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Manuel Ugarte en la mirada de Galasso

Norberto Galasso murió el 7 de septiembre, a los 90 años. Historiador, ensayista y una de las figuras centrales del pensamiento nacional argentino, dedicó buena parte de su obra a rescatar personajes relegados por la historia oficial. Uno de los que más admiró y estudió fue Manuel Ugarte, el escritor, socialista y militante antiimperialista argentino que recorrió América Latina a comienzos del siglo XX predicando la unidad continental y denunciando el avance de los Estados Unidos. Galasso publicó una extensa biografía sobre él, Vida de Manuel Ugarte, que fue censurada durante la última dictadura argentina. Y ahora qué recupera como documento histórico una selección de la obra. 

El peruano Mariátegui le solicita colaboración para la revista Amauta, mientras desde Cuba le escribe Juan Marinello o, desde Montevideo, Carlos Quijano. Algunos, nacionalistas democráticos, otros, hombres de izquierda independiente, estalinistas o admiradores de Trotsky como el boliviano Tristán Maroff, todos ven en Ugarte al gran luchador antiimperialista, al predicador de la unificación latinoamericana e intentan filiarlo a sus partidos.

Él se cartea con todos, pero permaneciendo por encima de los partidos, con intención de nuclear a los grupos revolucionarios de la Patria Grande, disipando antagonismos y matices ideológicos. También en Europa lo valoran los intelectuales de esa época y así resulta que le solicitan su opinión para el Libro de Oro de la Paz, donde escriben Romain Rolland, Bernard Shaw, Maeterlinck, etcétera, es decir, «la élite intelectual del mundo entero». Desde esa trinchera que por momentos instala en Madrid y por momentos en Niza, junto a Teresa Desmard, quien lo acompañará la mayor parte de su vida, el escritor argentino prosigue tiroteándose con los enemigos de siempre.

A través de periódicos de la izquierda europea, algunos socialdemócratas, otros más avanzados, Ugarte consigue mantener su prédica, sin concesión alguna. Así, en diversos artículos vuelve a fijar posición sobre las mentalidades coloniales, el antiimperialismo y la unión latinoamericana.

En relación con el imperialismo inglés, por ejemplo, su posición en El destino de un continente, en 1923, resulta más rotunda que en El porvenir de la América Española: «Virtualmente, el sur del Atlántico pertenece hoy a Inglaterra y a los Estados Unidos […] Desde los tiempos coloniales, Inglaterra ejerció en esas zonas una acción evidente, con su flota comercial, apoyada en ciertos casos por desembarcos, bloqueos y hasta ocupaciones territoriales que se prolongan como en las Malvinas».

En otra parte del mismo libro, destruye los mitos colonizadores: «En cuestiones internacionales ya sabemos que, desgraciadamente, el derecho no es, en resolución, más que una palabra que sirve para designar el poder económico-militar de un conjunto expansionista. Es “el derecho del comercio”, “el derecho del orden”, “el derecho de la sanidad”, “el derecho de la civilización”, según se invoquen para la conquista o el protectorado, pretextos económicos, pacificadores, profilácticos o culturales. Tratándose de pueblos débiles, el derecho de defender la propia tierra sólo es barbarie […]».

«La magia de las palabras nos ha deslumbrado hasta ahora. Invocando “la libertad”, “el progreso”, “la civilización”, nos han hecho hacer o aceptar cuanto favorecía intereses extraños: el separatismo, el libre cambio, el panamericanismo, el monroísmo y hemos sido los eternos creyentes que ansiando igualar a los grandes pueblos, nos hemos supeditado a sus conveniencias. El interés extranjero se ha disfrazado de principio general o de noble sentimiento y no hemos sabido ver a través de él las verdaderas intenciones cuando nos han “ayudado” a conseguir la libertad, cuando nos han prestado fuerzas para “derrocar tiranos”, cuando nos han brindado apoyo para “obtener la victoria” sobre otra nación limítrofe del mismo origen o cuando, en nombre del “humanitarismo” o de “la paz”, han intervenido en la solución de nuestros conflictos. Las bellas declamaciones sólo sirvieron para que evolucionaran con mayor comodidad las influencias predominantes».

Afirma, asimismo: «Los imperialismos siempre han invocado el fin superior de preparar a los pueblos para la civilización, sin abrigar jamás la intención de cumplir ese propósito sino en la parte que les pueda ser útil, convirtiendo al grupo mediatizado en servidor o auxiliar de su riqueza o su poderío. Creer en el deseo paternal que puede tener un Estado de servir desinteresadamente a otro es negar la filosofía de la historia […] Toda injusticia necesita, por lo menos, un pretexto para que la dore y una complicidad que la olvide […]».

También Ugarte expresa su actitud auténticamente democrática para juzgar las opiniones y definiciones populares, especialmente en contraposición a la intelectualidad colonizada: «Los pueblos de nuestra América son, en general, más clarividentes que los grupos que pretenden conducirlos. Sienten las exigencias nacionales desde el punto de vista internacional y se rebelan contra la enajenación sistemática que los coloca, en la propia tierra, en la situación de auxiliares al servicio de otras fuerzas».

«Lo que algunas veces se ha hecho pasar como “protesta de la barbarie” contra la civilización no ha sido, la mayor parte de las veces, más que el grito angustioso de un nacionalismo sacrificado. La reacción no era a favor del atraso, sino en contra de las abdicaciones que nos llevan a imprimir direcciones falsas a la política exterior o al desarrollo nacional, interpretando como una victoria el resplandor engañoso de las prerrogativas que entregamos […] La juventud, el pueblo, las energías sanas, tienen un misterioso instinto que las orienta. No es fuerza que las guíen, no necesitan razonar siquiera: ignoran de dónde viene la luz… pero ven».

Ugarte y la APRA

Por entonces crece en Perú la Alianza Popular Revolucionaria Americana, conocida como APRA y bajo la dirección de Víctor Raúl Haya de la Torre. Este líder de las masas peruanas, que claudicaría años más tarde ante el imperialismo, valora a Ugarte como el precursor de su movimiento: «El antiimperialismo aprista tiene sus precursores […] Rodó, Ingenieros, Ugarte, Palacios, Lugones, Ghiraldo y otros, pero descolló entre ellos el publicista y orador Manuel Ugarte por sus concitadoras peregrinaciones tribunicias, a lo largo de Indoamérica, en las que remozaba la invocación unionista de Bolívar y prevenía el peligro de la expansión imperial norteamericana».

«Durante los tres primeros lustros de este siglo, Ugarte cruzó una y otra vez el continente indoamericano clamando por la unidad y demostrando la inferior condición de los pequeños países “balcanizados” y, por ello, débiles, junto a los compactados en uniones y federaciones continentales y, por tal causa, fuertes. En su camino encontró aplausos y resistencias, pero acentuadamente férvidas simpatías estudiantiles».

En carta privada le reconoce: «Usted, Ugarte, es evidentemente el precursor de nuestra lucha […] Dígame dónde puedo obtener todos sus libros».

En un comentario acerca de El destino de un continente, Haya marca una diferencia con respecto a Ugarte: «…si el imperialismo yanqui es de recia médula capitalista, el problema queda involucrado dentro de otro grande e ineludible de la lucha de clases […] Porque es la juventud y sólo la juventud la que puede escuchar el llamamiento a acometer la obra de destruir las fronteras, desintoxicar de patriotismo hostil a los pueblos y destruir la explotación erigida peligrosamente, en nuestra América, como el mejor campo para los avances del imperialismo. Pero eso no lo harán jamás la diplomacia ni los gobiernos actuales. Por eso, el latinoamericanismo debe ser una nueva revolución. Nuestra revolución».

Esta apreciación de Haya, señalando de qué manera Ugarte ha amenguado sus posiciones socialistas, resulta correcta, así como también que no ha logrado trasladar sus planteos exitosamente al terreno de la política partidaria. Pero también es cierto, anticipándonos algunas décadas, que si tanto Haya como Ugarte serán tentados por el canto de sirena de la política rooseveltiana del «Buen Vecino», tomarán entonces caminos opuestos. Con el pretexto de la lucha contra el nazismo y apelando a los apolillados lemas de la democracia y la libertad, Haya se pasará a las filas imperialistas, mientras Ugarte permanecerá hasta el fin en su barricada de siempre, tozudamente solo, tozudamente boicoteado, pero su ideal incólume, infatigable su espíritu e indoblegada su pluma acusadora.

Contra el fascismo

Asimismo, a mediados de la década del veinte, cuando Leopoldo Lugones proclama en Lima que «ha llegado la hora de la espada», Ugarte refuta esa orientación nacionalista de derecha: «La afirmación del Sr. Leopoldo Lugones, según la cual “ha llegado la hora de la espada”, no puede ser más inexacta. Si algo ha pesado duramente sobre nuestra América desde la independencia ha sido la espada. Si de algo aspiran a libertarse nuestros pueblos es de la espada. Esa expresión simboliza precisamente para nosotros el atraso, la guerra civil, el sometimiento a las influencias extrañas».

De idéntica manera se define ante José Carlos Mariátegui: «Manuel Ugarte me recuerda que él ha sido siempre un hombre de izquierda y que si los acontecimientos nos ponen en el trance de elegir entre Roma, el fascismo, o Moscú, el comunismo, él se pronunciará naturalmente a favor de Moscú».

Poco después, el 29 de junio de 1925, en la Maison des Savants, de la rue Danton, de París, más de un centenar de jóvenes latinoamericanos dan marco a un panel excepcional que viene a defender las ideas avanzadas. Están en el escenario Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Miguel Ángel Asturias, Carlos Quijano, Víctor Raúl Haya de la Torre, José Vasconcelos, José Ingenieros y Manuel Ugarte.

A su vez, Ugarte rinde homenaje a México, «ese rompeolas histórico» cuyo heroico pueblo ha sabido resistir una y otra vez la prepotencia del vecino expoliador. Luego insiste en que la lucha contra el imperialismo debe enlazarse con una política dirigida a reunificar a nuestros países en la Patria Grande y con la implantación, en el interior de ellos, de una democracia social que ponga fin a los privilegios.

Asimismo, en un discurso pronunciado en el Colegio Libre de Ciencias Sociales de París, en 1926, ratifica su profunda fe en la acción de las masas populares latinoamericanas, víctimas fundamentales de la opresión imperial: «En realidad, la grandeza de los Estados Unidos no se ha hecho solamente con el esfuerzo de sus nacionales. Son las muchedumbres que han alimentado con el sudor de su frente las plantaciones de la América Central, los cafetales de las Antillas, las minas de Bolivia y de Perú, multitudes que no trabajaron para sí puesto que nada quedó en esos territorios. Son ellas las que han creado la verdadera riqueza y el esplendor de la nación del norte, de tal suerte que se puede decir que el oro americano se ha acuñado con la miseria y con el dolor, cuando no con la sangre, de todo un continente sometido».

(…)

«Viene una nueva humanidad…»

En esa época, su vinculación a la revista Monde, que expresa a un sector de la izquierda europea, aviva su vieja fe socialista. A partir de entonces, su nacionalismo democrático asume un nuevo giro y se desplaza hacia el socialismo reformista del Ugarte juvenil.

Algunas revistas latinoamericanas y periódicos de izquierda se convierten ahora en las tribunas de Manuel Ugarte. Desde Repertorio Americano, levanta su voz: «Saludo a las nobles juventudes que defienden la integridad de América y me adhiero a la protesta contra el imperialismo devorador […] Pero al levantarnos contra el invasor de afuera, tenemos que levantarnos también contra la impericia o la complicidad de nuestros gobiernos imprevisores o venales, contra los tiranos, las oligarquías y los partidos sin ideal que llevan a nuestras repúblicas al abismo, favoreciendo con sus errores el vasallaje y la sujeción».

«Si la América Latina se encuentra en la situación que comprobamos, es debido a los que entregaron a las compañías extranjeras minas, ferrocarriles, monopolios, concesiones y empréstitos que tienen que dar lugar fatalmente, más tarde, a reclamaciones, conflictos, tutelas y desembarcos […] Contra el imperialismo invasor, muy bien. Pero también contra nuestros gobiernos impopulares. Vamos hacia el porvenir con el pueblo, con la juventud, con las fuerzas futuras. Sólo podrá detener el avance del imperialismo una América nueva».

José Carlos Mariátegui, Haya de la Torre y José Antonio Mella se cartean con Ugarte, unidos por el mismo ideal de liberación, redoblando las acusaciones contra Estados Unidos, que en esa época ha invadido Nicaragua, cuya soberanía está defendida ahora por Augusto César Sandino y sus guerrilleros.

Ugarte redobla sus esfuerzos a favor de la causa nicaragüense: «Yo, que he sido desde el primer momento el teórico de esa resistencia que hace décadas parecía una utopía […] Déjenme ahora ser el teórico de la realización de la idea. El general Sandino ha puesto en acción el pensamiento que yo defiendo desde hace veinte años».

En marzo de 1928 publica en diarios europeos varios artículos en defensa de Sandino y se los hace llegar al guerrillero con una carta de adhesión. Sandino le responde poco después: «Augusto César Sandino, soldado Jefe del Ejército defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, saluda cariñosamente al eminente publicista argentino don Manuel Ugarte para quien tiene un sincero reconocimiento. Patria y Libertad».

A mediados de julio de 1928, la revista Monde ya está en circulación. Henry Barbusse es su director, pero el comité de redacción lo integran Máximo Gorki, Miguel de Unamuno, Albert Einstein, Upton Sinclair y este argentino llamado Manuel Ugarte, a quien su patria chica silencia a tal punto que años después le negará una cátedra de literatura.

La penetración cultural

Desde su rincón en Niza, Ugarte continúa atacando al imperialismo y denunciando al mundo las tropelías de «los marines» y del capital imperialista. Pero sabe que no sólo se coloniza por las armas, sino que existen mecanismos sutiles que van amenguando las fuerzas y creando las condiciones del vasallaje.

«Ha llegado la hora de llamar la atención de una manera concluyente sobre la desnacionalización que nos amenaza. No es posible que colaboremos en la tarea de difundir la corriente dominadora, abriéndoles nuestros teatros y nuestras almas de par en par […] El imperialismo se complace en imponer su marca en todas las facetas de nuestra vida, subrayando un estado de sujeción inconfesado o una dolorosa dependencia».

Y vuelve sobre el tema: «En el orden político, sociológico, artístico, el ideal supremo fue transplantar lo que existía en las naciones o ciudades que admirábamos desde lejos. Así surgió una civilización desprovista de personalidad […] En vez de crear, con el esfuerzo diario, valores nuevos, ensayamos vivir de reflejo […] Al margen de los empirismos y de las jactancias, habrá que encararse al fin con la obra y decir: ¡Vamos a hacer una Patria!».

Meses después, Ugarte insiste, exigiendo a la inteligencia latinoamericana la creación de una conciencia nacional: «Se puede decir que nuestro Nuevo Mundo está esperando aún que sus intelectuales, ocupados en cultivar predios ajenos, se decidan a roturar la propia heredad […] No hemos tenido vida propia. Hemos vivido “por cable” […] Hemos sido “europeos a distancia”».

«La hora de la izquierda»

En 1931 acentúa su posición revolucionaria y escribe, desde Monde, el artículo «La hora de la izquierda». Allí sostiene: «Después de la independencia, nuestra organización económica siguió siendo colonial, colonial de este o de aquel país, pero siempre orientada hacia el mar […] Por el camino de las concesiones, hemos ido llegando así a un punto en que cuanto anuncia prosperidad se halla regulado o servido por organismos que absorben desde fuera el beneficio principal».

«Es el Estado el que tiene que coordinar la producción, la riqueza y el trabajo, esgrimiendo a la nación en su eficiencia global para equilibrar y defender la vida colectiva […] Sólo un gobierno que pueda hablar realmente en nombre del pueblo tendrá fuerza para intentar esta obra […] dado que no hay reforma social sin un plan nacional que la soporte».

En esa misma época escribe en los borradores de El dolor de escribir: «Es visible que si el nacionalismo es revolucionario, la revolución puede ser nacionalista sin comprometer ni disminuir la solidaridad mundial. Como hijo de nuestra América entiendo que paralelamente al problema de la injusticia internacional, debemos enfocar el problema de la injusticia interior».

El problema reside ahora en el enlace de dos direcciones igualmente poderosas, cuyo antagonismo virtual ha de convertirse en colaboración más o menos visible: el nacionalismo y el anticapitalismo.

Capítulo XV

Carta de Augusto César Sandino

Pero si los gobiernos conservadores y los sesudos académicos lo aíslan, lo desconocen, no recomiendan sus libros, considerándolo un agitador, un revoltoso, un hombre que lleva peligro a los corazones cándidos de la juventud, desde otro lado le llegan reivindicaciones que lo honran.

«Bocay, Río Coco. Las Segovias de Nicaragua. Distinguido hermano racial: pláceme dirigirle la presente manifestándole que recibí su interesante carta fechada el 28 de diciembre del año pasado. Su nombre, señor Ugarte, hace mucho tiempo que es familiar entre nosotros y sus escritos, por uno u otro motivo, siempre nos llegan y nos han servido de estímulo en nuestra gran jornada libertaria de siete años, que apenas son las preliminares de la gran batalla espiritual, moral y material que Indoamérica, por su independencia, tiene que empeñar contra sus tutores Doña Monroe y el Tío Sam y probarles que nuestros pueblos han llegado a su mayoría de edad […] Ruégole aceptar el sincero aprecio de este su hermano en el ideal. ¡Patria y Libertad! Augusto César Sandino».

El dolor de escribir

En 1933, Ugarte publica El dolor de escribir, un libro dramático donde plantea el compromiso y las luchas del escritor en el mundo semicolonial.

Allí aborda el tema de la cultura nacional: «El cosmopolitismo ideológico se enlazaba con el cosmopolitismo racial de ciertas regiones […] El exotismo de las oligarquías y la invasión del imperialismo consolidaron entonces esas expresiones culturales inauténticas, simiescas, sin verdadera raigambre. El divorcio resultó cada vez más marcado entre la ilustración y la vida».

Después agrega: «Los escritores que pretenden improvisarse con cuatro letras en jerarquía ilusoria hablan a menudo de la incomprensión de los humildes y, en general, del pueblo. El pueblo es, según ellos, “ingenuo”, “atrasado”, “vulgar”. No saben los que así opinan que, desde el principio de las épocas, el pueblo fue el único amigo con quien pudieron contar cuantos trajeron al mundo una palabra, un pensamiento, una certidumbre».

Asimismo, en gran parte de esa obra, Ugarte explica su propia experiencia personal enfrentado a la superestructura cultural de la semicolonia que obtura la difusión de su obra: «Se obstaculizó la circulación de mis libros antiyanquis. Me boicotearon los diarios bienpensantes. Los gobiernos reforzaron en torno el aislamiento profiláctico. Y la alevosía de algunos, combinada con la ingenuidad de otros, me condenó al ostracismo […] Sólo hubiera podido evadirme poniéndome al servicio de las direcciones que combatí. Ni en hipótesis se podía aceptar la solución […] Lo difícil era ganar dinero sin disminuirme, vivir sin abdicar».

Vuelve a sus proyectos, a sus sueños juveniles y sus ideales aún enhiestos, en párrafos donde la amargura mide fuerzas con la madurez filosófica de su espíritu: «Soñé hacer grandes cosas, con la esperanza de favorecer a los míos […] Pero me voy sin haber podido realizar lo que soñé a favor de mi patria directa, que es la Argentina, y de mi patria superior, que es la América Hispana».

«Mi ensueño hubiera sido situar, latitud y longitud, a la América Hispana dentro del pensamiento universal […] La América nuestra, que hay que traducir, está ansiando salir del balbuceo en que la mantienen, en todos los órdenes, los grupos que perduran a la sombra de su dispersión. Hay que acceder hasta las verdades panorámicas».

Sin embargo, antes de dar el trazo final de la pluma sobre El dolor de escribir, el hombre que confía en la proximidad del socialismo escribe: «No he de estampar, sin embargo, la palabra Fin bajo una impresión pesimista. Quiero más que nunca a los míos. Tengo fe en ellos. Creo en el advenimiento de un porvenir que incendia los horizontes. En grande o en pequeño, estamos contribuyendo todos a renovar lo que nos circunda. Y hasta los que avanzan goteando sangre o barro olvidan la fatiga cuando se gritan a sí mismos: “Viene una nueva humanidad…”».

Este libro, casi desconocido en la Argentina, es la queja de un hombre perseguido, pero es también el grito del rebelde que no claudica, del hombre superior que no contesta las afrentas sino que muestra simplemente su vida y las de aquellos que, como él, han perseguido un ideal enfrentando a los privilegiados del mundo.

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