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La Argentina frente a la incertidumbre global

El discurso de Donald Trump sobre la transparencia electoral y sus posibles implicaciones para el gobierno libertario argentino si los republicanos pierden las elecciones de medio término. Qué pasa con la crisis del costo de vida en EE.UU. La inestabilidad en el estrecho de Ormuz y el modo en que este conflicto bélico afecta las proyecciones de crecimiento e inflación del FMI.

Al analizar el discurso que el POTUS 47, Donald Trump, pronunció para los norteamericanos el jueves 16 de julio en horario central, da la espina de que el peludo de regalo (obsequio que dispensa cualquier hecho político) podría venir con algunas consecuencias directas e indirectas para la Argentina. Se suma la reabierta conflagración que tiene como epicentro geográfico al estrecho de Ormuz.

En el discurso televisado el jueves a la noche, Trump deslizó repetidas acusaciones sobre la organización del sistema de votación estadounidense y la integridad de los resultados de las elecciones de 2020. Veladamente, hizo hincapié en que en esas elecciones (que perdió a manos de Joe Biden) hubo fraude electoral. Esas afirmaciones, en su momento, se probaron falsas y fueron lógicamente desmentidas. El POTUS 47 no puso en duda las elecciones de 2016 ni las de 2024, siendo que en ambas resultó electo.

Si este discurso no es un abrir el paraguas antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato del próximo 3 de noviembre, en las que los republicanos podrían perder la mayoría en ambas cámaras del Congreso, pega en el palo con tendencia a entrar.

Al respecto, señala el New York Times que “el discurso de Trump en horario estelar desde el Salón Este de la Casa Blanca fue un espectáculo asombroso, protagonizado por un presidente empeñado en convencer al país de que no se puede confiar en sus elecciones, al menos no en aquellas en las que él o sus aliados fracasan. Citó documentos desclasificados selectivamente para hacer afirmaciones sensacionalistas sobre las vulnerabilidades del sistema electoral, aunque nada de lo que reveló demostró que los resultados hubieran cambiado realmente”.

Cabe destacar que muchos de los principales medios de comunicación, incluidos NBC y ABC, no transmitieron el discurso en directo, pero lo ofrecieron íntegro en sus servicios de streaming. Trump comentó esto en el discurso, diciendo que las cadenas no lo estaban emitiendo “porque saben lo corrupto que es nuestro sistema y no quieren revelarlo”. Las amenazó con quitarles la licencia.

En el discurso también anunció la desclasificación de documentos relacionados con las elecciones de 2020 e instó a la aprobación de la Ley SAVE (Safeguard American Voter Eligibility Act America), que se encuentra estancada en el Senado. El acrónimo SAVE alude al verbo del idioma inglés “save”, que, entre otros significados, tiene el de cuidar o defender. La Ley SAVE quiere que quienes se registren para votar demuestren con un documento legal que son ciudadanos estadounidenses.

Lo que sería normal para cualquier argentino. Pero en los Estados Unidos no hay un sistema tipo DNI. Es por eso que las organizaciones defensoras de los derechos civiles y los legisladores de ambas bancadas se oponen a la ley, puesto que las actas de nacimiento o los pasaportes no son documentos que los ciudadanos de bajos ingresos obtengan con facilidad. Por otra parte, registrarse para votar sin ser ciudadano está penado muy fuertemente.

Si los republicanos, bajo el liderazgo de Trump, salen derrotados de las “midterms”, el gobierno libertario argentino pierde su principal apoyo material y cultural. Aunque para el corazón y el sentimiento libertarios (suponiendo, de manera algo abusiva, que cuentan con ambos atributos) lo primero importe más que lo segundo, no es desdeñable que Trump haya dicho en el discurso del jueves que “teníamos personas transgénero para todos, hombres en deportes femeninos, la delincuencia asolaba nuestras ciudades y el mundo entero se reía de nosotros como nación, pero eso se acabó. Hace dos años, nuestro país estaba muerto. Ahora somos el país más popular del mundo. Estados Unidos goza de un respeto sin precedentes”. Por cierto, de los datos de la encuesta de Actitudes Globales de Pew se deduce exactamente lo contrario de lo afirmado por Trump.

El estrecho de Ormuz y el FMI

El volver a los tiros en el estrecho de Ormuz por ahí vino a ser otro intento de reanimar la declinante perspectiva electoral. Lo irónico es que las repercusiones económicas pusieron tonos más oscuros al panorama.

El FMI presentó el 8 de julio sus “Perspectivas de la Economía Mundial. La economía global en la encrucijada de la guerra y la tecnología”. Hacía unos días que habían retornado los encontronazos bélicos entre los Estados Unidos e Irán.

El pronóstico del FMI parte de la base de que “el estrecho de Ormuz comenzará a reabrirse a mediados de julio y que las condiciones volverán a la normalidad previa a la guerra en marzo de 2027”.

Bajo esas condiciones (inmediatamente desmentidas por los acontecimientos que sobrevinieron casi a la par), el FMI proyecta un crecimiento global del 3 por ciento en 2026 y del 3,4 por ciento en 2027. En cuanto a la inflación, en las “Perspectivas…” se reflexiona que “el panorama es algo menos alentador. La inflación general global se ha revisado al alza hasta el 4,7 por ciento este año (…) la tendencia desinflacionaria que venía gestándose desde principios de 2024 se ha estancado”.

Los riesgos que avizora el FMI en sus “Perspectivas…” son los que se materializan en la nueva escalada del conflicto entre Irán y Estados Unidos, dado que “podría reactivar la volatilidad de los precios de las materias primas, endurecer las condiciones financieras, poner a prueba las reservas de las políticas y agravar la inseguridad alimentaria en los países de bajos ingresos”.

La crisis del costo de vida

No solo en los países de bajos ingresos. Aunque resulta impropio hablar de “inseguridad alimentaria” para los Estados Unidos, el país más glotón del planeta y con más obesos (que las nuevas drogas para adelgazar están tratando de poner en forma), la canasta alimentaria no va nada bien.

Una encuesta del Washington Post/Ipsos publicada el jueves encuentra que alrededor del 66 por ciento de los compradores estadounidenses considera que los alimentos son inasequibles. Esto representa un fuerte aumento con respecto al 45 por ciento de los encuestados que opinaban lo mismo en febrero.

Un nuevo análisis de Bain & Company, que utiliza datos de comestibles de NielsenIQ, informado por CNBC, dice que las compras de alimentos, medidas en unidades de comestibles que se refieren a artículos individuales vendidos, aumentaron en junio de 2025 un 0,1 por ciento en comparación con 2024. De acuerdo con datos oficiales, entre el 1 de julio de 2024 y el 1 de julio de 2025, la población de los Estados Unidos creció un 0,5 por ciento. En consecuencia, bajó el consumo de alimentos per cápita. En junio de 2026, las ventas de productos alimenticios, siempre medidas en unidades, cayeron un 1,8 por ciento. De acuerdo con proyecciones oficiales, entre julio de 2025 y julio de 2026 el crecimiento de la población decreció al 0,2 por ciento, debido a la fuerte política antimigratoria. En cualquier caso, bajó más el consumo de alimentos.

Conforme a los estándares norteamericanos, los precios de los alimentos están subiendo tanto que los compradores estadounidenses simplemente compran menos comestibles. El análisis de Bain & Company indica que los precios de los alimentos en los Estados Unidos son aproximadamente un 33 por ciento más altos que hace siete años. La caída del consumo de alimentos de estos últimos años sugiere que la inflación prolongada, que se ha mantenido entre el 2 y el 4 por ciento anual en el mismo lapso, finalmente ha obligado a los consumidores a modificar sus hábitos de compra.

Hay que entender un asunto importante con respecto al salario norteamericano, la incidencia de la hipoteca. Durante la Segunda Guerra Mundial y después, era común que las Fuerzas Armadas norteamericanas reportaran que una buena cantidad de potenciales reclutas padecían una marcada subalimentación. Es que la decisión de las familias era y es tener una casa grande y pagar la hipoteca y el mantenimiento del domicilio, o ir a vivir bajo el puente hasta que la nieve lo permita. Con las consecuencias de la crisis del 30 aún sintiéndose en los 40, el gasto familiar se ajustaba por el lado de la canasta alimenticia.

El panorama ahora es menos brutal, pero no muy distinto. Si encima le suben la tasa de interés, cosa que Trump no quiere y busca que baje, y el nuevo mandamás de la Reserva Federal no dice en forma clara ni fu ni fa, las perspectivas electorales no se ven muy positivas, al menos desde estos aspectos.

Si bien los datos de inflación norteamericana de junio fueron más moderados de lo esperado por los economistas, se prevé que los precios de la energía, que experimentaron cierto alivio el mes pasado, continúen subiendo en medio de las renovadas tensiones con Irán. Y entonces el consumo de alimentos seguirá bajando.

Los riesgos de la inteligencia artificial

El FMI observa que “una corrección del mercado derivada de una reevaluación de la rentabilidad de la IA es otro riesgo clave a la baja”. En cambio, “una adopción más rápida de la IA podría impulsar el crecimiento, y una normalización del comercio a través del estrecho de Ormuz más rápida de lo esperado también sería una grata sorpresa”. Por ahora, nones para ambas. No son nada gratas las sorpresas.

En el mismo sentido se había pronunciado el Banco de Pagos Internacionales (BPI o BIS, por sus siglas en inglés), en su Informe Económico Anual 2026, dado a conocer el 28 de junio de 2026.

El informe analiza cuatro puntos críticos que requieren atención urgente. Dice textualmente:

• La inflación ha aumentado. En un mundo con perturbaciones negativas de la oferta cada vez más frecuentes, un riesgo clave es que una inflación elevada se consolide si las expectativas inflacionarias se desestabilizan. Esto podría mantener la presión inflacionaria incluso después de que los flujos de energía y los precios del petróleo se normalicen tras la apertura del estrecho de Ormuz.

• El optimismo en torno a la IA podría no perdurar, a pesar de su promesa de aumentar la productividad en el futuro. El actual incremento en la inversión de capital podría resultar insostenible si los cuellos de botella en la cadena de abastecimiento limitan la producción. Además, la intensa competencia por el liderazgo del mercado podría impulsar la sobreinversión, como ya se ha visto en anteriores oleadas de innovación.

• Las vulnerabilidades financieras siguen siendo motivo de preocupación. La liquidez en los principales mercados de bonos podría ser más frágil debido a las elevadas valoraciones de los activos y la complacencia de los inversores. La financiación de la IA se apalanca cada vez más, lo que implica interacciones complejas dentro de la cadena de producción de la IA.

• La deuda pública, que se encuentra en niveles casi récord, y las tasas de interés más altas están poniendo a prueba la situación fiscal de muchas economías, lo que deja a los gobiernos con menos margen de maniobra para responder a futuras recesiones o crisis.

Dos semanas después estamos en Ormuz a los tiros y, en Wall Street, luego de balances de los grandes bancos con ganancias récord, pinta que se está cayendo en los problemas de la IA que le marcaron, entre otros, el FMI y el BIS. En las últimas dos semanas se registraron muy fuertes fluctuaciones diarias de las acciones de IA.

Una breve pasada por el Price Earning Ratio (también llamado ratio PER), que es un indicador para el análisis de la relación precio-beneficio de una empresa (y su valor), tiene un par de cosas para rumiar al respecto. Los inversores lo utilizan para decidir si invierten o no en una corporación que cotiza en bolsa.

Por caso, si una acción vale 20 dólares y rinde un beneficio por acción de 2 dólares, el PER será de 20 (20/2). Eso significa que, suponiendo que el beneficio se mantuviese estable año tras año, quien invierta en esa empresa recuperará en 20 años el valor del capital que colocó. Por así decirlo, 20 es un valor característico del PER. Más de 20 indica que los inversores están pagando mucho más por cada acción de lo que gana la empresa. Eso puede suceder porque la corporación está para crecer sin parar o porque, a raíz de la especulación, está sobrevalorada. Un PER de 0 a 10 expresa una corporación que está yendo para atrás, o que los inversores no la vieron y está para crecer. Las empresas con PER entre 10 y 20 son las de rendimiento normal.

Cuando se aplica el análisis PER a las ahora muy oscilantes cotizaciones de las acciones de IA, se constata que la relación precio-beneficio promedio a 10 años para el S&P 500 es de aproximadamente 20 veces. Es correcta al considerar promedios históricos de largo plazo, pero difiere de los niveles de valoración registrados en el mercado actual.

En estos días, la métrica que mide la relación precio-beneficio promediando las ganancias de los últimos 10 años registra cifras muy superiores, que oscilan entre 36 y 40. Este PER histórico que promedia 10 años, ajustado por inflación (CAPE, precio-beneficio ajustado cíclicamente), fue desarrollado por el economista Robert Shiller. La media histórica de largo plazo se sitúa en torno a 17-20. Sin embargo, el valor actual ha escalado hasta superar la barrera de 36, un umbral que históricamente solo se había alcanzado durante la burbuja puntocom de 1999-2000.

Un respaldo demasiado lejano

“Prepárense para vivir un verano (boreal) de locura”, comenta Katie Martin, la analista senior de finanzas del Financial Times. Las acciones en Wall Street se desplomaron ayer. Las preocupaciones en torno al auge de la IA flamearon como causa. Las acciones de las empresas de chips fueron particularmente castigadas. El viernes las cosas no fueron mejor.

El gran espaldarazo de Trump que aguarda el gobierno argentino como el reaseguro más importante para la carrera reeleccionaria de 2027, en dólares y apoyo político, de acuerdo con los datos actuales, es un puente demasiado lejos. Y ya se sabe qué ocurre cuando se recorre el largo camino para intentar cruzarlo.

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