¿Y ahora qué?

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Trump anunció el fraude que prepara

Fue un discurso formal en la Casa Blanca volviendo a eso de que le robaron la presidencia en 2020 y que no se lo van a hacer más. Es que el costo de la guerra y de su política exterior le anuncian una muy mala legislativa en noviembre.

El primer martes de noviembre, los norteamericanos tienen legislativas. El Presidente Naranja está nervioso porque sabe que no le va a ir bien: todos los números indican que como mínimo va a perder Diputados y, con un poco de viento norte, puede perder el Senado. El análisis político dice que esto le haría muy difícil gobernar. El análisis freudiano dice que Donald Trump no soporta perder en nada.

Esto explica que, a seis años de distancia, siga hinchando con que fue él el que ganó las elecciones de 2020 y no Joe Biden. Y que este jueves diera un discurso largo sobre el tema, advirtiendo que China quiere hacer fraude electrónico en noviembre, que hay legiones de indocumentados que votan ilegalmente y le votan en contra, que el “deep State” lo odia y lo quiere afuera. Es toda charla para la base MAGA, la única que se cree estas cosas. Apenas un 32 por ciento de los republicanos que no se dicen trumpistas le aceptan la idea, y sólo el 23 por ciento de los independientes. Los demócratas no se la creen.

Es curioso, porque la inteligencia norteamericana analizó el tema en detalle durante su primer gobierno y el de Biden, y concluyó que fue Rusia la que trató de influir el resultado, aunque a favor de Trump. Pero el presidente, este jueves, mencionó a los chinos veinte veces y a los rusos apenas una, en medio de una lista de países que supuestamente podrían interferir. Pekín protestó airadamente.

Más allá del frágil ego del Naranja, el discurso es un anuncio de lo que se viene. Trump dijo que le ordenó al FBI y a otras agencias de seguridad investigar posibles fraudes, e insistió en la causa perdida de la Ley SAFE, trabada en el Congreso por falta de votos. La ley haría muy difícil a muchos, sobre todo a los más pobres, poder votar, porque exigiría algo que la mayoría de los norteamericanos no tiene, documentos. Apenas uno en tres tiene un pasaporte, menos todavía tienen esa especie de DNI que dan algunos estados de la Unión, pocos se acuerdan de dónde tienen el certificado de nacimiento. Pero la idea es que todos tengan que probar que son ciudadanos o nativos para votar.

Para el lector argentino: EEUU no tiene un documento nacional de identidad. No les gusta la idea.

Como la ley no va a salir a tiempo y como la mayoría no va a poder mostrar los papeles que les pidan, va a haber mucha discusión sobre el resultado, sobre todo si es tan malo para Trump como se espera. Algunos estados van a ponerse perros con los votantes y nadie descarta que esta vez el presidente movilice tropas para secuestrar las urnas -que allá son maquinitas- y hacer un recuento. Trump ya dijo varias veces que se arrepiente de no haberlo hecho en 2020.

Esto es gritar que hubo fraude y hacer fraude uno mismo.

La guerra

Buena parte del problema de fondo es la impopularidad de la guerra con Irán. Ya está instalada la idea de que fue Benjamín Netanyahu el que llevó a Trump de la nariz, y que el Naranja no tenía un plan claro, que pensaba que los iraníes se iban a rendir enseguida. Lo que terminó ocurriendo es un desastre económico y político que se puede medir con el termómetro favorito del pueblo, el costo de la nafta, que es a EEUU lo que el dólar a Argentina. 

Esta semana la guerra se volvió a calentar porque en el memorándum de entendimiento que iba a permitir negociar una paz quedó un tema en el tintero. La novedad de posguerra es que Irán descubrió que tiene el poder de bloquear el Estrecho de Ormuz y subir el precio del petróleo a nivel global. Los ayatolas abiertamente hablaron de cobrar peaje y descubrieron que con un par de cohetazos bastaba para asustar a las navieras. Trump quedó desconcertado, porque evidentemente no se le había ocurrido. Primero ordenó que su Armada protegiera los buques y abriera el Estrecho, pero terminó aprendiendo un límite de la fuerza militar, que no hay modo de garantizar que ningún cañonazo, dron o cohete pueda alcanzar a un petrolero. Es imposible y con uno solito le alcanza al enemigo.

Después dijo que EEUU iba a proteger la navegación y cobrar un peaje. Le creyeron lo del costo extra, y el petróleo subió inmediatamente, otro tiro en el pie. Este miércoles dio marcha atrás y anunció por sus redes que les había cambiado a los emires el peaje del veinte por ciento por dinero en efectivo, en la forma de “inversiones directas”.

La cuenta

Como se ve, la confusión estratégica de Trump tiene costos concretos. Ya murieron 3500 iraníes, incluyendo 175 nenas de una primaria bombardeada. Los norteamericanos ya gastaron 132.000 millones de dólares de más sólo por el aumento de combustibles y fertilizantes. La Unión Europea bajó a casi la mitad las compras de armamentos en EEUU, aunque está gastando un catorce por ciento más en el rubro. El violento show de ICE hizo bajar el turismo en cuatro millones de visitantes, una pérdida de unos 8.000 millones de dólares que el Mundial no compensó. Las inscripciones de estudiantes extranjeros bajaron un 17 por ciento, lo que le está costando a las universidades mil millones de dólares. Tanto hablar de anexar el Canadá llevó a Ottawa a un nuevo trato con China, que ya les exportó 50.000 autos eléctricos. Los canadienses están produciendo más armas y comprando europeas, para no depender tanto de Washington.

El reacomodamiento es global. Las acciones europeas subieron más que las de Wall Street, la Unión creó un Banco multinacional para financiar la expansión de sus industrias defensivas y creó un instrumento de retribución impositiva por si alguien les pone tarifas. Amenazaron usarlo hace unos meses, y Trump bajó el tono con Groenlandia. La burocracia europea ya no usa Google y se pasó a Qwant, un buscador francés, mientras que Bélgica y Finlandia ya no usan los servicios web de Amazon. China y Rusia sonríen.

Los europeos concluyeron que su seguridad ahora depende de mantener su distancia con Estados Unidos, un país que no acepta las responsabilidades y costos de su hegemonía. Trump sólo ve ventajeros que se aprovechan el paraguas norteamericano, en lugar de pagar por el privilegio de depender de ellos. 

El cambio es también interno y simbólico. Este miércoles, la cámara de Diputados votó una medida para eliminar toda ayuda, militar y económica, a Israel. Era un voto perdido, se sabía, pero es enorme el hecho de que llegó a presentarse y votarse, y que casi la mitad de los demócratas votaran a favor, más el solitario republicano Thomas Massie. Estas cosas no pasaban antes de que Netanyahu demoliera Gaza, como ahora está demoliendo el sur de Líbano y Cisjordania.

Ni Ucrania, que vive con el sombrero en la mano, pidiendo, sigue tan mansita. Esta semana, Kiev firmó un tratado creando una coalición con Alemania, Dinamarca, España, Francia, Holanda, Italia, Noruega, Suecia y el Reino Unido para construir “una capacidad conjunta de defensa contra misiles balísticos”. Los europeos explicaron que “reconocemos la experiencia única de Ucrania”. Nadie dio detalles ni fechas, pero el tema pasa por drones y puede significar una fuerte inyección de dinero a ese sector industrial.

Nada casualmente, Volodimir Zelensky cambió su gabinete esta semana y despidió a su ministro de Defensa, creador de esta guerra electrónica, dronera, flexible. Los generales lo detestaban y la industria militar más, por andar creando competidores incontrolables.

Un festejo

Aunque está mal criticar a los muertos, el Kremlin no pudo ocultar su alegría por la muerte del senador Lindsey Graham, un republicano que era un halcón antirruso y tenía buen acceso a Trump. Graham se murió a dos días de volver de una visita a Ucrania -imagínense las teorías conspirativas que esto disparó- y para Vladimir Putin “era un simple rusófobo”. 

La esperanza es que ahora haya una voz menos que los critique en la Casa Blanca.

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