La analista de opinión pública Shila Vilker, directora de la consultora trespuntozero, advierte que Javier Milei conserva un núcleo importante de adhesión y expectativas, pero bastante menor que al comienzo de su gobierno. Entre los jóvenes, que siguen siendo su principal sostén generacional, también encuentra un retroceso: aparecen votantes que lo acompañaron, convencieron incluso a sus padres y ahora comienzan a tomar distancia al observar las dificultades económicas de sus familias.
En diálogo con Martín Granovsky en el programa Y ahora qué? por +Perfil, que puede verse haciendo click aquí, Vilker analiza además el resurgimiento del nacionalismo, Malvinas, la discusión sobre la tierra y la soberanía. Define el fenómeno como identitario. Y señala un gran tema, una fibra según lo define, que podría volverse decisivo electoralmente: poder adquisitivo, salarios e ingresos.
—¿Milei sigue teniendo capacidad para producir ilusiones?
—Cada vez menos, pero hay un porcentaje todavía muy amplio de la sociedad que mantiene expectativas en el Gobierno. Por supuesto, no con el rango, la fuerza ni la intensidad de los primeros momentos. Más de la mitad de la sociedad argentina tenía una expectativa puesta en el cambio, en un giro copernicano, en esa búsqueda muy ambiciosa de cambio. Eso dio lugar después al retiro de la expectativa de un porcentaje amplio de la sociedad. Pero hay otro segmento todavía muy importante que sigue apostando, que piensa que el rumbo es correcto, que la escena es acorde con lo esperado y que, aun reconociendo dificultades, considera que éste es el camino prometido. Hay algo del orden del contrato electoral cumplido. Milei todavía tiene tela de futuro, aunque en una medida mucho más chica que al principio. La pregunta es si la expectativa que queda alcanza para un segundo mandato. Es probable que el futuro no sea lo único que se ponga en juego en la próxima elección.
—¿Qué puede ponerse en juego además del futuro?
—El rechazo al pasado, el rechazo a lo que está enfrente, toda la dimensión del “no”. Ahí se juega una parte de la escena. O puede aparecer un voto más desafectado, que piense: “No hay mucho futuro, pero tampoco lo hay en otros lados”. La incertidumbre es parte del clima actual en la Argentina y también del clima de época internacional. La incertidumbre es una forma que asume el futuro. No estás claramente ni con esperanza, ni con optimismo, ni con pesimismo. Estás con un signo de interrogación. Hoy está dominando la incertidumbre. Y en 2023 también dominaba fuertemente la incertidumbre.
—¿Milei vendió certeza en 2023?
—Logró abrir expectativa. El oficialismo de entonces, el peronismo, la candidatura de Massa y el gobierno de Alberto Fernández no lograban abrir futuro. También es cierto que se salía de la pandemia. La pandemia inauguró un tiempo y un sentido de la experiencia muy distintos, muy alejados de la temporalidad clásica de pasado, presente y futuro.
–Durante mucho tiempo convivimos con preguntas extremas: “¿Me voy a morir o no?”, “¿Nos vamos a morir?”, “¿Cuánta gente se va a morir?”. Sobre todo antes de que aparecieran las vacunas. Eso dejó una huella fuerte.
–Y mucha gente conserva un dolor profundo por la pérdida de seres queridos. Pero posiblemente el rasgo más interesante de la temporalidad perdida sea el progreso. Ese sentido del futuro hoy está ausente para una gran mayoría de los argentinos.
—Cuando hablás del “pasado” o del “otro”, ¿ya estás pensando en 2027? ¿Ese otro es el peronismo, el kirchnerismo, Alberto Fernández?
—No importa demasiado si el pasado tiene nombre y apellido o una identidad precisa. Es una fórmula más de presente: nosotros versus ellos. Hay una dinámica de contraste donde ese otro ocupa el lugar del “no yo”. Y eso es, en definitiva, lo que va a estar jugando.
—¿El estado de ánimo cambia según las edades?
—Sí. Los climas son distintos. Hay un elemento de base: los adultos y los mayores tienen un sentido de la caída. La Argentina es un país donde una parte importante de la población atravesó trayectorias vitales que no fueron de progreso ni de mejora, sino de privación y recortes. “Me quedé sin trabajo”, “cerró la pyme que tenía”, “la plata rinde menos”. El sentido de la caída está mucho más presente. Los jóvenes llegan a un mundo que ya tiene esta forma. Están menos atravesados por la idea del fracaso y más por la idea de que la vida es así y es difícil. No llegan con una pérdida. Llegan a un mundo difícil. Esa diferencia de trayectoria y de tiempo vivido es sustancial.
—¿Los jóvenes miran el futuro con más optimismo?
—Tienden a ser más expectantes respecto del futuro. Tienen un sentido más positivo sobre el porvenir, y los adultos tienden a ser más conservadores. La experiencia de vida juega en cómo miramos lo que viene. Es natural a una edad. Es lo que sucede en los primeros años de una vida todavía corta.
—¿También se rompió la transmisión política entre padres e hijos?
—Sí. Desde hace cinco o seis años vemos que los jóvenes empiezan a pensar distinto de sus mayores. Y en política eso es muy importante porque durante mucho tiempo había algo hereditario en las culturas políticas. Las casas peronistas, las casas radicales, las familias peronistas, las familias radicales. Eso está roto. Se van quebrando las herencias generacionales. El mundo digital, la comunicación y el teléfono como extensión de nosotros mismos probablemente tengan mucho que ver con eso.
—¿Qué está pasando específicamente con los jóvenes que votaron a Milei?
—En algunos grupos aparece algo muy interesante. Jóvenes que habían convencido a sus padres de acompañar a Milei hoy están un poco más críticos, en parte porque ven a sus padres sufrir y porque ven la dificultad económica. No significa que haya una recomposición de identidad política, pero sí un cambio de posicionamiento a partir de observar a esos mismos mayores que ellos convencieron atravesando una situación difícil. Es una de las cosas más llamativas del universo juvenil. Sigue siendo el principal bastión de adhesión a Milei en términos de edad, pero no es lo mismo un Milei de 56 puntos que uno de 37 o 38. Pierde en todos lados. Sigue teniendo mayor adhesión en el universo juvenil, pero ya no son la mitad de los jóvenes. Son menos de la mitad.
—¿Adónde van esos jóvenes que se alejan de Milei?
—La idea de “lo voté a Milei y ahora estoy crítico” es muy homogénea en nuestra investigación. Pero ser crítico puede significar varias cosas. Una es: “Si la cosa mejora, vuelvo”. Es una distancia menor. Otra: “Al final son todos iguales, no voy a votar”. Aparece una dificultad para movilizarse. Es probable que parte de esa gente finalmente vaya a votar y hasta pueda acompañar nuevamente al oficialismo, pero hoy está en un clima antipolítico. Otros preguntan qué hay cerca: qué hay en el PRO, qué pasa con Villarruel. Y otros buscan “lo nuevo”, tienen permeabilidad hacia un outsider o una nueva figura. Finalmente hay un margen muy chico que contempla al peronismo o a Bregman. No es mayoritario, pero nosotros miramos esos márgenes porque una elección puede decidirse por márgenes. Lo mayoritario hoy es “no voy a votar” o “qué hay cerca”.
—¿El fuerte crecimiento del sentimiento nacionalista es anterior a las últimas declaraciones de Milei sobre Malvinas?
—Sí. Nuestros números son anteriores. Nosotros hacemos esta pregunta desde 2022. En 2022, 2023, 2024 y 2025 los valores venían manteniéndose en torno del sesenta y pico por ciento y ahora se dispararon hacia el 90. Algo despertó el Mundial y algo despertó la bandera. Ahí aparece también este fenómeno de remalvinización. Es relativamente novedoso. Malvinas es una causa, pero el fenómeno no se agota en Malvinas.
—¿Por qué la bandera de Malvinas adquirió tanta fuerza?
—También funcionó como un fenómeno que permitía desafiar al poder. Hablar de la bandera de Malvinas tenía además el antecedente de la prohibición de exhibir determinadas banderas o mapas. Hubo algo muy contestatario. Y si a eso le sumás el carácter desafiante de quienes en ese momento eran los máximos ídolos argentinos, los jugadores de fútbol, tenés un combo explosivo. Mi hipótesis es que esa identificación existe, es transversal y la bandera despierta algo que estaba latente, no dormido. La pregunta es por qué en un momento sí y en otro no, cuál fue el catalizador.
—¿El fútbol también produjo una remalvinización?
—Sí. Ya había habido un pequeño reverdecer durante el Mundial anterior a partir de “Muchachos”, con la referencia a “los pibes de Malvinas”.
–En este último Mundial volvieron a aparecer “los pibes de Malvinas”, y cuando hablan los jugadores también hablan de “los pibes”. Ahí hay algo fuerte. Son los caídos, pero son “los pibes”.
–Y hay además algo que se relaciona con Maradona y con Inglaterra.
—¿Cómo caracterizás ese nacionalismo? En mi opinión es pacífico, democrático y no miitarista.
—Es un nacionalismo identitario, de orgullo por la identidad argentina y por ser quienes somos. Coincido con caracterizarlo como pacífico, democrático y no militarista. Además, la causa Malvinas tiene una adhesión del 95 por ciento: 95 de cada 100 argentinos adhieren de manera lineal a la idea de que las Malvinas son argentinas. Es interesante porque Milei ganó la elección después de reivindicar a Thatcher y de haber hablado de autodeterminación de los isleños. Eso muestra que Malvinas tenía una enorme fuerza, pero permanecía en un estado de latencia. Ahora algo produjo este despertar.
—¿Malvinas está encapsulada o ese sentimiento se conecta con soberanía económica, tierra y otros asuntos?
—Se vio con mucha claridad en la discusión sobre la extranjerización de tierras. Hay una continuidad que puede resumirse en una consigna: “La patria no se vende”. Esa consigna ya estaba viva antes de este fenómeno. La medimos hace algunos años y prácticamente ocho de cada diez argentinos adherían a esa idea. Pone la soberanía en el centro. Las ideas soberanistas son muy fructíferas y están muy ancladas al corazón argentino. “Lo nuestro con lo nuestro” da sentido de pertenencia, de propiedad y también de autoestima.
—¿También hay una dimensión de rebeldía en esas consignas?
—Sí. Desplegar una bandera puede ser un “no” al poder. Decir “la patria no se vende” puede ser un “no” al poder. Son formas de rebeldía, pero esos “no” son al mismo tiempo afirmaciones. Incluso en la dificultad son una manera de dar pelea. Es un rasgo de época. Venimos observando fenómenos de cambios acelerados, de plantarse ante el poder, discutir lo dado y poner en cuestión las ideas adquiridas y el mundo de nuestros mayores.
—¿Qué desafío plantea todo esto para la dirigencia política?
—Muchísimos. No se trata solamente de cómo hablarles a los jóvenes, porque así sería una cuestión publicitaria. Se trata de cómo conectarse con el mundo juvenil, con lo nacional o nacionalista en este sentido, con las distintas variantes de la soberanía, con la economía cotidiana, con el futuro y con el pasado. Y también de descubrir cuál va a ser la fibra que mueva la elección. Eso todavía no está claro.
—¿Esa fibra electoral se crea o surge de la coyuntura?
—No podés estar completamente divorciado del contexto. La coyuntura ordena. Por eso a veces hubo grandes dirigentes que no tuvieron su época y dirigentes más o menos que resultaron líderes adecuados para determinado momento.
—Si las elecciones fueran dentro de diez días, ¿cuál sería hoy esa fibra?
—Hay un problema muy importante que no se está discutiendo suficientemente: poder adquisitivo y salario. Una cuestión básica. Puede discutirse la deuda, pero existe deuda para gasto corriente porque hay un problema salarial. En definitiva, es un problema de ingresos. Y la falta de ingresos impide además liquidar esa bola de nieve. Hay catalizadores del enojo. La patria fue uno enorme, una consigna tremendamente política, separada de lo económico y al mismo tiempo muy movilizante y espontánea. Son fenómenos difíciles de prever.
—¿Hay consignas que cualquier dirigente pueda apropiarse?
—No. No cualquier dirigente puede utilizar las mismas consignas y las mismas ideas porque algunas no son verosímiles en determinados políticos. A veces es difícil detectar por dónde sí, pero resulta más fácil detectar por dónde no.
—¿Y por dónde no debería ir hoy la oposición?
—Hay dirigentes que plantean: “Es un problema de formas, pero el rumbo está bien”. Esa apreciación hay que empezar a revisarla. Hay que preguntarse si efectivamente las cosas son así o si ésa es una idea cómoda y tranquilizadora para algunos segmentos. Me parece que ahí hay algo importante para mirar.
