¿Y ahora qué?

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El buen ladrón

Milei y sus acólitos aseguran que el sistema puede ser pródigo en prosperidad para todos y que sin Estado no habría corrupción. Mientras, el Presidente predica la utopía del regreso de la ética y la moral. Pero sin interferir en el desenvolvimiento de los negocios privados, claro.

La denominada Batalla Cultural sigue su curso, y amerita continuar avanzando con la revisión crítica de sus principales postulados ideológicos. Una muletilla de Milei, a esta altura casi un tic nervioso, se refiere a la justicia social. La dice y repite cada vez que cuadran las circunstancias: la justicia social para él es un “robo”, o una mera “cuestión de ladrones”, porque no son otra cosa quienes la promueven y tratan de llevarla a cabo.

La idea sería una derivación complementaria de la Escuela Austríaca de economía, y de una sencillez vertiginosa. En efecto, para que un Estado despliegue la justicia social debe redistribuir el ingreso, y para ello previamente debe obtener recursos mediante impuestos.

A nadie le gusta pagarlos, pero el Estado (incapaz por principio de generar riqueza propia) ejerce la coerción siempre que aprueba impuestos y amenaza con sanciones a los incumplidores. Así realiza un acto de fuerza para disponer del patrimonio de un sujeto y dárselo a otro, violando simultáneamente el derecho de propiedad.

Por supuesto que la justicia social no puede ser otra cosa que “injusta” si consiste en quitar a quien produjo para dar a quien no lo hizo y, según Milei, alcanza con gritar que es una justicia (social) injusta para eludir cualquier interrogante respecto del origen del valor y las tenencias respectivas, como si el trabajo humano y la apropiación de cierto plusvalor al momento del reparto fueran cuestiones de otro planeta.

En tanto libertario confeso y contumaz, Milei entiende que el imperio de la justicia requiere la restauración del sistema de mercado, que se fundamenta en el intercambio voluntario. Y para que esto último funcione de modo puro y duro debe suprimirse la intervención estatal, siempre perturbadora y generadora de envidiosos, resentidos, vagos y malentretenidos, burócratas reguladores y declaradamente enemigos de la libertad del individuo, beneficiarios de “la casta” y colectivistas (lisa y llanamente comunistas). Localmente, además es una intervención generadora de peronchos en cualquiera de sus variantes.

En definitiva, deviene aconsejable mantener presente que la justicia social consume impuestos, aunque también podría funcionar con intervenciones estatales apenas más discretas como la de precios máximos o salarios mínimos.

Mucho ruido y pocas nueces

Milei aplicó desde el arranque de su carrera hacia la Casa Rosada estrategias comunicacionales formuladas y probadas por Steve Bannon, entre otros, quien asesorara a Trump durante el primer gobierno, para luego iniciar un tormentoso declive lleno de sobresaltos.

Giuliano Da Empoli lo distingue como uno de los más importantes animadores de la nueva élite de expertos en marketing político y análisis de datos, responsable del cambio de las prácticas democráticas apelando al uso de algoritmos y la explotación de las emociones colectivas. Y agrega que Bannon aconsejó abrumar el entorno digital apelando a mensajes constantes, polémicos y virales, con la intención de correr del escenario a la oposición y desplazar los términos del debate.

Si hace falta para ello saturar el espacio significante, poco importa incurrir en contradicciones horribles, lanzar juicios de valor notablemente mendaces o vociferar insultos reñidos con las más elementales normas de la convivencia civilizada. 

Y algo tienen en común Trump y Milei al respecto: se ubican detrás de un tejido lingüístico extremadamente profuso que invita, porque parece no guardar secretos, a la comprensión mediante una hermenéutica sencilla, aunque a priori condenada al fracaso. Y esto último obedece a que, una vez despejada la niebla de las impresiones primarias, no queda nada para interpretar.

El mal ladrón

Se ha señalado que la expresión “anarcocapitalismo” es un oxímoron, mal que le pese a los libertarios, y si la justicia social es un robo porque atenta contra la propiedad, también podría recordarse que a mediados del siglo XIX el padre del anarquismo de veras, Pierre-Joseph Proudhon, lanzó al mundo una célebre sentencia: “La propiedad es el robo! (La propriété, c’est le vol!)”

Como se ve, la torsión y desplazamiento de los significantes están a la orden del día, contribuyen a la confusión general y convienen a los beneficiarios del sistema. El “robo” merced a la propiedad de los medios de producción descripto por Proudhon nada tiene que ver con el “robo” debido a la justicia social que irrita a Milei. Pero donde se denuncia “robo” debe haber ladrones, y el hecho remite a una escena bíblica merecedora de atención.

Como se recordará, flanqueando a Jesús hubo otros dos crucificados, que luego serían categorizados como el “buen ladrón” y el “mal ladrón”. Como el primero se arrepintió, fue redimido y destinado al Paraíso ese mismo día. Y el “mal ladrón”, lejos de expresar arrepentimiento, decidió burlarse de la situación, rechazar la redención y pedir salvarse físicamente, pero sin transformación espiritual. Se destinó solito a padecer eternamente el castigo del infierno.

Desde entonces, desde hace algo más de dos mil años hasta ahora, la literatura filosófica, la poesía y la dramaturgia trataron el tema. Fueron metaforizados muy diversos “robos” que definieron los ladrones correspondientes, y en algunos casos actualizaron las bases sensibles de la solidaridad social.

Sirve de ejemplo el gran poeta peruano César Vallejo quien, como escribió Américo Ferrari en el prólogo a su obra, expresó “un sentimiento de deuda para con la humanidad mártir”. Lo hizo especialmente en el poema “El pan nuestro”, donde incluyó unos versos que dicen: “Se quisiera tocar todas las puertas,/ y preguntar por no sé quién; y luego/ ver a los pobres, y, llorando quedos,/ dar pedacitos de pan fresco a todos […]/ Yo vine a darme lo que acaso estuvo/ asignado para otro;/ y pienso que, si no hubiera nacido,/ otro pobre tomara este café!/ Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!”

El prologuista Ferrari destaca que “el tono es cristiano, pero se vislumbra ya esa impaciencia de felicidad colectiva, de justicia universal que caracterizarán al Vallejo revolucionario y marxista”, como se manifiesta también en “La cena miserable”, uno de los más hermosos poemas de Vallejo: “Y cuándo nos veremos con los demás, al borde/ de una mañana eterna, desayunados todos.”

Para Vallejo hasta el hecho de consumir (tomar un café) puede sentirse como un robo al que no tiene, y difícilmente quien experimente el consumo personal en esos términos se considere robado por la implementación de la justicia social para paliar un sistema sustancialmente injusto. Y está claro que se trata de una metáfora: en el consumo del poeta radica el robo del derecho a existir que otro no posee, y solamente reparable mediante una solidaridad ilimitada.

Para seguir esperando

Otro de los abordajes recientes más provocadores fue debido al genio de Beckett en Esperando a Godot, donde al comienzo de la obra dos personajes entrañables -Vladimir y Estragón- mantienen una discusión. El escenario está prácticamente vacío, con un camino rural y un triste arbolito marchito en el medio.

A Vladimir lo desvela que de los cuatro evangelistas solamente Lucas mencione la salvación de uno de los ladrones crucificados con Jesús. Los otros evangelistas omiten el detalle, o aseguran que ambos ladrones insultaron a Jesús y recibieron el merecido castigo. Pero Vladimir insiste: “¿Por qué darle más crédito a uno que a los otros?” Estragón dice que la respuesta cae de maduro: porque la gente es estúpida.

El “mal ladrón”, el impenitente final, rechaza la oportunidad de salvación al cerrar su corazón a la compasión y al arrepentimiento, manteniendo su cinismo hasta el final. Según los estudiosos del tema, a la discusión entre Vladimir y Estragón la sobrevuela una sentencia (muy frecuentada por Beckett) que la tradición atribuye a San Agustín: “No desesperes: uno de los ladrones fue salvado. No presumas: uno de los ladrones fue condenado”. Con anclaje en la existencia común y cotidiana, Vladimir y Estragón podrían suponer que si al menos uno de los ladrones fue salvado (por la acción memoriosa de al menos uno de los cuatro evangelistas), es posible, aunque la incertidumbre persista, que ellos también lo sean.

En conclusión, y para convertir lo dicho en una broma sin atenuantes, habrá que referenciarlo con la muletilla de Milei referida a la justicia social entendida como un robo, la calidad de los ladrones emergentes y, por la vía de la soledad o del absurdo, su redención posible. Habrá que recordar que para Milei la cuestión participa de la “batalla cultural”, y necesita instalar la idea de que involucra no sólo un aspecto fiscal (gastar más de lo que entra) sino moral.

Vallejo se ve a sí mismo, por el simple hecho de tener hambre y poder alimentarse, como una suerte de “mal ladrón” con una redención posible en el cambio estructural de la sociedad para beneficio de todos. Los personajes de Beckett ven la escena en el Gólgota como el momento en que la posibilidad se presenta y se brinda a la posteridad, pero en el seno de la incertidumbre respecto del dilema entre ser un “mal ladrón” o uno bueno. 

En Beckett predomina una mezcla de absurdo y desencanto, aunque los personajes continúen esperando la salvación que traerá Godot. Y en ese contexto, en ese ir y venir desde el Gólgota hasta Beckett pasando por Vallejo, es evidente que la Escuela Austríaca de economía y sus ecos tardíos y mediocres no califican, aunque puedan ser dañinos.

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