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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
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La globalización organiza su Yalta tecnológico

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Trump y Xi negocian mientras compiten.

Potencias como Estados Unidos y China parecen aunar esfuerzos para combatir el brusco intento de predominio global que parece pretender la nueva oligarquía global a través de la Inteligencia Artificial o “superinteligencia”, como la llama Trump. Zaccagnini, presidente de Infoworkers, analiza los nuevos fenómenos.

El emblemático edificio de Naciones Unidas en Nueva York se había convertido el escenario donde se desarrollaba la Asamblea General Nº 81 de la institución. La cosmopolita ciudad cantada por Sinatra se llenaba de improperios, desaires, amenazas y diatribas. Mientras eso sucedía, en Washington DC se producía un encuentro trascendente: el cara a cara entre Donald Trump, presidente de la nación bélicamente más poderosa del mundo, y Xi Jinping, presidente de la nación que viene pisándole los talones y quizás superándola en más de un aspecto: la República Popular China.

Para algunos analistas, esa reunión podría ser el primer paso de una marcha, no tan larga, parafraseando a Mao, hacia un objetivo del más alto nivel político: el reparto del poder global de un mundo al que, como afirma el papa León XIV, “la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando cada vez con más rapidez y profundidad”.

El aserto reconoce una razonable verosimilitud. A tal punto es así, que algunos memoriosos ya llaman a este incipiente proceso como el “Yalta Tecnocrático”, estableciendo una cierta similitud con la conferencia en la que Churchill, Roosevelt y Stalin dividieron en 1945 las áreas de influencia del mundo de posguerra. Sin embargo, la comparación se agota en la supuesta intencionalidad de los dos jefes de estado.

Mientras que en 1945 los que repartieron el mundo eran los Estados ganadores de la Segunda Guerra Mundial, los dos jefes de estado se reúnen en el marco de un conflictivo contexto político y bélico sin resolver, que transita un escenario resbaladizo y cambiante, en el que cuentan muchos otros actores relevantes. Entre ellos, las empresas cuyos dueños manejan a su arbitrio el desarrollo de las tecnologías que, según León XIV, están cambiando al mundo y que tienen su propio proyecto de poder global.

Esas diferencias con el Yalta de 1945 no le quitan importancia a la reunión. Por el contrario, la consolida como punto de partida de una convergencia que puede ser una respuesta -quizás beneficiosa- al caos ingenierilmente programado en que se encuentra nuestra especie. Es posible que constituya un proto punto de convergencia, al que deberán sumarse el resto de protagonistas globales que tienen algo que decir y hacer en esta imprescindible construcción. Con sus coincidencias, y más aún, con sus contradicciones.

Por lo pronto, hay señales concretas de que la agenda de diálogo entre los dos Estados ha incorporado la problemática de la IA. Sin que China lo haya desmentido hasta el momento, la Hoja Informativa de la Casa Blanca ha informado, usando el cuestionable término “superinteligencia” en lugar de IA, que “los dos países establecieron el Diálogo sobre Superinteligencia (SI) entre Estados Unidos y China para intercambiar puntos de vista sobre los riesgos y beneficios relacionados con la SI.

El próximo intercambio tendrá lugar en noviembre de 2026.

Estados Unidos y China también acordaron establecer un canal de comunicación bilateral para incidentes de SI”. Que dos de los estados más poderosos del mundo hayan acordado utilizar su identidad nacional para monitorear “incidentes” de IA, puede aportar positivamente al insólito conflicto entre la defensa de los intereses nacionales y los planes de control global que declara públicamente sostener la oligarquía digital. Veremos qué pasa.

Y por casa, ¿cómo andamos?

Como sabemos, el futuro de la Argentina está fuertemente ligado a lo que suceda a nivel global. La estrategia de sumisión incondicional a las políticas de Trump y de Netanyahu asumida por Milei desde el inicio de su gobierno, ha conducido al país a ofrecerse como guarida institucional del desarrollo incontrolado de la IA, comprometiendo sus recursos naturales, la energía que produce y su territorio al ofrecerse para la instalación de centros de datos para inteligencia artificial (AI data centers) a cambio de un puñado de dólares y una casi nula perspectiva de demanda laboral calificada.

La sumisión a la que está sometida la Argentina se vuelve patética cuando la soberbia del tecnócrata Sturzenegger redacta la declaración de entrega que Milei publica en el medio británico Financial Times, donde el Presidente manifiesta su convicción de que“la IA nos liberará de las limitaciones del cerebro humano” y se motoriza con la introducción casi subrepticia de las DAO, entidades no humanas en el proyecto de ley de sociedades enviado al Senado de la Nación. Milei ha reconocido públicamente que le “preocupa menos el poder de las corporaciones que el del Estado, porque el autoritarismo surge del monopolio de la fuerza que solo los gobiernos poseen”. Y asegura que las DAO, al ser empresas legalmente constituidas, “jamás mantendrán ese monopolio”.

¿Jamás? Imaginemos un poder económico que se proponga manipular al país que lo permita, con decenas de miles de sociedades IA articuladas de manera tal que -en conjunto- alcancen el control de los principales -si no todos- resortes estratégicos de funcionamiento y decisión de ese país. Y eso no es todo. La capacidad ya demostrada de los algoritmos de automodificarse para cumplir con sus propios objetivos más allá de todo control humano suma un peligro crítico a la compulsión entreguista que caracteriza al actual presidente argentino.

El papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, manifiesta que “es preciso iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo”. También nos advierte que “si nos limitamos a las circunstancias contingentes, corremos el riesgo de dejar que la sucesión de emergencias decida por nosotros la dirección del camino”.

La IA no va a desaparecer. El camino pasa por la capacidad de poder discernir en qué medida y de qué forma la IA es una tecnología conveniente que puede/debe ayudarnos a resolver nuestros problemas individuales y sociales para no convertirse en el mayor de esos problemas.

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