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La amistad es el antídoto del odio

Frente a la exacerbación de las tensiones entre los diferentes grupos sociales, que empiezan por dividir a los “argentinos de bien” de los que no los son, el autor propone incorporar conscientemente la práctica de la amistad a la tarea política. El peligro de un calvinismo en versión dogmática y a la bartola.

En un sistema que desata todo el tiempo campañas de odio, fuese por boca del primer magistrado o cualquiera de sus repetidores, es necesario tomar conciencia de que se trata de una política deliberada que persigue la desintegración comunitaria.

Todos contra todos es la consigna, bajo el bastardeo de un valor importantísimo como es la libertad. Según esa atrabiliaria manera de conducirse e intentar descalificar con los insultos más groseros a sus contradictores, el mercado se postula como el ámbito donde se dirimen las ambiciones de cada cual.

De allí surge, siempre en la idealización libertaria, una sociedad donde hay ganadores y perdedores, según el talento y oportunidad de cada uno. Un mensaje claro, tan falso como toda simplificación intencional, que pega muy fuerte en personas desclasadas o con empleos precarios. Alguien los identificó con éxito como los “chicos de Rappi” y funcionó bien a modo de ejemplo.  

La falacia de toda la cháchara sobre el mercado es la suposición inicial de que sus participantes lo hacen en pie de igualdad, o al menos la suficiente para actuar con éxito en las transacciones más variadas, incluyendo conseguir un empleo hasta lo intangible.

Se trata de una inmersión dentro de creencias parciales, propia de la ideología individualista que aísla a las personas y las pone a unas contra otras. El reino de la infelicidad. ¿Les suena? 

Es curioso que esa visión dogmática irremediablemente errada por su sesgo clasista tenga oculta en su seno una inconfesable inspiración calvinista, dado que el fundador de esa corriente (Johannes Calvin, más conocido como Juan Calvino 1509-1564) sostenía que la riqueza adquirida por cada uno era una señal de la complacencia de Dios, a la que se estaba de algún modo predeterminada por la grandeza del Creador. Se trataba de un mensaje perfecto para convalidar los procedimientos de la burguesía ginebrina, donde su influencia fue manifiesta, llegando a organizar la propia sociedad civil. 

Pero como se sabe, la ideología sublimada trasciende al tiempo. Y el calvinismo, como sustrato de creencias altamente compatibles con la afirmación del capitalismo financiero, se expandió mucho más allá de su presencia en el mundo como institución religiosa, con destacada gravitación hasta el presente. Ya verá Roma (el Vaticano) cómo hacer para articularlos en su ecumenismo. 

Por supuesto que siempre hay un mercado, lo importante es conocer sus imperfecciones y corregirlas con sabias regulaciones como han hecho todos los países del capitalismo avanzado, diseñando sociedades de alto consumo, concentración y especulación, y estratificación urbana por calidad de vida.

Desde luego que, aun siendo la concentración de la producción y la innovación tecnológica expresiones de una corriente universal muy potente, monopolizando las ganancias y dirigiendo el flujo de inversiones según sus prioridades, sobreviven pequeños núcleos urbanos medievales, como Brugge (v.g. Brujas, en Bélgica, región de Flandes) con un nivel de disponibilidad material superior, pero son excepciones y quedan como testimonio turístico de un pasado que se vuelve mítico como presunción idealizada de convivencia.

En nuestro tiempo es ineludible pensar en el conjunto de la sociedad, al revés de lo que postula el libertarismo, que favorece la sumisión y manipulación del poder sobre los sectores culturalmente dependientes. 

Y el formato sigue siendo nacional, con vínculos crecientes entre todos los países, o sea que es el ámbito donde se pueden construir entidades humanas regidas por los valores de solidaridad comunitaria.

En este contexto tendencial nos preguntamos qué acciones deben privilegiar los pueblos y sus estados que entienden el progreso como elevación del nivel de vida y cultural para el conjunto de su sociedad

Por eso, en un mundo donde el individualismo desintegrador hace estragos, debemos oponerle la solidaridad del conjunto para la mejora de todos, tal cual lo permite la acumulación y la tecnología ya desenvuelta a esta altura por la herencia de la humanidad.

Eso no ocurría en el pasado. Es un logro del siglo XX no completado por la forma en que se continúa realizando en el XXI la apropiación y la distribución de la riqueza generada por el trabajo humano. 

Nos estamos refiriendo a la acumulación desigual crecientemente monopolizada por corporaciones multinacionales. Este proceso es ampliamente conocido, aunque se lo ignora al momento de decidir, porque la concentración de poder y riqueza no persigue la igualdad y libertad de decisión autónoma entre los miembros del género humano.

La concentración del poder económico persigue al mismo tiempo su hegemonía política y en los últimos lustros aparece una emanación sublimada en las corporaciones tecnofeudales, que desprecian abiertamente las formas democráticas. 

Ellas están caracterizadas por controlar la innovación tecnológica sin perjuicio de dominar mercados utilizando viejos procedimientos de dumping y producción desarticulada a nivel espacial. Es decir, por fuera de la dinámica nacional de los países que deben garantizar a sus poblaciones el mejor nivel de vida posible en cada tramo del avance tecnológico y asumiendo la abundancia creciente de bienes materiales.

Ello configura la más absurda paradoja contemporánea: que disponiendo como nunca la humanidad de recursos materiales como para elevar las condiciones de vida y de cultura del conjunto del género humano, la apropiación y concentración del poder y los medios de producción regulan de modo absurdamente mezquino la mejora social general. 

¿Y por casa cómo andamos?

La amistad, el lazo que nos vincula con personas elegidas por el corazón con independencia de todo cálculo especulativo, es un constituyente esencial de la cultura argentina

Nos lo hacen notar quienes vienen de otras sociedades con diversos modos de relación entre seres humanos. Y no lo advertimos por aquello de que “el pez no ve el agua” porque vive en ella. Así, los argentinos no teorizamos mucho sobre la amistad, sino que la vivimos con absoluta y total intensidad. 

Hay frases célebres al respecto por todos lados, pero su vivencia es lo fundamental. La cita de Borges, sin embargo, parece obligatoria, cuando destaca que el vínculo amistoso no requiere, como en cambio necesita el amor, de la frecuentación ni de la totalidad. Quedó estampada en la anécdota de que su amigo Manuel Peyrou, contertulio frecuente, olvidó avisarle de su casamiento. 

Nuestro querido compañero Jorge Landaburu nos remite a la philia griega, como lealtad y afecto recíproco que se proyecta a la familia y nuestros compatriotas. Menuda actualidad tiene el asunto. Pablo Anzaldi, por su parte y como el minucioso investigador que es, evoca a Aristóteles en su Ética a Nicómaco, cuando describe los componentes de la amistad (afecto, diversión, y su forma superior, la virtud, en su modo más pleno) y la concordia para convivir. 

Literatura al respecto, entonces, no nos falta. Veamos entonces porqué, hoy, en las penosas condiciones actuales, esa característica nuestra se vuelve más importante que nunca.

Necesitamos valorar y ampliar la amistad como resistencia y remedio contra la agresividad destructiva del individualismo que trata de imponérsenos por medios poderosos. Busca reducirnos a sobrevivientes dispersos, baratos para contratar y descartar, y en última instancia meros consumidores, a los que se maltrata. 

Contra todo eso reaccionamos con la fraternidad como consigna constitutiva de la república, lo que tenemos en común, concepto también manoseado para oponerlo a la democracia. 

En las actuales y tristes circunstancias que vivimos el riesgo es, también, encarcelar la amistad en el círculo privado de relaciones que todos tenemos, puesto que se trata de reconstruir una verdadera convivencia solidaria entre los argentinos, dañada por errores sucesivos en las acciones emprendidas por los sectores dirigentes, que han fracasado en construir un sistema de mejora social continua. 

Allí es donde cuesta mirar con afecto a esos presuntos dirigentes que se perdieron en el laberinto de sus propios intereses, pero también es necesario, porque la “corrección fraterna” es un legado de la cultura occidental aún anterior a la modernidad. 

Y lo más complicado de este llamado a valorar y ampliar la amistad como acción política es extenderla, por difícil que sea, a nuestros compatriotas que se han dejado ganar por las ideas destructivas de un mal entendido liberalismo que entre nosotros casi nunca ha sido generoso.

Hay que encontrar, con esfuerzo y creatividad no exenta de astucia, el modo de albergar al contradictor en una identidad mayor que nos contenga, esto es la patria, tan despreciada de hecho y reducida a una resonancia formal, cuando su fortalecimiento es condición ineludible del nivel de cultura de cada ciudadano, cuya responsabilidad es personal, pero su inserción es comunitaria.  

La deliberada fragmentación de la sociedad y su cultura política en la Argentina, donde concurren factores locales y de orden global, va de la mano con la atomización y falacia de los debates que aparecen ante el público, segmentado a su vez por sus perfiles determinados por sus preferencias de consumo. 

Los debates fundamentales ya casi nunca se realizan en el ágora (o sea en el ámbito de lo público) sino que se manipulan en la intimidad de cada individuo y mediante formatos (redes) generalmente insustanciales y fragmentarios. Con ello obturan para muchos la comprensión y el acceso a las cuestiones centrales y unificadoras de la lucha legítima por mejorar las condiciones de vida y de cultura en nuestro país.

Las mediciones objetivas muestran que el enfoque de integración de la sociedad nacional va rezagado en el total de cuestiones que se debaten on line donde predominan asuntos menores y distractivos, cuando no directamente campañas de odio. 

Ese es el territorio de la pretendida “batalla cultural” que plantea Milei y sus operadores donde no hay nunca debate en serio sino sea pura descalificación del otro y enunciación arbitraria de consignas dañinas para la necesaria fraternidad entre compatriotas. 

Pero no hay que regalarles esos “territorios” (o ámbitos de manejo de la parte de la opinión pública que sólo se informa por esos medios) y por lo tanto hay que enfrentar las simplificaciones que los libertarios quieren pasar por ideas con inteligencia y creatividad. Las redes llegaron para quedarse y no son en sí mismas perversas, sino que depende, obviamente, de cómo se utilizan. 

Desde luego, puede resultar ridículo decirle “te amo” a un operador libertario que trabaja para desorientar e imponer falsedades, pues la fraternidad verdadera (ver en cada prójimo un compatriota, aunque sea un adversario) nos debe inspirar para encontrar el camino de la convivencia y el establecimiento de una verdadera civilización política. 

En este plausible y deseable objetivo es donde en definitiva todos los miembros de una comunidad concurren desde sus respectivos modos de ver a enriquecer el conjunto, desplegando la cultura propia, amasada en la creatividad de sus voceros, artistas e intelectuales y el pueblo que asimila y transforma las influencias externas en su propio modo de ser.  ¡Viva la amistad!

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