La estrategia de los malos modales es utilizada inicialmente por políticos que buscan diferenciarse a través de la transgresión y demostrar que no fueron cooptados por la casta. Provoca, expulsa y marca que hay un ellos y un nosotros que imposibilita el diálogo. La semióloga Alejandra Vitale lo explica en esta entrevista.
Vitale es profesora titular de semiología de la Universidad Nacional de Buenos Aires, expresidenta de la Asociación Argentina de Retórica y de la Sociedad Argentina de Estudios Lingüísticos. Además, codirige la maestría en retórica y argumentación de la Universidad Nacional de Tucumán y co-coordina la red de estudios discursos políticos de la Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso.
–¿Podría explicarnos en qué consiste la estrategia de los malos modales?
–Vitale: De trata de la violación de reglas pragmáticas de la comunicación pública y de normas de la interacción social que cumple con tres funciones fundamentales.
1- Acrecienta la presencia y llama la atención con el objetivo de que el auditorio se conecte más.
2- Construye identidad. Al violar las reglas pragmáticas de la comunicación, resulta innovador y ayuda a construir una identidad política vinculada al antisistema, que puede llegar a ser valiosa para sectores de la población decepcionados y con demandas insatisfechas requeridas al sistema político tradicional. En este sentido, estos malos modales también construyen identidad política a través de la descortesía y se contrapone a la cortesía como un límite o un contenedor de la violencia verbal.
3- Es un discurso manipulador. Contribuye a dar una imagen de sinceridad de quien usa esta estrategia de violencia verbal y provocativa porque, con esta forma de comunicación, el orador lleva a su auditorio a adherir a lo que él o ella quiere sin dar argumentos lógicos sino con el uso de las emociones.
–¿Es como convertir a la política en una especie de espectáculo?
–Vitale: Ruth Goodhart, por ejemplo, aseguraba que los políticos que usan la estrategia de los malos modales aumentan su índice de audiencia. Esto de los malos modales está en relación con lo que el semiólogo Norman Fairclough (N. de la R.: profesor emérito de Lingüística de la Universidad de Lancaster) llama la conversacionalización del discurso público o cómo las formas de hablar en el mundo privado aparecen en el mundo público. Es decir, que no solo en el discurso político, sino que también en otros discursos sociales aparece este resquebrajamiento del lenguaje formal. Pero está claro que no todas las extremas derechas usan los malos modales.
–¿Quién la usa? En Argentina tenemos un modelo muy claro con Javier Milei. ¿Quién más en el mundo, a nivel político, está utilizando la estrategia de los malos modales?
–Vitale: El caso más notable es Donald Trump y también Jair Bolsonaro, que lo tenemos muy cerca. Kast, en Chile, no lo hace. Pero lo que considero como esencial es la retórica de la exclusión. En ese sentido, sí lo veo como que en algunos casos está con buenos modales y en otros con malos modales, pero todos legitiman políticas que cercenan derechos a minorías y buscan excluirlos del campo político y social.
–En Argentina está clara esa exclusión de los jubilados, las personas con discapacidad, pacientes oncológicos, investigadores, etc. ¿No les interesa el voto de estos sectores sociales?
–Vitale: Un discurso se dirige a múltiples auditorios en las democracias occidentales parlamentarias y hay un grupo que seguramente se considera que no es importante y otros sí. Es muy claro, por ejemplo, cuando Trump humilla a los mexicanos, aunque no votan.
–Sigo sumando grupos: médicos de la salud pública, personal de la Administración Pública, docentes, investigadores del CONICET, trabajadores de gremios muy castigados por despidos, etc. Si sumamos los grupos que deja fuera, la pregunta es ¿quién los vota?
–Vitale: Bueno, hay grupos que deja fuera, pero otros empiezan a ser menos solidarios y a cuidar el nicho propio. Y a eso también se llega por efectos emotivos y por la legitimación de esas políticas. Incluso Milei, con las políticas de género usa el argumento que ya se analizó en Europa: es por el bien de ellas, así que no las vamos a minorizar. Entonces, una cosa es el hecho crudo y otra cosa es cómo se lo semantiza y en qué estrategias argumentativas de legitimación de esas políticas aparecen.
–¿Qué lugar ocupa la burla en esto?
–Vitale: Como una estrategia de construcción. Por un lado de comunidad, porque la burla tiene el que ríe y el tercero que es la víctima. La burla tiene que ver con una estrategia de ridiculización del otro y de exclusión. En ese sentido, también va a tener que ver con esta violencia verbal de las malas palabras. Tiene que ver también con posicionarte desde un lugar en el que tenés más poder que el otro o que sos canchero o canchera. También con estereotipos de masculinidades conservadoras. Este burlarse del otro está inserto en estas políticas de las emociones vinculadas a la falta de empatía y solidaridad con el otro.
–Y de dominación de minorías porque desde esa burla sienten que hay un ser superior y otro inferior. Suena bastante vinculado a las políticas de propaganda nazi también, ¿no?
–Vitale: Hay estudios que indagan en lo que llamamos memoria discursiva, es decir, el retorno y reformulación de estrategias usadas por las dictaduras europeas en nuevas coyunturas con toda la recontextualización que eso implica. En muchos casos, la burla tiene que ver con metáforas deshumanizantes que legitiman -después- la violencia física. También hay estudios que indican que los discursos homofóbicos o xenófobos favorecen el pasaje al acto. Por eso existe una alerta y máxima preocupación entre quienes compartimos un imaginario democrático.
–Está más que claro que el discurso de odio empieza con la palabra. El primer discurso odiante es la palabra, no es la agresión física.
–Vitale: Exacto, justamente esa burla que en muchos casos tiene que ver con lo jocoso, con lo humorístico, puede ser analizada como discursos de odio indirectos y son una coartada que minimiza o quita responsabilidad al orador u oradora. Para los especialistas en retórica, nunca la forma está disociada del contenido, siempre importa la ideología de las formas. No nos tienen que hacer pasar de vista qué tipo de políticas estamos legitimando.
–¿Es posible hacer algún tipo de comparación entre los discursos de Jair Bolsonaro y Milei?
–Vitale: Hay algo en sus trayectorias que es bien distinto porque Milei es un economista, ha explotado mucho esa imagen de experto junto a la imagen de outsider. Bolsonaro fue diputado muchísimos años, sin embargo, en su campaña presidencial se mostraba como que venía por fuera y ahí explotaba su pertenencia a las Fuerzas Armadas. En ambos casos hay, por ejemplo, una reconfiguración de la memoria crítica de las dictaduras militares de ambos países. En el caso de Bolsonaro es aún más grave, porque él hace una exaltación explícita y laudatoria de la dictadura militar, cosa que en la Argentina aún hoy no hay algo del límite de lo decible porque el Nunca Más y los juicios de lesa humanidad generaron un consenso público de que cosas que dice Bolsonaro en Brasil, en la Argentina no podrían ser dichas.
–Usted habla de Bolsonaro padre. ¿Y Bolsonaro hijo?
–Vitale: Bueno, por lo que se lee, Bolsonaro hijo es la cara más amable del bolsonarismo. En ese sentido es interesante cómo, según suele decirse, para ganar las elecciones hay que moderarse, porque justamente este hijo de Bolsonaro es más moderado que el otro. Mis colegas y amigos de Brasil están muy preocupados porque -claramente- el sector de profesores y universitarios de Brasil fue y puede ser víctima de las políticas del bolsonarismo.
–¿Qué cree que termina provocando en estos sectores castigados la humillación provocada por estos presidentes?
–Vitale: Como hipótesis creo que provoca desesperanza, sobre todo en el campo universitario. Y en los periodistas puede provocar, en algunos, políticas de coerción. Si eso se va a traducir en actitudes más contestatarias de lucha en el espacio público y de resistencia, podríamos decir, es una cuestión de contingencia y de acción política.
–Viendo en forma retrospectiva, estos últimos años con Milei, lo que ha pasado con Bolsonaro también en Brasil, con Trump en Estados Unidos, ¿hay alguna evaluación general que pueda hacerse sobre las consecuencias políticas que la extrema derecha genera en estos países?
–Vitale: Estos formatos de ejercer la política promueven lo políticamente incorrecto, legitiman la humillación de la violencia, legitiman políticas públicas donde la otredad está excluida y, sobre todo, son peligrosas para la convivencia democrática, en donde el problema de vivir juntos -aun pensando diferente- es fundamental. Desde la retórica son muy cuestionables este tipo de liderazgos -que yo considero autoritarios- porque estos malos modales resquebrajan las condiciones para que haya una argumentación. Si vamos a argumentar, lo primero es abandonar el recurso a la violencia y escuchar al otro, por lo menos momentáneamente mostrarme dispuesta a que el otro puede persuadirme, intercambiar argumentos.
–¿Qué proyección inmediata ve? A mediano plazo, ¿qué puede pasar en la sociedad con el discurso de los malos modales donde hay gran parte de la población que se siente violentada por esta forma de comunicación política?
–Vitale: Hay gente que, lamentablemente, deja seducirse por estos malos modales porque expresan convicción, sinceridad y porque parecen patear el tablero frente a los políticos tradicionales. Veremos si se puede pensar en una oposición capaz de neutralizar la eficacia que hasta ahora, indudablemente, tuvo este tipo de lenguaje político novedoso para la Argentina.
–La última, ¿es optimista?
–Vitale: Sí, porque creo que todo depende de lo contingente de la lucha, de la conformación de colectivos que compartan ideales y también discursos que tengan una condición de posibilidad y de resistencia. Me parece que todos los que tenemos ciertos años y vivimos la dictadura militar, sabemos que no hay mal que dure cien años.