¿Y ahora qué?

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Locro y partido

Episodio XXXII. Había en la casa un extraño y persistente olor. Como a queso derritiéndose. A Romina se la veía extraña. Gorda, muy gorda. En las cuatro semanas que llevaban de Mundial, su cuerpo se había ensanchado y el cutis padecía una cordillera de montañitas rojo violáceas, como si fuera una adolescente, pero de cuarenta y cinco años. Y el modo se le había apocado. Ella, tan vivaz y entusiasta para la juerga y la parranda, andaba ahora de capa caída. Y había otro detalle: los eructos y la flatulencia no cesaban.

“Bueno —pensó Stella—, ahora no puedo ponerme a investigar el problema de Romina. Hoy es martes, juega la Selección, es el cumpleaños de Giselle y vendrá toda la banda familiar a festejar. Con victoria o sin victoria, se come, se bebe, se canta el feliz cumpleaños, se vuelve a beber y se sale al balcón a festejar el triunfo. Y si no, ya lo dije, je: se come, se bebe y se abren los regalos.”

Los invitados eran Ricardo y la jueza; Natalia, Romina y Stella, que eran las anfitrionas; la cumpleañera Giselle y su nuevo novio, Federico; y el pluriempleado médico Gustavo, tan atractivo para la suspiradora Natalia.

Pero algo olía mal en el amplio dúplex de Juncal. Stella se paró en el centro geográfico del living y se puso a respirar profundo para oler. Le pidió a su hija Nati que hiciera lo mismo. Nati accedió. Inspiraron. Exhalaron. Había olor. Olor a McDonald’s, a cerveza berreta, a papas fritas húmedas. Y el peor. El peor de los olores: el tufo a queso cheddar.

Las dos se lanzaron sin plan a hacer un exhaustivo registro de la casa. Revisaron cajones, placares, alacenas, cómodas, botiquines. Romina las oía desde la cama. No tenía ganas de levantarse ni de moverse. Mejor. Así no veía ni se enteraba de lo que las buscadoras estaban por hacer.

Natalia y su madre fueron en puntillas, evitando el menor de los ruidos, hacia el placard grande del pasillo. Entraron. Descorrieron los abrigos. En los placares grandes se suelen guardar tapados, sobretodos y ropa invernal. En la pared del fondo estaba la caja de seguridad. Nati recordaba bien la clave. La abrieron con dificultad porque no tenían el celular, linterna ni lucecita alguna. Tantearon. No estaban los sobres con dólares baratos que Romina atesoraba. Tampoco había billetes sueltos. Había una caja de cartón que, sí, despedía olor.

Natalia la agarró. Descorrieron los abrigos, dieron unos pasitos para atrás y despacito salieron las dos del placard. Con la luz natural vieron que era una horrible caja de cartón con una hamburguesa adentro, uno de esos sándwiches altos para los que no te alcanza la boca para morder. La caja tenía la cara del arquero de nuestra Selección.

—Esto es un asco, mamá. Está medio podrida.

—Sabés, no revisamos la habitación de servicio. Ni el armario chico que está en la entrada.

—Vamos.

Y ahí encontraron la respuesta. En ese sector de la casa se reconcentraba el tufo. El peor de los olores. El olor a queso cheddar. Abrieron el pequeño armario y ahí vieron todo. Paquetes de papas fritas con la cara de Messi. Más hamburguesas del Dibu. Cerveza berreta en lata. Snacks de todo tipo. Gaseosas de todos los colores.

A Stella y a Natalia se les revolvió el estómago. Pero no se dejaron vencer. Agarraron una bolsa de consorcio y metieron toda la chatarra adentro. La llevaron a la esquina y ahí la dejaron. Volvieron a la casa, limpiaron, desinfectaron. Claro. De ahí venía la flamante obesidad de la pobre Romina. Ella padece una inmunodepresión frente a la contaminación publicitaria y sucumbió ante tanto atleta millonario vendedor de chatarra.

También, pensaron Nati y Stella, ella se dejó llevar por las malas actuaciones de los jugadores. Porque, realmente, qué mal actúan ellos y su entrenador. Sobre todo este último, que se pasó el año entero vendiendo tarjetas de crédito, productos bancarios y señales de apuestas. Si los viera Pappo les diría: “Búsquense un laburo digno, pibes”. Y, a decir verdad, es muy digno y muy bien llevado el laburo que ya tienen los aludidos atletas, así que mejor que se queden con ese solo trabajo, que muy bien lo hacen. Ser pluriempleado es un bajón y ellos sí que no lo necesitan.

Se dictaminó entonces que a esa casa no entraría más chatarra tóxica, no se bebería cerveza y, si alguien deseaba un poco de gas en la bebida, se agregaría soda. Sí, soda en el vino, como se hacía antaño.

Natalia fue a acicalarse y a vestirse. Quería que, por fin, el médico de sus sueños la viera. Stella puso la mesa. Llegó la maroma de invitados. Todos puntuales. Romina emergió descompuesta y vestida de entrecasa. Se sentaron hechizados por el aroma del osobuco, del pechito de cerdo, de los porotos pallares, del maíz blanco y de los sabios ingredientes de la experta Stella. Giselle se embebió del cariño cumpleañero y todos brindaron por ella y por el partido contra Egipto, que estaba por empezar.

II

Y ya sabemos cómo empezó. ¡Qué sufrimiento! La mesa estaba puesta. Stella, siempre súper organizada, sirvió el locro y brindaron mientras se cantaban los himnos. El partido arrancó. No podían comer.

El primer gol fue de Egipto. Increíble.

—A estos nos los comemos crudos —dijo Ricardo.

Pero no. Un gol maldito. A los pocos minutos, Messi erró el penal. Giselle había advertido que no debía patear él, que mejor otro, pero nadie le dio bola porque se supone que las mujeres no saben nada de fútbol.

Al segundo tiempo entraron perdiendo. Egipto metió el segundo gol. Los comensales enmudecieron y, para cortar tanto bajón, se escanció otra ronda de tinto y algún bocado probaron.

Stella no pudo y, en un impulso, miró fijo a Romina y le preguntó casi a los gritos, delante de todos:

—Romina, nena, ¿qué hiciste con tus dolarcitos baratos? Fuimos a la caja fuerte y no había ninguno.

—¿Qué pasó, hija? —preguntó Ricardo.

—Nada, es que… los deposité en el banco para poder apostar y los perdí. Porque aposté en detalles y puse que Argentina haría cinco goles en todos los partidos y perdí… Perdí mis dólares baratos…

—Bueno, ahora no llores —rogó María Eugenia, la jueza.

—Sí, hija. No se llora por plata.

¿Y Natalia? Natalia estaba muy linda con un vestido rojo y una vincha de flores celestes y blancas. Divina y espléndida estaba hasta que recibió un mensajito de WhatsApp. Era de su amor pluriempleado: “Disculpame, Nati. Saludá a todos de mi parte. Preferí seguir con el taxi porque no tengo competencia. Escucho el partido por la radio. Otro día los visito. Cariños”.

Nati se sintió más perdedora.

De pronto, Federico, el nuevo novio de Giselle, tuvo una ocurrencia.

—¿Y si cambiamos la mesa de lugar? Por cábala, digo. Alejémonos del televisor.

Stella se agarró la cabeza. Ay, no. Cambiar todo, no. Tuvo una propuesta mejor.

—No, chicos, mejor dejemos la mesa así como está y cambiémonos nosotros de lugar.

Eso hicieron. Cambiaron los platos, las copas, los cubiertos y los cuerpos a distintas sillas.

Y la cábala se cumplió.

Había olor. Olor.

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