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La lógica de Trump no es igual que la de Putin

Dos presidentes y una lógica geoestratégica inentendible. O casi.

Donald Trump parece tácticamente tan prorruso que sus enviados saludan a Putin como “un humanista”. Zelensky lo exaspera. Y a toda costa quiere bajar el costo del combustible en Estados Unidos antes de las elecciones del 3 de noviembre.

Cinco claves:

1.Trump suspendió sanciones petroleras contra Rusia y anunció la compra de diésel pese a la continuidad de la guerra en Ucrania.
2.El aumento de los combustibles tras la guerra contra Irán presiona a la Casa Blanca ante las legislativas de noviembre.
3.La política exterior estadounidense privilegia negocios y relaciones personales por encima de los intereses geoestratégicos tradicionales.
4.Putin aprovecha el acercamiento de Washington sin alterar sus objetivos territoriales ni aceptar concesiones sustanciales sobre Ucrania.
5.Una eventual cumbre con Rusia y China reaviva la lógica imperialista de las grandes potencias y el reparto de áreas de influencia.

Una frase lo resume todo: “la verdad, Rusia se porta bien en Ucrania”. Otra frase la complementa: “Ucrania necesita otro presidente”. El 9 de octubre, el Presidente Naranja suspendió las sanciones petroleras contra Moscú que él mismo había firmado y anunció que compraría a Vladimir Putin todo el diesel que le pudiera vender. En el Kremlin descorcharon las mejores botellas, porque nunca estuvieron tan cerca de normalizar las relaciones con Washington sin ceder en nada en su guerra ucraniana.

En nada, que la condición de la compra de diesel era parar de destruir la infraestructura energética del enemigo, cosa que nadie pensó en cumplir.

Es la ley de las consecuencias inesperadas, en este caso de la guerra contra Irán: los combustibles subieron y el precio del surtidor es a los norteamericanos lo que el dólar a los argentinos. El 3 de noviembre se votan legislativas y la bronca del votante es palpable.

Es llamativo qué difícil es seguir la lógica geoestratégica de Estados Unidos en este segundo año de Donald Trump en el poder. Con zigzagueos, confusiones y errores, siempre se podían ver los intereses permanentes del imperio por detrás de las políticas exteriores de cada presidente. Trump parece ignorarlos, se obceca con Cuba, secuestra al presidente venezolano, forma un escudo de derechistas en el sur que al final no hace nada, apoya el reclamo de Malvinas para chuzear a Londres, y sobre todo ataca a Irán sin plan B, ni C, ni D. Es como si lo único que le entrara en la cabeza es el Patio Trasero, aunque no sepa para qué sirve, y que Estados Unidos debe ser obedecido en todo, porque si no se ofende.

Es la política

Ahí se nota que la idea de Trump sobre la política es un chiquiteo municipal y un intercambio comercial. Empresario al fin, y especulador inmobiliario, el presidente piensa que los negocios son lo único que vale y que los instrumentos del poder norteamericano sirven si se hace dinero, buen dinero. Los árabes invierten, le regalan aviones… son buenos, merecen apoyo. Los canadienses no agachan la cabeza… son malos, merecen el ridículo. Europa no abre sus mercados incondicionalmente, no quiere Trump Towers en sus capitales… son malísimos.

A Putin no le debe haber llevado más de diez segundos tomarle el tiempo al norteamericano. El dueño del Kremlin tiene mucho que lo recomienda, a ojos trumpianos, como su completo dominio político y su eterna reelección. Lo que no se da cuenta el americano es que el ruso piensa las cosas desde lo más profundo de la ideología nacional de su país: Rusia no necesita ser próspera, libre, democrática. Necesita ser grande y temida, respetada y aplacada por los pequeños. Ofrecer caramelos económicos a un especulador de Queens es la nada misma para que la Madre Rusia crezca y recupere lo que era suyo.

Hace dos semanas, el Congreso votó otra ley sancionando a Rusia, pero la Casa Blanca la ignoró y anunció la compra de combustible. También ignoró a los escandalizados europeos y, cuando el presidente ucraniano Vladimir Zelensky reclamó, le recomendó llamar a elecciones e irse a casa. De hecho, lo culpó otra vez de no querer terminar la guerra ya, como él lo ofreció tantas veces a cambio de rendirse incondicionalmente y entregar lo perdido a Rusia, oficialmente.

El rehén

Putin le dio un éxito de relaciones públicas a Trump y le entregó esta semana a un setentón, profesor jubilado que vivía en Ucrania y había sido detenido durante la invasión. Stephen Hubbard es de la tercera edad, pero fue condenado a seis años en una dura colonia penal como mercenario a las órdenes de Kiev, un cargo increíble. Ahora fue entregado, al parecer de una pieza, y Putin fue oficialmente elogiado como “un humanista”.

Mientras, se rumorea que la Casa Blanca prepara una cumbre con Rusia y China, para discutir armamentos nucleares. Hubo quien recordó la cumbre de Yalta, en la que EEUU, la URSS y Gran Bretaña, que todavía pasaba por una potencia, se repartieron las áreas de influencia globales. A nadie le molestó la comparación, suficientemente anticuada como para que Trump la entendiera, y suficientemente guaranga como para que le gustara. Hasta que eso ocurra, la justificación es que “hay buen progreso” en las negociaciones con Putin, y que “no hay que hacer nada que las complique”.

Trump ya ofreció mediar una compra privada de la principal petrolera rusa, muy maltratada por tanta sanción, con inversores de Medio Oriente. Y habló de las enormes oportunidades de negocios que se abrirían para Moscú, exactamente el tipo de caramelo que él compraría sin pensarlo.

¿Ucrania? Son cosas que pasan, que los países grandes y poderosos invaden a los vecinos más chicos. O les secuestran los presidentes. Se llama imperialismo y la gran diferencia es que a Trump le gusta el del siglo 19, el que daba películas tan lindas como Gunga Din. Y para eso necesita socios que entiendan el guión.

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