¿Y ahora qué?

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Stella, vecinos, albañil, hospital


Natalia y Romina. Episodio XXVIII.
Avatares, aventuras, aventurillas, cosas que ocurren en la calle, incidentes que alteran lo ya conocido aunque nada extraño o imprevisible haya pasado. Stella había hecho unas compritas de rutina y ya era de rutina para ella ver que los billetes de veinte mil se le habían agotado, pero no se asombró, siguió su camino por la calle Cabello, dobló para entrar al Hospital Fernández a averiguar para vacunarse. “Tiene que venir con turno, Señora. Busque en la App”. Y ahí le vino el bajonazo, la sensación de desamparo bajo la menesunda tecnológica que nos abruma. Siguió hasta la esquina de Ruggeri y oyó pasar a una señora veterana entrada en carnes que, señalando la dicha esquina, la de Ruggeri, despotricaba porque lo que había sido una plaza para niñes en esa esquina, estaba ahora taponado por una construcción. ¡Cómo afeaba, horripilizaba, bloqueaba el espacio, el divino barrio! Y había otra construcción, la de enfrente que sería otra torre llena de engañosas ofertas de bienestar. Stella le contestó a la señora y de paso le contó que en la Plaza Armenia, esa que está en las calles Armenia, Costa Rica, Malabia y Nicaragua

van a hacer un estacionamiento subterráneo que sacará la calesita, los árboles, la fuente y todo lo que nos gusta. “Sí,-contestó la señora,- ya arruinaron todo, la ciudad es un yacimiento de negocios para estos turros”, y pasó un señor, también salido del Fernández y aclaró que la construcción deprimente sobre la plaza seca sería un anexo para el hospital. “¡Ah!-suspiraron las dos, Stella y la señora, -ah, bueno!» Y la bronca le bajó un poco, aunque, en realidad,-dijo Stella,- en este hospital hace falta que habiliten los quirófanos deshabilitados, que, creo, son siete, sí, de los siete quirófanos sólo funciona uno y acá vienen todos los accidentados de la ciudad, así que, para qué tantas construcciones, mejor que habiliten los quirófanos y que les paguen mejor a los médicos y enfermeras y que contraten más. Y el señor agregó: “Uy, si yo les contara… Stella y la señora lo miraron, dudaron si este hombre estaba de acuerdo con ellas o si era un pobre gil que lo votó, pero no, el señor, un clase media empobrecida con bastón y anteojos, edad avanzada, despotricó contra el loco que malgobierna, que está mal de la cabeza, que es un psiquiátrico que se tiene que ir. La señora asintió y Stella, por supuesto. En la esquina de Cabello y Ruggeri la gente iba y venía, miraba a los tres conversadores, algún transeúnte que pasaba les guiñaba un ojo, otro se animaba a hacer la V con los dedos, pero otro, un hombre de indefinible edad, pelo canoso, les daba vuelta alrededor, les decía cosas como “vayan a laburar”; “ustedes son unos vagos”. Lo decía con una vocecilla baja y, a la vez hacía unos gestos como de persona que grita y protesta, “vayan a laburar”. Stella lo observó. Este hombre, que giraba alrededor, tenía una mochila bastante grande, vestía ropa de trabajo, no un uniforme, vestía un pantalón ombú muy envejecido, zapatillas rotas, una campera polvorienta. Todo su cuerpo destilaba polvo y los ojos estaban agrandados y pálidos. Ojos agrandados y pálidos, propio de quien viene durmiendo dos o tres días en la calle con su mochila; en la puerta del hospital, en la entrada de Bulnes donde hay unos escalones que sirven para dormir; ahí se duerme de costado generalmente, en la mochila tenés alguna frazada para taparte y la misma mochila sirve de almohada para que no caiga el cuello sobre el suelo polvoriento. Y dormís, dormitás, dormís, alguien más se va a acostar al lado tuyo, y dormís, dormís con frío y ves clarear el cielo. En esos escalones se duerme tranquilo porque la policía recién te saca a las siete, que es cuando salís con el cuerpo entumecido a buscar trabajo a alguna obra. También en lo que hubo sido la plaza ahora taponada, se dormía y se duerme, porque como ahora hay mucha construcción, se puede pasar ahí la noche, hacer tus necesidades en el hospital, no desayunar, encontrar alguna changa o jornal a la mañana,-(el señor puteador era, obviamente, un albañil), engañar al mediodía el estómago con algún sanguche de kiosko y seguir a la tarde, que así la vida se va trabajando, así dignamente, poniendo el lomo y si hay que dormir a la intemperie, se duerme. “Hay un pobrismo de derecha”,-agregó el señor clasemedia con bastón… “Claro, contestó Stella, y largó la frase de siempre: “la culpa es del chancho y del que le pone el voto”; y la señora dijo: “ya se van a ir estos”; “esperemos que se vayan pronto,- dijo el señor, y se veía cruzando Ruggeri al albañil que seguía insultándolos con su voz inaudible, sus ojos agrandados y la ropa con polvo. “A lo mejor,-pensó Stella, -a lo mejor este hombre hoy tiene la suerte de poder irse a su casa a dormir bajo un techo, sí, que duerma en su casa aunque para eso tenga que hacer una larga fila y subirse recién al tercer bondi que pase”,- seguía imaginando Stella, mientras iba ella caminando hasta su casa en la calle Juncal a pedirle a su hija Natalia o a Romina que por favor la ayudaran a pedir turno por la app para la vacuna. Así pensaba Stella mientras se alejaba de las calles saturadas de ruido de construcción que rodean el hospital.

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