estudio que mencionamos también mide, entre otras variables, la opinión sobre el ejercicio del gobierno, donde resulta mayoritario el rechazo a la actual gestión.

A la pregunta sobre si el gobierno gestiona para favorecer a sectores determinados o, en cambio, lo hace pensando en la mayoría de la población, los porcentajes son similares a los ya mencionados respecto de la corrupción: 64 y 29 %, respectivamente. La compulsa, como se dijo, fue realizada en mayo de este año, cuando ya la orientación de la política oficial no está determinada por la crisis heredada.

Sin embargo, cuando se pregunta sobre las perspectivas hacia el futuro y las chances electorales del actual equipo gobernante, aun cuando no se apruebe su gestión, las posibilidades de reelección aumentan lo suficiente como para alimentar esperanzas entre los adherentes a este ensayo contingente, formado en su mayor parte por votantes con baja participación anterior en la política argentina, hartos de la casta.

Aquí, sobre la casta, cabe un comentario al pasar sobre la aleación de cromo-vanadio —una de las más duras que se conocen en la metalurgia— que sostiene la cara de Agustín Laje, politólogo especialista en contraterrorismo —NDU, Washington D.C.—, cuando sostuvo el martes pasado, en un amigable reportaje de TN con J. Viale, refiriéndose a Diego Santilli, que un miembro de la casta, si ayuda a liquidarla, es recibido con los brazos abiertos en las filas libertarias.

Hoy no es tanto lo que crece Javier Milei —cuyo apoyo en realidad oscila hacia la baja, y entre quienes no están de acuerdo total o parcialmente con sus políticas suma 60 %— sino la flaca perspectiva que se revela hipotéticamente favorable para la oposición, donde, casi por default, aparece como más competitivo el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, a quien se considera la segunda figura en importancia en la oposición, con un escaso reconocimiento del 18 % de las opiniones registradas, detrás de Cristina Kirchner, con el 30 %.

A la pregunta sobre el comportamiento de la oposición, un 57 % responde no estar de acuerdo con sus acciones, así como un 58 % piensa que no estaría preparada para gobernar, fuese en forma total o siendo poco apta para ello.

Si esa visión fuese acertada, hay un enorme desafío de clarificación por delante; y, si es una opinión errónea, la cuestión pasa por desmontar la sustancia de las divisiones y enfrentamientos existentes, cuando muchos de ellos se despliegan en el terreno de la ideología, renuente a todo cambio que no integre el canon de prejuicios preexistentes.

La oferta electoral y sus límites

Estas tendencias se expresan en la intención de voto que, en las actuales circunstancias, lejanas aún de la fecha de la elección, se vuelcan polarizadas a favor de Milei y Kicillof, por ahora la única figura que se destaca como posible contendiente representando a la oposición.

En estas condiciones, el actual Presidente obtiene una cierta ventaja según el escenario en el que se indaguen sus posibilidades de reelección, es decir, dependiendo de con quién confrontaría. Así, en dos casos hipotéticos, según qué otros candidatos terceros compitan, y aún con escasa proyección de votos, Milei se impondría a Kicillof 31 a 27 % y 29 a 25 %.

Completemos estas menciones —habiendo en el estudio de QMonitor otras muy significativas que hilan mucho más fino— tomando como ejemplo cuando se interroga al votante sobre si sería un retroceso para el país que volviese al poder un candidato peronista/kirchnerista.

Allí las respuestas son bastante rotundas, pues ante esa hipótesis, fuese muy o bastante de acuerdo con la frase, arroja el 92 % para los votantes declarados de Milei —lo cual es bastante lógico—; 93 % para los del PRO —ídem—; 80 % para los radicales; 41 % para los independientes y 13 % para la izquierda.

Condiciones de mejora social real

En estas condiciones prácticas cambiantes, acompañadas de numerosas debilidades conceptuales, el panorama preelectoral es realmente complejo, pues cada gran aglomeración en un borde tiene el riesgo de incurrir en contradicciones imprevistas sobre un proceso que en la actualidad tiende a manejarse mediante polarización, dada la potente tecnología aplicada a influir sobre las masas de votantes.

Sin embargo, es seguro que, en las condiciones en que se ejerce en nuestros días la democracia representativa —es decir, se la restringe al voto y se desalientan otras formas participativas—, las herramientas de manipulación de la opinión pública son tan poderosas que nos obligan a reflexionar sobre la necesidad de recuperar la libertad de criterio para los votantes, hoy muy constreñidos a elegir entre opciones que casi nunca se proponen cambios sustanciales en las diversas sociedades modernas.

Macri, Scioli o el propio Milei son fenómenos electorales donde lo distintivo es su ubicuidad, como aquel personaje Zelig, de la película homónima de Woody Allen, de 1983. O sea que la crisis de representatividad no llegó con Milei, sino que viene de lejos. Se prefiere la novedad o lo insólito antes que una construcción con sustancia programática. Se han vaciado, cuando no transmutado, los contenidos sobre proyectos que apunten hacia el porvenir.

Y ello ocurre al mismo tiempo que el “cambio” —eslogan del macrismo— y la “libertad” —ídem del mileísmo— son vaciados de toda sustancia material y transformadora, aumentando con ello la confusión esencial de los electores.

Deberíamos pasar del individualismo atomizador de la sociedad y empobrecedor de los espíritus a la construcción de la persona que alcanza el rango de tal cuando se integra fecunda y solidariamente con la comunidad a la que pertenece.

Pueblos y protagonismo

Para enriquecer esencialmente la vida social no hay otro camino que abrir, con la más amplia deliberación, todas las perspectivas posibles de mejora en las relaciones entre seres semejantes que se necesitan unos a otros para alcanzar niveles de convivencia dignos de considerarse superiores a lo que el género humano ha vivido a lo largo de su historia.

En ese sentido, resulta antihistórica, anacrónica, la pretensión de los superricos —tecnofeudales— de congelar la situación de poder actual, con un sistema democrático cuestionado donde ellos pretenden hasta suspender la innovación social hacia formas superiores de convivencia.

La humanidad, digámoslo una vez más, está en condiciones técnicas y económicas de eliminar las lacras que todavía la afligen, en primer lugar la pobreza y sus manifestaciones más inadmisibles, como el hambre, la enfermedad y la falta de educación y vivienda, entre otras necesidades básicas, que incluyen necesariamente una mayor participación popular en los asuntos públicos o de interés común.

Pero, para lograrlo, los pueblos deben asumir su protagonismo y convertirse en los artífices de su destino.

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