Mientras China exporta como nunca, Trump se pelea con Canadá y ofrece dinero si lo votan, media Europa sanciona a los colonos israelíes, Alemania vota a la derecha e Irán sube la apuesta.
La desorientación estratégica de Donald Trump ya afectó el equilibrio mundial. El año pasado hubo 65 conflictos armados en el mundo, 13 de los cuales califican como guerras. El Programa de Datos de Conflictos de la Universidad de Upsala, que sigue estos temas hace años, destacó que es el mayor número desde la Segunda Guerra Mundial, lo que significa -de hecho- el fin de la Pax Americana. Los muertos del año pasado llegaron a 244.000.
Esto es en parte por el abandono de alianzas, las peleas agresivas con países que le tenían la toalla a los norteamericanos y le daban aunque sea un paraguas político a su aventurerismo militar. Cuando Benjamín Netanyahu y Trump decidieron atacar a Irán el último día de febrero, fueron solitos al frente. No probaron ni en la ONU, que sabían que les iban a votar en contra. Resultó que los iraníes aguantaron todos los golpes y ahora están subiendo la apuesta, a ver si salen de este limbo que parece una tregua pero no lo es, y logran una negociación.
El viernes 4 de septiembre, se supo ahora, atacaron por primera vez buques de guerra norteamericanos, algo que se suponía no podían hacer. El ataque falló, pero es un primer paso como lo fue empezar a bombardear con misiles las bases norteamericanas en la región, algo que tampoco se pensaba posible y que ahora forzó a evacuarlas.
Este lunes 7 de septiembre, los norteamericanos atacaron en represalia cinco buques tanque iraníes, y hundieron uno. Le estaban recordando a Teherán que ya no puede exportar petróleo porque ellos también bloquean el Estrecho de Ormuz. Se sabe, la situación económica iraní es catastrófica -ya parece el final del gobierno de Alfonsín- y el enemigo busca apretar por ahí.
Una buena para los ayatolas fue que capturaron un dron submarino norteamericano modelo Dive-LD en buen estado. Es relevante porque Irán ya mostró la capacidad de copiar armas que consiguen, a menor precio y con buenos parámetros. El Pentágono le bajó el precio al tema diciendo que el submarino en miniatura era un modelo viejo. El crudo volvió a subir y volvió a pasar los cien dólares por barril.
Mentiras
Mientras tanto, se supo que el pintoresco ministro de Guerra Pete Hegseth pierde el tiempo persiguiendo fuentes periodísticas. Lo que puso de mal humor al Jefe son las filtraciones sobre la baja en los arsenales debido a la guerra en Irán, que se sumó a las denuncias sobre las condiciones de vida a bordo del portaaviones que operaba en Ormuz. Hegseth, se ve, tenía una lista de sospechosos y sometió a cincuenta oficiales y empleados civiles a interrogatorios con detectores de mentiras. En el Comando Conjunto trabajan por lo menos 1500 personas, con lo que se conoce que a esos cincuenta los tenían marcados.
Campaña
Nada de esto pareció interesarle al Presidente Naranja, que se dedicó a la campaña para las legislativas del 3 de noviembre, que vienen más que mal para los republicanos. Los candidatos del partido no quieren saber nada con el presidente, que tiene apenas un 32% de aprobación, un pozo enorme. Pero Trump piensa que él solito gana las elecciones y se metió por arriba. Lo hizo este miércoles y jueves, 9 y 10 de septiembre, con la primera convención partidaria jamás hecha para una legislativa. La tradición es hacerla cada cuatro años, para elegir candidato o respaldar una reelección, y se considera que no tienen sentido para las legislativas. Pero Trump tenía un mensaje para su base: “Haga como que yo estoy en la lista. Es que estoy en la lista. Vótenme de nuevo”.
Por si no alcanzaba, agregó un lindo caramelo: si los republicanos retienen el control de las cámaras legislativas, el presidente manda una ley para que cada adulto en el país reciba cinco mil dólares de regalo.
Hay que ver si le creen, porque no es la primera vez que promete dinero. Cuando subió los impuestos de importación, prometió cheques de dos mil dólares. Cuando empezó a recortar el Estado con su amigote Elon Musk, prometió otros de cinco mil dólares. Nadie recibió un centavo y las tarifas aumentaron los precios al consumidor.
Canadá
Los demócratas están empezando a instalar la idea de que eso de America Primero, el slogan de Trump, se transforma en America Solita su Alma. Es muy exacta, visto el caos y la desconfianza con los aliados tradicionales que ahora desconfían y mucho de Washington. El colmo y la demostración de la gastada demócrata es la guerra comercial con Canadá, algo inimaginable para la mayoría.
Canadá es a Estados Unidos lo que Uruguay es a Argentina, un complemento cultural, lingüístico, cultural que hace prácticamente indistinguibles a los oriundos de cada lado. Hasta hace pocos años, se pasaba la enorme frontera sin documentos y era costumbre cenar en un país y tomarse unos tragos en el otro. Decenas, si no cientos, de estrellas, periodistas, famosos de todo tipo en Estados Unidos, eran en realidad canadienses.
Y ahí vino Trump, con sus tarifas, sus insultos y su chicana de que Canadá es en realidad el Estado 51 de su país. Las negociaciones no funcionaron porque el lado norteamericano sólo proponía una rendición incondicional, con lo que en el primer minuto de este martes 8, arrancaron tarifas canadienses a productos norteamericanos.
La medida del premier Mark Carney tiene un sólido respaldo en un país que se siente insultado y ofendido por el vecino. Y fue cuidadosamente preparada para afectar la misma cantidad de exportaciones norteamericanas a Canadá que las sancionadas por Trump, veinte mil millones de dólares.
A Trump se le soltó la cadena, porque Carney es el primer aliado que se le planta y no cede todo. El lunes, horas antes de que empezaran las tarifas, escribió en su red social que “NO HAY QUE COMPRAR MAS AVIONES BOMBARDIER”, la marca aérea más famosa del vecino. El Naranja siguió explicando que a nadie le importa Canadá y que lo que hay que hacer es “COMPRAR AMERICANO, VOLAR EN AMERICAN AIRLINES, DISFRUTAR DEL LICOR AMERICANO Y NAVEGAR EN EL LAGO AMERICA”, su nuevo nombre para el lago Ontario.
Bombardier publicó un breve comunicado recordando que tiene fábricas en Estados Unidos y emplea a miles de norteamericanos. Pero el presidente que tanto ama las mayúsculas también ama subir la apuesta y amenazó con bloquear directamente todas las importaciones de países que tienen saldo favorable en el comercio con Estados Unidos. Eso sería una catástrofe económica para Washington, un disparador de una inflación sudamericana.
Israel
Este martes 8, el canciller Ed Milliband anunció en el Parlamento que Gran Bretaña sancionaba las exportaciones de los asentamientos israelíes en Cisjordania, que practican “limpieza étnica” contra los palestinos. De inmediato -estaba arreglado- Canadá y Francia se unieron al boicot, y en cosa de horas o días se agregaron Irlanda, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, Polonia, Portugal y España.
En términos económicos, las sanciones son minúsculas porque los colonos israelíes apenas exportan. Pero es un terremoto político para el gobierno de Benjamin Netanyahu, que enfrenta elecciones este 27 de octubre. Pese a las broncas con Jerusalén, el gobierno norteamericano dijo a través de su canciller, Marco Rubio, que “obviamente” Washington no va a participar de las sanciones.
Es notable la distancia entre Gran Bretaña y EEUU, aliados históricos. El gobierno derechista de Israel reaccionó con furia: cerró el consulado británico en Jerusalén, fundado en 1839 y la sede diplomática más antigua de la región, publicó una lista de políticos, más que nada laboristas, que tienen prohibida la entrada al país y canceló un programa de Scotland Yard que entrenaba policías palestinos.
Varios comentaristas israelíes, favorables al gobierno, destacaron la ironía de que Gran Bretaña critique a otros por ocupar tierras ajenas y desplazar la población local. Hasta se mencionaron las Islas Malvinas.
Alemania
Era cuestión de tiempo, y al final ocurrió: la versión más extrema de la derecha alemana, la Alternativa por Alemania o AfD, ganó claramente una elección. Una pequeña, provincial, en una región de apenas dos millones de personas, pero la ganó. No les alcanzó para ganar el gobierno local, pero fue impresionante porque ganaron 39 asientos en la legislatura de Sajonia-Anhalt, exactamente lo que sacaron todos los demás partidos juntos. Si la AfD hace un trato con un diminuto partido todavía más derechista, el joven Ulrich Siegmund va a ganarse el título de gobernador.
Más allá del fantasma del fascismo alemán, el resultado es un síntoma de anomia. Alemania no crece o crece poco, está aislada en la Unión Europea por su apoyo acrítico a Netanyahu, y el gobierno es de coalición, sistemáticamente trabado por lo que tarda en lograr un consenso para hacer cualquier cosa. A la mayor economía europea no le está yendo particularmente bien, sus automotrices se achican para competir, y los ciudadanos reaccionan.
Otro lío es la política de rearme europeo, disparada por la guerra en Ucrania y las chicanas de Trump, que convencieron a todos de que no se puede confiar más en Estados Unidos. Hasta 2022, Alemania tenía un consenso de ser un Friedensmacht, una Fuerza por la Paz, con ejércitos pequeños. El discurso ahora es que hay que prepararse para una posible guerra abierta contra Rusia y crear las mayores fuerzas armadas del continente.
La AfD, hay que destacar, aprovechó esto para presentarse como el partido de la paz, cercano a Vladimir Putin, y criticar el gasto militar. Más allá del discurso anti inmigración y la cercanía con Putin, la Alternativa es una bolsa de gatos. Fue fundada como oposición a adoptar el euro, creció con la discusión de rescatar a Grecia de la ruina económica y, en el camino, recogió a cuanto neofascista había por ahí. Pero sigue siendo un partido con una plataforma neoliberal dura, poco compatible con el populismo de derecha tan a la moda.
La preocupación con este sector es un reflejo de la crisis de los partidos tradicionales. El triunfo en una provincia hace más real la posibilidad de un gobierno nacional de ultraderecha y alienta a los Le Pen y los Vox en países vecinos, que venden que se viene “una nueva ola” de derecha revolucionaria.
Ucrania
Antes de la invasión rusa de 2022, Ucrania era un país en crisis que acababa de votar a Volodimir Zelensky más que nada para combatir la corrupción endémica. Pues el tema sigue, con la revelación de que ciertos poderosos siguen haciendo negocios de lo más sucios, incluyendo los que afectan directamente a la guerra.
Por ejemplo, en 2024 hubo un ataque de infantería rusa a posiciones ucranianas. Los defensores abrieron fuego con sus baterías de morteros y vieron con asombro que los cohetitos salían, se arqueaban allá arriban y caían donde correspondía, pero no explotaban. Resultó que esa munición era parte de una partida de miles de unidades falladas vendidas al gobierno por una fábrica que dirigía Leonid Shyman, que terminó preso. Eso fue por el escándalo que se armó, porque Shyman llevaba un buen tiempo mandando munición que no explotaba, había funcionarios que lo sabían e igual le renovaban los contratos. Es tal su influencia, que cuando salió bajo fianza, se ganó otro contrato por 280 millones de dólares. Y Shyman era apenas uno.
Las auditorías, sistemáticamente ignoradas por las autoridades, muestran que se dieron contratos a 18 compañías sin comprobar si eran capaces de producir lo contratado. Una docena redonda entregaba mal, tarde y defectuoso, las otras seis nunca cumplieron ni una entrega. Pero todas seguían recibiendo más contratos y encargo.
Se calcula que, sólo en 2024, estos contratos truchos costaron 1200 millones de dólares. Esto forma el contexto del despido del ministro de Defensa Mijailo Fedorov, eyectado por Zelensky por discutir con sus generales. Fedorov quería cambiar el sistema de compras de armamentos y concentrar recursos en las “industrias nuevas” de drones, que él llevó a una escala importante.
“Hay mucha corrupción”, dice ahora Fedorov, en el llano.
Y esto es también el contexto por el que se supo que el mes pasado una delegación europea que visitaba Kiev recibió un mangazo de 27.000 millones de dólares de Zelensky. La Unión le acababa de dar cien mil millones de euros al gobierno ucraniano. El presidente les explicó que tenía “una diferencia” en el presupuesto militar y le echó la culpa a Fedorov. Estos temas se hablan en secreto, pero cuando empezaron a aparecer las auditorías, los europeos filtraron la agenda. El ex ministro dijo que ni ahí había dejado semejante agujero, que a lo sumo se podía hablar de un par de miles de millones por cambios de partidas.
Putin
Rusia, que al principio de la guerra tuvo los mismos problemas de armamentos defectuosos por las mismas razones de corrupción que en Ucrania, parece haber corregido o controlado el problema. Con treinta mil bajas por mes -mil por día, entre muertos, heridos y prisioneros- la ofensiva terrestre va lenta y es costosa. Tanto, que hay nervios en Moscú porque se habla de una colimba masiva, que por primera vez afecte la capital y no sólo las provincias.
Como los ucranianos aguantan en tierra, los rusos reforzaron la guerra en el aire. Se nota, y cómo, que Estados Unidos no le está mandando más misiles Patriot a Ucrania, que los necesita en su aventura en Medio Oriente, y los misiles rusos llueven impunes.
Según el New York Times, en los arsenales propios queda apenas un tercio de lo que había el año pasado, con lo que los amarretean. La estrategia del Kremlin es clara: por un lado, machacar a los civiles, que todavía se oponen a concesiones territoriales a cambio de la paz -un 60% está en contra, según la última encuesta de Reuters- y dejarlos en la oscuridad y con frío en el invierno que se viene y que, gracias al súper El Niño, promete ser duro. Segundo, destruir la infraestructura, quemar campos y bombardear puertos de exportación. Ahí la ecuación es simple y pasa por hacerle la guerra cada vez más cara a los aliados de Kiev que pagan las cuentas. Hay que ver quién se cansa primero.
China
Se suponía que, para Trump, el centro de la política era frenar al rival chino. Se ve que perdió el foco, porque el martes 8 de septiembre, Biejing anunció su cuarto mes de crecimiento en su superávit de comercio exterior. En agosto, la ganancia fue de 109.090 millones de dólares. En lo que va del año, la potencia ya embolsó 800.000 millones y va en camino a lograr un superávit de 1,2 trillones.
Nunca, ningún país, logró este récord. Ni en Estados Unidos están perdiendo los chinos, porque en agosto le vendieron 29.000 millones más de lo que le compraron, un aumento del 44% en comparación a enero y el mayor superávit desde que Trump volvió al gobierno.