Romina y Natalia, episodio XIV.
Habían pasado tres semanas de aquel 3 de enero. ¿Tantas semanas pasaron? Natalia ya se había hartado de explicar que no, que no se debe secuestrar a un presidente por más malo o bueno que fuera; que no es hora de opinar si es o fue un dictador o un narco; que igual no se debe irrumpir en una ciudad capital, bombardear y llevarse a un mandatario; que así no se arregla nada; que la verdadera causa era afanarse el petróleo.
–Es que vos estás muy desactualizada, Nati- quiso corregir Romina-, ahora hay unas bombas divertidísimas. Calzan justo en el lugar en el que las querés tirar. Y matan sin dolor. En serio. La gente no siente nada, no se quema. Si se produce algún incendio, no importa, porque mueren antes de la primera chispa. Y se mandan con drones. Son drones. Pueden cruzar cualquier océano en minutos y quemar una sola casa sin producir daños alrededor. También podés quemar ciudades enteras, si querés. Son bárbaras. Viste que a Irán lo bombardeamos poquito. Casi no se notó. Lástima que todavía no son de venta libre, si no, yo le pediría una a mi papá. Lo mejor que tienen es que no se sabe quién las tiró. ¿Entendés? Son drones que no dejan huellas del origen de lanzamiento.
–Pero en Venezuela murieron más de ochenta personas. No se sabe el número exacto. Trump bombardeó Caracas, Miranda, Aragua y La Guayra. Fue terrible.
–Bueno, ochenta personas no es mucho.
–Es una barbaridad. Además, violaron la soberanía…
–Ay, Nati, por favor, no digas “soberanía”. Eso es política. Vos sabés que a mí la política me hace mal. Yo trato de no enterarme, prefiero no saber porque me hace mal, yo soy muy sensible, vos sabés…
–Bueno, bueno, calmate, Romi, ya te doy las gotitas de clona. ¿Con qué te las mezclo?
–Con whisquicito.
–Dale, acá tenés el vaso.
Romina bebió. El vaso era grande, de un cristal valioso, de esos que recibían los recién casados en los años cincuenta y sesenta, con el cristal tallado cerca de la base. Los habían rescatado de las fauces del pastor Ravioletti. Las chicas estaban solas en el balcón. Natalia prefirió un licuado de naranja y durazno con un poquito de vodka. La tarde se acariciaba con una brisa, por suerte.
–Sabés, Nati, tengo un nuevo proyecto.
–Ay, contame.
–Tiene que ver con mi identidad.
–¿Ah, sí? ¿Cómo?
–Hace tiempo que me siento una jirafa. Las veo por YouTube y me veo parecida, empatizo con ellas. Amo y amé siempre a las jirafas. Ellas entraron en mí. Yo ya soy una de ellas.
–Pero vos sos bastante petisita, Romi.
–Sí, soy una jirafa bajita. Ellas me aceptan así. Las jirafas aceptan la diversidad. No quiero ser más humana. Lo mío es una nueva identidad. No es una religión ni un juego. Yo te lo quería decir hace tiempo. Lo sentí en el templo y se lo comenté al pastor Ravioletti y a su esposa Violeta.
–¿Y qué te dijeron?
–Que sí, que siguiera mi deseo de ser jirafa, que si no me sentía humana ellos me aceptarían con mi nueva forma. Que me amarían igual aun siendo yo jirafa y que me llenarían de bendiciones. La pastora Violeta me sugirió que invirtiera el orden de mis nombres, que en vez de llamarme Romina Carla me llamara Carla Romina. Ese es un nombre más apropiado para una jirafa. Es mi nueva identidad. Hay una parte mía que me llama a ser un animal. Me autopercibo jirafa. Me identifico como una jirafa. Y respeto la identidad diversa. Porque no todos somos iguales. Y quiero que vos me lo respetes. La sociedad es muy hostil para con nosotros.
–¿Qué “nosotros”?
–Los que nos autopercibimos animales. Y, sabés, quisiera que me acompañes a los Parques de Palermo, porque ese será mi hábitat de ahora en más.
Natalia se acordó de una película italiana. La había visto en reposición en un cine club. Era sobre inmigrantes sicilianos en Suiza. Mientras Romina hablaba trató de hacer memoria… Ah, sí. Era Pan y chocolate, con Nino Manfredi. Había una parte en la que los protagonistas entraban en un gallinero y se movían y cacareaban, y casi se convertían en gallinas. Se trataba de personas del campo que tenían la naturaleza adentro. No había en ellos autopercepción ni identidad, no. Y, por otro lado, ¡Qué actores sensacionales! Tendría que volver a verla.
Nati tomó un sorbito y volvió a la realidad.
–Sí, Romi, te voy a respetar. Te voy a acompañar a los parques y voy a colgar hojas de árboles acá en el living, cerca del techo y de la araña para que comas como una jirafa.
–Ah, gracias.
–Y podés usar la banqueta larga si no alcanzás.
–Perfecto.
–Y, sabés, Romi. Tratá de no hablar, porque la jirafa es un animal que emite un sonido grave, como un soplido y lo hace muy pocas veces, es casi muda, así que, por favor, no hables.