El racismo vernáculo está vinculado a la invisibilización de las poblaciones herederas de la diáspora africana y los pueblos indígenas, ahora exacerbado por grupos de poder que perdieron el prurito de marcar las diferencias, aseguró la historiadora Magdalena Candioti en esta entrevista.
El territorio que después iba a conformar la Argentina fue pionero en abolir la esclavitud. Primero, con la ley de vientres libres de 1813, que declaraba que los hijos de esclavas ya no serían esclavos. Y muchos años más tarde, al abolir la esclavitud por completo en 1853. Esta liberación, que se dio a la par de la independencia de la corona española, tuvo sus particularidades en las Provincias del Río de la Plata, marcadas por una competencia entre los propietarios de esclavos y el Estado para apropiarse de la fuerza laboral y militar de los esclavos. Y fue fruto de muchas y variadas negociaciones para conseguir la libertad de hecho.
Magdalena Candioti, historiadora, investigadora del Conicet y profesora en la Universidad Nacional del Litoral, aborda las ambigüedades y contradicciones del proceso liberador en base a registros policiales, jurídicos y religiosos en ‘Una historia de la emancipación negra’ (Editorial Siglo XXI). Y no le rehúye al debate que generó el Mundial de Fútbol: ¿los argentinos somos racistas?
–Se supone que casi no quedan negros en el país. ¿Es así?
–Candioti: En ‘Los afroargentinos de Buenos Aires’, el historiador George Reid Andrews afirmó que, por un lado, fueron carne de cañón porque murieron en las guerras de independencia y en la del Paraguay, pero analizó listas y concluyó que no fueron mandados especialmente al frente. Yo agregaría que tuvieron una fuerte sobrerrepresentación en relación a su proporción poblacional. Y si no morían o quedaban heridos, una vez que regresaban eran convocados de nuevo para la guerra del Brasil, guerras civiles o para los avances contra los indígenas. Eso dispersó a muchas de estas familias, porque la guerra implicaba irse a campañas de años. También hay que decir que no hubo ejércitos de esclavos, sino que hubo “rescates militares”, es decir la compra forzosa a los amos para que sus esclavos se incorporasen a las armas, y desde que fueron parte de los batallones y regimientos fueron considerados libres. Con estas acciones se abrió una nueva competencia entre el Estado y los amos por el uso de esta mano de obra.
–¿En qué empleos se usaba a los esclavos?
–Candioti: Para el sostenimiento de algunas producciones, como artesanos, panaderos, herreros, vendedores ambulantes, etc.
–¿Qué otra causa provocó la desaparición de los afroargentinos?
–Candioti: Además de los muertos en las guerras se produjo el mestizaje ya que no existía la prohibición de matrimonios interraciales. Yo analicé casi todas las parroquias de la Ciudad de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX y encontré africanos y afrodescendientes casándose entre sí, o con personas racializadas, como pardos y mulatos, y no tanto con personas no racializadas. (N. de la R.: Una persona racializada es una persona a la que una sociedad atribuye una categoría racial por su color de piel, rasgos físicos, origen étnico, ascendencia, nombre, acento u otros elementos. El término hace foco en un proceso social, es decir en cómo una sociedad convierte ciertas diferencias reales o percibidas en categorías como “negro”, “blanco”, “indígena”, “asiático”, etc., y les asigna significados, estereotipos o jerarquías). Pero el mestizaje no necesariamente llevó a la desaparición de una población. Por eso hay que recordar la dimensión violenta del mestizaje, con indígenas desde la conquista y con mujeres esclavizadas.
–¿Sirven las categorías como mulatos, pardos o mestizos?
–Candioti: Es una clasificación de castas que se difundieron en México, Nueva España y Lima, pero no tienen rigor científico en el Río de la Plata. Es como una negociación que define prestigio: un pardo va a ser más prestigioso que un negro. En los registros, los más extendidos son negro y moreno, que se consolidaba como una categoría más respetuosa.
–¿De qué dependía esa invisibilización?
–Candioti: De una dimensión demográfica. En parte los negros “desaparecen” porque se los deja de registrar así. A su vez, para las élites de ese momento fue un gesto de modernidad: – esto no importa, no lo registramos porque no nos tiene que importar. Estaba esa promesa muy liberal de decir que no importan las diferencias, pero, al mismo tiempo, el primer censo nacional de 1899, planteó que estas poblaciones eran inferiores y estaban destinadas a desaparecer. Y si iban a desaparecer, ¿para qué iban a contarlas? También, esa invisibilización respondía a un proyecto nacional de ligarse a la eurodescendencia.
–¿Por qué en países como Uruguay o Brasil es tan clara y notoria la presencia de afrodescendientes?
–Candioti: Brasil es incomparable porque llegaron 5 millones de africanos esclavizados y el tráfico se mantuvo de forma ilegal hasta 1850. En Uruguay, hasta aproximadamente 1825 siguieron practicando el tráfico porque como Provincia Cisplatina estuvieron subordinados al Imperio del Brasil. Además, tuvieron, entre los 30 y los 40 del siglo pasado, proyectos de colonos africanos, una práctica de esclavización subrepticia en la que llegaban endeudados y tenían que trabajar para pagar la deuda. En cambio, en lo que luego sería Argentina, la prohibición del tráfico se produjo en 1812. Luego de esa fecha solo 2.000 africanos ingresaron en el marco de la guerra con el Brasil y operaciones de corso que autorizaron a tomar barcos esclavistas. Los llevaron, sobre todo, a Carmen de Patagones. En Montevideo los africanos se concentran en dos barrios del centro donde se da una fuente de sociabilidad y endogamia negra más fuerte que en Buenos Aires. Aquí, Monserrat y Concepción eran barrios súper negros, pero la presión inmobiliaria y las reformas urbanas los fueron desplazando.
–¿Cuántos argentinos tenemos alguna gota de ascendencia africana?
–Candioti: No lo sabemos con exactitud. Distintas investigaciones afirman que llegaron unos 70.000 esclavos al Río de la Plata entre 1770 y 1812, pero somos muchos más de los que sabemos. Las presiones para invisibilizar a la población de origen africano no fueron sólo estadísticas; fue una política del Estado al hablar en términos de pasado de la esclavitud, de la diáspora africana, y de perseguirlas sistemáticamente como proyecto de autoorganización. Es atacada la idea de que tiene que haber una identidad de las personas de color, como se llamaban en ese momento. Hay muchísimos afroargentinos que van a tratar de aceptar esta invitación a una nación que, se supone, no va a tener colores y va a nacer una etnicidad ficticia, común, donde no van a importar los orígenes anteriores. Pero esa idea tiene un supuesto jerárquico: una parte va a tener que quedar eliminada. Los indígenas y los afrodescendientes se tienen que transformar para poder integrarse. Muchas personas tenemos mezclas, colores. No todos los argentinos somos blancos y eurodescendientes.
¿Y cuántos se consideran afrodescendientes?
–Candioti: Unos 300 mil, que a su vez vienen de distintas diásporas. Algunas vienen de la época de la colonia. Después estuvo la ola de la inmigración entre fines del siglo XIX y principios del XX. Una viene de Cabo Verde, que está asentada en Dock Sud y Mar del Plata. Fueron en el inicio unas 80 mil personas, pero es difícil cuantificarlas porque ingresaron con pasaportes portugueses porque, en ese momento, Cabo Verde era una colonia de Portugal.
Muchos de los afroargentinos actuales son descendientes de esa diáspora voluntaria. Y después, desde los ´90, tenemos migrantes de África Occidental, particularmente de Senegal.
–¿Cómo se dio ese proceso de liberación de los africanos de la colonia?
–Candioti: Fue gradual, porque las personas se van a seguir comprando y vendiendo hasta la abolición absoluta en 1853, pero en el libro muestro los límites y las trampas de esa política, que no fue tan inmediata ni tan benevolente. La mayoría de los casos de libertos que analicé no fueron libres inmediatamente, sino que como libertos tenían que trabajar gratuitamente y quedar bajo el control de los amos de sus madres hasta los 20 años. Esa fue una manera de prolongar el trabajo no libre hasta 1853.
–Otra idea extendida es que en el Río de la Plata se trataba mejor a los esclavos que en otras partes de América. ¿Eso se comprueba?
–Candioti: El tópico sobre la supuesta benignidad de la esclavitud hispanoamericana fue muy abordado en las comparaciones con otros escenarios, sobre todo con el mundo anglosajón. El investigador norteamericano Frank Tannenbaum hizo la primera comparación de los sistemas legales del mundo anglosajón e iberoamericano y afirmó que lo que hacía más benigno al último es la posibilidad de que las personas puedan comprar su libertad y la posibilidad de que los amos puedan otorgar esa libertad. Según él, eso se debe a la diferencia entre el protestantismo y el catolicismo porque el catolicismo hacía un énfasis en la personalidad de los esclavos, como personas que se tienen que bautizar, que se pueden casar, y en el mundo anglosajón eso no era tan así.
A mí me interesó pensar el tema desde el punto de vista de las personas esclavizadas y ver los pactos, los arreglos y las negociaciones de las que resultaban esas libertades. Por un lado, está la autoexplotación a la que tenían que someterse las personas para ahorrar dinero y, en vez de descansar, poder ganar algo de peculio para comprar su libertad. Esa inversión muchas veces era familiar, para manumitir a un miembro, a los padres, a los hijos o, si las mujeres todavía no habían parido, manumitirlas para que los hijos nacieran libres. Y en el caso de las libertades gratuitas, que se pautaban en general para después de la muerte del amo, implicó una política de sujeción, de demostración de fidelidad y de buen comportamiento para lograr esa entrega.
–¿Se produjeron revueltas acá?
–Candioti: No. Hubo revueltas en barcos y dos conspiraciones que fueron descubiertas y prevenidas. Una en 1812 en Mendoza, a partir de rumores de que se tomaron medidas a favor de los esclavos y que no se las están comunicando. Incluso hay un papel que dice “vamos a hacer como lo hicieron en Santo Domingo”. Las manumisiones funcionaron como una válvula para prevenir ese tipo de prácticas extremas. También una práctica ilegal permanente muy extendida en el Río de la Plata es la fuga. Y también se realizaron castigos, hubo casos judiciales de sevicia, que son de castigos excesivos por parte de los amos, y también estuvo la práctica de encarcelar.
–¿Había esclavos casados con un liberto que vivieran en sus casas e iban a las casas de los amos a trabajar?
–Candioti: Las casas de los propietarios más acomodados eran grandes y esa pareja podía vivir allí o en un rancho al lado. En Santa Fe trabajamos con el caso de una familia que vivía donde está el Museo Histórico. Había esclavizadas casadas con indígenas que eran trabajadores dependientes de la misma propiedad: no son esclavos, no son cautivos, pero viven en la misma propiedad. Esto se daba porque la Iglesia ponía énfasis en la idea de que los esposos hagan lo que se llamaba vida maridable, es decir que pudieran vivir bajo el mismo techo.
–¿Cuánta discriminación había una vez liberados?
–Candioti: Una vez que compraban su libertad solían tratar de comprar terrenos para construir ranchos, y si tenían más prosperidad construían piezas para alquilar. Algunos más prósperos van a comprar pulperías o a establecer pequeños comercios. Donde sí pudieron progresar y tener un rol fue en la carrera armada. Algunos van a llegar a capitanes o sargentos y tener cierto prestigio social. El caso más excepcional es el de Domingo Sosa, un capitán que después de la caída del rosismo, llegó a ser representante. Otra institución es la Policía y las fuerzas de seguridad. En la segunda mitad del XIX hubo mil casos de ascenso. La hija de un famoso afroargentino de Mendoza, de Lorenzo Barcala, fue maestra.
¿Qué opina del debate que generó el Mundial de Fútbol? ¿La Argentina es más, menos o igual de racista que otros países de la región?
–Candioti: No sé si tiene sentido el “racistómetro”. En comparación con regímenes de desigualdad establecidos legalmente durante mucho tiempo y tan persistentes, como Estados Unidos, o cuando lo dicen desde países que organizaron genocidios, entiendo el enojo que genera a los argentinos que nos acusen de racistas. Es uno de los países donde menos se discute la cuestión. No sé si somos los menos racistas o los más negadores del racismo. A veces por buenas razones: está la promesa fundadora de que no va a importar el origen de las personas, que no nos tiene que importar el color. El racismo en Argentina tiene que ver con esta historia de invisibilización de distintas poblaciones que conformaron y conforman nuestro país: herederos de la diáspora africana y pueblos que se identifican como indígenas. Por otro lado, existen y se multiplican miles de discursos súper racistas, ahora directamente desde el gobierno y de personas muy cercanas que perdieron el prurito de no ser abiertamente racistas. Antes era más tabú. Hay un montón de categorías que están racializadas, como decir “villero”. Eso supone que alguien que vive en una villa miseria tiene una característica moral, social y cultural de la que no puede prescindir.
–Cuando Evita hablaba de “mis grasitas” y “cabecitas negras”, ¿era una reivindicación u otra forma de discriminación?
–Candioti: Hay muchos ejemplos en la historia de tomar insultos y tratar de convertirlos en lo contrario: la valoración de aquello que para otro es un insulto para mostrar que uno no tiene por qué pedir perdón o sentir vergüenza por ser de esa forma, o ser llamado de ese modo. En el caso de Evita, es la operación de, sobre el insulto, construir el orgullo. Se da en distintos escenarios y en distintos tipos de reivindicaciones, como el orgullo marica.