¿Y ahora qué?

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Hackeado

Me hackearon el WhatsApp. Estuve 12 larguísimas horas sin poder entrar a mis chats. Por suerte tengo otro número de teléfono y así pude avisar a mis amigos más cercanos lo que estaba pasando. Por supuesto, llovieron los avisos de mis contactos señalando que me habían intervenido el teléfono y que hacían parecer que yo vendía dólares. Y que además vendía a 7,60 bolivianos la unidad de la divisa norteamericana cuando en realidad en el mercado está a más de 10. 

Mis contactos no comen vidrio. Así lo comprobé porque ninguno cayó en la estafa. Eso sí: varios bromeaban con que me habían enviado plata, pero bueno, la oportunidad por lo menos sirvió para que un montón de gente con la que no me comunicaba en mucho tiempo me escribiera y supiéramos el uno del otro.

¿Que cómo me hackearon? Pues abrí un link envenenado. Oigan, soy periodista. Recibo una veintena de denuncias e informaciones al día, y muchas de ellas en link. Lo siento por la profesión: ahora sólo a leer lo de contactos conocidos.

Sin embargo, la nota particular la dio mi hermano que vive en Brasil. Lo llamé para pedirle que me preste un dinero para pagar la pensión universitaria de mi hija menor. Rápidamente me dijo: “A ver, ¿cuál es la casa en la que vivimos que más gradas tenía?”. Tonto de mí que no entendía nada, pero le dije: “La de la calle Rosendo Gutiérrez”. Y respondió “ah, eres tú”. 

Comuniqué a mis cercanos que, dado que los hackers podían falsificar hasta tu voz, lo mejor era hacer preguntas que solo los verdaderos actores pudieran responder. Así tuvimos un popurrí de recuerdos.

“¿Donde estuvimos el día del estudiante de 1986?” Pues en la cárcel, presos por resistir el decreto neoliberal.

“¿Quién nos presentó?”, “¿Qué libro de poesías leíamos”, “¿Cómo se llaman tus papás?”.

No hago largo el cuento. Al final el hacker se quedó con los crespos hechos y yo tuve un tour por recuerdos que se empolvaban en el disco duro de eso que llaman cerebro. En “los caminos de la vida…”.

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