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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
Edición: 141
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Milei promete no regular la IA, pero hasta los dueños piden reglas

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Trump le declaró a la IA su amor sin barreras.

Javier Milei prometió ante la Asamblea General de la ONU que la Argentina se ubicará “en la vanguardia de la libertad” frente a la inteligencia artificial, con “el compromiso de no regular de manera preventiva”. La contradicción apareció de inmediato: los principales ejecutivos de empresas de IA de Estados Unidos advirtieron ante el Consejo de Seguridad sobre riesgos existenciales y reclamaron estándares comunes de seguridad, evaluaciones independientes e informes obligatorios.

El alineamiento con Donald Trump deja a la Argentina en una posición extrema: mientras otros líderes plantean cooperación, multilateralismo o una tercera vía tecnológica, Milei adopta la consigna de libertad absoluta para la IA, en un mercado dominado por un puñado de empresas y por una fuerte asimetría entre Estados Unidos, China y el resto del mundo.

El miércoles 23 de septiembre, cuando le tocó hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el primer mandatario argentino ratificó que comparte con los Estados Unidos e Israel “una profunda afinidad de valores y una complementariedad estratégica”.

Sumó su más que reciente impronta malvinera, que lo llevó a prevenir que la diplomacia argentina no se va “a sentar a esperar que la ONU actúe, vamos a tomar cartas en el asunto”. Para el libertario, la ONU “se convirtió en una organización inútil que sólo sirve para alimentar una casta de parásitos, fatalmente arrogantes, disfrazados de burócratas bienintencionados”.

Pero el punto más revelador apareció con la inteligencia artificial.

“Inteligencia artificial o superinteligencia, como dice Trump, puede multiplicar nuestra productividad en órdenes de magnitud que todavía no comprendemos”, dijo Milei. Y agregó: “Por eso les digo: ante la IA, la Argentina se ubicará en la vanguardia de la libertad”, con “un marco jurídico de vanguardia” y “el compromiso de no regular de manera preventiva”.

Lo irónico del caso es que los principales ejecutivos de inteligencia artificial de Estados Unidos, el mismo miércoles, advirtieron al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre un peligro existencial potencial sin un marco regulatorio global unificado.

Los que tienen la sartén por el mango, y el mango también, de OpenAI, Anthropic y Hugging Face, instaron a la comunidad internacional a establecer estándares de seguridad comunes, evaluaciones independientes e informes obligatorios para los sistemas avanzados.

Trump

El discurso del martes del mandamás estadounidense Donald Trump, como es lógico, concitó la atención global. Trump, muy refractario a la ONU, a la que desfinanció en gran forma, siendo su país el que históricamente más fondos aportó al organismo, del que fue mentor y principal socio fundador, hizo del amor sin barreras hacia la IA uno de los ejes de su alocución.

“Estados Unidos rechaza categóricamente cualquier intento de construir un plan globalista para controlar la inteligencia artificial de la que tanto se habla”, dijo el mandatario norteamericano en su intervención ante la Asamblea General.

Quedó disipada cualquier esperanza de alcanzar un tratado de inteligencia artificial entre Estados Unidos y China, del tipo Guerra Fría, onda SALT I y II, mediante los cuales rusos y norteamericanos limitaron la producción de misiles y ojivas nucleares.

Todavía no aprendimos a amar a la IA como sí lo hicimos con la bomba, aunque en este reciente rubro tampoco faltan los doctores Strangelove de la hora.

Tal inopia se confirmó durante la visita de Estado del presidente chino Xi Jinping, que estuvo entre el miércoles y el viernes en los Estados Unidos para reunirse con Trump.

Para honrar la tradición de los fuegos artificiales, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, afirmó que la carrera por la IA era una prioridad en la agenda de Trump y Xi. Lo cierto es que semejante ambigú deja como saldo que la inteligencia artificial, el comercio internacional y la guerra en Irán siguen participando.

Eso no quita que Estados Unidos acordó extender por dos meses la tregua comercial con China. El anuncio extiende hasta el 10 de enero un acuerdo previo para suspender algunos aranceles estadounidenses y otras restricciones comerciales a cambio de concesiones por parte de Pekín, incluyendo el acuerdo para el envío de minerales de tierras raras.

Hay una diferencia de fondo importante entre aquellos tratados de empates nucleares y esta nada para la IA: la asimetría.

Un análisis de la Universidad de Oxford contabiliza que nueve empresas controlan alrededor del 70 por ciento del mercado de centros de computación de IA. Ochenta y siete de estos centros son gestionados por empresas estadounidenses, lo que representa aproximadamente dos tercios del total mundial. Las empresas con sede en China operan treinta y nueve, mientras que los europeos sólo cuentan con seis. Con estos números no hay MAD que valga, en referencia a la destrucción mutua asegurada.

Por si las moscas, el mismo martes, el presidente francés, Emmanuel Macron, propuso, a efectos de llevar a lo mínimo posible la dependencia mundial de Estados Unidos y China, una “tercera vía” para avanzar en materia de IA. Convocó a países como Brasil, Canadá, India y los estados del Golfo a aunar su capacidad informática y sus recursos de inversión.

La nación más poderosa

El espíritu con que Trump encara las relaciones internacionales queda expresado en todas sus dimensiones cuando, en el discurso de la ONU, con especial referencia a Venezuela, enunció su convicción de que “al vencedor le corresponde el botín” y que “si es necesario, utilizaremos nuestro incomparable poderío militar para salvaguardar los intereses nacionales vitales de Estados Unidos”.

¡Tranquilizador!

Para resaltar la marcada diferencia de Trump con lo que expresaron en la Asamblea el resto de sus pares, la analista Lottie Tellyn comenta en la letter GZero que “el presidente francés, Emmanuel Macron, habló de revitalizar el multilateralismo. El presidente surcoreano, Lee Jae Myung, destacó el ‘valor incalculable de la cooperación multilateral’. El primer ministro británico, Andy Burnham, abordó la necesidad de ‘trabajar juntos para resolver los problemas comunes’. Y la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, instó a los Estados miembros a ‘movilizar la fuerza colectiva’ y ‘construir un marco para la cooperación’”.

En otras palabras, Trump fue bien explícito en recalcar que su país tiene todos los derechos, dado que en su óptica es, desde todo punto de vista, la nación más poderosa, y únicamente las obligaciones que desea. Entre ellas, eventualmente, elegir un gobierno para Cuba. Ese anuncio de Trump, durante el discurso, motivó que la delegación cubana, en señal de disgusto y protesta, se retirara de la Asamblea.

Además, un día después de que el presidente Trump amenazara con “aniquilar” a Irán ante la ONU, el presidente persa, Masoud Pezeshkian, acusó a Estados Unidos e Israel de generar inestabilidad global.

Durante su intervención ante la Asamblea General de la ONU, Pezeshkian indicó que Irán estaba abierto a nuevas conversaciones para poner fin al conflicto, pero afirmó: “Trump y quienes intentan intimidarnos deben entender que Irán está dispuesto al diálogo, la diplomacia y las negociaciones, sin aceptar el lenguaje de la fuerza”. También declaró que Irán no renunciará a su programa nuclear, que, según él, es pacífico, y añadió: “No nos doblegaremos”.

El secretario

El contraste con Trump de la mesura y sobriedad del secretario general saliente de la ONU, António Guterres, no podría ser más marcado. Guterres, al dirigirse al plenario antes que Trump, y como si los hubiese anticipado, puso de manifiesto que “las líneas de fractura en nuestro mundo se están ensanchando. Las grietas se han convertido en cañones. Las divisiones geopolíticas se han abierto y las desigualdades se han intensificado”.

“Las crisis a las que se enfrenta el mundo son esencialmente una cuestión de poder: ¿quién lo tiene? ¿A quién se le niega? ¿Cómo se usa? ¿Cómo está cambiando? Hoy les pregunto a los líderes mundiales si actuaremos para garantizar que el poder se rija por la ley o por la fuerza, por cooperación o coerción, por responsabilidad hacia los jóvenes y las generaciones futuras o indiferencia ante su destino. Porque los desafíos definitorios de nuestra época son expresiones del poder. Y ellos determinarán si el mundo se hunde más profundamente en la división e inestabilidad o avanza hacia la cooperación, la justicia y la seguridad colectiva.”

“El poder militar por sí solo no garantiza la paz. El poder económico por sí solo no trae estabilidad. Un mundo multipolar interconectado puede crear las condiciones para una resolución de problemas globales más equilibrada y representativa”, consignó, redondeando, el secretario general Guterres.

Ese es el contraste de fondo. Milei promete libertad absoluta para la IA y no regulación preventiva justo cuando quienes manejan algunas de las principales empresas del sector advierten sobre la necesidad de estándares globales, evaluaciones independientes e informes obligatorios para los sistemas avanzados.

La Argentina no aparece allí como un país que busca construir una posición propia frente a una tecnología estratégica. Aparece como eco periférico de la postura de Trump. Y lo hace en un terreno dominado por pocas empresas, por una concentración brutal de la infraestructura de cómputo y por una disputa entre potencias que no se resolverá con consignas de libertad abstracta.

En el discurso libertario, regular es sinónimo de frenar. Pero en la discusión real sobre inteligencia artificial, incluso los dueños de la tecnología admiten que la ausencia de reglas puede convertirse en un riesgo global.

Ese es el dato que desarma la pose.

El problema no es si la Argentina debe temerle a la inteligencia artificial. El problema es si puede darse el lujo de entregar el debate regulatorio, geopolítico y productivo a la consigna de otro.

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