La universidad pública argentina volvió a salir a la calle, pero esta vez el reclamo ya no se organiza solo alrededor de la denuncia del ajuste. La discusión, entonces, dejó de ser solo una cuestión presupuestaria para volverse institucional. Valeria Levi habla desde ese cruce. Vicedecana de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, profesora universitaria e investigadora principal del Conicet, conoce el sistema desde adentro: las aulas, los laboratorios, la formación de jóvenes investigadores, la pelea cotidiana por sostener proyectos, equipos y salarios. Por eso, cuando describe el presente no habla solamente de “recorte”, sino de desmantelamiento.
En esta entrevista, Levi reconstruye qué cambió entre las primeras marchas universitarias y esta nueva etapa del conflicto.
—¿Qué cambió entre la primera gran marcha universitaria de 2024 y esta nueva convocatoria?
—Lo que cambió, esencialmente, es la ley de financiamiento universitario. En esta última marcha en particular, creo que la gente salió con una mezcla de bronca e impotencia porque, además de la situación presupuestaria gravísima de las universidades nacionales, no se está respetando una ley. Y es una ley muy especial: fue votada por el Congreso, vetada por el Presidente, confirmada por el Congreso y luego suspendida por el Gobierno mediante una judicialización. Entonces se mezclan las dos cosas. Por un lado, una protesta por la situación universitaria; por otro, una indignación por el poco respeto que tiene el Gobierno nacional por las leyes. La marcha anterior no tenía ese componente. Y eso también genera una sensación de impotencia. Si una apela a todas las herramientas constitucionales y democráticas para exigir que se cumpla algo tan esencial como que las universidades tengan un presupuesto digno para seguir funcionando, y aun así no alcanza, nos vamos quedando cada vez con menos herramientas para dar esta pelea.
—En estos meses empezaste a hablar ya no solo de ajuste, sino de una suerte de desmantelamiento. ¿Cómo definirías esa diferencia?
—Milei nunca reconoció a la universidad pública ni a la ciencia como bienes a preservar en la Argentina. Y las pongo juntas porque están completamente entrelazadas: universidad y ciencia son parte de la esencia del país. La universidad pública, para la Argentina, es parte de su ADN. Todos nosotros nos criamos sabiendo que, en mayor o menor medida, sus puertas están abiertas. Eso permite el ascenso social, permite imaginar que tus hijos puedan tener una vida mejor que la que tuviste vos. Esa idea está muy arraigada. También incluyo ahí al Conicet. Tal vez en menor medida, porque no es algo que se viva cotidianamente en todas las casas: todos conocemos a alguien universitario, pero no todos conocen a una científica o a un científico. Aun así, la ciencia también forma parte de aquello que en la Argentina se considera valioso. Este gobierno no lo considera así. Al contrario: cree que hay que desarmarlo porque, en su modelo de país, no se necesita educación pública ni se necesita ciencia. Milei lo dijo desde el primer día y lo viene demostrando. Ahora la situación es cada vez más crítica porque las pérdidas salariales ya son abusivas. Los investigadores del Conicet perdimos más del 40% del salario; los docentes universitarios, alrededor de un 33% o 35%, según el escalafón. Son números bestiales, que no permiten sobrevivir. En este momento está en riesgo la subsistencia de esas dos cosas —la ciencia y la universidad— que están profundamente arraigadas en lo que la Argentina es.
—Cuando hablamos del sistema científico no hablamos de una idea abstracta, sino de una carrera, de una formación y de distintas generaciones. ¿Cómo ves la situación de los más jóvenes que intentan ingresar a la carrera científica? ¿Te preocupa que se naturalice la idea de que hacer ciencia en la Argentina es inviable o innecesario?
—En el caso de los jóvenes está extremadamente claro que se busca expulsarlos del sistema. Una de las evidencias más claras es la carrera de investigador del Conicet: hay alrededor de 800 personas que ya fueron seleccionadas en concursos transparentes y que están esperando el ingreso, es decir, que les den el alta. Algunas llevan más de dos años esperando. Eso muestra de manera muy evidente el desprecio de este gobierno por personas altamente formadas, que podrían aportar al desarrollo del país. A eso se suma la pérdida de financiamiento de proyectos científicos, que la sentimos todos: hace dos años y medio que no hay financiamiento para proyectos científicos en la Argentina. Pero esa falta se siente más cuando una persona está empezando. Quienes hacemos trabajo experimental solemos tener una infraestructura construida durante muchos años: un laboratorio, equipamiento, líneas de trabajo. Quien recién empieza no tiene nada.
–¿Qué efecto tiene esa nada?
–Si no le das el ingreso al Conicet y tampoco le das herramientas para trabajar, el mensaje es clarísimo: “acá no te queremos”. Me parece que eso tiene que ver con el modelo de país, pero también con una mezcla de ideología e ignorancia. Hay una ignorancia muy grande respecto de lo que puede dar nuestro sistema científico y de lo que pueden aportar nuestros investigadores al desarrollo del país. No quiero sonar dramática, pero se ve claramente en quienes hoy conducen la Secretaría de Ciencia, el Conicet y otras áreas: hay gente muy poco formada y que evidentemente no sabe lo que el sistema científico genera. Lo están destrozando y tienen un mandato claro de hacerlo.
—¿Cómo lees la conexión entre el sistema científico, la industria y la economía del país? Pienso, por ejemplo, en organismos como el INTI.
—No se está haciendo siquiera eso. Por eso, cuando el gobierno dice que financia “ciencia útil” y no “ciencia inútil”, está planteando una gran falacia. No se está financiando absolutamente nada. Un ejemplo muy claro es que había un crédito del BID relativamente pequeño, destinado a proyectos de inteligencia artificial. Durante dos años esos fondos no se ejecutaron. Y supuestamente la inteligencia artificial era una de las líneas prioritarias de este gobierno. Sin embargo, en dos años y medio todavía no pudieron concretar una convocatoria a proyectos, ni siquiera en las áreas que ellos mismos definían como prioritarias. Entonces no se trata de ciencia útil versus ciencia inútil, ni de ciencia aplicada versus ciencia no aplicada. Se trata de destruir la concepción de la ciencia como motor de desarrollo. Y también, sobre todo, de atacar la posibilidad de formar personas con pensamiento crítico. Es un gobierno que está en contra del pensamiento crítico, en contra de construir modelos o políticas basadas en evidencia. De ahí vienen muchos de estos ataques.
—¿Creés que el conflicto universitario logra romper la narrativa antistatal o, por el contrario, puede ir ganando terreno una naturalización de que la ciencia y la universidad no son necesarias?
—Con la foto de hoy, después de dos años y medio, no veo que hayan logrado horadar la confianza de la gente en el sistema científico ni en la universidad. No veo que eso haya ocurrido. Y, en el caso de la universidad, queda demostrado cada vez que la gente sale masivamente a expresarse. Me parece que el relato del gobierno no se instaló como una verdad. La universidad pública sigue teniendo una legitimidad muy fuerte. Puede haber críticas —todos tenemos críticas a la universidad pública, eso no quiere decir que sea perfecta—, pero no veo instalada una idea social de que haya que destruirla. Por ahora no veo que eso se haya naturalizado. Es mi opinión, claro, también atravesada por estar muy conectada con este campo.
—En este debate aparece muchas veces la oposición entre ciencia aplicada y ciencia básica. En tu área conviven ambas. ¿Cómo se justifica la importancia de la ciencia básica sin que parezca una superestructura discursiva?
—No hay forma de generar ninguna aplicación, ninguna transformación que pueda cambiar la matriz productiva del país, sin una idea fundamental. La ciencia básica genera ideas muy arriesgadas, muy exploratorias, y luego algunas de esas ideas evolucionan y terminan convirtiéndose en aplicaciones que pueden mejorar la vida de la gente. Todos los ejemplos que tenemos, en el mundo y en la Argentina, indican que sin esas ideas básicas no se puede generar lo otro. Una puede pensar en un cambio tecnológico menor o en un producto puntual, pero las grandes ideas revolucionarias, aquellas que renuevan la matriz productiva, vienen de ideas que rompen con los esquemas vigentes. Y eso requiere ciencia básica. La ciencia básica es, simplemente, investigar el mundo, investigar la naturaleza, hacerse preguntas por los porqué. Es una búsqueda exploratoria, no una búsqueda inmediata de aplicación. Si no exploramos, no sabemos qué tenemos; y si no sabemos qué tenemos, no sabemos cómo usarlo después. Eso se ve en una misión de la NASA dando otra vez la vuelta a la Luna y también se ve en una misión del Conicet explorando el Mar Argentino. Tenemos que conocer para después saber qué hacemos con eso. Pero conocer es la piedra fundamental de la ciencia.
—En Exactas mencionaste una frase muy fuerte: “perdemos un docente cada dos días”. ¿Qué perfiles se están perdiendo? ¿En qué áreas o recursos está recayendo con más fuerza el desfinanciamiento?
—Estamos perdiendo recursos en todas las áreas. Y en todos los casos pesan mucho las dos variables: la pérdida salarial y la falta de inversión en ciencia y tecnología. Lo que cambia, según el área, es el modo en que estos factores impactan y cuál se vuelve más visible en cada caso. Donde hay industrias o empresas que compiten por esos perfiles, la pérdida se nota con mucha fuerza en términos salariales. Los casos más claros son computación, datos, química y matemática. Son áreas donde una persona formada en la universidad pública puede encontrar otros trabajos mucho mejor pagos, en el sector privado, en universidades privadas o directamente en el exterior. Y eso es gravísimo, porque la Argentina invirtió muchísimo en formar docentes, investigadores e investigadoras. Si se van y no vuelven, esa inversión no logra dar sus frutos en el país. Pero no es que en esas áreas solo pese el salario, ni que en las áreas experimentales solo pese la falta de insumos. Los dos problemas están presentes en todo el sistema. En biología o química, por ejemplo, donde la mayoría de los grupos son experimentales, la falta de financiamiento se vuelve muy concreta: si no podés comprar equipos, reactivos o tubos de ensayo, no podés trabajar. Eso deteriora las líneas de investigación y también empuja a mucha gente a irse. En áreas como datos, matemática o computación, donde a veces no se requieren fondos tan grandes para sostener el trabajo cotidiano, la competencia salarial puede aparecer de manera más inmediata. Pero, insisto, son matices: salario y desfinanciamiento científico están golpeando juntos. Hoy podemos tener un docente de 30 años, doctorado, con diez años de carrera docente y un cargo de jefe de trabajos prácticos, cobrando alrededor de un millón de pesos. Si consigue otro trabajo con un salario apenas mejor, lo perdemos. Y si además tiene que duplicar o triplicar trabajos para sostenerse, también perdemos dedicación, concentración y calidad educativa. Esa es la realidad.
—Si hacemos una mirada macro de la crisis del sistema universitario y científico, ¿es posible compararla con otros momentos, como la crisis de 2001-2002?
—Si miramos los números duros, en términos presupuestarios estamos peor que en 2001. El presupuesto asignado a ciencia y técnica está por debajo de los valores de aquel momento, medido como porcentaje del PBI. Hoy está en el orden del 0,14% del PBI, mientras que el piso de la función ciencia y técnica en 2002 fue de 0,177%. Los salarios también están brutalmente peor. Estamos en niveles similares a los del peor momento del 2001, dentro del período democrático de la Argentina. Pero hay algo tremendamente distinto y novedoso en estos años: el discurso anti ciencia. En 2001 se decía “no hay plata”, “hay que ajustar”, “lo lamentamos mucho”. Acá hay un goce del ajuste. Es “vamos a sacarnos de encima al Conicet”, “vamos a sacarnos de encima a las universidades”. Esa es una característica muy propia del gobierno de Milei. De todos modos, en mi opinión, no les está rindiendo. Han querido instalar que los científicos son la casta, que los universitarios son la casta, y no lograron que eso ocurra.
—Ni siquiera con la narrativa de la “utilidad” de la ciencia. ¿Qué creés que se esconde detrás de esa etiqueta?
—Hubo un ataque muy concreto a las ciencias sociales, a las que se clasificó como “inútiles”. En los papeles se ataca más a las ciencias sociales, pero en la realidad se ataca a la ciencia como un todo. Para mí eso forma parte, otra vez, de una ofensiva contra el pensamiento crítico. Es como si dijeran: nadie que diga algo diferente de lo que decimos nosotros tiene derecho a hablar. Muchas cosas que dice Milei me remiten a una lógica casi religiosa: una verdad absoluta, un bien, un mal. Entonces cualquier cosa que discuta esos conceptos elementales aparece como un peligro. Por eso se ataca particularmente a las ciencias sociales en lo discursivo, aunque en el fondo se ataque a todas por igual.
—Si pensamos en los reclamos actuales, tales como recomposición presupuestaria, recomposición salarial, aplicación de la ley de financiamiento, ¿qué sería leído por el sistema científico y universitario como una victoria? ¿O hay algo más profundo que se escapa de esa enumeración?
—Creo que hoy la recomposición salarial es esencial. No puede haber asignación de fondos a otras áreas sin recomponer, al menos en parte, los salarios, porque estamos en niveles muy bajos, que hacen imposible la subsistencia. Soy muy pesimista respecto de que eso ocurra, porque entra en colisión con lo que para mí es la columna vertebral de Milei: la idea de no ceder nada que afecte su relato sobre el déficit fiscal. Conceder este porcentaje del PBI, que ni siquiera llega al 1% y que es muy bajo, para ellos sería una derrota discursiva. Por eso soy bastante pesimista respecto de que el gobierno ceda, pase lo que pase. Pero, sí o sí, lo primero que hay que discutir es el presupuesto y la recomposición salarial. Hay que inyectar fondos y mejorar los salarios de la gente, porque no estamos hablando de cómo vivimos: estamos hablando de sobrevivir. Después podremos discutir el sistema científico en términos más amplios. Pero hoy estamos partiendo de algo muy basal. Además, el amparo que se pidió y se concedió tiene que ver con salarios y becas, no con todo el resto de lo que está en la ley. Cumplir eso implicaría recomponer salarios y becas que hoy son vergonzosas, que en muchos casos no alcanzan ni siquiera para el viático de quien tiene que ir a estudiar o trabajar.