¿Y ahora qué?

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Cuervos

Natalia y Romina, episodio XXX.

Natalia pidió un Uber. Qué iba a hacer, ya no hay más taxis y en Flores, un domingo a la noche, tampoco hay colectivos; el 92, por ejemplo. Así que vino a buscarla un coche gris Volkswagen, con una patente cuyo número no puedo recordar, y un chofer de nombre Alejandro.

Los nombres marcan generaciones, ya lo sabemos. Este Alejandro tendría unos sesenta largos, con barba y pelo blanco, y muchas ganas de conversar. Conversar con quien fuera, del clima, del tránsito despejado de la noche, de lo opresiva que es la aplicación; y Natalia también conversaba. Lo quería convencer de sacarse la aplicación de encima, pero, “Señora, perdón, Natalia, no puedo salirme”.

—¿Hace mucho que hacés Uber?

—Sí, desgraciadamente, sí.

—¿Y no te gusta?

—¡¡¡¡Noooo!!!!

—¿Y antes qué hacías?

—Tenía una fábrica de fundición de cobre y fundió.

—¿Cuándo?

—El año pasado.

—Ah, sí, como todo. Es que acá hubo genios del voto.

—Sí, seño, perdón, Natalia, sos bastante joven para que te digan “señora”; perdón, Natalia. Es verdad, ah —exclamó el chofer Alejandro, soltando el volante—. Ah, yo les digo a los pibes que no saben nada, que esto fue una manipulación, que los manipularon, ¿entiende?, todo es una manipulación, esto de este gobierno que quiere que nos ajustemos para el déficit cero; todo es manipulación; estos movimientos LGBT, el feminismo que hay ahora, ¿vio?, ¿viste?, por eso hay baja natalidad. Y por el aborto, también.

—Ah, no, Alejandro, no, no es por el LGBT, al contrario.

—Y por las feministas que odian a los hombres y no quieren tener hijos.

—Ay, no, no es ni por las feministas ni por la diversidad sexual; es por la falta de trabajo y por la precarización laboral que no te deja proyectar tu vida. ¿No ves que todo se funde, que no sos más un trabajador, sino un “recurso humano” que uno puede mutar de fabricante a chofer o a rider?

—Ah, tenés razón.

Ahí el chofer siguió hablando, razonando, y Nati, mirando por la ventanilla, recordó. Se distrajo de la perorata del chofer y empezó a recordar, dio rienda suelta a su memoria.

Era el año 2019 y el aborto era legal. Romi había quedado y no quería, no, no quería. Podía ser un embarazo de riesgo a esa edad, a los cuarenta y pico, y había decidido, había querido no tenerlo. Contó con la compañía y contención de todos: de su papá Ricardo; de ella, Nati; de Stella, mamá de Nati; y de la amigobia de Ricardo, la jueza María Eugenia Cangulari, que le dijo que sí, que claro que era legal.

Fueron al gran sanatorio de la alta prepaga cuyo nombre no voy a revelar y ahí le hicieron un largo cuestionario. A Romina no le gustó. A su familia, tampoco. Eran preguntas atrevidas, desubicadas, los cuervos de la culpa increpándola, molestándola. Es que los médicos tenían miedo. ¿Miedo de qué, si es legal? Es que todavía hay en el poder un remanente de cuervos descendientes de aquellos monjes que hasta el siglo XIX quemaban mujeres.

Decidieron ir al hospital público. Ahí la atendieron mejor, le dieron una fecha para dos semanas y no más. Pero a Romina le vinieron más pérdidas que la asustaron, porque eran unos chorros copiosos que mancharon las sábanas y el colchón, y su decisión ya no tenía que ver con el deseo de no tenerlo, pobre Romi. Llamaron a una ambulancia que la llevó de urgencia al hospital.

Nunca supieron por qué Romina tuvo que viajar sola en la ambulancia. Su familia fue atrás, en el auto. Ella adentro, en la camilla, con unos enfermeros que también le hacían preguntas:

¿Vos tomaste algo?

¿Vos te hiciste algo adentro?

¿Vos te lo provocaste?

¿Vos no lo querés tener?

¿Cómo te lastimaste?

¿Lo hablaste con tu marido?

¿Lo hablaste con tus padres?

¿Tuviste ayuda psicológica?

¿Te gustaría tener una sesión antes?

¿Preferís ayuda espiritual?

¿Pensaste bien en lo que vas a hacer?

—¡Basta! ¡Soy una mujer grande! ¡Me hacen sentir una delincuente!

—Son preguntas protocolares. Fírmelas y listo.

—No, no las voy a firmar. Estoy acostada y muy dolorida.

Llegaron. Bajaron la camilla y la rodearon Stella, Nati, Ricardo y la jueza.

De algún costado, o quizá del techo, apareció otro de esos cuervos. Pero no era un cuervo. Era una mujer alta, de unos setenta, con un casco de pelo blanco y cejas muy arqueadas, ropa seria, nada monjil pero sí formal, como de abogada importante o de jueza jubilada de gran predicamento y contactos. La señorona predicaba desde su altura e iba siguiendo al grupo, tratando de acercarse a la camilla de Romina. Iba diciendo: “Soy de la Congregación de la Sagrada Virgen Frígida y acompañamos a las chicas y mujeres que quieren abortar. Las ayudamos a reflexionar, porque lo que van a hacer afecta a la naturaleza. Nuestros cuerpos tienen la gracia divina de dar vida y no debemos interrumpir el movimiento vital que Dios nos concedió a las mujeres. Por eso queremos que reflexiones, nena, porque es hermoso traer hijos al mundo, y si tenés miedo de tenerlo, nuestra asociación te contiene, nosotras contenemos a las pobres mujeres que quieren abortar y las ayudamos, pobres chicas. Por eso, si querés, nena, te damos una mano. ¿Cómo te llamás? Bueno, no me digas si no querés”.

La camilla, los camilleros, Romina en el medio y su grupo familiar alrededor. Se reían y se indignaban a la vez. La mujer seguía con su voz de sabiduría envasada: “Pensá que te podés arrepentir, que podrías haber engendrado un genio para la sociedad, o a un salvador, a algún hombre que nos salve de las injusticias, o a algún médico importante, a algún hombre de fe, o a un simple hombre honesto. Nosotras hemos salvado a muchas chicas como vos”.

—¡Tomátelas, gorilastra de mierda! —reaccionó Stella, desconociéndose a sí misma, con una violencia juvenil que tenía muy guardada—. ¡Rajá de acá o te saco a los tiros!

La jueza Cangulari intervino:

—Váyase de acá o llamo a un fiscal.

La gorilastra se persignó y se fue caminando rápido por el pasillo.

Romina entró al quirófano. Su familia esperó. Las esperas son densas. Los minutos se alargan. Todo se resolvió.

En el auto, Nati recordó todo esto en el lapso de cinco cuadras. El chofer Alejandro hablaba, no paraba de hablar, de contradecirse, que, claro, no son los homosexuales, y las feministas no son malas, bueno, algunas sí, pero claro, no era por eso la falta de natalidad, en verdad, era como decís vos, la falta de proyectos por el trabajo inestable, la falta de ilusiones en los jóvenes, el celular que los embota y otras cosas que uno nunca sabe, y que sí, que este gobierno que votaron los pendejos arruinó la economía y que lo de Cristina es mentira y que debería estar libre.

“Bueno —pensó Nati—. Como dice mamá, este mundo sí se ha vuelto extraño. La gente puede cambiar de idea en unos minutos. Mejor así.”

Pagó, pero no pagó porque había hecho una transferencia antes de salir. Se saludaron y se agradecieron mutuamente la conversación, lo agradable que había sido el viaje.

—Qué interesante, Natalia. Uno siempre aprende cosas nuevas —dijo el chofer.

Nati bajó contenta. Sintió que algo se estaba empezando a componer.

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