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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
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El cosmos es un zapallo IV

POR

Episodio XLI. Las cuatro se pusieron a pensar. Tenían que elegir un título para la obra que había escrito Giselle. Las posibilidades eran cuatro: “Muertes y banquetes; “Los sirvientes felices”; “Espectaculares agonías” o “Trillonarios voraces”.

-¡No piensen tanto, chicas!- Pidió Giselle-. Digan el título que primero le viene a la cabeza.

-“Los sirvientes felices”, -dijo Stella,- e inmediatamente, Romina y Natalia asintieron.

Algo indicaba que la noche iba terminando. El cielo seguía oscuro sin luna ni estrellas, pero empezaba a correr viento y a sentirse un frío nuevo.

-Sí, pongamos de título “Los sirvientes felices”. Todos tendemos a creer que la servidumbre es fea, sí, pero hay gente que no conoce otra forma de vivir y puede ser feliz siendo sirviente. Los jóvenes de tu obra, Gise, eran capaces de soportar una muerte dolorosa con tal de experimentar unos pocos años de confort, de calefacción y alimento aunque fuera sirviendo. Es como trabajar endeudándose. O tener unos días de consumo sabiendo que después la vas a pagar con creces. No importa. Siempre vale la pena bailar en una fiesta aunque sepas que después te va a doler todo. O jugar a la pelota en un baldío aunque después te lesiones. “Quién te quita lo bailado”, dice el refrán.

Stella se sorprendió de oír a su hija hacer reflexiones de ese tipo delante de ella. Las demás, también. Son efectos de la oscuridad, de las noches largas, pensó Giselle. Natalia siguió hablando:

-Un amigo mío, Franco, de la secundaria… Ustedes lo conocen. Después estudió ingeniería. Hablo de Franco, el de rulitos. Pidió un préstamo. Tenía que comprar unas pomadas dermatológicas y gasas para él y para la hija que son carísimas. Pidió a Mercado pago, o a la otra, a Pago fácil, no me acuerdo bien. Ahora tiene un choclo encima y me pidió plata a mí. Y yo te voy a pedir a vos, Romi. No te dije antes, pero ahora no puedo esperar más. Me llamaron cinco veces para reclamarme a mí la deuda de él. Me llamaron así de golpe sin avisar. A él lo apretaron. Yo le dije que no les creyera nada, que no le van a hacer nada, pero algo va a tener que ir pagando. Pidió muy poco, un millón pesos argentinos que se le hicieron cinco millones. Quizá, para vos, Romi, sea poca guita, pero para muchos es más que un sueldo, para muchos es imposible de conseguir. Yo a Franco no le voy a cobrar intereses. Vos a mí, Romi, tampoco.

– Claro que no, Nati.

-La cosa es que Franco pidió la guita que necesitaba y un poco más para comprar Dermadexial y unas gasas para él y para la hija, y me dijo que se sintió feliz, poderoso, porque, ni bien lo pidió, le apareció la guita en la cuenta del celular y al día siguiente fue a la farmacia y compró. Compró sin mirar el precio. Compró como si fuera “un tipo de guita”, “un hombre de dinero”, eso que siempre quiso ser. Después fue a una carnicería con Julieta, la esposa, y compraron un asado de tira. Compraron y sintieron los dos que se les agrandaba el pecho. Sí, comprar es lindo, claro. Aunque sea comprar un poco, pero comprar. Comprar sin hacer cuentas, sin pensar en hacer dos o tres pagos, comprar así nomás, comprar lo que necesitás sin estresarte calculando, sin renunciar a otras cosas, comprar sin pensar en números…

-¿Pero, qué compró?- Romina no entendió bien.

-Eso, Romi. Las cosas que necesitaba. Y dice que pagaría lo que fuera por esos instantes de felicidad.

-¿Y lo votó?

-Sí, Gise, Franco y Julieta lo votaron.

-Entonces no le prestes. Que se joda.

– No puedo dejarlo en banda. Es un amigo de muchos años. Además, no les conté. A la madre de Julieta la llamaron, no se sabe qué le dijeron, la cosa es que la señora está internada.

-Pero le vas a prestar vos, Nati. Y Romina también. Y van a hacer una cadena y los intereses van a subir. Corten la cadena acá. Cortásela vos a Franco, Nati.

-Tiene razón Giselle. Hacé eso, Nati, cortá esa cadena… Cortemos nosotros esa cadena, chicas, ya.

La luz seguía cortada. Las cuatro se levantaron para irse a dormir dejando la mesa puesta. Igual, aunque pareciera demasiado tarde, aunque la noche se hiciera eterna, había empezado a clarear.

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