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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
Edición: 144
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Trump vende Ucrania para bajar el diésel

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Un ojo en las propias elecciones y otro en las israelíes.

Hay legislativas y el presidente sabe que si no bajan los combustibles le va a ir mal. Le levantó las sanciones a Putin para que le venda gasoil, y pidió que Zelensky se vaya. ¿Y la geopolítica?

Se sabe que los políticos son capaces de mucho, pero mucho, a la hora de ganar una elección. Pero lo que está haciendo Donald Trump para no perder las legislativas del primer martes de noviembre es notable. No sólo está redoblando los ataques al sistema electoral de Estados Unidos, cosa de gritar “fraude”, sino que está tirando a Ucrania debajo del camión ruso. Y lo hace simplemente para que el diésel, más caro que nunca en la historia, baje de precio.

Los norteamericanos miran el precio en el surtidor como los argentinos miramos el dólar. Es más que un costo, es un índice informal de cómo van las cosas. Con la guerra con Irán, el litro se disparó y ahora el gasoil, que marca por completo el costo de los fletes, pasó los seis dólares por galón, una barbaridad nunca vista que registra en el índice inflacionario.

¿Qué hizo Trump? Como los ayatolas resultaron incontrolables y el Presidente Naranja no sabe ya qué hacer, decidió comprar diésel ruso. Esto implica levantar parte de las sanciones económicas contra Moscú y ponerle algunos miles de millones de dólares en el bolsillo. Es también financiarle la guerra al Kremlin, como destacaron indignados los ucranianos y toda Europa. Atajado, Trump explicó que la condición indispensable era que rusos y ucranianos dejaran de bombardearse mutuamente la infraestructura energética. Quedó en claro que era una imposición a Ucrania y una promesa de Rusia.

Inmediatamente se vio que era un bolazo. Vladimir Putin bombardeó como nunca, dejó a 600.000 ucranianos sin luz y demolió varios edificios de departamentos, objetivo civil, con sus misiles. Volodimir Zelensky aguantó un poco más -él era el apretado- pero respondió bombardeando una refinería cerca de Moscú.

Trump se enojó. “Ucrania ya es un problema para el mundo”, tronó. “Deberían conseguirse otro presidente. Le dije que podía hacer lo que quiera con Rusia, menos bombardear refinerías porque eso causa un problema internacional…”

Todo esto ocurría mientras se negociaba, supuestamente, una solución a la guerra, que va a cumplir cinco años este verano, en Miami. Las partes no son iguales, sin embargo, como descubrieron los ucranianos enseguida. La estrategia del mediador norteamericano es ofrecer zanahorias a los rusos y ordenarle a los ucranianos que se porten bien. Moscú recibiría cien mil millones de dólares como anticipo, liberados de tanto dinero congelado por las sanciones, y ofertas lucrativas para exportar energía a cambio de una simple tregua. Uno de los negocios es conseguir inversores que compren partes del gigante petrolero Lukoil, y Washington asegura que tiene candidatos de Medio Oriente, cash en mano. Otro caramelito, ofrecido abiertamente en Miami, fue que Bielorusia, aliadísima del Kremlin, pueda volver a exportar potasios.

Todo esto se fue, literalmente, al diablo, cuando Trump anunció que le compraba diésel a Putin, sin condiciones. Cuando le señalaron que esto le cortaba las piernas a Ucrania, gritó que Zelensky “podría haber negociado esta guerra muchas veces, muchas muchas veces, pero no lo hizo”.

Y como para que entienda, este martes 13 hubo unas horas en que dejó de funcionar el sistema de satélites militares Satlink que usa Ucrania para guiar sus ataques. Zelensky en persona anunció el problema y el Pentágono tuvo que desmentirlo: quedó en claro que ambas partes decían la verdad. Seguía habiendo inteligencia y satélites, pero al placer de Washington.

Los europeos, mientras, no saben qué hacer para controlar a Trump, tan enojadizo él. Con tanto capricho y arrogancia imperial, difícil hacer un análisis geopolítico…

Fondos

Las elecciones en Estados Unidos son ridículamente caras, con una campaña para concejal de pueblo o vocal en una comisión implicando decenas de miles de dólares. Es una carrera armamentística y también una precisa herramienta de control del mundo político por el mundo empresarial. Si Peter Thiel consigue contratos espectaculares por haber aportado fuerte a la campaña de Trump y su vice JD Vance, el especulador inmobiliario de provincias consigue rezonificaciones del intendente que bancó. Esa es la verdadera corrupción en Estados Unidos.

Mientras no le anda cortando los satélites a Ucrania, Elon Musk anda poniendo dinerales para ayudar a los republicanos. Desde la primera semana de julio su Comité de Acción Política -una figura legal para solicitar donaciones y pagar campañas- lleva gastados 276 millones de dólares en candidatos. Es de lejos la mayor donación para estas legislativas.

Los demócratas, por una vez en la vida, tienen más fondos que los republicanos. Esto es en parte porque hay cada vez más ricos alarmados por la errática conducta de Trump y quieren que el Congreso le marque la cancha. Y también es porque los demócratas socialistas descubrieron cómo conseguir decenas de miles de donaciones pequeñas y no atarse a algún billonario.

La plata de Musk hace falta también porque el electorado está desilusionado con Trump, que al final generó inflación y una guerra que nadie entiende. El costo de vida es el principal argumento opositor y los demócratas lo están usando al máximo. Y le agregan algo mortífero para los republicanos, la sensación de que mientras el votante de a pie se jode, los políticos, con Trump a la cabeza, se están enriqueciendo usando abiertamente su poder para hacer negocios. La oposición creó una verdadera industria para investigar los patrimonios de los candidatos republicanos, sobre todo los que buscan reelegirse y prosperaron en la gestión.

El principal argumento, el más mortífero, es simple: asociar al candidato republicano con Trump. El Naranja está tan mal de imagen que enseguida se abollan las candidaturas.

Israel

La otra elección que desvela a más de uno es la israelí, el 27 de octubre. Es la primera desde el horrible ataque de Hamas, que dejó 1200 muertos, se llevó 251 cautivos y desató la furia vengativa de Benjamín Netanyahu. Gaza efectivamente dejó de existir, demolida por orden del premier, con 74000 muertos, más que nada civiles.

La coalición religiosa, derechista y milenarista que sostiene a Netanyahu en el poder es una novedad en la historia de Israel, y el resultado es un nivel de aislamiento diplomático inédito. Este es un factor en la elección, junto con la pregunta nunca respondida sobre cómo pudo ser que los servicios de seguridad no vieran venir el ataque de Hamas.

Una idea instalada es que para evitar que se afirme la idea de un Estado Palestino, Netanyahu dejó vivir a Hamas, cosa de debilitar a la Autoridad Palestina en Cisjordania, despreciada por los extremistas. Esta tolerancia hizo posible que organizaran un ataque sofisticado y masivo.

La venganza del gobierno de derecha se expandió de Gaza al Líbano, y por supuesto a Irán. La promesa era de victoria final, total, pero ya van tres años y las guerras siguen. Mientras tanto, los colonos israelíes, miembros mimados de la coalición en el poder, atacan cotidianamente a sus vecinos palestinos en Cisjordania.

Pero como esto es Israel y, como dice la vieja broma, tres ciudadanos tienen cuatro opiniones, las encuestas avisan de un electorado dividido. Netanyahu no parece capaz de ganar directamente como para que su partido Likud siga al frente de una coalición. Pero su principal rival, el ex militar Gadi Eisenkot, tampoco se perfila como un ganador claro para formar un gobierno más centrista.

Para sus críticos, Netanyahu fue incompetente ante el ataque de Hamas y está obcecado en destruir la democracia israelí, limitando al poder judicial y cediendo ante la derecha mística. Para sus partidarios, es el líder militar del siglo, que fue engañado por oficiales del Ejército y de la inteligencia, que no le avisaron de la movilización en Gaza.

Falta menos de dos semanas para ver qué relato se impone.

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