El encuentro en Bariloche ya estaba programado de antes, pero coincidió: justo después de las marchas universitarias, directivos de doce universidades nacionales y un grupo numeroso de especialistas se congregaron el 14 y el 15 para discutir lo que denominan “nueva arquitectura institucional en universidad, ciencia y tecnología”. Aquí uno de los organizadores, Manuel García Sola, vincula el ajuste sobre las universidades con una ofensiva más profunda contra el sistema científico, tecnológico y educativo argentino. También sostiene que no se trata solo de recortar presupuesto, sino de desarmar la posibilidad de construir un modelo de desarrollo nacional.
En diálogo con Y ahora qué?, Manuel García Solá plantea que la Argentina debe revisar críticamente su propio sistema universitario, superar su aislamiento social y discutir una reorganización federal del conocimiento, la ciencia y la tecnología.
—Cuando organizaron el encuentro de Bariloche todavía no estaba definida la marcha universitaria. Ahora las dos cosas quedan inevitablemente conectadas. ¿Cómo ves ese cruce entre el debate de ustedes y la movilización en defensa de la universidad?
—Así es. La convocatoria al encuentro ya tiene un año de trabajo. Esto empezó en junio de 2025, con un largo diagnóstico que se hizo en la Universidad de Misiones, convocado por mi universidad, la UNCAUS, la Universidad Nacional del Chaco Austral, y por la Universidad de Misiones. Después creció y se expandió hasta llegar a estas segundas jornadas.
—Con otros ajustes de presupuesto universitario, como el de Ricardo López Murphy durante el gobierno de Fernando de la Rúa, la discusión era justamente el recorte. Ahora parece haber algo más profundo: no solo ajustar, sino discutir la existencia misma de la universidad pública por parte del Gobierno. ¿Lo ves así?
—Totalmente de acuerdo. Yo diría que la clave es, efectivamente, el modelo de desarrollo en el cual se imbrican las universidades. Este es el intento más frontal, más dramático y más abierto de liquidar la capacidad argentina de producir recursos humanos capaces de hacer el desarrollo nacional autónomo. Esto es una pieza en un andamiaje global.
–¿Por qué?
–Lo expresó Trump con el intento de desfinanciamiento. Obviamente, en una sociedad con los niveles de desarrollo de la norteamericana, es mucho más difícil desmontar la relación entre corporaciones económicas y universidades, sobre todo en sectores que no están hiperconcentrados como los tecnológicos, sino los farmacéuticos, los bioquímicos, el negocio agropecuario, el industrial, el metalúrgico. Pero, si uno quiere desenrollar el hilo de lo que persigue el libertarismo internacional con los centros autónomos de producción de conocimiento de las naciones, tiene que tomarse el trabajo de leer un libro abstruso de Nick Land, uno de los teóricos del libertarismo, que se llama La Ilustración Oscura. Verdaderamente es el fundamento teórico de esto. Se podría decir que es el fundamento de Steve Bannon, quien a su vez le da base intelectual a este modelo de destrucción de la organización milenaria de sistematización de la producción de conocimiento, que es la universidad.
—¿Vos planteás que no es solo un ajuste, sino un modelo de país?
—Exactamente. Yo discrepo con quienes sostienen que este modelo nos retrotrae al siglo XIX y al modelo de inserción en la división internacional del trabajo a base de materias primas agropecuarias. Este es un modelo que nos retrotrae al siglo XVI.
–A la conquista.
–Sí. Los españoles desarrollaron todo el oeste de Latinoamérica, en el cordón cordillerano —y, si no, basta fijarse dónde están las principales ciudades coloniales de América Latina— para extraer la plata y el oro que financiaron la expansión del rey Sol, Felipe II, primero, y luego la construcción del Imperio inglés a partir de la Revolución Industrial, gracias a la patente de corso de la reina, que financió la industrialización con el oro de los barcos españoles que saqueaban en el camino.
–O sea que no estamos volviendo a Roca o a Sarmiento, sino a Potosí, al Virreinato del Perú y al Virreinato de Nueva México.
–Me tocó, cuando estuve en el Conicet, verificar la experiencia del desarrollo de las baterías de litio entre la Universidad de La Plata e Y-TEC, y el intento de comprometer a grupos alemanes. Los tipos decían descarnadamente: “No, a nosotros no nos interesa producir la batería acá; queremos llevarnos el litio y producir la batería para nuestra industria automotriz allá”. La liquidación de las universidades y de los organismos de ciencia y tecnología es el núcleo del ataque. Esto no es el ajuste por el ajustismo mismo. Es un planteo absolutamente orgánico y se lo ancla en el ajuste sistemático para garantizar exclusivamente el pago de la deuda externa. El resto es el atenazamiento del modelo productivo argentino.
—¿Entonces el ataque al sistema universitario forma parte de una política orgánica?
—Sí, y una política de enorme bestialidad y brutalidad. Ahora bien, esto también cabalga sobre una universidad y un sistema científico y tecnológico que están deformados. Tienen una serie de deformaciones que explican, de alguna manera, por qué el modelo de desarrollo argentino no logró cuajar. El sistema científico, tecnológico y universitario de producción de conocimientos argentino tiene que hacer autocrítica. Eso fue lo que nos ocupó cuando empezamos a hacer esta convocatoria.
—Lo que estás diciendo no tiene que ver con las famosas auditorías, sino con reformar lo que está mal en serio.
—Claro. O lo que no está muy bien, no importa cómo lo quieran poner. ¿Cuáles son las falencias del sistema científico, tecnológico y de producción de conocimientos? Su aislamiento de la sociedad. De lo contrario, no se hubiera llegado a este nivel. Hay un desconocimiento de cuál es el rol de la producción científica y tecnológica. ¿Quién sabe en la Argentina producto de qué es la capacidad de fabricar satélites? Esas fueron decisiones de políticos estrategas, empezando por Perón en la década del 40, fundamentalmente cuando se sembró la semilla de lo que después fue el Conicet, aunque luego se deformó. En la propia génesis del Conicet hay un debate riquísimo entre Bernardo Houssay y Rolando García, el decano de la Facultad de Ciencias Exactas, por el modelo de desarrollo de la carrera del investigador científico. Y ese modelo de desarrollo reprodujo en el plano científico y tecnológico el propio autismo de la universidad argentina. La universidad argentina enseña y gasta plata de los impuestos de los argentinos en carreras que no sirven al desarrollo de la patria.
—¿Ese diagnóstico es nuevo o viene de lejos?
—Viene de lejos. Risieri Frondizi, varios años después de dejar el rectorado de la Universidad de Buenos Aires, escribió un libro sobre la universidad latinoamericana en crisis. Es un diagnóstico actual de lo que le pasa a la universidad argentina. Entonces, si nosotros no tenemos en cuenta que esto es lo mismo que le pasa a la clase política en otros campos de la vida societaria, no tenemos destino. Si no tenemos en cuenta cuál es el campo sobre el cual se tiran estas semillas de la disgregación y no trabajamos para corregirlo, no tenemos destino. Hay una universidad aislada de la sociedad. La Ley de Educación Superior tiene expresamente establecida como recomendación para todas las universidades públicas de gestión estatal y de gestión privada la creación de una silla de consejero por la comunidad. Sigue el modelo de comunidad organizada, elegido por las asociaciones empresariales y del trabajo. Es decir, no solamente deben sentarse en la conducción de las universidades los representantes de los no docentes, de los docentes, de los graduados y de los estudiantes, sino también un representante de lo que, en el caso de mi universidad, se llama el Consejo Social Comunitario. Alguien que pueda ir y decir: “Miren, a mí esta carrera no me sirve; a mí me sirve la carrera de ingeniero textil en esta provincia, y no hay ninguna oferta de ingeniería textil ni en Santiago del Estero, ni en Santa Fe, ni en Chaco, ni en Formosa, en ninguna de las provincias algodoneras”.
—Chaco es una gran productora de algodón.
—Claro. Pero no hubo ingeniería textil en la UNNE, que es la más antigua de todas y de la que nacimos todo el resto, y no la hay en las nuevas. El otro tema es este: ¿tiene destino la Argentina con un desarrollo concentrado en su metrópoli? Evidentemente, el modelo de intercambio desigual interno que hay en la Argentina replica, a nivel nacional, el modelo de inserción argentina en los intercambios del mundo. El desarrollo desigual entre la franja central y el norte y el sur del país se replica en el mundo universitario, científico y tecnológico, y allí se agrava. El 80 por ciento de los institutos del Conicet, de los investigadores y de los becarios están en la franja central. Tenemos que pensar por qué es así y por qué los mejores recursos humanos emigran del interior: primero a la estación Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mendoza, y luego a la estación Ezeiza. ¿A dónde se van mis ingenieros? Yo tengo egresados ingenieros químicos, industriales, en alimentos, en sistemas, que fueron alumnos míos de cuarto año. Doy Ingeniería Legal desde hace 25 años. Esos pibes terminan y hoy se van a Neuquén, a Vaca Muerta. Los que se quedan acá son los abogados, como yo, y los contadores. Ese es el modelo que Risieri Frondizi describió como agotado en 1971, después de su experiencia como rector de la UBA.
—¿También hay un problema de distribución presupuestaria dentro del sistema universitario?
—Sí. La distribución—y fijate que no hablo ni de la gestión actual, ni de la menemista, ni de la kirchnerista, ni de la albertista: hablo de todas— se hace con criterios históricos, como se viene distribuyendo el presupuesto de las universidades desde hace cien años. La UBA no discute el presupuesto con el resto de sus pares. Lo discute directamente con el presidente de la Nación. Y así se lleva el 35 por ciento del presupuesto. Presuntamente, cuando nosotros nos pusimos a organizar las universidades del Gran Buenos Aires, el objetivo era desconcentrar semejante poder, que en esa época era el 45 por ciento del presupuesto. Pero las universidades del Gran Buenos Aires replicaron el mismo modelo. Si mirás los 10 o 12 años de gestión kirchnerista, son los años de oro de la inversión en ciencia y tecnología en la Argentina. Pero también son los años de la reconcentración de esa inversión en la región central.
—El Gobierno dice que quiere terminar con el AMBA y que la mano de obra se va a ir a la minería o a Vaca Muerta. Pero vos hablás de otra cosa: de un desarrollo federal que no reproduzca el esquema centro-periferia.
—Exactamente. La solución argentina no es la solución de Milei de desarrollar la minería y el petróleo. Eso es replicar con los minerales de la cordillera, más petróleo, el modelo del rey Felipe II en 1500. Hay que dar un paso más hacia la articulación de propuestas de solución para un sistema universitario, científico y tecnológico que provea los recursos humanos al desarrollo integrado de toda la superficie de la Argentina. Para eso hay que hablar del modelo de desarrollo y de cuáles son sus bases. En nuestra universidad hicimos una jornada de sensibilización y apareció un tipo de la Cámara de Comercio de Sáenz Peña que nos dijo: “No hablen al pedo, por favor. No hay forma de financiar la ciencia y la tecnología en la medida en que no se modifique el modelo. ¿Saben que el 45 por ciento del presupuesto nacional y de la recaudación tributaria es para pagar jubilaciones y pensiones? Solo el 55 por ciento es atendido, y lo pagan ustedes también”. En este contexto, nada tiene solución si no hay un modelo de desarrollo.
—El Gobierno usa como coartada la idea de terminar con el AMBA, pero propone que millones de personas se desplacen a la minería o a Vaca Muerta, algo imposible. Vaca Muerta puede absorber algunos ingenieros, no un millón de personas.
—Es un argumento para pibes de jardín de infantes. Es una estupidez total. A un país de 50 millones de habitantes aplicarle el mismo modelo que pregonan como virtuoso para Chile es una estupidez. Hoy discutía con mi veterinario, que estaba embalado con la exportación de carne. Le dije: “Gustavo, estás totalmente equivocado. En el mejor de los casos, la exportación representa el 20 por ciento de la faena de la Argentina; 25 por ciento te regalo. Lo que se está cayendo es el 75 u 80 por ciento que pagan los trabajadores”. Es muy difícil hacer una ganadería que dé plata si no tenés un mercado interno que la absorba. Por eso es una fantasía. Como siempre sucede a fin de año, los ganaderos se ilusionaron con el crecimiento del precio, pero se plantó hace tres semanas y va a quedar plantado, porque ha caído a niveles históricos el consumo de carne. Con exportar más no alcanza. Algunos siguen repitiendo la misma cosa: “Acá tenemos que volver a las exportaciones”. Pero la exportación no es la solución. La solución es que la gente tenga trabajo, y para eso necesitamos una propuesta productiva. Se está atacando uno de los tesoros más valiosos que tiene la Argentina: la capacidad de producir nuevos conocimientos en las universidades y en los organismos de ciencia y tecnología.
Pero no basta con más presupuesto. Para que el mayor presupuesto sea eficaz, es necesario meter mano en la estructura institucional del sistema científico y tecnológico. Eso es lo que nosotros queremos aportarle al movimiento nacional desde la experiencia de haberlo gestionado desde distintos lugares. Yo hice un trabajo hace unos años donde demuestro que, en la historia argentina, el 80 por ciento de los ministros de Educación, Ciencia y Tecnología fueron de la región central. Entonces, así ves el país y lo seguís viendo deformadamente. Acá hay un fuerte grito federal. Y hay que escucharlo.